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| La profecia, Roberto Ferri |
"Es médico quien sabe de lo invisible, de lo que no
tiene nombre ni materia, y sin embargo, tiene su acción." Paracelso
“La enfermedad entra y sale del hombre como a través de una puerta.” Canguilhem
“A blow with a word strikes deeper
than a blow with a sword.” Robert
Burton
La incertidumbre de la bestia arcangélica
¿Puede un hombre aferrarse a lo desconocido?
¿llamar hermano a un forastero? ¿puede habituarse a la incertidumbre? El horror
a lo incierto deja en evidencia su impotencia, su carácter indivino. Hizo de su palabra el mejor aliado ante la adversidad.
Hizo de la palabra ley aun cuando está solo, es quimera, imposibilidad en el
mundo fáctico. Entre el hacha de piedra y el lenguaje instauró las reglas de
juego de la cultura. El mundo fue creado por el verbo divino. Y ese reino de
certidumbre sagrada de la palabra ha sido siempre protegido por la evolución de
sus armas de contingencia. Aterrado queda el hombre de supuesto saber infinito,
cuando descubre que un fenómeno no puede ser encarcelado en ese fabuloso mundo
de la palabra. Qué puede decir entonces cuando otro hombre, en igualdad de
condiciones naturales y artefactos discursivos, detona una bomba verbal a la
cual no tiene como responder más que con un gesto de inaudita perplejidad.
Vuelve a cifrarse en la angustia arcaica, intenta buscar refugio cercano, pero
como la caverna ha sido ya sepultada por su reino histórico de palabras, no ve
otra alternativa que atacar con el encierro categórico hacia el discurso
incomprensible del otro. Y para este ineficaz enfrentamiento no tiene una
palabra que sirva de reja para de limitar la palabra indómita del otro, así que
recurre a encerrarlo con una palabra que ha servido siempre de escudo ante
cualquier ataque sublime. Delimitará al otro como “Loco” o como “Enfermo
mental”.
La enfermedad, esa perpetuidad del circulo
que se repite y se repite como reconstrucción de un pasado y un futuro en un
inexistente presente, ese nefasto Uróboros de la angustia perenne que
solo el “loco” hace lúcido y lo manifiesta como su verdad. Se valdrá el hombre
“normal” de recursos lingüísticos de saberes historiológicos y culturales ante
el asecho de la palabra del loco, para ocultar su ineficacia de sentido, su
impotencia contundente ante la palabra que suplanta a la palabra de la norma,
ante el discurso sofisticado y de una lógica cimbreante a la que no puede
atacar y mucho menos mostrarse derrotado. Amparado en la cultura y el lenguaje
delimitado de esta, intenta sentirse seguro de confinar al otro a la negación,
de poner al Loco en ese no-lugar que no logra comprender. Presa de terror
abogará por el lenguaje psicológico o psiquiátrico, ese lenguaje que hasta hoy
no ha podido liberarse de las categorías.
