martes, 5 de mayo de 2020

Horror Incognita



La profecia, Roberto Ferri

"Es médico quien sabe de lo invisible, de lo que no tiene nombre ni materia, y sin embargo, tiene su acción." Paracelso

“La enfermedad entra y sale del hombre como a través de una puerta.” Canguilhem

“A blow with a word strikes deeper than a blow with a sword.” Robert Burton

La incertidumbre de la bestia arcangélica
¿Puede un hombre aferrarse a lo desconocido? ¿llamar hermano a un forastero? ¿puede habituarse a la incertidumbre? El horror a lo incierto deja en evidencia su impotencia, su carácter indivino. Hizo de su palabra el mejor aliado ante la adversidad. Hizo de la palabra ley aun cuando está solo, es quimera, imposibilidad en el mundo fáctico. Entre el hacha de piedra y el lenguaje instauró las reglas de juego de la cultura. El mundo fue creado por el verbo divino. Y ese reino de certidumbre sagrada de la palabra ha sido siempre protegido por la evolución de sus armas de contingencia. Aterrado queda el hombre de supuesto saber infinito, cuando descubre que un fenómeno no puede ser encarcelado en ese fabuloso mundo de la palabra. Qué puede decir entonces cuando otro hombre, en igualdad de condiciones naturales y artefactos discursivos, detona una bomba verbal a la cual no tiene como responder más que con un gesto de inaudita perplejidad. Vuelve a cifrarse en la angustia arcaica, intenta buscar refugio cercano, pero como la caverna ha sido ya sepultada por su reino histórico de palabras, no ve otra alternativa que atacar con el encierro categórico hacia el discurso incomprensible del otro. Y para este ineficaz enfrentamiento no tiene una palabra que sirva de reja para de limitar la palabra indómita del otro, así que recurre a encerrarlo con una palabra que ha servido siempre de escudo ante cualquier ataque sublime. Delimitará al otro como “Loco” o como “Enfermo mental”.
La enfermedad, esa perpetuidad del circulo que se repite y se repite como reconstrucción de un pasado y un futuro en un inexistente presente, ese nefasto Uróboros de la angustia perenne que solo el “loco” hace lúcido y lo manifiesta como su verdad. Se valdrá el hombre “normal” de recursos lingüísticos de saberes historiológicos y culturales ante el asecho de la palabra del loco, para ocultar su ineficacia de sentido, su impotencia contundente ante la palabra que suplanta a la palabra de la norma, ante el discurso sofisticado y de una lógica cimbreante a la que no puede atacar y mucho menos mostrarse derrotado. Amparado en la cultura y el lenguaje delimitado de esta, intenta sentirse seguro de confinar al otro a la negación, de poner al Loco en ese no-lugar que no logra comprender. Presa de terror abogará por el lenguaje psicológico o psiquiátrico, ese lenguaje que hasta hoy no ha podido liberarse de las categorías. 
Un afán enfermizo por clasificar incluso lo inclasificable en cada época de turno, convirtió al hombre “normal”, en una de sus categorías, en un enfermo sin saberlo. El genio de ayer será el tonto del mañana, el monumento del héroe de una patria derrocada será dilapidado por el Napoleón de una nueva república. Son pequeñas argucias que exige el poder, que ha hecho del hombre un ser inseguro de su desconocer. Un ser paradójico que busca esa certeza de la que goza el loco. Eso lo angustia. Se hizo un paranoico que le huye a la evidencia de sentirse ajeno de sentido, huye de su pasado, repitiéndolo, renombrándolo, falseándolo, pero acusa solamente al loco porque con su pasado, el loco hace y reside en el circulo que es su presente. El hombre “normal” está realmente ausente de saber, fóbico ante la impotencia de sus palabras…y de palabras se ha servido, de palabras se ha envenenado o nutrido según el momento, según los vejámenes y demandas de la cultura que lo somete y lo acuna en su Norma. Porque el hombre sin la cultura no es más que un innombrable. Y para existir debe ser nombrado por otro. Debe llevar un signo en la frente, para ser recordado debe ser nombrado. Porque