lunes, 23 de marzo de 2020

Anotaciones inoportunas sobre una belleza obsoleta

Ficha técnica:
Título: American Beauty
 Dirección: Sam Mendes
 País: Estados Unidos
 Año: 1999
Género: Drama, Comedia negra
 Duración: 122 min



“El fracaso es la más resplandeciente victoria.” Lepoldo María Panero

¿Qué es triunfar en la vida? No es acaso la pregunta que se hace constantemente en ese sueño americano capitalista. (Ese sueño que la generación Beat cuestionara y desenmascarara dejando una terrible desolación en el alma) quizás el triunfo del sueño americano no es sino la contracara de Jano, el lado contrario de una moneda falsa, un sueño que presume ser eterno sin haber tenido siquiera vida alguna. El triunfo de la vida, como puede proponer la película no se encuentra en la posesión si no en el desposeer, el deshacerse de la carga y de la culpa, en otras palabras, preparar el camino para… o será que el triunfo mismo es el que se da en la insigne película de Bergman, donde ningún argumento, ninguna treta o truco puede evitar lo factico, el triunfo atronador de la muerte.  
Pareciera entonces que en esta película de Sam Mendes, la belleza y la muerte, toman ese significado dual y romántico. Ese rostro trágico que tanto nos conmueve no tanto por su cercanía, sino porque estamos al otro lado, porque significa la vida, la belleza y la muerte del otro, de ese otro innombrable, desconocido, que nos es familiar, pero es un fantasma, un simple personaje enternecedor o aborrecible que se mueve, habla, actúa para el entretenimiento de nosotros. Nosotros los inmortales jueces, censores de los hechos cinematográficos, nosotros los presuntos intocables por la muerte y la belleza.
En esta cinta atisbamos la belleza consumista es una bolsa al viento, un bajel a la deriva, un cuerpo moldeado por los estándares del fracaso del espíritu, la metáfora budista de la vasija vacía que se quiebra con el leve golpe de una diminuta pieza afilada de plomo. Somos fragilidad y desencanto, la fábula capitalista se cae frente a nuestros ojos, la precariedad de la piel que se hace putrefacta con el pasar de los tiempos. Que nos queda más que sonreír y llorar enternecidos ante nuestra insignificancia, ante nuestra vacuidad. Luego de que todas nuestras vasijas de carne revienten por un leve estornudo, descubriremos en ese instante perpetuo que precede a nuestra muerte que la vida no tiene sino de sublime la fantasía de la imposibilidad. Caerán nuestros castillos de arena del pensamiento, se marchitará nuestro ingenio, caducará todo empeño al descubrirse su rostro fútil. Una tierna adolescente cubierta de rosas, coqueteando a la decadencia, ahora, más de veinte años (1999) después es ella misma esa flor marchitándose, esa criatura inocente que aguarda la muerte como todos nosotros sin tener idea alguna. Ciegos ante lo inevitable, deslumbrados por lo efímero de las formas, por el deseo estéril de los cuerpos, una carne infecta de hermosura nauseabunda terminara como el poema de Pavese:
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio,
como ver en el espejo
asomar un rostro muerto,
como escuchar un labio ya cerrado.
Mudos, descenderemos al abismo.

Ninguna belleza o trabajo será sublime, ni siquiera la bolsa al viento enternecerá los corazones de los muertos, tal vez en un sueño infame de esta condición de vasija vacua y pronto a fragmentarse pueda decirse que solo el silencio reproducirá la verdadera belleza que nunca hemos querido escuchar.

Post Scriptum
Quizás algún día nuestros corazones cinéfilos y descompuestos por la vacuidad del consumo encuentren más belleza en una carroña Baudelariana que en unos pétalos rojos cayendo sobre un cuerpo femenino desnudo y sonriente, que tautológicamente es una carroña futura. Porque no podemos olvidar que todo rostro descarnado nos sonríe eternamente sin la hipócrita sonrisa que nos devuelve la tragedia del existir.

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