viernes, 18 de octubre de 2019

LA ESTETICA DEL SUFRIMIENTO EN LA OBRA DE DAVID NEBREDA

“Mi sangre y mis excrementos,
Mis quemaduras,
Mi cuerpo y su dolor,
Un dolor necesario y alegre, los únicos elementos para
Reconocer la mitad de mi patrimonio.” Nebreda



El cuerpo como territorio y tiempo donde se siembra el dolor. Campo de cultivo experiencial y campo de batalla del ser y no ser, una lucha constante de identidades personales y sociales que buscan gobernarse y gobernar, cuerpo como huella, como herida, como latencia de lo perecedero. Ese lugar siniestro donde se instaura el jardín de los suplicios. El cuerpo como teatro de la crueldad donde se recrean, los actos atroces, el silencio, la violencia hacia sí mismo, reconocimiento en la herida, el espejo, la natura, el asco y profundamente el deseo. Pero todo es teatralidad. El cuerpo es la escena, la obra, el artista y el público. Ese lugar estético que resume lo sagrado y lo profano, lo apolíneo y lo dionisiaco, esa hipóstasis, entre la naturaleza humana y divina que solo parece encontrar cabida y salida en el sufrimiento. El dolor como vehículo conductor de la redención. Redención por y para el dolor. No como elemento supletorio, como impostura o simulacro para este. No como acto sublimatorio donde el dolor es liberado por medio del arte, si no un arte que es producto, experiencia y apología a la crueldad.



Antes que nada, entendamos que el dolor puede ser ese vinculo entre el goce y la crueldad. Dejemos de tanta fragmentación innecesaria para luego intentar recomponer rompecabezas donde alguna pieza siempre quedará faltante. Tanto el masoquista como el sádico disfruta del dolor puesto en alguien, en el primero será puesto en sí mismo y en el otro será colocado en un ser externo, pero que de alguna manera será reflejo postergado de su propio dolor. El otro servirá al sádico como artista y simulacro de su propio dolor. Pero en el masoquista ocurre un juego de espejos similares, un juego de espejos con respecto al poder, el masoquista entrega el supuesto poder de su voluntad a otro por medio del contrato masoquista, asiendo que este nuevo dueño se haga a su vez esclavo al contrato y al capricho masoquista. En otras palabras, todos los actores del deseo terminan de una o otra manera como esclavos.

En David Nebreda (1952) esas etiquetan molestan, ensucian su producción, enturbian su propia identidad. En él y su obra (que podrían ser lo mismo quizás), la etiqueta masoquista no encaja, aunque su cuerpo visto desde afuera asuma la identidad de monumento de crueldad y sufrimiento, estas no provienen de un goce masoquista si no de una necesidad de liberación y descubrimiento de sí mismo. Por eso la necesidad de retratarse, de ser capturado en una imagen (de hacerse quizás, esclavo supra-real de esta), ya que no soporta mirarse un instante directamente en el espejo. Porque sospecha que ese otro en el espejo es un espía, un usurpador.

Distanciémonos pues de estas etiquetas que pretenden de alguna manera normatizar al sujeto y entender que su registro fotográfico no es más que un reflejo de su acto estético donde su cuerpo es el lienzo, el territorio y la huella de su arte mismo. Un arte que transita más allá de las estéticas primitivas, un arte que no puede ser encarcelado en los museos, un arte que corre a un tiempo distinto que aquel que presume la inmortalidad absurda del arte mismo. Ante esta cuestión de lugar y tiempo que ocupa la obra Nebreda surgen otras preguntas como esta ¿Es su obra un registro para documentar de un acto performático? Quizás esta respuesta no pueda responderse de una sola manera, quizás los curadores, críticos y público en general puedan afirmar que, si lo es, así como también es posible que el mismo Nebreda niegue esto, así como cuestiona a su vez que su trabajo pueda ser considerado como obra. En lo que si podemos estar de acuerdo es que su obra es una evidencia de un cuerpo martirizado, de un cuerpo doliente, de un cuerpo sufriente. También no podemos negar ese carácter irrefrenable que aun las estéticas expandidas de nuestro tiempo no han podido desligarse y es esa necesidad casi morbosa de exhibirse.

Para Nebreda exhibirse es una forma de construcción de su propia identidad, de este modo se reconstruye como espectador de sí mismo, con su obra se sale su identidad quizás divina si hablamos en términos de hipostasis o quizás su natura mas humana, pero el hecho es que algo de él emerge hacia afuera estando dentro para ser reconocido por sí mismo.

