lunes, 13 de marzo de 2023

LA MÚSICA ES LUZ


El relato de Lugones nos trae de nuevo a ese mundo indiferencial de los sentidos y nos pone al encuentro de fuerzas que estos le hacen frente:

-creo inútil recordare que uno no se apoye sobre lo que se resiste. (Lugones, 1906)


Los sentidos son pues aquellos instrumentos que nos sirven para resistir la fuerza de un fenómeno. En el relato la intención es hacer de manifiesto el fenómeno sonoro. Hacer posible que las vibraciones sonoras se conviertan en luz, en colores por medio de un complejo aparato alquímico. La premisa con la que nos argumenta esta posibilidad de convertir el evento sonoro en luz la explica del siguiente modo:


—Sabemos por la teoría de la unidad de la fuerza que el movimiento es, según los casos, luz, calor, sonido, etcétera, dependiendo estas diferencias —que esencialmente no existen, pues son únicamente modos de percepción de nuestro sistema nervioso— del mayor o menor número de vibraciones de la onda etérea.

Sin embargo, el narrador escéptico del relato confronta al inventor, diciendo que el sonido esta dentro de ondas no etéreas sino aéreas. El sonido corre por el aire y no por el eter. Pero nuestro inventor le demuestra que el sonido o mejor dicho las vibraciones pueden ser reducidas al punto que se conduzcan por el éter. Nos dice que: en todo sonido hay luz, calor, electricidad latentes, como en toda luz hay a su vez electricidad, calor y sonido.

 Nos lleva a la teoría de las esferas, donde todo vibra, donde todo tiene una vibración propia, un color, y una música. Es acá donde se menciona el fenómeno de la audición coloreada, un asunto usado principalmente por músicos como Scriabin, que pensaba que las notas emitían un color una vez eran emitidas, o una multiplicidad de casos y opiniones diversas dentro de la poesía como en le caso de Rimbaud y las vocales, el azul de Darío o el verde de Lorca. Esto nos lleva al asunto que nos interesa como el sonido más allá de convertirse en un entendimiento, se convierte en un evento sensible que puede y logra comprometer otros sentidos. Pero acá nos topamos con el cuerpo que contiene esos sentidos, al parecer hemos notado, en anteriores lecturas que el pensamiento llega a nublar o enturbia la percepción sensorial, transfigurando el sentido total del fenómeno. En el caso de la escucha es evidente que escuchamos lo que no es el sonido en su estado puro, buscamos las palabras en el sonido, aun cuando las palabras no son mas que jeroglíficos del lenguaje como diría Diderot.


Lo interesante de Lugones es que pone en juego varios sistemas de comprensión del universo, al punto de decir que:


La música no le impide cultivar a fondo las matemáticas, y éstas son la sal del espíritu.


En su relato entreteje la matemática, la música y el misticismo, algo muy propio de la teosofía. Pero nos llama a pensar en esa escucha primigenia más allá de los sentidos en esa escucha del sentir puro. También su discurso nos hace pensar en la sinestesia de los sentidos como en este aparte:


Las notas poseen cada cual su color, no arbitrario, sino real. Alucinaciones y chifladuras nada tienen que ver con esto. Los aparatos no mienten, y mi aparato hace perceptibles los colores de la música.


Vuelve la reminiscencia a la visión que tenia Scriabin de la música. Incluso si nos adentramos a este pensamiento que esta por fuera de las lindes del pensamiento cerrado podríamos suponer que los poetas y los músicos, son una suerte de filósofos que están mas cercanos a esa anhelada verdad. Vemos como la estética en su estado puro, dejando la palabra a un lado, aunque sea emitida se convierte aire, una materia que solo es licita en el sueño como nos dirá Bachelard, pero es también una materia que vincula y enlaza los mundos.

Pero revisemos esa descripción de los sentidos entrelazados o esa relación simbiótica que puede ocurrir pero que por la falta de una escucha sin pensamiento no alcanzamos a vislumbrar:


Ahora bien, mi raciocinio se efectuaba de este modo: cuando oímos un sonido, no vemos la luz, no palpamos el calor, no sentimos la electricidad que produce, porque las ondas caloríficas, luminosas y eléctricas son imperceptibles por su propia amplitud.


En esfecto, sus palabras no carecen de sentido, asi como el inventor del cuento propone hacer ver la luz del sonido, es claro que la luz y la energía procura un sonido. Y así continua Lugones:


Por la misma razón no oímos cantar la luz, aunque la luz canta real y verdaderamente, cuando sus vibraciones, que constituyen los colores, forman proporciones armónicas.