este hombre vive del recuerdo, ya que el individuo no está ni existe en el presente; no es, ni fue, ni será un hecho presente. Es vanamente un recuerdo y una sombra proyectada en la palabra. Simplemente el individuo es un “work in progress” algo inacabado, por eso exige a la cultura hacerlo numerario, hacerlo una categoría, un nombre y si no es nombrado recuerda a los innombrables y estos traen el horror del olvido. Incluso en su carácter dadivoso, para estos sujetos que se salen de su comprensión, de su límite de palabras, con su accionar o su discurso, tiene siempre una palabra en la punta de la lengua para salvarlos de ese olvido. Porque como buen ser sano se ve en reflejado repetido en el ser enfermo. Poco importa si esta palabra puede ser: Marginal, loco, idiota, esquizofrénico, psicótico, necio… Esa palabra conciliadora, ese candado y prisión de letras, llegará para salvar a aquel otro que no ha pedido salvación, pero sí quizás ser escuchado, bajo una escucha abierta, ajena de prejuicios categóricos, pero este pobre innombrable se topará contra un muro sordo. Porque el hombre “normal”, hacedor de categorías no entiende el mundo realmente, simplemente lo nombra para así poder fabularse un cierre. Y solo puede interpretar esa realidad intangible que es el otro, por medio de palabras que no definirán al otro para sí mismo, sino que solo serán consuelo para el hacedor de conceptos a la vez que le permitirán no caer en cuenta de su insondable ineptitud, su inexistencia en el presente de sí mismo.
La palabra enferma
Foucault desde sus indagaciones sobre la locura, persiste en cuestionar ese deseo compulsivo de la cultura de estigmatizar, de vincular a la fuerza por medio de la palabra categórica lo orgánico con lo mental, lo somático con lo espiritual. También pone en jaque ese asunto entre lo normal y lo patológico, cuestionando el concepto mismo de enfermedad. El loco no se sabe loco, pero el “normal” se sabe cuerdo y sabe que el otro está enfermo. El normal es dueño de la palabra y el silenciamiento del otro. El normal desdibuja la certeza del Loco, con las palabras impuestas por la cultura.  Foucault también deja claro que entendiendo que la enfermedad en el cuerpo, aunque patológica es algo natural, es natural que el cuerpo se enferme, es normal que se presenten síntomas que aquejen al cuerpo, es normal que el dolor sea una forma latente de manifestar que el cuerpo lucha por mantenerse vivo. Como dice Canguilhem: “Para que toda esperanza no esté perdida, basta con pensar que la enfermedad es algo que le sobreviene al hombre.” Pero en el asunto mental la cuestión estriba desde fuera del cuerpo del enfermo y mucho más de la mente de este. Presume un agente externo. Es la palabra del otro quien determinará, quien categorizará quien está enfermo mentalmente para una cultura que se rige bajo unas determinadas normas. Así pues, el loco, aunque para sí mismo se sienta “Normal” aunque no se nombre de este modo, dentro de su accionar, dentro de su discurso, la cultura se encargará de desnormalizarlo y colocarlo en ese cómodo lugar del enfermo. ¿Acaso todo loco se queja de su locura? ¿No será acaso que es la cultura quien se queja de él? Porque el loco resignifica la palabra impuesta, porque el loco vive su verdad y no la verdad general. Esto supondría quizás que la cultura es quien se encuentra realmente enferma, quien entra en un estado paranoico al vérselas con un sujeto que se sale de sus límites, de esa palabra impuesta y categórica, esa palabra que al nombrar al sujeto lo erradica de su carácter de individuo y lo hace uno más… la cultura teme al loco por el acto de su palabra que cuestiona sus leyes sin con esto hacerse ser un criminal (aunque muchas veces se le coloca ese nombre). El enfermo mental es alguien que no comulga con el control discursivo de la cultura y la única opción de esta frente a este sujeto es ponerle ese calificativo marginal para poder somáticamente extraerlo y erradicarlo de su estado paranoico de certeza.