Un afán enfermizo por clasificar incluso lo
inclasificable en cada época de turno, convirtió al hombre “normal”, en una de
sus categorías, en un enfermo sin saberlo. El genio de ayer será el tonto del
mañana, el monumento del héroe de una patria derrocada será dilapidado por el
Napoleón de una nueva república. Son pequeñas argucias que exige el poder, que
ha hecho del hombre un ser inseguro de su desconocer. Un ser paradójico que
busca esa certeza de la que goza el loco. Eso lo angustia. Se hizo un paranoico
que le huye a la evidencia de sentirse ajeno de sentido, huye de su pasado,
repitiéndolo, renombrándolo, falseándolo, pero acusa solamente al loco porque
con su pasado, el loco hace y reside en el circulo que es su presente. El
hombre “normal” está realmente ausente de saber, fóbico ante la impotencia de
sus palabras…y de palabras se ha servido, de palabras se ha envenenado o
nutrido según el momento, según los vejámenes y demandas de la cultura que lo
somete y lo acuna en su Norma. Porque el hombre sin la cultura no es más que un
innombrable. Y para existir debe ser nombrado por otro. Debe llevar un signo en
la frente, para ser recordado debe ser nombrado. Porque este hombre vive del
recuerdo, ya que el individuo no está ni existe en el presente; no es, ni fue,
ni será un hecho presente. Es vanamente un recuerdo y una sombra proyectada en
la palabra. Simplemente el individuo es un “work
in progress” algo inacabado, por eso exige a la cultura hacerlo numerario,
hacerlo una categoría, un nombre y si no es nombrado recuerda a los
innombrables y estos traen el horror del olvido. Incluso en su carácter
dadivoso, para estos sujetos que se salen de su comprensión, de su límite de
palabras, con su accionar o su discurso, tiene siempre una palabra en la punta
de la lengua para salvarlos de ese olvido. Porque como buen ser sano se ve en
reflejado repetido en el ser enfermo. Poco importa si esta palabra puede ser: Marginal, loco, idiota, esquizofrénico,
psicótico, necio… Esa palabra conciliadora, ese candado y prisión de
letras, llegará para salvar a aquel otro que no ha pedido salvación, pero sí
quizás ser escuchado, bajo una escucha abierta, ajena de prejuicios
categóricos, pero este pobre innombrable se topará contra un muro sordo. Porque
el hombre “normal”, hacedor de categorías no entiende el mundo realmente,
simplemente lo nombra para así poder fabularse un cierre. Y solo puede
interpretar esa realidad intangible que es el otro, por medio de palabras que
no definirán al otro para sí mismo, sino que solo serán consuelo para el
hacedor de conceptos a la vez que le permitirán no caer en cuenta de su
insondable ineptitud, su inexistencia en el presente de sí mismo.
La palabra enferma
Foucault
desde sus indagaciones sobre la locura, persiste en cuestionar ese deseo
compulsivo de la cultura de estigmatizar, de vincular a la fuerza por medio de
la palabra categórica lo orgánico con lo mental, lo somático con lo espiritual.
También pone en jaque ese asunto entre lo normal y lo patológico, cuestionando
el concepto mismo de enfermedad. El loco no se sabe loco, pero el “normal” se
sabe cuerdo y sabe que el otro está enfermo. El normal es dueño de la palabra y
el silenciamiento del otro. El normal desdibuja la certeza del Loco, con las
palabras impuestas por la cultura.
Foucault también deja claro que entendiendo que la enfermedad en el
cuerpo, aunque patológica es algo natural, es natural que el cuerpo se enferme,
es normal que se presenten síntomas que aquejen al cuerpo, es normal que el
dolor sea una forma latente de manifestar que el cuerpo lucha por mantenerse
vivo. Como dice Canguilhem: “Para que
toda esperanza no esté perdida, basta con pensar que la enfermedad es algo que
le sobreviene al hombre.” Pero en el asunto mental la cuestión estriba
desde fuera del cuerpo del enfermo y mucho más de la mente de este. Presume un
agente externo. Es la palabra del otro quien determinará, quien categorizará
quien está enfermo mentalmente para una cultura que se rige bajo unas
determinadas normas. Así pues, el loco, aunque para sí mismo se sienta “Normal”
aunque no se nombre de este modo, dentro de su accionar, dentro de su discurso,
la cultura se encargará de desnormalizarlo y colocarlo en ese cómodo lugar del
enfermo. ¿Acaso todo loco se queja de su locura? ¿No será acaso que es la
cultura quien se queja de él? Porque el loco resignifica la palabra impuesta,
porque el loco vive su verdad y no la verdad general. Esto supondría quizás que
la cultura es quien se encuentra realmente enferma, quien entra en un estado
paranoico al vérselas con un sujeto que se sale de sus límites, de esa palabra
impuesta y categórica, esa palabra que al nombrar al sujeto lo erradica de su
carácter de individuo y lo hace uno más… la cultura teme al loco por el acto de
su palabra que cuestiona sus leyes sin con esto hacerse ser un criminal (aunque
muchas veces se le coloca ese
nombre). El enfermo mental es alguien que no comulga con el control discursivo
de la cultura y la única opción de esta frente a este sujeto es ponerle ese
calificativo marginal para poder somáticamente extraerlo y erradicarlo de su
estado paranoico de certeza.
