“¿Qué misterio hay en tus palabras confusas, en tus débiles quejas, en tus armoniosas y extrañas canciones?” Gustavo Adolfo Becquer
“¡Oh, divino poder de la voz humana, no igualado por ningun otro poder en el mundo!”
Madame Blavatsky
Sé que he fracasado humildemente, al no poder aproximarme con talento al texto de Lorca sobre el duende y así como un usurpador sin gracia, me escudare en sus palabras. Espero me crean que lo intenté. Quise encrespar la borrasca de mi alma y busqué embriagarme con absenta y láudano, fumar opio mientras asechaba en el cielo la luna de los gitanos para hacer hablar mi duende, “Hice complicadas geometrías con la palabra y el ritmo, llené los ojos de plata con mi llanto y hasta puse una pantalla a la lamparita que ilumina la gruta de mi cabeza, ¡pero todo fue inútil!” L(orca) Me hallaba soñando y ni una sola palabra había escrito, las hojas seguían en blanco y mi duende se reía en las sombras de mi alma. Así que falto, de todo genio, me puse de pie, serví una taza de café oscuro y me perdí un instante esperando que algún dadivoso Djinn secreto, emergiera del negro líquido y surtiera algún efecto para hacer mover mis palabras (pero olvidaba que su virtud es el capricho mas no la dadiva). Pero quizás mi demonio, en ese momento era otro, tal vez el demonio nietzscheano de la pesadez, y entumeciera mis pensamientos, haciéndome vislumbrar la derrota. Intenté luego buscar refugio en Leopoldo María Panero y de suerte solo pude citar sin entender muy bien porque este verso en su Himno a Satán:
“Vencedor de la piedra desnuda
De la piedra que amenaza al hombre
Y que invita en vano a Satán
Señor del verso, de ese agujero
En la pagina
Por donde la realidad
Cae como agua muerta.”
¿Sera acaso que el duende abomina entonces a la realidad enmohecida? Es tal vez por eso que se agita con tanta violencia en el alma del poeta como nos refiere Lorca. ¿Acaso la realidad es la prisión tortuosa de este y quizás la única llave que tiene este oscuro ser sea el alma humana que entiende por igual del dolor y la pasión? (aunque tal vez en Lorca podríamos hablar de una pasión dolorosa o un dolor apasionado) Quisiera haber estado presente en aquella conferencia proferida por Lorca en 1933, y poder escuchar su voz, más las instancias del tiempo me condenaron a la distancia y consolarme con leer sus palabras casi un siglo después. En esta conferencia pretende dilucidar el espíritu doliente de España para eso comienza citando la frase de Manuel Torres: "Tú tienes voz, tú sabes los estilos, pero no triunfaras nunca, porque tú no tienes duende" (Lorca, 1933) frente a un cantante al cual algo le falta más allá del virtuosismo. Esta clase de ejemplo vuelve a ser mencionada con otra cantaora, Pastora Pavón, la llamada Niña de los peines, de la que da cuenta que en una presentación sufre una decepción al desempeñar ante el público una técnica irreprochable y de la cual ningún efecto surte ante la audiencia, descorazonada y adolorida, canta nuevamente dejando a un lado todo el alabastro y el barroquismo de su técnica para dejar su voz desnuda y desgarrada. La escena descrita por Lorca de la Niña de los peines es esta: “se sentó a cantar sin voz, sin aliento, sin matices, con la garganta abrasada, pero... con duende. Había logrado matar todo el andamiaje de la canción para dejar paso a un duende furioso y abrasador, amigo de vientos cargados de arena, que hacía que los oyentes se rasgaran los trajes casi con el mismo ritmo con que se los rompen los negros antillanos del rito, apelotonados ante la imagen de Santa Bárbara.” (Lorca. Pag.5) La escena recuerda un cuento de Blavasky, donde nos narra con ejemplar prosa la tragedia de un joven violinista, que buscaba su duende para superar a Paganini. El cuento está cargado de misterio y un aura esotérica digna de su autora, y como ya dije el cuento en si encierra una tragedia, producto de la ambición del violinista quien desconoce el poder y el reino donde habita el duende y descaminado comete una bajeza innombrable de la cual paga un terrible precio, de esta fantástica ejecución solo quiero traer a estas páginas los últimos instantes de la ejecución de la danza de las brujas:
“Los sonidos se habían hecho inconexos, contradictorios, inarmónicos, absurdo, mientras que del fondo de la caja sonora surgía la voz cascada y chillona…” (Blavatsky, 1892)
Desgarradora y trágica voz, que no era producto del duende del artista, si no del duende de otro. Sin embargo, Lorca en la historia de la niña de los peines, deja saber, que aquella cantaora, a diferencia del trágico protagonista del cuento de Blavatsky, una vez derrotada por su propia vanidad de artista, descubre que el artificio exterior no es el camino y derrotada se deja conducir por su propio duende.
