“Yo aconsejaría esta hipótesis: la
imprecisión es tolerable o verosímil en la literatura, porque a ella
propendemos siempre en la realidad. La simplificación conceptual de estados
complejos es muchas veces una operación instantánea. El hecho mismo de
percibir, de atender, es de orden selectivo: toda atención, toda fijación de
nuestra conciencia, comporta una deliberada omisión de lo no interesante. Vemos
y oímos a través de recuerdos, de temores, de previsiones. En lo corporal, la
inconciencia es una necesidad de los actos físicos. Nuestro cuerpo sabe
articular este difícil párrafo, sabe tratar con escaleras, con nudos, con pasos
a nivel, con ciudades, con ríos correntosos, con perros, sabe atravesar una
calle sin que nos aniquile el tránsito, sabe engendrar, sabe respirar, sabe
dormir, sabe tal vez matar: nuestro cuerpo, no nuestra inteligencia. Nuestro
vivir es una serie de adaptaciones, vale decir, una educación del olvido.” Borges (1932)
Cuando comenzamos la pesquisa sobre aquello que llamamos realidad, llegamos
inevitablemente a la laberíntica pregunta de la Verdad. ¿Qué es la verdad? ¿Qué
es falso? ¿Qué es cierto? Nos dispara a
un desierto aterrador y nos creemos presa del fracaso, de la derrota, al
sabernos ínfimos sujetos, juguetes del destino, moscas en un plato de sopa que intentamos
llamar universo. Y nuestra mente siente colapsar cuando indagamos más en la
herida que hemos zanjado y descubrimos que aquel misterio que no hemos podido
desentrañar, es tan solo un fragmento de un inconmensurable rompecabezas
indescifrable. (Sagan, 1970)
Creemos hallar sosiego en anclajes de conocimientos, anclajes morales (Zapffe, 1933) preconcebidos, en lubraciones
ajenas, historia de historias, depositamos nuestra fe en la ciencia – ese
último refugio espiritual- ese placebo veleidoso en el que se oculta su
incertidumbre. Pero tropezamos con ideas que nos hacen flaquear. Nos dilucidan
que todo es que nada es lo que parece y todo
es relativo, y que la realidad no es más que un objeto de nuestro
capricho (Schopenhauer, 1818-1819)
Seguimos procesos de diversa índole para no sentir que nuestro navío esta a
la deriva sobre aquel escabroso mar de la realidad. Russell nos plantea una
nueva mirada, o quizás mejor dicho una nueva duda. Nos recuerda que somos seres
con limitaciones, no los dioses gobernantes de ese universo que desconocemos.
Esa cachetada nos procura un espabilo y descubrimos que sólo somos esclavos de
nuestros sentidos, la realidad se hace individual y subjetiva, y las verdades que
creíamos absolutas se caen al piso. Vislumbramos así, un mundo similar a un
espejo hecho pedazos, donde sus fragmentos no son más que reflejos de algo
incongruente.
En medio de la desesperación, nos anidamos en la idea de una verdad para
nosotros, una realidad que mejor se acomoda a nuestra mirada (Stirner, 1845),
dejamos de luchar a la contra del infinito y aceptamos el universo ínfimo que
nos ofrece nuestras reticencias y limitaciones. Pero allí aparecen nuevos
conflictos. Porque nuestra verdad, nuestro mundo fabulado por los sentidos y la
precaria existencia, ese individualismo utópico anarquista, y nuestra realidad
compiten con lo ajeno, con el individualismo del otro. Surgen así, teorías
opuestas, discusiones de nunca acabar, iniciamos batallas en torno a
irrisorios, fundamos filosofías y contradicciones para llegar a la aceptación del
eterno movimiento del objeto y el sujeto
(Bergson, 1957).
En el marco epistemológico, la realidad se ha convertido en un misterio, ha
dejado de ser ese axioma irrefutable, para ser principio y fin de la
investigación. La veracidad se escabulle de nuestras redes, y quedamos siempre
cortos aun cuando intentamos disfrazar nuestra ineficiencia con aparatos que
superan nuestra percepción y capacidad de registro o memoria (Russell, 1912). Pero la verdad sigue siendo un objeto móvil
(Bergson, 1957). No quiere ni puede
estarse quieta, la ciencia no tiene los muros suficientes para contenerla y
debe cambiar sus leyes por meras teorías, semejantes a un pescador que pesca
sin anzuelo. Y la labor de la filosofía, llega a ser tomada casi por un cuento,
por mero ardid de la literatura (Popper, 1980) que ni el propio Heidegger con
su tono enmarañado podrá devolverle su antiguo valor. Vagamos dubitativos en
los planteamientos cartesianos ¿cómo podemos llegar a la verdad si el
conocimiento nos es ajeno y aquello que suponemos conocer de nosotros mismos es
tan solo una quimera, una argucia del lenguaje? (descartes, 1637)
El lenguaje, ese engañoso utensilio de las sociedades, ese coercitivo
instrumento que los sofistas manipulan con diestra maestría. Para hacer de la
mentira un estamento, para edificar imperios y dar vida a dioses del absurdo. Esa
espada de doble filo, es enemiga de la verdad, es el lobo disfrazado de oveja,
es el recurso miserable que tiene el hombre para expresar erróneamente la
percepción de su realidad. Todo el desarrollo desde su origen, esta caduco. Su
exegesis se hace incierta, la realidad aparente procura un choque entre el
mundo de las ideas y el mundo material, a bifurcación de respuestas y
conjeturas comienza semeja pues a una hidra incontenible que ni el más colosal
Heracles del leguaje podría derrotar.