Me he dejado llevar por el apasionado
cuestionamiento de Foucault ante el papel que ejerce la cultura frente a lo
patológico y lo normal. Sin embargo, me cuestiono ante otra figura que circunda
el texto y es el concepto de Realidad. Al parecer la cultura tiene definida y
delimitada la realidad, y es algo que todo sujeto debe asumir así no la comprenda,
de alguna manera la realidad es todo aquello que sobrepasa al sujeto. Aunque
supongo que la realidad del sujeto es pasada y su fantasía es siempre futuro.
Sin embargo, la cultura no permite que el sujeto reinterprete ese desconocer de
su presente, no autoriza revisar su realidad desde la singularidad de cada
individuo, y si alguno se atreve a hacerlo es porque este sujeto está enfermo.
Todo lo que genere angustia es sinónimo de enfermedad, de crisis. Todo aquel
que no cumpla las directrices delimitadas por la cultura de lo que es o no es
la realidad impuesta ha de estar enfermo y debe ser tratado y excluido como
tal. Porque su salud mental está peligrando, aunque vale la pena repetirlo, la
salud mental que parece trastabillar es la de cultura, que en su estructura
hermética teme ser flanqueada por una verdad singular y una realidad por fuera
de sus límites.
Volvamos pues a lo somático y lo mental. En
el absurdo papel que ha jugado la cultura en la historia hemos visto como en
otros tiempos la Homosexualidad era vista y tratada como enfermedad mental. Sin
embargo, ahora pareciera que los papeles se están invirtiendo, y es el hombre
heterosexual, quien parece que poco a poco va adoptando el manto, de exclusión,
la “persona” del enfermo “sexual”, del desviado, y su discurso cada vez más se
ve acallado y oprimido, ante las supuestas minorías que disputan por ser
nombradas con una nueva categoría, (porque al parecer no son suficientes las
que hay hasta ahora. Con esto quiero poner en claro una simple diferenciación
que Foucault deja en evidencia, y lo daré con un ejemplo sencillo.
Por más que en nuestro discurso queramos
decir que un cáncer no es un carcinoma, así lo llamemos “helado de frambuesa
azul” o “una prueba que el creador le da a sus mejores guerreros.” Eso no
cambiara el asunto somático y fáctico que compete a esta enfermedad. Por más
nombres que queramos atribuirle el cáncer no dejará de ser una enfermedad, no
importa si la cultura cambia, el cáncer será un cáncer incluso si no es
nombrado. Mientras que, en el caso del loco, el discurso categórico será
determinante para que este exista. Todo depende de la cultura de turno para
designar que accionar es permitido o no, y cuál conducta es normal y cuál es
patológica.
No está de más suponer que lo que ahora llaman
normal en un girar de tuerca del tiempo la cultura llamará enfermo. Porque en
su maravilloso quehacer la cultura nos ha demostrado el poder que ejerce para
invertir la cara de la moneda, y cómo el lado inverso de la historia pasa a
ser, en un parpadeo, el anverso.
Así pues, como la palabra puede nombrar y
hacer existir al sujeto dentro de la cultura; la palabra también se ha
encargado por medio de un extraño uso del lenguaje categórico y negligente, de
sumir en el no-lugar a muchos que incomodan porque despiertan con su angustia
repetitiva y circular la angustia de los otros.
La palabra de la cultura habla para acallar,
para sugestionar y someter, para ser obedecida, para castigar al divergente, a
aquel que se subleva o por lo menos lo intenta. La cultura habla, pero no
escucha al sujeto. La cultura es certeza y no quiere las certezas del loco. La
cultura es una boca que no puede transfigurarse en tímpano. Es indudable que la
palabra no destruye al cuerpo, aunque su discurso lleve a la acción de alterar
el soma del sujeto. Quizás la palabra misma sea ese muro al que se enfrenta el
loco, un muro sordo que se mira en un espejo y así se destruye y repite,
desaparece y aparece en esa palabra sin eco, ya que no habrá quien responda a
esa palabra, los locos hablarán eternamente consigo mismos… aunque los locos
son los otros, los que no se llaman a sí mismos, locos, sino que son nombrados
por el Otro, los que presumen ser nombrados normales.