En esa descripción de la ejecución descarnada que Lorca nos narra, deja de manifiesto ciertos signos distintivos del duende, dos de ellos son bastante interesantes: El fuego y el Aire. Ambos de un carácter sobrecogedor y fiero. Estos dos elementos tienen un carácter evanescente e incorpóreo. Se manifiestan en la realidad, sin ser acaso son tangible por esta. Estos dos elementos hacen pensar en la natura del duende. Aun así, sigamos pesquisando un asunto sencillo que Lorca nos trae a cuento y es precisamente entender que es el duende.
Antes que nada, Lorca nos aclara que el duende no es ni Ángel ni musa, si no un espíritu combativo y oscuro, que no se mueve dentro de esa claridad y paz en la que estas dos entidades se mueven, y aunque a pesar de que entre ellos el carácter etéreo es latente la fuerza que los mueve es adversa. Podríamos decir que el Ángel y las musas se transitan e inducen por las lindes de la luminiscencia, de una música clara como la que inspira y susurra la bella Euterpe, mientras que el duende como dice Lorca, citando nuevamente a Manuel Torres, el duende es quien trae los sonidos negros. Dentro de esta concepción simplista que el estrecho cristianismo ha implantado en las conciencias castrenses, da a pensar que estos sonidos son obras pues del diablo. De allí que el virtuosísimo exuberante ha sido relacionado con estos preceptos cristianos de lo demoniaco. Siendo más claros, no es fortuito que el tritono usado por Tartini para su conocida sonata, por mucho tiempo fue considerado un intervalo del diablo. Tomando pues de ejemplo esta sonata, tal vez podemos darnos una idea de lo que serían esos llamados sonidos negros.
¿Qué son entonces los sonidos negros? Esto es lo que nos dice Lorca: “Estos sonidos negros son el misterio, las raíces que se clavan en el limo que todos conocemos, que todos ignoramos, pero de donde nos llega lo que es sustancial en el arte. Sonidos negros dijo el hombre popular de España y coincidió con Goethe, que hace la definición del duende al hablar de Paganini, diciendo: "Poder misterioso que todos sienten y que ningún filósofo explica" (Lorca,1933) Esta explicación sirve pues para remitirnos al ejemplo antes dicho de Tartini, aprovechando la mención de Paganini, quien interpretó la renombrada sonata. El tritono, esa triada de notas infaustas usada para la composición ha estado relacionada desde antes de la existencia de estos dos músicos con lo demoniaco. Y la razón que puede adjudicársele a este adjetivo funesto, es que este sonido negro, no es un sonido suave y delicado, no es una melodía para amansar bestias ni encaminar rebaños. Estas notas ejecutadas con duende despiertan al escucha lo sacuden, lo inquietan, lo ponen alerta.
Con esto nos vamos aproximándonos, más y más a esa relación que tiene el duende con lo demoniaco. Aunque Lorca nos muestra del siguiente modo hay entre el duende español y el Daemon griego, y este último no es el la tergiversación grotesca y amañada que he hecho la iglesia del término si no quizás más cercano a su vez Djinn del mundo antiguo árabe: “El duende de que hablo, oscuro y estremecido, es descendiente de aquel alegrísimo demonio de Sócrates, mármol y sal que lo arañó indignado el día en que tomó la cicuta, y del otro melancólico demonillo de Descartes, pequeño como almendra verde, que, harto de círculos y líneas, salió por los canales para oír cantar a los marineros borrachos.” (Lorca. P.3) y aunque el mismo Lorca aclara en su conferencia que el demonio del que habla no es la interpretación del demonio cristiano, es importante resaltar que para la iglesia ciertas melodías, como la ya mencionada de Tartini, confundía esta concepción dándole un carácter maldito y pérfido, ya que todo aquello que se sale de los lineamientos es peligroso, porque tantea otros senderos por fuera de los que propone el libro sagrado. Quizás sea por esto el trágico final de Giordano Bruno, que visitado por su demonio en sueños, contempló la magnificencia e infinitud del universo, y este siendo un hombre la iglesia, confundiendo la voz de su duende con la de dios, hizo caso omiso a los consejos imperativos de su iglesia de callar aquellas visiones y por eso termino ejecutado por aquella institución a la que pensaba servía hasta el final de sus días, iluminando a la humanidad con ese saber oscuro que su duende le confirió.
