lunes, 23 de marzo de 2020

EL TRIUNFO DE UN ALGORITMO. EL FRACASO DE LO HUMANO







La caridad no es más que un engaño y los que me la enseñan son mis adversarios, la caridad no salva al mundo repleto de insectos que no hacen más que devorarlo manchándolo con su basura, no es necesario ni prestarles asistencias ni curar las enfermedades que los diezman, mientras más mueran será mejor para nosotros, pues no tendremos que exterminarlos nosotros mismos.” Albert Caraco

Quieren presumir que la vida sigue en el encierro. Intentan retar la existencia y el contacto con los otros, con el mundo fáctico frente a la virtualidad fría de las redes sociales, con ese espejismo del no-lugar en que hasta ahora solo habían de habitar los locos. Anhelan con que finalmente adoptemos como propio, como ese “Yo” imposible, esa alteridad construida en la mesmedad digital. sueñan con anular el cuerpo mortal y el alma sempiterna, aprisionándonos a voluntad (nuestra y de ellos) en nuestros hogares. Nos han vencido con el miedo irremediable ante la muerte, nos han derrotado con nuestras creencias, mentiras, fantasías, armas y miedos. Todo esto, partiendo de esa necesidad de la maquinaria capitalista global de erradicar al individuo su autonomía e identidad, de privarle ese cuidado de si, de ese gnóthi seautón (y con esto hablo de conocer a su vez, la propia muerte) haciendo que nos perdamos en los espejismos de información, en esa alteridad fabricada por el Otro, ese Otro que admitimos solo como ente de ficción.
Nos ha vencido el algoritmo. Nos han quitado la identidad, circunscribiéndonos a partidos, ideologías y nacionalismos que no hablan por ninguno de nosotros, pero son la voz de todos. Nos han mostrado que solo somos un residuo numerario, dejando de manifiesto que nuestro concepto de libertad es una ilusión (porque ni siquiera nos han dado la libertad de elegir nuestra prisión), no es más que un juego de palabras que luce muy estético, (acaso literario) en esta confinada jaula de paranoia y caos. Nos quieren volver locos por medio de la realidad manipulada y con inyecciones de miedo mediático, con las cifras atronadoras, con la estadística irrefutable del Big Data y con ciencia paritaria y oscura siempre al servicio de un amo desconocido que siempre se esconde para nosotros tras el rostro de los títeres de turno en el poder itinerante. Estamos sometidos a sus formas sofisticadas, a una nueva caverna platónica, somos el Segismundo de Calderón de la Barca, despertando de ese sueño infame que nos vendieron como realidad. Pero esa realidad no es una verdad, es una pluralidad de engaños, una red de estratagemas, un laberinto que no conduce a otro lugar que el desvanecimiento a la incongruencia de los hechos, a la locura. Han sido tan hábiles en este teatro del absurdo que nos han instaurado con tanta sutileza y maestría la efigie de la muerte como castigo y no como un consuelo del aciago vivir. Estructuraron con falsas promesas, la desconfianza en el otro como rigor para la supervivencia en un mundo desolado y el horror insondable a la identidad en un mundo cosificado, cuantificado y dependiente, nos han hecho repetir que está mal la diferencia, a la convergencia de opiniones críticas conduce al detritus, valiéndose de espejos distorsionados, espejos alterados, trastocados al antojo con discursos paradójicos, donde rojo es negro, donde los muertos son cifras útiles o inútiles según la esquina política desde donde se mire. Discursos impostados e impuestos por poderes que aun desconocemos pero que ya sin otra alternativa obedecemos. 
No pretendan ahora decirnos, que la vida sigue su curso, y que simplemente su vehículo ha cambiado, que la vida puede continuar de modo virtual. El cuerpo es solo un exceso de equipaje. Que el trabajo, el estudio y las relaciones con el otro, apenas cambiaron de plataforma (cuando la plataforma de estos vínculos no es otra que nosotros y no un simple algoritmo al que han querido reducirnos). No somos una ecuación sin alma y sin cuerpo. Somos seres expectantes y aterrados ante el panorama de sombras monstruosas, virus invisibles. Somos criaturas de espanto gobernadas por fantasmas irrisorios y perversos.
 Sin embargo, aunque parece inminente el triunfo de un algoritmo ante nuestra fragilidad humana, seguimos respirando, desde nuestras prisiones, aguardando que ese terror se disipe en el aire perturbado. Entendiendo que aquel mundo relacional que conocimos hasta entonces parece haber sido enterrado por ese poder que nos tiene ahora sometidos y que quizás mañana se nos presente como el redentor, que nos libere de nuestras propias prisiones.