En defensa de uno mismo
“El hombre es una síntesis de infinitud y
finitud, de lo temporal y lo eterno, de libertad y necesidad, en una palabra:
es una síntesis.” Kierkegaard
Rimbaud dirá: “Je est un autre.” [1],
quizás partiendo de ese constante dilema que propone la angustia de querer ser
yo y querer ser otro, en términos de enfermedad para Kierkegaard. Esa lucha
constante del individuo entre permanecía y liberación. El hombre quiere
liberarse de si mismo por medio de sus prisiones personales, lo que Foucault
llamara mecanismos de defensa partiendo de los postulados por Anna Freud. Lo
mecanismos no son sino meras herramientas que parecen ineficaces hasta cierto
punto, que buscando contener la angustia del sujeto pueden verse como
estimulantes y promotores de esta, en los llamados enfermos mentales.
La imperiosa incertidumbre de saberse: “Quien
soy Yo”, el desasosiego de cifrarse en un presente sin tiempo, que se compone
de un pasado acomodado y un futuro improbable y claramente impropio, y que ante
esto se pregunta Foucault: “El paciente ¿se defiende con su presente de su
pasado? ¿O se protege de su presente con ayuda de una historia pasada?” ¿pero
se protege de que, me pregunto yo? Probablemente de sí mismo, de un si mismo
incognito oculto tras una cantidad de palabras impuestas, de palabras
categóricas y aparentes, que provienen de un otro que no es Yo, y que harán que
los mecanismos de defensa operen en el sujeto partiendo de ese pasado arcaico,
que emerge en el presente como una ficción (como una historia con elementos
reales transfigurados por la memoria: Fantasía y realidad) y que muchas veces
el mismo sujeto desconoce y por eso sustituye con elementos externos a su
historia personal. Por eso es importante como dice Foucault: “Hay que encontrar
el núcleo de las significaciones psicológicas a partir del cual se ordenan
históricamente las conductas mórbidas.” Hay que encontrar esa naturaleza
primigenia, esa historia arcaica dentro de esas conductas que enferman al
sujeto. Pero estas conductas mórbidas no son más que actos de sublevación de
una parte del yo que quizás se opone al orden impuesto. No son otra cosa que
una búsqueda de resignificación del sujeto, que intenta dar una lógica personal
a su propia existencia. Volvemos pues al nudo de esta novela trágica del
sujeto, esa historia desconocida, la ficción incompleta, que se rescribe a cada
instante en este presente incontenible, plagada de escenas que realizan cortes
abruptos, o escenas que se repiten hasta el cansancio del observador o del
paciente (como quiera el lector llamarle) una especie de película con diversas
posibilidades naufragando en un océano de palabras, en un flujo de conciencia…
aparece entonces la melancolía de aquellas reminiscencias de la infancia que
suponemos fue hermosa, escenas que ocultan la sombra de nuestro síntoma con una
luz vislumbrarte, artificial y cegadora, el remordimiento de lo no realizado,
el dolor de lo imperdonable, de los actos cometidos que ahora son un destino
recriminatorio, una marca y una categoría. Todos estos elementos teatrales del pretérito
constante hacen que el sujeto esté adherido a ellos o que surjan completamente
desdibujados por los mecanismos de defensa que juegan un papel de máscara para
imponer los designios de la cultura imperante y que solo parecen servir como obstáculo
para evitar que el sujeto se enfrente a lo sublime de su naturaleza, con
aquello innombrable que es la es ousia[2]
de su verdad. Aquella angustia primigenia que antecede a la cultura y que en el
llamado enfermo mental muchas veces logra ser incontenible. Esa angustia trae de
nuevo todo aquello que nosotros mismos nos resistimos a ver (a ser). Porqué
abominamos lo que somos, porque simplemente, Yo es otro.
[2] Esencia, sustancia 