Este es duende que hace mención Lorca, un agente del caos, pero un agente creador, por eso los dos elementos mencionados anteriormente: fuego y aire. Que en el poder del duende no podría ser otra cosa que un huracán de fuego, que excita y enciende todo lo que encuentra a su paso. Que devora y trastoca el alma del interprete, del soñador o el creador. Quizás de allí proviene la lucha interior del artista porque no es posible quedar impávido ante el poder de esta tormenta. Y frente a esto, frente a esta lucha indómita, Lorca se refiere a Nietzsche para diferenciar al duende de las otras potencias que pueden mover el alma del artista: “Todo hombre, todo artista llamará Nietzsche, cada escala que sube en la torre de su perfección es a costa de la lucha que sostiene con un duende, no con un ángel, como se ha dicho, ni con su musa. Es preciso hacer esa distinción fundamental para la raíz de la obra.” (Lorca, p.3)
Según Lorca, el ángel cumple la función de guía, y conduce el alma de dios a las alturas, la eleva a vislumbrar la magnificencia de un dios infecto de una luz sobrecogedora. Mientras que el papel de la musa es un tanto distinto, la musa no guía, la musa dicta o sopla, es la que mueve las manos, los gestos los actos del hombre. Según Lorca: “Los poetas de musa oyen voces y no saben dónde, pero son de la musa que los alienta y a veces se los merienda.” Interesante este remate de la musa que se merienda al poeta, lo crear la imagen mental de las sirenas que con su canto atraen a los marineros, aquellos que caen seducidos a su escucha, perecen devorados por estas.
Lorca también dice de esta, que la musa muchas veces es enemiga de la poesía por llenarse de inteligencia, cosa que Lorca réproba, ya que la poesía se inscribe más en el sentir que en la razón.
Otro aspecto interesante que nos dice Lorca es que el duende no es en sí mismo una acción o un obrar si no que es un poder que ejerce en este, es un espíritu combativo, una lucha que nada compete a la razón más si al sentir. Frente a esto dice así a modo de ejemplo ante la aparición del duende en escena: "El duende no está en la garganta; el duende sube por dentro desde la planta de los pies". Es decir, no es cuestión de facultad, sino de verdadero estilo vivo; es decir, de sangre; es decir, de viejísima cultura, de creación en acto.” (Lorca. Pag,3) También puntualiza que a diferencia del ángel y la musa que vienen de fuera, como un soplo exterior, el duende, por el contrario, está en la sangre inscrito en el cuerpo del artista: “En cambio, al duende hay que despertarlo en las últimas habitaciones de la sangre.” (Lorca, p.4) la sangre no es otra cosa que una huella ancestral, en nuestra sangre hay ecos del primer hombre que vio el fuego sagrado, en la sangre nadan las almas de toda la humanidad. Es ese significado en el que están contenidos todos los enigmas, ese que como dice Elizondo en el final de Farabeuf, es tan solo el que se produce en el transcurso de un instante infinito. Aunque no es fácil como nos dice Lorca, despertar esa sangre dormida, ese dolor ancestral, no es una caricia sutil como el toque de un ángel o el susurro de una musa, es algo arrebatado, es una contienda permanente entre el artista y su duende. El duende evita los caminos (de allí el desprecio de la iglesia a la figura del duende o Daimon, porque se opone rotundamente a la palabra de Cristo: Yo soy el camino). Para encontrarle hay que extraviar la brújula del mundo exterior, el duende exige, un trasegar del artista por el infierno del Yo, que se sabe que habita en la sangre misma. El viaje a los reinos del duende no es sencillo, es un viaje a la muerte misma. El duende habita en el dolor del cuerpo y es quizás por este método que ejerza su fuerza, del desgarramiento, así como le ocurrió a la Niña de los peines que: “Tuvo que desgarrar su voz porque sabía que la estaba oyendo gente exquisita que no pedía formas, sino tuétano de formas, música pura con el cuerpo sucinto para poder mantenerse en el aire… Su voz ya no jugaba, su voz era un chorro de sangre digna por su dolor y su sinceridad, y se abría como una mano de diez dedos por los pies clavados, pero llenos de borrasca” (Lorca, P.5) Toca entonces Lorca nuevamente la idea de ese viento indómito que circunda al duende, que trastoca al cuerpo y el alma. No es un asunto independiente, el cuerpo juega un papel determinante, es un cuerpo sufriente desgarrado, visceral que hace del duende un evasor, ya que permite que ese artista evada el mundo y lo aproxime a un lugar divino. El duende procura el paroxismo y el éxtasis, es la visión del instante de Farabeuf, ese rictus irrepetible capturado en la imagen fotográfica que reproduce el momento exacto antes de la muerte del Supliciado. Esto hace pensar que el duende es un instante de sangre en el que queda inscrito, como dice Elizondo: “El significado de tu muerte que es el significado de tu goce.”
