Extensas e infestadas de retruécanos, baches y altibajos
son las disertaciones, circunloquios y todo tipo de verborreas seudocientíficas
que se han propiciado alrededor de la dualidad y el antagonismo que se disputan
frente al individuo a la contra de la quimera arquetípica mal ponderada Cultura,
desde campos tan diversos como la antropología, la filosofía, la sociología, la
semiótica, el psicoanálisis, etc. Algunos en un acto oprobioso de patetismo han
cometido un desatinado uso del lenguaje hilvanando con toscas puntadas de
costurera bizca, una simbiosis gramatical abominable, mutando estos dos opuestos
conceptos y ha llamado al individuo inmerso en la sociedad, inmerso en sus
normas y anclajes imaginarios colectivos que esta acaece, como un Hombre Culto,
tratando forzosamente de conciliar una fantasiosa alianza. Me pregunto pues,
ante semejante manipulación acomodada de la gramática ¿Qué es entonces el
hombre culto? ¿Qué conductas le hacen merecedor de tan miserable titulo? Y me
refiero a miserable circunscribiéndome al pensamiento Freudiano, que deja de
manifiesto su inquietud ante esa abominable creación edificada desde sus
inicios ancestrales por individuos poderosos, aborreciendo convenientemente la
fuerza bruta del individuo individual.
Autores tan diversos dentro del Psicoanálisis y la
Psicología, han intentado mancillar este escabrosos termino de cultura, autores
como el mismo Freud, o Vigotsky, o en
menor medida los llamados psicoanalistas culturalistas como Fromm o el ridículo
e inocente Sullivan que mas que psicoanalista culturalista es un psiquiatra conductual,
que semeja a un estudiante primerizo de antropología o sociología, tratando de
desenmarañar planteamientos que ni sus propios maestros mas duchos en
herramientas han logrado desentrañar. Asegura que nuestro Yo se compone
enteramente de nuestras experiencias y es allí donde yerra torpemente en un
campo mas expandido frente a una miraba más profunda de los componentes de la
personalidad que comprenden al yo. Su sencilla mirada, es una mirada pueril que
sólo puede circunscribirse ante las evaluaciones de la conducta frente a ese
mundo externo que le proporciona dichas experiencias y que son las que edifican
su conducta. Pero la conducta no hace al yo, es una parte quizás superflua,
material de relieve de este, (o lo que yo prefiero de nominar una Impostura), pero que a su vez es una
parte que se resuelve conflictiva con los otros contenidos, y de allí surgirán
las conductas del neurótico (el esclavo de la cultura), el psicótico (el
villano o criminal) y el perverso (el antihéroe, el anarquista). Entendamos que
las experiencias son diques, anclajes morales como diría Zapffe, oportunidades
siniestras para no implorarle a las parcas el corte de nuestro fino hilo que
nos separa del otro mundo, esas alucinaciones materiales que yo asumo como
meros espejismo psicofísicos que seducen y desfiguran el insignificante talento
cognitivo del individuo.
Pero aquí debemos hacer un alto, pues estamos dejando en
el puerto la materia prima de esa irrisoriedad llamada cultura, el eterno juego
del huevo y la gallina, no se puede hablar de uno sin el otro, ¿Qué sería del
Dios creador sin su creador humano? Somos imagen y semejanza de nuestras
quimeras. No puede existir una cultura de ratones, o de simios, solo hablamos
de cultura cuando el hombre abre su bocaza plagada de mismas para conferir
aquella sonora palabra.
Según Freud, en El
malestar de la cultura, la terrible invención de la cultura es producto del
miedo, del miedo al sufrimiento y de su opuesto, el placer, revelando pues que
la especie humana es una raza asustadiza y cobarde, co-dependiente y enferma. Pero
sus sufrimientos se pueden dividir en tres, en palabras del mismo Freud: “La
supremacía de la naturaleza, la caducidad del propio cuerpo y las relaciones
humanas con el otro.” con ellos construimos, los primeros tótems sobre aquellas
fuerzas naturales que le superan, el tótem de la muerte y el sexo, la figura
que le mira en el claro del agua, el espejo del otro que soy yo.