Quisiera pensar que este juego de dominación y poder, es más caótico de lo que soñamos desde nuestro confinamiento obligado-voluntario. Quisiera pensar que las cosas se han salido de las manos incluso para aquel que tira de las riendas y pareciera ser el demiurgo en este caos. Quisiera pensar que todo esto se mueve bajo el látigo de un cochero ciego que no sabe hacía que abismo de su bruma nos conduce. Quisiera pensar que en este espejo de horrores impuestos también se reflejé el rostro desconcertado e incierto del hacedor del miedo que nos acaece y depara el porvenir.

Anotaciones inoportunas sobre una belleza obsoleta

Ficha técnica:
Título: American Beauty
 Dirección: Sam Mendes
 País: Estados Unidos
 Año: 1999
Género: Drama, Comedia negra
 Duración: 122 min



“El fracaso es la más resplandeciente victoria.” Lepoldo María Panero

¿Qué es triunfar en la vida? No es acaso la pregunta que se hace constantemente en ese sueño americano capitalista. (Ese sueño que la generación Beat cuestionara y desenmascarara dejando una terrible desolación en el alma) quizás el triunfo del sueño americano no es sino la contracara de Jano, el lado contrario de una moneda falsa, un sueño que presume ser eterno sin haber tenido siquiera vida alguna. El triunfo de la vida, como puede proponer la película no se encuentra en la posesión si no en el desposeer, el deshacerse de la carga y de la culpa, en otras palabras, preparar el camino para… o será que el triunfo mismo es el que se da en la insigne película de Bergman, donde ningún argumento, ninguna treta o truco puede evitar lo factico, el triunfo atronador de la muerte.  
Pareciera entonces que en esta película de Sam Mendes, la belleza y la muerte, toman ese significado dual y romántico. Ese rostro trágico que tanto nos conmueve no tanto por su cercanía, sino porque estamos al otro lado, porque significa la vida, la belleza y la muerte del otro, de ese otro innombrable, desconocido, que nos es familiar, pero es un fantasma, un simple personaje enternecedor o aborrecible que se mueve, habla, actúa para el entretenimiento de nosotros. Nosotros los inmortales jueces, censores de los hechos cinematográficos, nosotros los presuntos intocables por la muerte y la belleza.
En esta cinta atisbamos la belleza consumista es una bolsa al viento, un bajel a la deriva, un cuerpo moldeado por los estándares del fracaso del espíritu, la metáfora budista de la vasija vacía que se quiebra con el leve golpe de una diminuta pieza afilada de plomo. Somos fragilidad y desencanto, la fábula capitalista se cae frente a nuestros ojos, la precariedad de la piel que se hace putrefacta con el pasar de los tiempos. Que nos queda más que sonreír y llorar enternecidos ante nuestra insignificancia, ante nuestra vacuidad. Luego de que todas nuestras vasijas de carne revienten por un leve estornudo, descubriremos en ese instante perpetuo que precede a nuestra muerte que la vida no tiene sino de sublime la fantasía de la imposibilidad. Caerán nuestros castillos de arena del pensamiento, se marchitará nuestro ingenio, caducará todo empeño al descubrirse su rostro fútil. Una tierna adolescente cubierta de rosas, coqueteando a la decadencia, ahora, más de veinte años (1999) después es ella misma esa flor marchitándose, esa criatura inocente que aguarda la muerte como todos nosotros sin tener idea alguna. Ciegos ante lo inevitable, deslumbrados por lo efímero de las formas, por el deseo estéril de los cuerpos, una carne infecta de hermosura nauseabunda terminara como el poema de Pavese:
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio,
como ver en el espejo
asomar un rostro muerto,
como escuchar un labio ya cerrado.
Mudos, descenderemos al abismo.

Ninguna belleza o trabajo será sublime, ni siquiera la bolsa al viento enternecerá los corazones de los muertos, tal vez en un sueño infame de esta condición de vasija vacua y pronto a fragmentarse pueda decirse que solo el silencio reproducirá la verdadera belleza que nunca hemos querido escuchar.

Post Scriptum
Quizás algún día nuestros corazones cinéfilos y descompuestos por la vacuidad del consumo encuentren más belleza en una carroña Baudelariana que en unos pétalos rojos cayendo sobre un cuerpo femenino desnudo y sonriente, que tautológicamente es una carroña futura. Porque no podemos olvidar que todo rostro descarnado nos sonríe eternamente sin la hipócrita sonrisa que nos devuelve la tragedia del existir.