Me he dejado llevar por el apasionado cuestionamiento de Foucault ante el papel que ejerce la cultura frente a lo patológico y lo normal. Sin embargo, me cuestiono ante otra figura que circunda el texto y es el concepto de Realidad. Al parecer la cultura tiene definida y delimitada la realidad, y es algo que todo sujeto debe asumir así no la comprenda, de alguna manera la realidad es todo aquello que sobrepasa al sujeto. Aunque supongo que la realidad del sujeto es pasada y su fantasía es siempre futuro. Sin embargo, la cultura no permite que el sujeto reinterprete ese desconocer de su presente, no autoriza revisar su realidad desde la singularidad de cada individuo, y si alguno se atreve a hacerlo es porque este sujeto está enfermo. Todo lo que genere angustia es sinónimo de enfermedad, de crisis. Todo aquel que no cumpla las directrices delimitadas por la cultura de lo que es o no es la realidad impuesta ha de estar enfermo y debe ser tratado y excluido como tal. Porque su salud mental está peligrando, aunque vale la pena repetirlo, la salud mental que parece trastabillar es la de cultura, que en su estructura hermética teme ser flanqueada por una verdad singular y una realidad por fuera de sus límites.
Volvamos pues a lo somático y lo mental. En el absurdo papel que ha jugado la cultura en la historia hemos visto como en otros tiempos la Homosexualidad era vista y tratada como enfermedad mental. Sin embargo, ahora pareciera que los papeles se están invirtiendo, y es el hombre heterosexual, quien parece que poco a poco va adoptando el manto, de exclusión, la “persona” del enfermo “sexual”, del desviado, y su discurso cada vez más se ve acallado y oprimido, ante las supuestas minorías que disputan por ser nombradas con una nueva categoría, (porque al parecer no son suficientes las que hay hasta ahora. Con esto quiero poner en claro una simple diferenciación que Foucault deja en evidencia, y lo daré con un ejemplo sencillo.
Por más que en nuestro discurso queramos decir que un cáncer no es un carcinoma, así lo llamemos “helado de frambuesa azul” o “una prueba que el creador le da a sus mejores guerreros.” Eso no cambiara el asunto somático y fáctico que compete a esta enfermedad. Por más nombres que queramos atribuirle el cáncer no dejará de ser una enfermedad, no importa si la cultura cambia, el cáncer será un cáncer incluso si no es nombrado. Mientras que, en el caso del loco, el discurso categórico será determinante para que este exista. Todo depende de la cultura de turno para designar que accionar es permitido o no, y cuál conducta es normal y cuál es patológica.
No está de más suponer que lo que ahora llaman normal en un girar de tuerca del tiempo la cultura llamará enfermo. Porque en su maravilloso quehacer la cultura nos ha demostrado el poder que ejerce para invertir la cara de la moneda, y cómo el lado inverso de la historia pasa a ser, en un parpadeo, el anverso.
Así pues, como la palabra puede nombrar y hacer existir al sujeto dentro de la cultura; la palabra también se ha encargado por medio de un extraño uso del lenguaje categórico y negligente, de sumir en el no-lugar a muchos que incomodan porque despiertan con su angustia repetitiva y circular la angustia de los otros.
La palabra de la cultura habla para acallar, para sugestionar y someter, para ser obedecida, para castigar al divergente, a aquel que se subleva o por lo menos lo intenta. La cultura habla, pero no escucha al sujeto. La cultura es certeza y no quiere las certezas del loco. La cultura es una boca que no puede transfigurarse en tímpano. Es indudable que la palabra no destruye al cuerpo, aunque su discurso lleve a la acción de alterar el soma del sujeto. Quizás la palabra misma sea ese muro al que se enfrenta el loco, un muro sordo que se mira en un espejo y así se destruye y repite, desaparece y aparece en esa palabra sin eco, ya que no habrá quien responda a esa palabra, los locos hablarán eternamente consigo mismos… aunque los locos son los otros, los que no se llaman a sí mismos, locos, sino que son nombrados por el Otro, los que presumen ser nombrados normales.

