lunes, 30 de septiembre de 2019

EL ARTISTA SIN PLUMAS O “LA EXIGUA VIRTUD PARA HACER UN ENSAYO DE BIRDMAN”



“Antes canonizábamos a los héroes. Ahora, lo moderno es vulgarizarlos.” Wilde

¿Quién demonios es Raymond Carver? Podría comenzar por preguntar. Vagamente he escuchado su nombre, tal vez he llegado a leer con increíble aburrimiento alguno que otro relato proveniente de su pluma, de los cuales sólo puedo recordar en este instante, el afamado Catedral, y la tautológica biografía novelada hecha relato sobre los últimos momentos de Chejov. Vienen a mi mente algunas impresiones ambiguas ahora que estoy sentado frente al ordenador, repitiéndome ¿Quién demonios es Raymond Carver? Y de paso ¿a quien carajos le importa ahora?
 Recuerdo que llegué a Carver precisamente por Chejov. Hacía muy poco que había tenido la fortuna de sumergirme en la lectura de algunos de sus relatos que, sin lugar a dudas, me habían cautivado y obsesionado, sobre todo por la empatía por la que un fracasado y un destapado como yo puede encontrar con personajes como el paciente de El pabellón número seis o el héroe de Historia de mi vida. Sin embargo, como intento decir, el infortunio se cruzó en mi camino, estando yo embelesado por la maravillosa prosa del maestro ruso que exaltaba el alma de los mediocres, tuve la insulsa idea de tomar las recomendaciones que un fanfarrón alergólogo que de paso también tenía el descaro de escribir y que además tenía el descaro de considerarme su amigo e incluso se llenaba la boca diciendo que me veía como un mentor… dejemos esta anécdota anodina para otro relato de Carver tal vez. Lo importante acá es que este galeno mezzotint al enterarse de mi gusto obcecado por Chejov fue el responsable de recomendarme la lectura de Tres flores Amarillas, que como ya he dicho es una biografía en forma de relato hecha por Carver, donde un lector cuidadoso o uno con muy buena suerte como yo se pesca que el relato, no tiene otra función entre líneas, que poner al escritor del relato en comparación del gran maestro del relato corto. Es por esto que vuelvo y repito ¿Quién demonios es Raymond Carver? ¿Y por qué tanta palabrería sobre Carver si este opúsculo mediocre no está dirigido para él si no para hacer una mirada miope y acomodada en función de una supuesta estética igualmente amañada por la mirada de este humilde servidor que se oculta tras la pluma con la que escribe o intenta escribir sobre una película de un mexicano, que quiere jugar a un juego de espejos con el espectador y los actores que están inmersos en este proyecto? Realmente, no lo tengo muy claro, quizás es por el juego tautológico e intertextual y corresponsal que tiene todo este asunto. En la película un actor de Hollywood, célebre por su interpretación de un héroe de historietas, pero que se halla en declive, al igual que el actor que interpreta a este actor (Michael Keaton) decide intentar sacar a flote todo el egocentrismo y el narcisismo que el alma atormenta de una celebridad en el leteo del espectáculo puede sentir, para así derrochar toda su fortuna recreando un relato de Raymond Carver llamado: De que hablamos cuando hablamos de amor, convirtiendo este en un monigote teatral. El juego de espejos esta por todos lados, la obra que se pretende mostrar en Broadway tiene un carácter autorreferencial e íntima similitud con la vida de este quijote de la gran pantalla. A Tal punto que los personajes que Michael Keaton representa (el del libro, el del teatro y el de la pantalla) se pegan un tiro frente al desengaño y el descubrimiento de la poca importancia de su propia vida para no morir en el intento. Pero acá el espejo se bifurca o se distorsiona, el personaje de Carver en el libro finalmente muere a los pocos días, el de las tablas, presuntamente da la ilusión de haber muerto cuando cae el telón, y el actor de Hollywood, o mejor dicho los dos actores Riggan (el del film) y Keaton (El actor tras el film) sobreviven. ambos salen volando ya que pudieron de nuevo acariciar la fama. (uno de los dos metafóricamente, no sé bien cuál de los dos).
