“La caridad no es más que un engaño y los que me la enseñan son mis adversarios, la caridad no salva al mundo repleto de insectos que no hacen más que devorarlo manchándolo con su basura, no es necesario ni prestarles asistencias ni curar las enfermedades que los diezman, mientras más mueran será mejor para nosotros, pues no tendremos que exterminarlos nosotros mismos.” Albert Caraco
Quieren presumir
que la vida sigue en el encierro. Intentan retar la existencia y el contacto
con los otros, con el mundo fáctico frente a la virtualidad fría de las redes
sociales, con ese espejismo del no-lugar en que hasta ahora solo habían de
habitar los locos. Anhelan con que finalmente adoptemos como propio, como ese
“Yo” imposible, esa alteridad construida en la mesmedad digital. sueñan con
anular el cuerpo mortal y el alma sempiterna, aprisionándonos a voluntad
(nuestra y de ellos) en nuestros hogares. Nos han vencido con el miedo
irremediable ante la muerte, nos han derrotado con nuestras creencias,
mentiras, fantasías, armas y miedos. Todo esto, partiendo de esa
necesidad de la maquinaria capitalista global de erradicar al individuo su
autonomía e identidad, de privarle ese cuidado de si, de ese gnóthi seautón (y con
esto hablo de conocer a su vez, la propia muerte) haciendo que nos perdamos en
los espejismos de información, en esa alteridad fabricada por el Otro, ese Otro
que admitimos solo como ente de ficción.
Nos ha vencido
el algoritmo. Nos han quitado la identidad, circunscribiéndonos a partidos,
ideologías y nacionalismos que no hablan por ninguno de nosotros, pero son la
voz de todos. Nos han mostrado que solo somos un residuo numerario, dejando de
manifiesto que nuestro concepto de libertad es una ilusión (porque ni siquiera
nos han dado la libertad de elegir nuestra prisión), no es más que un juego de
palabras que luce muy estético, (acaso literario) en esta confinada jaula de
paranoia y caos. Nos quieren volver locos por medio de la realidad manipulada y
con inyecciones de miedo mediático, con las cifras atronadoras, con la
estadística irrefutable del Big Data y con ciencia paritaria y oscura siempre
al servicio de un amo desconocido que siempre se esconde para nosotros tras el
rostro de los títeres de turno en el poder itinerante. Estamos sometidos a sus
formas sofisticadas, a una nueva caverna platónica, somos el Segismundo de
Calderón de la Barca, despertando de ese sueño infame que nos vendieron como
realidad. Pero esa realidad no es una verdad, es una pluralidad de engaños, una
red de estratagemas, un laberinto que no conduce a otro lugar que el
desvanecimiento a la incongruencia de los hechos, a la locura. Han sido tan
hábiles en este teatro del absurdo que nos han instaurado con tanta sutileza y
maestría la efigie de la muerte como castigo y no como un consuelo del aciago vivir.
Estructuraron con falsas promesas, la desconfianza en el otro como rigor para
la supervivencia en un mundo desolado y el horror insondable a la identidad en
un mundo cosificado, cuantificado y dependiente, nos han hecho repetir que está
mal la diferencia, a la convergencia de opiniones críticas conduce al
detritus, valiéndose de espejos distorsionados, espejos alterados,
trastocados al antojo con discursos paradójicos, donde rojo es negro, donde los
muertos son cifras útiles o inútiles según la
esquina política desde donde se mire. Discursos impostados e
impuestos por poderes que aun desconocemos pero que ya sin otra alternativa
obedecemos.
No pretendan
ahora decirnos, que la vida sigue su curso, y que simplemente su vehículo ha
cambiado, que la vida puede continuar de modo virtual. El cuerpo es solo un
exceso de equipaje. Que el trabajo, el estudio y las relaciones con el otro,
apenas cambiaron de plataforma (cuando la plataforma de estos vínculos no es
otra que nosotros y no un simple algoritmo al que han querido reducirnos). No
somos una ecuación sin alma y sin cuerpo. Somos seres expectantes y aterrados
ante el panorama de sombras monstruosas, virus invisibles. Somos criaturas de
espanto gobernadas por fantasmas irrisorios y perversos.
Sin
embargo, aunque parece inminente el triunfo de un algoritmo ante nuestra
fragilidad humana, seguimos respirando, desde nuestras prisiones, aguardando
que ese terror se disipe en el aire perturbado. Entendiendo que aquel mundo
relacional que conocimos hasta entonces parece haber sido enterrado por ese
poder que nos tiene ahora sometidos y que quizás mañana se nos presente como el
redentor, que nos libere de nuestras propias prisiones.
Quisiera pensar
que este juego de dominación y poder, es más caótico de lo que soñamos desde
nuestro confinamiento obligado-voluntario. Quisiera pensar que las cosas se han
salido de las manos incluso para aquel que tira de las riendas y pareciera ser
el demiurgo en este caos. Quisiera pensar que todo esto se mueve bajo el látigo
de un cochero ciego que no sabe hacía que abismo de su bruma nos conduce.
Quisiera pensar que en este espejo de horrores impuestos también se reflejé el
rostro desconcertado e incierto del hacedor del miedo que nos acaece y depara
el porvenir.