Pero volvamos a un asunto inquietante, que se ha cuestionado en la mirada del público de la obra de Nebreda, y es el contenido erótico de su obra. Esta cuestión surge por varios aspectos, unos en apariencia mas sutiles y otros quizás mas directos. Entre ellos podríamos hablar del cuerpo mismo, un cuerpo lacerado, ultrajado y humillado. Estos adjetivos de alguna manera conducen al espectador a suponer que hay un contenido masoquista en la obra de Nebreda. Pero quizás el asunto es el dolor mismo, no un dolor que busca placer, si no un dolor desesperado, un dolor enfermo un dolor que busca como en Genet, al buscar librarse del mal por el mal mismo. Pareciera que Nebreda buscara en esos actos registrados, liberarse del dolor por medio del dolor, pero ese dolor no es un dolor físico o un dolor somático o real. Sino que es un dolor de las raíces misma de lo etéreo o del espíritu. Su obra como la latencia de un alma sufriente que busca imposiblemente ser retenida en la imagen, en el mundo físico. Generando así una reivindicación del sujeto y su dolor. Esto de alguna manera vincula a Nebreda con algunas inquietudes de sus contemporáneos que indagan en las nuevas estéticas, en aquellos que comenzaron su obra a partir de los vestigios de la vanguardia, dejando de lado poco a poco esas preocupaciones y esas búsquedas de respuestas universales, y que como Nebreda solo buscan encontrar y exhibir su propia identidad evanescente. Sin embargo, la obra de Nebreda no busca encontrar la identidad por la mirada del otro y así reconocerse en el ojo ajeno. Su obra no es como la del caso de Orlan que se deleita con la mirada voyerista y estupefacta del espectador que mira sus retratos (Este comportamiento que comúnmente se ve en el arte contemporáneo hace pensar fácilmente con ese juego sádico y/o masoquista mencionado antes).
Para Nebreda la identidad no es algo tan vulgar, no es algo que pasa de mano en mano, algo que se mancilla tan toscamente por la crítica del otro. Para él, la identidad tiene un carácter sagrado, a sabiendas que la identidad esta siempre divida, siempre en guerra, entre lo humano y lo divino, y que solo el sufrimiento exhibido solo como un eco fotográfico, parece conciliar en la crueldad, para así, dejar una huella en cada fotografía como un acto detectivesco que lo lleve a reconocerse en sí mismo, a encontrar su propia identidad más allá del cuerpo.
Es aquí, donde aparece el elemento cruel de la obra y la búsqueda de Nebreda. Y quizás la tragedia de todo el arte actual que parece moverse en un Work in progress indefinido y sin tiempo. Ya que entre mas cerca sienta que esta de su identidad mas cerca esta de verla diluirse y desaparecerse. Su obra es una muestra de lo caduco, de lo que se pierde y se escurre, de la incompletud como toda búsqueda actual, como todo acto estético actual. La permanecía, el carácter monumental, pedestal, el arte hierático se va, literalmente a la mierda, solo quedan evidencia, sospechas, rumores fotografías, como lenguajes difusos que abren la puerta a libres interpretaciones enteramente erradas y anacrónicas.


  
Es por eso quizás, que su unión hipostática, entre su naturaleza humana y divina deviene en una naturaleza muerta, en una naturaleza putrefacta.
No es de extrañar que, por eso en su obra, deja rastros, de sangre y mierda, frases y gritos desesperados que se irán al olvido del tiempo, el espacio y de ese espectador idiota que no entiende y mira como siempre desde la distancia.
De súbito, lo sagrado cobra fuerza para Nebreda, en ese lugar idóneo de su identidad divina y humana hacen la comunión, en el silencio de las apariencias, en la soledad de las formas evanescentes, en el mundo sempiterno de lo fantasmal, en ese anfiteatro donde fornican eternamente el dolor y la nada. En ese trágico reino de la existencia, que otros artistas hipócritas quieren llamara Vida.

POSTSRIPTUM

Como aporte personal, salvo la obra de Nebreda de ese carácter egocéntrico que permea a toda la obra de los otros artistas. Que hoy mas que nunca se desviven por el reconocimiento, de la mirada maravillada del otro. A Nebreda, lo salva quizás, esa etiqueta de Esquizofrénico, la que lo separa de ese mundo aparente y vacuo de las estéticas narcisistas que ponderan la batuta de la necedad del mundo actual. En Nebreda, se vislumbra quizás, la efigie del ángel vencido por su demonio compartiendo las viandas de la crueldad que se supone es hacia sí mismo, y deleitándose ambos en el sufrimiento que encarna el cuerpo de un ser desdibujado por las heridas y del cuerpo inexistente de un artista.






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