La percepción humana es limitada y
engañosa, pero nos sentimos deseosos de pregonar a los otros nuestra falsa y
buena nueva, como ese acto narcisista y baladí, para ocultar nuestra tragedia,
porque hace parte de nuestro conocimiento y crecimiento, esa comunicación
diñada con los otros, ese intercambio mortecino de ideas, ese mundo de
especulaciones restringidas, que vistas desde otro prisma traslucen como
olvidados fantasmas (Piaget, 1972), y esto es tan sólo el triste comienzo, el
principio de nuestra gran derrota o como diría Olvetti: “El intelecto es causa
perdida, es una de las grandes derrotas de lo humano”. Es una transmisión de
naderías, de conceptos anodinos, una pérdida de acto y tiempo, el eterno
retorno anodino (Nietzsche, 1982). El receptor percibe, aquella desfiguración
de la ficción que intentamos traer como real, y este receptor construye a
partir de esta incongruente labor una nueva interpretación de lo real-ficticio,
asociada a sus percepciones anteriores.
Creo pues absurdo hablar de una realidad como concepto, y prefiero hablar
de un concepto de apreciación, de apreciación de esa palabra multiforme llamada
realidad. Esa aparente realidad se
desdibuja y se dibuja, se hace y se deshace, es movimiento perpetuo (Russell,
1912). La veracidad de la realidad en el campo epistemológico, es pues algo
superfluo, subjetividad de un objeto aparente, aparentemente físico pero que no
tiene explicación tangible y sempiterna. Podemos pues también, llevar la
realidad al concepto del tiempo y los fragmentos serian más imperceptibles
quizás que creeríamos estar sumidos -a causa de nuestra estulticia- una
realidad hilada, pero cuando con minuciosidad hacemos la pesquisa, nos
encontramos con una infinidad de realidades temporales. La realidad de este
instante, del instante en que fue escrita la ultima letra, no es la misma a la
siguiente, y cada letra escrita, podrá ser una unidad de tiempo y realidad
distinta, completamente nueva. Entraríamos aquí a hablar de la realidad como
instante. De la mortandad instantánea de la realidad. De una realidad
momentánea, efímera, fugaz y desde diversas perspectivas podría aparecer
imperceptible. Pero esta realidad del instante no es fidedigna aunque sean
varios los sujetos que por la casuística de las circunstancias se encuentren
inmersos en este evento, ya que el tiempo y el espacio de cada sujeto es, una
entidad propia, relativa e independiente del tiempo y el espacio.
Sea pues imperante el hecho de considerar la subjetividad de lo real. Dejar
de luchar contra imposibles, o aceptar nuestra condición estéril, asumir que la
ciencia hacedora de nuevas y grandilocuentes fabulas, no tiene la respuesta
para este insondable misterio de realidad. Que todos sus intentos aun quedan
cortos, y que su única función maravillosa
ha sido develar más interrogantes, interrogantes que hacen más
fragmentaria esa realidad incierta en la que estamos posiblemente inmersos.
Renunciemos por instante a lo
erróneamente establecido en el campo histórico- epistemológico y permitamos sin
amarras que sea la fantasía quien tripule este navío, lancemos el norte de
nuestra brújula a la profundidad de los mares del sur y demos un giro a los
anclajes preconcebidos de nuestra dudosa experiencia, que sea pues la mano de
Alicia quien nos guie (Carroll 1999), por esa realidad adversa, por ese nonsene. Y apreciemos el lado paradójico
de realidad, pero despojemos esos conceptos preconcebidos, hagamos quizás una
inversión de valores, dotemos esa ficción y ese absurdo de sus opuestos y
miremos a través de ese espejo, la incoherencia de aquella ficción que siempre
hemos asumido torpemente como real. Imaginemos que la vida que hemos asumido no
es más que un sueño, un sueño cifrado en símbolos que aun no hemos
desenmarañado, por que la única llave para abrir la puerta a nuevas
percepciones esa aquella, que siempre nos han prohibido, aquella a la cual sin
fundamento claro nos han hecho atribuirle una nefasta animadversión. Por un
instante, este instante dejemos que la locura abra la puerta y respiremos la
ventisca que se filtra y sin titubeos lancémonos a lo desconocido, dejando
atrás y en el olvido todo aquello que alguna vez soñamos como realidad.
Volvemos a nuestro aburrido confort, a la mentira infinita. Porque nos
aterrorizan los complejos, porque aun no somos dignos de nuestra permanencia en
ese otro mundo. Pero hemos aprendido, que ese instante que ahora volvemos a
llamar absurdo, fue un instante tan real como esta ficción de estar leyendo un
texto como este jamás ha sido escrito y solo es producto de nuestra propia fantasía.

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