Impostura de la Dama Blanca
“Sentía hundirse mi razón en el espanto; ¡lo sobrenatural me envolvía! ¡La rigidez,
el silencio de todos aquellos seres con máscaras! ¿Qué eran? ¡Un minuto más de
incertidumbre y sería la locura! No aguantaba más y, con la mano crispada de
angustia, avanzando hacia una de las máscaras, levanté bruscamente su cogulla.
¡Horror! ¡No había nada, nada! Mis ojos despavoridos sólo encontraban el
hueco de la capucha; el traje, la esclavina, estaban vacíos. Aquel ser que
vivía sólo era sombra y nada.” Lorrain
Es a ti, a quien siempre espero, la que clamo en sueños, la
que guía mi vida hasta el ocaso. Tu, mi bella impostura mortecina, tú, la dama
blanca, que con miedo anhelo en cada acto destructivo, en cada creación que
dilapida el tiempo…
Ya es
mucho lo se ha dicho de esta impostura, que gobierna a las anteriores, pero es
la impostura de las imposturas, es un juego de máscaras, la máscara tras la
máscara. ¿pero qué se esconde tras su máscara? Quizás el misterio, la nada, el
olvido, otro mundo de imposturas, nadie lo sabe.
Sólo
comprendemos precariamente que yacemos en este teatro de la existencia gracia a
la impostura de la muerte. La muerte que es silencio y es grito, ese grito que
nos ensordece al nacer y nos perturba el trasegar venidero. Somos actores sin
libreto, que simulamos estatuas de otros tiempos, de tiempos, quizás inexistente
o quizás somos todo lo contrario, inexistentes para el pretérito.
Es la
dama blanca, quien nos susurra en sueños, quien nos besa en la frente cada
noche. A única y verdadera amante de los vivos.
A ella
he entregado mi vida entera consciente e inconscientemente. Porque en ella, me
sobrevivo en este funesto redil.
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