Este eco visual de un personaje que se repite en el reflejo, que se empequeñece y se hace más difuso cada vez que se repite hasta el punto de desaparecer. Me recuerda quizás, de un modo injusto, pero como dice Wilde: “Resulta difícil no ser injusto con lo que se ama.” A la escena memorable del ciudadano Kane pasa por el lado de un espejo donde su efigie se repite hasta el infinito hasta hacerse olvido.
Pero volvamos a Carver, preguntemos de nuevo por él, sin que sea yo el que suelte una parafernalia incongruente de palabras sobre esto; dejare entonces en la voz de los personajes del film esa interrogante:
Mike: - ¿Por qué Raymond Carver?
Riggan:- Cuando era joven, en la secundaria actué en una obra y él estaba en el público. Me envió esto después de la obra. Una nota. "Gracias por una actuación sincera.Ray Carver". En ese momento supe que iba a ser actor. En ese instante. ¿De qué te ríes?
Mike:- Es la servilleta de un bar.
Riggan:- ¿Y qué?
Mike: Estaba borracho, amigo.
Al repetir la última frase de Mike Caigo en cuenta que he cometido un error terrible e imperdonable para realizar este escrito tautológico sobre Carver y la película que inspiró. Y será el mismo Mike quien exhibirá cual es mi pecado, fuera del pecado de vanidad que todos en este juego de espejos lucimos sin vergüenza:
Mike: Debo estar borracho. ¿Por qué no lo estás tú? ¡Esto es Carver! ¡Dejaba un pedazo de su hígado en cada página que escribía!
Pero yo no estoy dejando mi hígado, ni ninguna de mis viseras en esto. Solo esto intentando saber qué papel juego aquí. ¿Soy un simple espectador? ¿un crítico pedante e ignorante? ¿un personaje ridículo que esta fuera de escena? ¿Quién diablos soy? Definitivamente no soy Carver, eso puedo darlo por sentado. Y sin responderme este maldito enigma existencial viene a mi mente otra pregunta ¿Qué hago yo aquí? Eureka, Eureka, ante esta pregunta puedo presumir acaso salirme un poco de la ignorancia en la que me he cifrado hasta ahora para encontrar una buena respuesta; estoy aquí para hacer como el personaje del poema de Jaime Sabines[1], estoy aquí porque solo quiero mirar y mirar…y Todo este asunto se resume a la mirada, a una mirada histeria, una mirada deseante insatisfecha, incompleta, narcisista y expectante que busca ser reconocida en el reflejo de otra mirada, otros espejos, para finalmente perderse en el olvido de un parpadeo o en el aleteo irrisorio de un porvenir incierto.
Sin embargo, sigo con muchos interrogantes y por más que miro y miro nada respondo. Me apropiaré de la leyenda que sigue al título del film, y con esa virtud de ser un ignorante inesperado, dejaré de elucubrar posibles respuestas y me someteré meramente a preguntar.
¿Qué es un artista? ¿Quién es un artista? ¿es acaso Raymond Carver un artista? ¿Qué hace a un hombre un artista? ¿la crítica hace al artista? ¿la prensa? ¿los productores y el dinero con el que endulzan a otros para la difusión y promoción de su “artista” apadrinado?... ¿Cuál es la visión del artista? ¿Acaso es ese Übermensch que promete Nietszche, que está en las alturas y contempla al hombre con una sonrisa?...[2]  ¿Será acaso cierta la cita de Barthes que el film aparentemente nos relata?[3] ¿somos acaso según esto nosotros los que miramos sin actuar ante el mundo personajes borrados la diagramación de una tira cómica? ¿Es el artista un héroe? ¿Qué virtudes exige entonces ser un héroe? ¿Quién en este maldito filme es el heroe? ¿es acaso Tabitha, la heroína en todo esto, que en su función de critica implacable quiero revelarnos el fraude que es toda esta puesta en escena y que intentará hasta donde su pluma alce vuelo para prevenirnos del atroz delito contra el arte escénico que se estaría cometiendo si esta obra idea de Iñarritu, de Carver, Riggan o quien sabe quién demonios, es presenta ante la mirada de un público aun inexistente? ¿O será el crítico como nos dice Mike, supuestamente aludiendo Flaubert queriendo referirse a Wilde al pronunciar esta frase: "Un hombre se convierte en crítico cuando no puede ser artista, así como se convierte en informante cuando no puede ser soldado"?
Ante todo, esto me declaro ignorante para dar certezas y sé que muchas preguntas quedan en el aire flotando y otras cuantas podrá hacerse aquel que ponga su mirada aburrida e ignorante sobre este texto luego de leerlo y otras simplemente volaran al olvido al lado de Riggan luego de saltar por la ventana.