de allí a su vez, aparecen los síntomas del principio de
la tragedia, el hombre sabiéndose un animal indefenso, decide emprender una
lucha que sabe de antemano, perdida, pero que intenta superar cometiendo el
grave error de construir alianzas con otros. Florece entonces, la cultura,
producto de la necesidad y del amor, como evasión escuálida de los sufrimientos
que le gobiernan los hilos del destino. Permite que Eros y Ananké jueguen con
su psique, pero es allí donde ocurre la
nefasta paradoja, en esa búsqueda irrefrenable de erradicación del sufrimiento
y la vindicación del placer por medio de la necesidad de un amor perpetuo se
reflejara su derrota, en palabras de Freud: "...Jamás nos hallamos tan a merced del
sufrimiento como cuando amamos; jamás somos tan desamparadamente infelices como
cuando hemos perdido el objeto amado a su amor.”
Las teorías de los llamados psicólogos culturales pierden
asidero en este punto, porque ese amor no emerge de la experiencia con el otro
aunque se refleje en el otro, sino que es ese amor no es más que una
impostación. El otro no es más que la impostura de nosotros mismos, es el yo
reflejado. En otras palabras ese maldito amor no es otra cosa que el miedo a
aquel mundo externo, aquello llamado cultura. Que según Sullivan nuestro Yo depende
de este, para su construcción, pero para Fromm por ejemplo ese Yo será
repercutido y afectado por las corrientes sociales, asegurando que la cultura
es un objeto móvil, pero es un objeto móvil simplemente en sus características
contextuales un en su esencia primaria, donde seguirá rigiendo el amor y el
miedo, la curiosa teoría de Fromm intenta desprenderse de la propuesta por
Freud, circunscribiéndose a un marxismo, a un materialismo dialectico, buscando
así un individualismo, pero este individualismo marxista no es más que otra
impostura incompleta de un dogma endeble, la búsqueda de Fromm queda a medias y
lo más aconsejable hubiera sido que echara una buena mirada a la obra de
Stirner para intentar comprender una forma de individualismo más radical y no
meramente el individualismo Neurótico de Marx… pero como dice el dicho zapatero
a tus zapatos, la idea de Fromm tiene una noble intensión pero queda corta en
el sesgo de herramientas epistemológicas, donde no logramos descifrar con
plenitud si su propuesta es psicológica o sociológica, pues al parecer la una
erradica a la otra.
Considero, valiéndome del ya mencionado Stirner con su
texto El único y su propiedad, que la
cultura aparece para el individuo, más en un proceso de deconstrucción, donde
se convierte cárcel de la pulsión, y procura una siniestra cofradía con el
superyo, donde sólo residirán los pobres y agonizantes neuróticos, aquellos
idiotas que han aceptado y adoptado la norma, esos masoquistas que llamara
Fromm, ya que los psicóticos jamás habrán notado la presencia de aquel fantasma
moribundo y los perversos simplemente gozaran en su jardín de las delicias
contemplando el sufrimiento de esos otros pobres diablos que sufren sobre la
paila ardiente de la cultura. En la visión de Stiner, el individuo individual,
el egoísta, aquel hedonista que sólo se preocupa por sus propias necesidades,
será tachado por perverso al ser juzgado por el ojo corrupto de la Cultura. La
cultura no es más, que ese impedimento de autorrealización y liberación de
anclajes del individuo.
Pero creo que todas estas habladurías sobre la cultura y
el individuo como siempre quedaran en Balde. No llegaremos a ningún feliz
acuerdo entre los dos bandos, donde evidentemente el peso de uno hace
absurdamente ridícula su contraparte. Mi precario consejo sería, aprender a disfrutar la cruenta y sempiterna batalla
de las partes, pero como propone el poeta Jaime Sabines, desde un lugar de
espectador en este circo de mascaras e idiotas enfermos por un poder efímero,
anhelantes de una inmortalidad caduca:
“¿Qué puedo hacer si puedo
hacerlo todo
y no tengo ganas sino de mirar y mirar?”
y no tengo ganas sino de mirar y mirar?”
