“Mi sangre y mis excrementos,
Mis quemaduras,
Mi cuerpo y su dolor,
Un dolor necesario y alegre, los únicos elementos para
Reconocer la mitad de mi patrimonio.” Nebreda
El cuerpo como territorio y tiempo donde se siembra el
dolor. Campo de cultivo experiencial y campo de batalla del ser y no ser, una
lucha constante de identidades personales y sociales que buscan gobernarse y
gobernar, cuerpo como huella, como herida, como latencia de lo perecedero. Ese
lugar siniestro donde se instaura el jardín de los suplicios. El cuerpo como
teatro de la crueldad donde se recrean, los actos atroces, el silencio, la
violencia hacia sí mismo, reconocimiento en la herida, el espejo, la natura, el
asco y profundamente el deseo. Pero todo es teatralidad. El cuerpo es la
escena, la obra, el artista y el público. Ese lugar estético que resume lo
sagrado y lo profano, lo apolíneo y lo dionisiaco, esa hipóstasis, entre la
naturaleza humana y divina que solo parece encontrar cabida y salida en el
sufrimiento. El dolor como vehículo conductor de la redención. Redención por y
para el dolor. No como elemento supletorio, como impostura o simulacro para
este. No como acto sublimatorio donde el dolor es liberado por medio del arte,
si no un arte que es producto, experiencia y apología a la crueldad.
Antes que nada, entendamos que el dolor puede ser ese
vinculo entre el goce y la crueldad. Dejemos de tanta fragmentación innecesaria
para luego intentar recomponer rompecabezas donde alguna pieza siempre quedará
faltante. Tanto el masoquista como el sádico disfruta del dolor puesto en
alguien, en el primero será puesto en sí mismo y en el otro será colocado en un
ser externo, pero que de alguna manera será reflejo postergado de su propio
dolor. El otro servirá al sádico como artista y simulacro de su propio dolor.
Pero en el masoquista ocurre un juego de espejos similares, un juego de espejos
con respecto al poder, el masoquista entrega el supuesto poder de su voluntad a
otro por medio del contrato masoquista, asiendo que este nuevo dueño se haga a
su vez esclavo al contrato y al capricho masoquista. En otras palabras, todos
los actores del deseo terminan de una o otra manera como esclavos.
En David Nebreda (1952) esas etiquetan molestan,
ensucian su producción, enturbian su propia identidad. En él y su obra (que
podrían ser lo mismo quizás), la etiqueta masoquista no encaja, aunque su
cuerpo visto desde afuera asuma la identidad de monumento de crueldad y
sufrimiento, estas no provienen de un goce masoquista si no de una necesidad de
liberación y descubrimiento de sí mismo. Por eso la necesidad de retratarse, de
ser capturado en una imagen (de hacerse quizás, esclavo supra-real de esta), ya que no
soporta mirarse un instante directamente en el espejo. Porque sospecha que ese
otro en el espejo es un espía, un usurpador.
Distanciémonos pues de estas etiquetas que pretenden
de alguna manera normatizar al sujeto y entender que su registro fotográfico no
es más que un reflejo de su acto estético donde su cuerpo es el lienzo, el
territorio y la huella de su arte mismo. Un arte que transita más allá de las
estéticas primitivas, un arte que no puede ser encarcelado en los museos, un
arte que corre a un tiempo distinto que aquel que presume la inmortalidad
absurda del arte mismo. Ante esta cuestión de lugar y tiempo que ocupa la obra
Nebreda surgen otras preguntas como esta ¿Es su obra un registro para documentar
de un acto performático? Quizás esta respuesta no pueda responderse de una sola
manera, quizás los curadores, críticos y público en general puedan afirmar que,
si lo es, así como también es posible que el mismo Nebreda niegue esto, así
como cuestiona a su vez que su trabajo pueda ser considerado como obra. En lo
que si podemos estar de acuerdo es que su obra es una evidencia de un cuerpo
martirizado, de un cuerpo doliente, de un cuerpo sufriente. También no podemos
negar ese carácter irrefrenable que aun las estéticas expandidas de nuestro
tiempo no han podido desligarse y es esa necesidad casi morbosa de exhibirse.
Para Nebreda exhibirse es una forma de construcción de su propia identidad, de este modo se reconstruye como espectador de sí mismo, con su obra se sale su identidad quizás divina si hablamos en términos de hipostasis o quizás su natura mas humana, pero el hecho es que algo de él emerge hacia afuera estando dentro para ser reconocido por sí mismo.
