Título: American Beauty
Dirección: Sam Mendes
País: Estados Unidos
Año: 1999
Género: Drama, Comedia negra
Duración: 122 min
“El fracaso es la más resplandeciente victoria.”
Lepoldo María Panero
¿Qué es triunfar en la vida? No es acaso la pregunta
que se hace constantemente en ese sueño americano capitalista. (Ese sueño que
la generación Beat cuestionara y desenmascarara dejando una terrible desolación
en el alma) quizás el triunfo del sueño americano no es sino la contracara de
Jano, el lado contrario de una moneda falsa, un sueño que presume ser eterno
sin haber tenido siquiera vida alguna. El triunfo de la vida, como puede
proponer la película no se encuentra en la posesión si no en el desposeer, el
deshacerse de la carga y de la culpa, en otras palabras, preparar el camino
para… o será que el triunfo mismo es el que se da en la insigne película de
Bergman, donde ningún argumento, ninguna treta o truco puede evitar lo factico,
el triunfo atronador de la muerte.
Pareciera entonces que en esta película de Sam Mendes,
la belleza y la muerte, toman ese significado dual y romántico. Ese rostro
trágico que tanto nos conmueve no tanto por su cercanía, sino porque estamos al
otro lado, porque significa la vida, la belleza y la muerte del otro, de ese
otro innombrable, desconocido, que nos es familiar, pero es un fantasma, un
simple personaje enternecedor o aborrecible que se mueve, habla, actúa para el
entretenimiento de nosotros. Nosotros los inmortales jueces, censores de los
hechos cinematográficos, nosotros los presuntos intocables por la muerte y la
belleza.
En esta cinta atisbamos la belleza consumista es una
bolsa al viento, un bajel a la deriva, un cuerpo moldeado por los estándares
del fracaso del espíritu, la metáfora budista de la vasija vacía que se quiebra
con el leve golpe de una diminuta pieza afilada de plomo. Somos fragilidad y
desencanto, la fábula capitalista se cae frente a nuestros ojos, la precariedad
de la piel que se hace putrefacta con el pasar de los tiempos. Que nos queda
más que sonreír y llorar enternecidos ante nuestra insignificancia, ante
nuestra vacuidad. Luego de que todas nuestras vasijas de carne revienten por un
leve estornudo, descubriremos en ese instante perpetuo que precede a nuestra
muerte que la vida no tiene sino de sublime la fantasía de la imposibilidad.
Caerán nuestros castillos de arena del pensamiento, se marchitará nuestro
ingenio, caducará todo empeño al descubrirse su rostro fútil. Una tierna
adolescente cubierta de rosas, coqueteando a la decadencia, ahora, más de veinte
años (1999) después es ella misma esa flor marchitándose, esa criatura inocente
que aguarda la muerte como todos nosotros sin tener idea alguna. Ciegos ante lo
inevitable, deslumbrados por lo efímero de las formas, por el deseo estéril de
los cuerpos, una carne infecta de hermosura nauseabunda terminara como el poema
de Pavese:
Vendrá
la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio,
como ver en el espejo
asomar un rostro muerto,
como escuchar un labio ya cerrado.
Mudos, descenderemos al abismo.
Será como dejar un vicio,
como ver en el espejo
asomar un rostro muerto,
como escuchar un labio ya cerrado.
Mudos, descenderemos al abismo.
Ninguna
belleza o trabajo será sublime, ni siquiera la bolsa al viento enternecerá los
corazones de los muertos, tal vez en un sueño infame de esta condición de
vasija vacua y pronto a fragmentarse pueda decirse que solo el silencio
reproducirá la verdadera belleza que nunca hemos querido escuchar.
Post
Scriptum:
Quizás algún día nuestros corazones
cinéfilos y descompuestos por la vacuidad del consumo encuentren más belleza en
una carroña Baudelariana que en unos pétalos rojos cayendo sobre un cuerpo
femenino desnudo y sonriente, que tautológicamente es una carroña futura.
Porque no podemos olvidar que todo rostro descarnado nos sonríe eternamente sin
la hipócrita sonrisa que nos devuelve la tragedia del existir.

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