“Yo aconsejaría esta hipótesis: la imprecisión es tolerable o verosímil en la literatura, porque a ella propendemos siempre en la realidad. La simplificación conceptual de estados complejos es muchas veces una operación instantánea. El hecho mismo de percibir, de atender, es de orden selectivo: toda atención, toda fijación de nuestra conciencia, comporta una deliberada omisión de lo no interesante. Vemos y oímos a través de recuerdos, de temores, de previsiones. En lo corporal, la inconciencia es una necesidad de los actos físicos. Nuestro cuerpo sabe articular este difícil párrafo, sabe tratar con escaleras, con nudos, con pasos a nivel, con ciudades, con ríos correntosos, con perros, sabe atravesar una calle sin que nos aniquile el tránsito, sabe engendrar, sabe respirar, sabe dormir, sabe tal vez matar: nuestro cuerpo, no nuestra inteligencia. Nuestro vivir es una serie de adaptaciones, vale decir, una educación del olvido.” Borges (1932)
Vale anotar el
carácter improbable de la ubicación corpórea del inconsciente. Mas no por eso
deja de estar presente en la cotidianidad de las acciones del individuo social.
Instancia del psiquismo donde se acuna aquella información de conflicto, que se
ocasiona frente al enfrentamiento de la pulsión con las resistencias de ella
misma, producidas quizás como resultado del choque con los anclajes sociales.
Al ocurrir la
represión del agente representante de la pulsión aparece así la fijación.
La bestia humana, le llamo Zola, una bestia
encadenada, un animal sufriente cifrado en la ambivalencia de sus pulsiones
anidadas en su inconsciente y sus agentes represores, producto quizás de
anclajes morales establecidos de una sociedad determinada, aquello denominado
cultura.
La concatenación del inconsciente con
respecto al agente represor de la pulsión es desfigurado y emerge a la
conciencia por el agente representante. Al emerger a la conciencia aparece de
modo desfigurado, y puede manifestarse en forma de afecto, el afecto, puede representar
a modo de angustia. Esta angustia puede aparecer de forma simbólica, por medio
del sueño, que trae consigo un contenido manifiesto, de carácter sexual y
siempre relacionado a la infancia. No es de extrañar estas instancias del
sueño, ya que la pulsión siempre va dirigida a dos contenidos: La muerte y lo
sexual. Es en estos contenidos donde la pulsión alberga esa energía libidinal.
De allí el sentimiento penoso o de angustia puesto que está cargado de deseos
del inconsciente.
Como mecanismo de defensa intentamos
encontrar en la pulsión una situación de displacer, pero esta situación de
displacer, es más bien traducida como un conflicto entre la realidad social y
los deseos reprimidos del individuo. Así pues el individuo no es más que un
títere, sujeto a los azares del destino y no tiene gobierno alguno sobre sus
pasiones, vive en constante lucha consigo mismo. De nada vale intentar huir de
la pulsión, puesto que nadie puede escapar de sí mismo. Intenta fútilmente
aferrarse a la represión que en muchos casos podría detonar de modo inesperado,
ya que la pulsión rebasa el inconsciente y busca de alguna forma representativa
pasar a la conciencia.

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