Pero volvamos a un asunto inquietante, que se ha cuestionado
en la mirada del público de la obra de Nebreda, y es el contenido erótico de su
obra. Esta cuestión surge por varios aspectos, unos en apariencia mas sutiles y
otros quizás mas directos. Entre ellos podríamos hablar del cuerpo mismo, un
cuerpo lacerado, ultrajado y humillado. Estos adjetivos de alguna manera
conducen al espectador a suponer que hay un contenido masoquista en la obra de Nebreda.
Pero quizás el asunto es el dolor mismo, no un dolor que busca placer, si no un
dolor desesperado, un dolor enfermo un dolor que busca como en Genet, al buscar
librarse del mal por el mal mismo. Pareciera que Nebreda buscara en esos actos
registrados, liberarse del dolor por medio del dolor, pero ese dolor no es un
dolor físico o un dolor somático o real. Sino que es un dolor de las raíces
misma de lo etéreo o del espíritu. Su obra como la latencia de un alma
sufriente que busca imposiblemente ser retenida en la imagen, en el mundo
físico. Generando así una reivindicación del sujeto y su dolor. Esto de alguna
manera vincula a Nebreda con algunas inquietudes de sus contemporáneos que
indagan en las nuevas estéticas, en aquellos que comenzaron su obra a partir de
los vestigios de la vanguardia, dejando de lado poco a poco esas preocupaciones
y esas búsquedas de respuestas universales, y que como Nebreda solo buscan
encontrar y exhibir su propia identidad evanescente. Sin embargo, la obra de Nebreda no busca encontrar la
identidad por la mirada del otro y así reconocerse en el ojo ajeno. Su obra no
es como la del caso de Orlan que se deleita con la mirada voyerista y
estupefacta del espectador que mira sus retratos (Este comportamiento que
comúnmente se ve en el arte contemporáneo hace pensar fácilmente con ese juego
sádico y/o masoquista mencionado antes). Para Nebreda la identidad no es algo tan vulgar, no es algo que pasa de mano en mano, algo que se mancilla tan toscamente por la crítica del otro. Para él, la identidad tiene un carácter sagrado, a sabiendas que la identidad esta siempre divida, siempre en guerra, entre lo humano y lo divino, y que solo el sufrimiento exhibido solo como un eco fotográfico, parece conciliar en la crueldad, para así, dejar una huella en cada fotografía como un acto detectivesco que lo lleve a reconocerse en sí mismo, a encontrar su propia identidad más allá del cuerpo.
Es aquí, donde aparece el elemento cruel de la obra y
la búsqueda de Nebreda. Y quizás la tragedia de todo el arte actual que parece
moverse en un Work in progress indefinido y sin tiempo. Ya que entre mas
cerca sienta que esta de su identidad mas cerca esta de verla diluirse y
desaparecerse. Su obra es una muestra de lo caduco, de lo que se pierde y se
escurre, de la incompletud como toda búsqueda actual, como todo acto estético
actual. La permanecía, el carácter monumental, pedestal, el arte hierático se
va, literalmente a la mierda, solo quedan evidencia, sospechas, rumores
fotografías, como lenguajes difusos que abren la puerta a libres
interpretaciones enteramente erradas y anacrónicas.
Es por eso quizás, que su unión hipostática, entre su
naturaleza humana y divina deviene en una naturaleza muerta, en una naturaleza putrefacta.
No es de extrañar que, por eso en su obra, deja
rastros, de sangre y mierda, frases y gritos desesperados que se irán al olvido
del tiempo, el espacio y de ese espectador idiota que no entiende y mira como
siempre desde la distancia.
De súbito, lo sagrado cobra fuerza para Nebreda, en
ese lugar idóneo de su identidad divina y humana hacen la comunión, en el
silencio de las apariencias, en la soledad de las formas evanescentes, en el
mundo sempiterno de lo fantasmal, en ese anfiteatro donde fornican eternamente el
dolor y la nada. En ese trágico reino de la existencia, que otros artistas
hipócritas quieren llamara Vida.
POSTSRIPTUM
Como aporte personal, salvo la obra de Nebreda de ese
carácter egocéntrico que permea a toda la obra de los otros artistas. Que hoy
mas que nunca se desviven por el reconocimiento, de la mirada maravillada del
otro. A Nebreda, lo salva quizás, esa etiqueta de Esquizofrénico, la que lo
separa de ese mundo aparente y vacuo de las estéticas narcisistas que ponderan
la batuta de la necedad del mundo actual. En Nebreda, se vislumbra quizás, la
efigie del ángel vencido por su demonio compartiendo las viandas de la crueldad
que se supone es hacia sí mismo, y deleitándose ambos en el sufrimiento que
encarna el cuerpo de un ser desdibujado por las heridas y del cuerpo
inexistente de un artista.








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