[1] ¿Qué putas puedo hacer?, Jaime Sabines
[2] «Vosotros miráis hacia arriba cuando buscáis elevación, yo miro hacia abajo, porque estoy elevado. Decidme, ¿quién de vosotros puede reír y a la vez estar elevado? El que asciende a las más altas montañas se ríe de todas las tragedias: de las del teatro y de las de la vida.» Nietszche, Así habló Zaratustra
[3]  La labor cultural que antes realizaban los dioses y sagas épicas ahora la realizan los comerciales de detergente y los personajes de tiras cómicas.”

lunes, 9 de septiembre de 2019

LA DESACRALIZACIÓN DEL DESEO BAJO EL INFLUJO DEL MITO FAMILIAR

Es inminente el carácter dinámico y fluctuante que la sociedad más antigua ha
padecido a través del tiempo. No podríamos hablar de la familia, como algo hierático
e inamovible, aunque en la abstracta mitología de nuestro tiempo permanece su efigie
idónea como un tótem sagrado y como un enigma al que se le rinde un extraño culto,
quizá producto de una herencia inocua, aunque solo de corte pagano, a la que
vanamente se evoca bajo las reminiscencias del espectro enmohecido que su palabra
circunda.
¿Es pues, la familia, en nuestro tiempo solo un mito pagano? Al parecer todo indica
que sí, si nos ubicamos desde una mirada histórica, entenderemos que la familia,
como origen primigenio de cualquier sociedad humana, ha perdido su potestad ante
cualquier manifestación de cultura. La familia ha abandonado ese pináculo de
grandeza en la que se mecía y poco ha quedado de la carga simbólica y jerárquica que
encerraba.
Estamos a merced de una cultura perversa, sin dioses que delimiten al sujeto, donde
el individualismo se ha confundido siniestramente con un narcisismo que sobrepasa
los senderos de la psicosis. El imaginario de familia es intrínsecamente eso, una
idealización psicótica producto de una cultura que ha invertido su estructura,
colocándolo en las antípodas de su gobierno. Haciendo de su fantasma su instrumento
de goce, donde el principal afectado es el sujeto, el cual no tiene de que asirse ante
este macabro juego de la cultura, que usa a la exigua quimera llamada familia como
salón de juegos, donde siempre el sujeto tendrá las de perder o en su defecto será un
eco perverso de esa cultura que tira de sus hilos.
¿Pero ha que se debe esta inversión jerárquica de poderío en la sociedad? Se podría
invocar a un desvanecimiento del sentido ético, de una moral férrea que antes llevaba
las riendas de todas las estructuras sociales, a la perdida de esos dioses inmaculados
que tanto tiempo cubrieron de misticismo a la humanidad. Pero en este opúsculo nos
atrevemos a suponer otra causa que a simple vista resultaría como mera consecuencia
y no como un factor determinante. Y no es otra que el desvanecimiento del deseo,
donde solo cabría citar a Burroughs: Nada es real, todo está permitido. Con esta
premisa, se puede vislumbrar la para psicótica que envuelve al sujeto bajo la máscara
de la familia. Un cambuj que carece de una ley del padre, que no determina con
claridad el carácter deseante de la madre, dejando a la deriva de lo sublime y lo
ominoso al hijo que sin pedirlo he hecho peregrino de un sentido de vida.
Derrumbado el muro que procura el deseo, desmitificado el sentido erótico que es el
principal opositor de quebrantar la ley del incesto y el canibalismo. El hombre queda
a merced de un placer sin cause. Esto es el resultado de una sociedad que se encargó