En defensa de uno mismo
“El hombre es una síntesis de infinitud y finitud, de lo temporal y lo eterno, de libertad y necesidad, en una palabra: es una síntesis.” Kierkegaard
Rimbaud dirá: “Je est un autre.” [1], quizás partiendo de ese constante dilema que propone la angustia de querer ser yo y querer ser otro, en términos de enfermedad para Kierkegaard. Esa lucha constante del individuo entre permanecía y liberación. El hombre quiere liberarse de si mismo por medio de sus prisiones personales, lo que Foucault llamara mecanismos de defensa partiendo de los postulados por Anna Freud. Lo mecanismos no son sino meras herramientas que parecen ineficaces hasta cierto punto, que buscando contener la angustia del sujeto pueden verse como estimulantes y promotores de esta, en los llamados enfermos mentales.
La imperiosa incertidumbre de saberse: “Quien soy Yo”, el desasosiego de cifrarse en un presente sin tiempo, que se compone de un pasado acomodado y un futuro improbable y claramente impropio, y que ante esto se pregunta Foucault: “El paciente ¿se defiende con su presente de su pasado? ¿O se protege de su presente con ayuda de una historia pasada?” ¿pero se protege de que, me pregunto yo? Probablemente de sí mismo, de un si mismo incognito oculto tras una cantidad de palabras impuestas, de palabras categóricas y aparentes, que provienen de un otro que no es Yo, y que harán que los mecanismos de defensa operen en el sujeto partiendo de ese pasado arcaico, que emerge en el presente como una ficción (como una historia con elementos reales transfigurados por la memoria: Fantasía y realidad) y que muchas veces el mismo sujeto desconoce y por eso sustituye con elementos externos a su historia personal. Por eso es importante como dice Foucault: “Hay que encontrar el núcleo de las significaciones psicológicas a partir del cual se ordenan históricamente las conductas mórbidas.” Hay que encontrar esa naturaleza primigenia, esa historia arcaica dentro de esas conductas que enferman al sujeto. Pero estas conductas mórbidas no son más que actos de sublevación de una parte del yo que quizás se opone al orden impuesto. No son otra cosa que una búsqueda de resignificación del sujeto, que intenta dar una lógica personal a su propia existencia. Volvemos pues al nudo de esta novela trágica del sujeto, esa historia desconocida, la ficción incompleta, que se rescribe a cada instante en este presente incontenible, plagada de escenas que realizan cortes abruptos, o escenas que se repiten hasta el cansancio del observador o del paciente (como quiera el lector llamarle) una especie de película con diversas posibilidades naufragando en un océano de palabras, en un flujo de conciencia… aparece entonces la melancolía de aquellas reminiscencias de la infancia que suponemos fue hermosa, escenas que ocultan la sombra de nuestro síntoma con una luz vislumbrarte, artificial y cegadora, el remordimiento de lo no realizado, el dolor de lo imperdonable, de los actos cometidos que ahora son un destino recriminatorio, una marca y una categoría. Todos estos elementos teatrales del pretérito constante hacen que el sujeto esté adherido a ellos o que surjan completamente desdibujados por los mecanismos de defensa que juegan un papel de máscara para imponer los designios de la cultura imperante y que solo parecen servir como obstáculo para evitar que el sujeto se enfrente a lo sublime de su naturaleza, con aquello innombrable que es la es ousia[2] de su verdad. Aquella angustia primigenia que antecede a la cultura y que en el llamado enfermo mental muchas veces logra ser incontenible. Esa angustia trae de nuevo todo aquello que nosotros mismos nos resistimos a ver (a ser). Porqué abominamos lo que somos, porque simplemente, Yo es otro.



[1] “Yo es otro”
[2] Esencia, sustancia