En esto último Lugones exige que veamos los sentidos como un conjunto de la experiencia y no como un análisis del fenómeno por partes, ya que al hacer esto perderemos la experiencia vital, total de este. 


Continúa hablando de las vibraciones y como esto habla sin ser nombrado de cuerpos sensibles, de cuerpos predispuestos a altas y bajas vibraciones si al producirse una vibración, no percibimos más que uno de los movimientos engendrados, es porque los otros, o han pasado el límite máximo, o no han alcanzado el límite mínimo de la percepción.


 No es sino contemplar en la naturaleza la cantidad de ejemplos de animales, y formas de vida que superan al hombre en esa precariedad de sus propios sentidos y de la que intenta encubrir con el entendimiento o el pensamiento. Para sentir hay que abrir los ojos a la escucha, hay que ver el sonido.

Es interesante detenerse un poco en le procedimiento del accionar de la máquina, de los pasos que esta emplea para convertir en luz, el sonido. Nos menciona un primer paso donde el sonido se atenúa en el agua dejando solo sus vibraciones, atenuando el sonido y el calor de la onda sonora a lo mínimo luego con un vidrio negro reduce la vibración a una onda luminosa… pero se pregunta porque ha de ser un vidrio negro ni no un vidrio traslucido y corriente. Frente a esto el inventor nos dice algo maravillo y que puede ser visto de un modo tanto lógico como poético: 


—Porque la luz negra tiene una vibración superior a la de todas las otras; y como por consiguiente el espacio entre movimiento y movimiento se restringe, las demás no pueden pasar por los intersticios y se reflejan.


El inventor se pone al piano y dispone las notas, basándose en una construcción alquímica que trae de nuevo la matemática, la filosofía y la estética de los sublime a colación los números determinan la melodía, los números reducen el universo a melodía, por eso es que dice luego que: —El universo es música —prosiguió, animándose—. Pitágoras tenía razón, y desde Timeo hasta Kepler, todos los pensadores han presentido esta armonía. En su operación teosófica el musico inventor, (que no es otra cosa que dos formas de nombrar lo mismo el hacedor o el conductor del sonido o de la revelación) nos dice que todos estos números que aparecen en las esferas tienen una relación intrínseca con los cinco sentidos, y no de forma independiente, sino de alineación de los sentidos como se alinean los planetas en el tiempo y el espacio. Sin dudar, de su artefacto y su carácter revelador enuncia:


 “Habiendo dado con las notas fundamentales de la música de las esferas, reproduzco en colores geométricamente combinados el esquema del Cosmos!”


La música empieza a sonar, hasta el escéptico narrador se conmueve, pero sin entender el porqué:


En verdad, hasta mi naturaleza refractaria se conmovía con aquellos sones. Nada tenían de común con las armonías habituales, y aún podía decirse que no eran música en realidad; pero lo cierto es que sumergían el espíritu en un éxtasis sereno, como quien dice formado de antigüedad y de distancia.


La síntesis del texto ha sido dicha por el narrador que ha comenzado a hacer vibrar sus propias convicciones, sus propios anclajes, su propio entendimiento. Es el testigo inesperado del milagro y de la excelsa experiencia que ha de acaecerle al hacedor o el conductor del sonido luminario. Poco a poco los planetas pasan en el tiempo de cada nota: Lo que estás escuchando es una armonía en la cual entran las notas específicas de cada Planeta del sistema; y este sencillo conjunto termina con la sublime octava del sol, que nunca me he atrevido a tocar, pues temo producir influencias excesivamente poderosas. ¿No sientes algo extrañó?


El espectador incrédulo se convierte en iniciado: Sentía, en efecto, como si la atmósfera de la habitación estuviese conmovida por presencias invisibles. Ha dejado de lado su escudo del entendimiento. Comenzado a sentir, pero también se ha convertido en el espectador de un horror trascendente.


 Al llegar a la última nota algo ocurre, el aparato ha reflejado los colores lícitos de la música, la repetición del mito de Icaro se hace evidente, el hombre sensible quiere abrazar con todos sus sentidos al espíritu ardiente, quiere ver la música luminaria del gran astro y por eso se ha quedado ciego. Sus ojos han hecho ceniza. Se han convertido a su vez en ese vidrio negro, ahora en su oscuridad puede ver con toda claridad y gritar de jubilo delirante:


—¡La octava del sol, muchacho, la octava del sol!


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