de desvirtuar ese extraordinario suceso que alguna vez fue llamado Familia y que
curiosamente ahora tiene mayor semejanza con su proceder filológico: Famulus1, para
dejar al sujeto presa de su propio deseo, recordándole a cada instante que todo lo
puede que todo está permitido. Que la verdad no es más que un efímero poder que
mancillan los que están en la cúspide y que poco debe importar a los que están por
fuera en las periferias de esa verdad cuestionable pero que casi nadie cuestiona. Las
estructuras de poder toman un carácter más enigmático, difuso y paradójico. En
apariencia, hacen creer al sujeto que es dueño y señor de su accionar y de su
pensamiento, pero eso es un fútil espejismo, una sociedad del espectáculo, donde el
goce se ve disminuido al no presentarse obstáculo alguno para llegar a él. La infinidad
de medios que el sujeto, o mejor la infinidad de instrumentos a los que puede acceder
para llegar a esta meta, hacen que el sujeto pierda interés por la causa, dejándose al
gobierno absoluto y perverso de la cultura. Entre esos obstáculos que se han
erradicado del camino está la familia, quien como hemos planteado en un comienzo
era aquella que constituía la ley y determinaba el cauce para el deseo del sujeto.
Pero volvamos a esa idea mítica de familia, que es y a donde nos conduce, cuál era su
propósito en tiempos pretéritos a este. Podríamos suponer que no divergía mucho de
lo que es ahora, de forma fáctica, pero dentro del ideal, de la ilusión, su carácter era
opuesto al que ahora mantiene. La familia aparecía como un sistema organizado de
miembros que se subordinaban al nombre del padre, donde el Patriarca era quien
cumplía la función de cuestionar las ideas y las pulsiones del sujeto que anhelaba
arrojarse sin estribos ante el deseo que inspiraba la madre.
Mientras que, en estos tiempos, somos testigos de la aparición de fantasmas de
familias, donde no queda ni el eco de este ideal de orden erótico y moral. Donde solo
la imagen o el imaginario de familia se construye en la apariencia significante de sus
miembros mutilados. Somos víctimas de cuerpos fragmentados, donde fácilmente la
cabeza de ese cuerpo familiar ha sido reemplazada por un ideal publicitario o
tecnológico. Nuestra voluntad ha sido aniquilada, anhelamos bagatelas que solo el
materialismo puede colmar, exhibiendo la familia como una matioshka hueca, donde
al destaparse solo encontramos otra figura igualmente hueca, pero de menor tamaño.
¿pero cómo llenar este vacío dentro de la estructura familiar, a sabiendas que estamos
inmersos en una psicosis donde no diferenciamos el mundo exterior, ni el mundo
exterior, ni mucho menos el mundo factico del mundo aparente?
1 En latin: Criado doméstico.
Quizás la respuesta se encuentre en las profundidades de ese erotismo perdido que
ha sido suplantado por una pornografía de hechos irrisorios. Pero para eso
deberíamos reinterpretarlo todo, entender el erotismo no como algo inaccesible si no
como algo prohibidamente razonable. Algo que procura el goce mismo siendo secreto
y enigma para aquel que lo circunda y lo roza con nuevos coqueteos. No queda otro
camino para la reinterpretación de ese fantasma que es la familia, que dejarse seducir
por un arte gobernado por la razón erótica, en otras palabras una reconfiguración del
sentido estético del sujeto y su mundo exterior.