Desde el comienzo de su conferencia Lorca nos evidencia que el duende se mueve por el cuerpo del artista, (hace quizás de este su juguete), puntualizando que principalmente se revela con mayor facilidad por medio de la música y esta información hace pensar en esa borrasca misma que es el duende, ese componente doble y etéreo de Aire y fuego como lo es la música misma. El duende necesita de un cuerpo para moverse, para hablar y ser escuchado. Por eso la música, la danza y la poesía, que como dice Lorca dependen de un intérprete vivo, de un cuerpo en movimiento y así el duende puede ser libremente dentro de este cuerpo.
El duende tiene el poder de transformar, de destruir todo lo que toca, de hacer de lo vulgar algo sublime, hacer incluso de la muerte algo vivo. Con esto Lorca nos introduce en el misticismo español donde la muerte juega un papel preponderante, donde el duende edifica su reino creador. Nos muestra como en otros lugares son las musas las que susurran con su voz y mueven al artista que las escucha a crear. De otro lado, el duende habla desde las vísceras, es ese “Grito diminuto de la muerte” (Elizondo, 2009), no habla con palabras, habla al cuerpo, y el cuerpo no entiende de palabras, el cuerpo entiende el dolor, lo vive en carne propia, es su encarnación, ya que este es la latencia de la vida que despierta al cuerpo como las notas punzantes de la sonata del diablo. Es por eso que quien sufre constata que está vivo y está más próximo a su duende.
El asunto de la muerte y el duende es vital para Lorca: “El duende no llega si no ve posibilidad de muerte, si no sabe que ha de rondar su casa, si no tiene seguridad de que ha de mecer esas ramas que todos llevamos y que no tienen, que no tendrán consuelo.” Es como si el duende hiciera bailar al artista sobre el filo de la navaja para hacer de su baile una forma exuberante y exquisita. O tal vez sea el duende la navaja misma, el filo que hace bailar al supliciado, el instrumento que procura la herida, que brinda el dolor: “El duende hiere, y en la curación de esta herida, que no se cierra nunca, está lo insólito, lo inventado de la obra de un hombre.” (Lorca, P.9) La herida que no cierra será esa voz del duende que no calla en ese instante sublime, es esa voz que atraviesa y mueve al cuerpo que la escucha extasiado.
Es por eso que, para Lorca, es un instante la como muerte, la expresión del duende que no se repite, es una instancia única: “El duende no se repite, como no se repiten las formas del mar en la borrasca.” (Lorca, p.10) y de nuevo volvemos pues a esa imagen de intensidad profunda de la borrasca, que ya hemos emparentado con la música, y es preciso decir que con el duende con su música de sonidos negros, sonidos que embriagan, que excitan la vida, que tensionan como un arco el paroxismo de la vida, y esa tensión la podemos encontrar en ese arte que se niega a escuchar a las sirenas, porque dentro de su sangre deja correr libre y caóticamente a su propio duende. Los mismos versos de Lorca están cargados de duende, seducen a la muerte, estremecen al mundo angélico con su música oscura, así como lo hace el pensamiento poético de Nietzsche. El duende suscita una danza macabra que excita los cuerpos de los vivos, para trastocar la forma y el sentido de la realidad que es némesis complementaria del reino daimonico.
Solo queda decir lo que Lorca enuncia ante la aparición del duende: “El duende... ¿Dónde está el duende? Por el arco vacío entra un aire mental que sopla con insistencia sobre las cabezas de los muertos, en busca de nuevos paisajes y acentos ignorados: un aire con olor de saliva de niño, de hierba machacada y velo de medusa que anuncia el constante bautizo de las cosas recién creadas.” (Lorca, P.12)
Queda explicado entonces que es labor de cada hombre, abrirse la herida y dejar que la sangre brote en el instante para así escuchar y luchar con su duende debe disponer su cuerpo al sacrificio como: “…ese cuerpo inquietante, esa carne abierta hacia la vida como un fruto inmenso y misterioso que parecía haber traspuesto todos los umbrales del dolor” (Elizondo,2009) Por mi parte, temo admitir que en este caso la derrota es rotunda, no recibí ni un pinchazo de aguja, ni una resaca de absenta, ni horrendas pesadillas, ni recibí la ayuda de las musas ni el suspiro de los ángeles para dar punto final a este informe. Solo me resta terminar el café oscuro y frío sin rastro de genio.