Nos hemos ido por las ramas, mejor dicho por las malezas
cargadas de espinas ponzoñosas y un nauseabundo olor mortecino. Hemos hablado,
del individuo en a cultura, pero solo de manera superficial, pero que mas
podíamos hacer si hemos tratado, al individuo desde la lupa de personajes que
sólo entienden al hombre desde su conducta. Pido disculpas de mi parte, pues
poco o nada es lo que me importa la conducta de los individuos, harta cantidad
de investigadores someros de dan a esta paupérrima tarea, mientras que mi
interés se ha volcado hacia algo más profundo y que es el eterno enigma,
el YO. Aquello, que tantos autores han
tratado con miedo, porque su faz es intimidador, y procuramos ver desde el
reflejo de su máscara que podríamos llamar personalidad pero que yo llamo
llanamente Impostura: hemos construido toda una enredadera por medio del
lenguaje al hallarnos tan lejanos del conocimiento del yo. Freud dira que el yo
se compone del Ello y el superyó, y al decir esto quedamos en una implacable
incertidumbre, el superyó como hemos dicho, no es más que la máscara de la
cultura o la cultura misma, que no es otra cosa que la máscara del miedo, el
resultado de las necesidades de un amor viciado y moribundo. Pero el ello, es
cosa compleja, cosa ilícita que nos está oculta y que están profunda como el
infinito celestial. Para Hartmann las funciones del YO surgen del conflicto
ente Ello-superyo. Pero esto no nos dice más que Freud, pues nuestro mezquino
intelecto no logra comprender todo el contenido de cada una de las dos fuerzas
que impulsan a la construcción del yo. Sólo sospechamos la diminuta brecha por
donde se filtran algunos mínimos contenidos del ellos y las percepciones sutiles
de la cultura que afecta al individuo. No podemos hablar más que un
enfrentamiento, de una lucha de fuerzas desconocidas, que no podemos manipular
ni con el uso caprichoso del lenguaje.
También podríamos descubrir el yo como un simple
mecanismo de diferenciación utópica del otro, en el contexto cultural, una categorización
parlanchina, para decir que somos individuos autónomos frente a la colosal
estructura social. Pero eso son meros espejismos, acomodaciones del lenguaje en
un intento desesperado por recuperar la individualidad al pertenecer dentro de
nuestra neurosis a una cultura. El yo se difumina y se hace una impostura, que
bien valiéndome del concepto móvil de Fromm también es, es algo cambiante, pero
ese yo cambiante no somos nosotros solamente la envoltura, el impostor que
somos con el otro, como mecanismo para disfrazar nuestro terror y amor a la
muerte.
Con esta triste respuesta, de no ser que mas criaturas agónicas
en disfraces malgastados, nos descubrimos como un personaje Kafkiano,
derrotados al sabernos insignificantes sobre todas las fuerzas que nos
gobiernan, tanto de afuera como de adentro. El yo es una cosa entredicha, una
pregunta abierta, que no se puede traducir como un Self, eso entra solo en el campo del a personalidad. El yo es algo más
misterioso, más arcaico.
Aunque esto me
lleve a pensar algo intrigante, la lucha por el gobierno del Yo es una lucha
imaginaria, una torpe lucha de neuróticos peleando con fantasmas creados por su
miedo, es también la resistencia del Ello ante ese mundo fingido que llamamos
cultura. El yo es ese bajel rustico que navega a la deriva por esos dos océanos
sin otra esperanza que hallara sosiego algún grandioso día dejándose llevar por
la corriente de su más agresiva pulsión de muerte, para yacer placido en las
orillas del hades.
Para concluir este anodino propósito inconcluso no he de
mencionar más que, no somos más que un sueño dentro de un sueño. Ficción de una
ficción contenida en consecución interminable. Estamos presos por el absurdo de
la locura cultura, esa demencia producida por nosotros mismos, por esa
necesidad sadomasoquistas que nos hace creer que estamos vivos, sin percatarnos
que en nuestro automatismo cultural no somos más que muertos que se aferran a
la vida aunque sus cuerpos y pensamientos emanen un pestilente hedor a olvido.

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