jueves, 31 de octubre de 2013

EL YO, EL INDIVIDUO Y LA CULTURA




Extensas e infestadas de retruécanos, baches y altibajos son las disertaciones, circunloquios y todo tipo de verborreas seudocientíficas que se han propiciado alrededor de la dualidad y el antagonismo que se disputan frente al individuo a la contra de la quimera arquetípica mal ponderada Cultura, desde campos tan diversos como la antropología, la filosofía, la sociología, la semiótica, el psicoanálisis, etc. Algunos en un acto oprobioso de patetismo han cometido un desatinado uso del lenguaje hilvanando con toscas puntadas de costurera bizca, una simbiosis gramatical abominable, mutando estos dos opuestos conceptos y ha llamado al individuo inmerso en la sociedad, inmerso en sus normas y anclajes imaginarios colectivos que esta acaece, como un Hombre Culto, tratando forzosamente de conciliar una fantasiosa alianza. Me pregunto pues, ante semejante manipulación acomodada de la gramática ¿Qué es entonces el hombre culto? ¿Qué conductas le hacen merecedor de tan miserable titulo? Y me refiero a miserable circunscribiéndome al pensamiento Freudiano, que deja de manifiesto su inquietud ante esa abominable creación edificada desde sus inicios ancestrales por individuos poderosos, aborreciendo convenientemente la fuerza bruta del individuo individual.
Autores tan diversos dentro del Psicoanálisis y la Psicología, han intentado mancillar este escabrosos termino de cultura, autores como el mismo Freud, o Vigotsky,  o en menor medida los llamados psicoanalistas culturalistas como Fromm o el ridículo e inocente Sullivan que mas que psicoanalista culturalista es un psiquiatra conductual, que semeja a un estudiante primerizo de antropología o sociología, tratando de desenmarañar planteamientos que ni sus propios maestros mas duchos en herramientas han logrado desentrañar. Asegura que nuestro Yo se compone enteramente de nuestras experiencias y es allí donde yerra torpemente en un campo mas expandido frente a una miraba más profunda de los componentes de la personalidad que comprenden al yo. Su sencilla mirada, es una mirada pueril que sólo puede circunscribirse ante las evaluaciones de la conducta frente a ese mundo externo que le proporciona dichas experiencias y que son las que edifican su conducta. Pero la conducta no hace al yo, es una parte quizás superflua, material de relieve de este, (o lo que yo prefiero de nominar una Impostura), pero que a su vez es una parte que se resuelve conflictiva con los otros contenidos, y de allí surgirán las conductas del neurótico (el esclavo de la cultura), el psicótico (el villano o criminal) y el perverso (el antihéroe, el anarquista). Entendamos que las experiencias son diques, anclajes morales como diría Zapffe, oportunidades siniestras para no implorarle a las parcas el corte de nuestro fino hilo que nos separa del otro mundo, esas alucinaciones materiales que yo asumo como meros espejismo psicofísicos que seducen y desfiguran el insignificante talento cognitivo del individuo.
Pero aquí debemos hacer un alto, pues estamos dejando en el puerto la materia prima de esa irrisoriedad llamada cultura, el eterno juego del huevo y la gallina, no se puede hablar de uno sin el otro, ¿Qué sería del Dios creador sin su creador humano? Somos imagen y semejanza de nuestras quimeras. No puede existir una cultura de ratones, o de simios, solo hablamos de cultura cuando el hombre abre su bocaza plagada de mismas para conferir aquella sonora palabra.
Según Freud, en El malestar de la cultura, la terrible invención de la cultura es producto del miedo, del miedo al sufrimiento y de su opuesto, el placer, revelando pues que la especie humana es una raza asustadiza y cobarde, co-dependiente y enferma. Pero sus sufrimientos se pueden dividir en tres, en palabras del mismo Freud: “La supremacía de la naturaleza, la caducidad del propio cuerpo y las relaciones humanas con el otro.” con ellos construimos, los primeros tótems sobre aquellas fuerzas naturales que le superan, el tótem de la muerte y el sexo, la figura que le mira en el claro del agua, el espejo del otro que soy yo.
de allí a su vez, aparecen los síntomas del principio de la tragedia, el hombre sabiéndose un animal indefenso, decide emprender una lucha que sabe de antemano, perdida, pero que intenta superar cometiendo el grave error de construir alianzas con otros. Florece entonces, la cultura, producto de la necesidad y del amor, como evasión escuálida de los sufrimientos que le gobiernan los hilos del destino. Permite que Eros y Ananké jueguen con su psique,  pero es allí donde ocurre la nefasta paradoja, en esa búsqueda irrefrenable de erradicación del sufrimiento y la vindicación del placer por medio de la necesidad de un amor perpetuo se reflejara su derrota, en palabras de Freud: "...Jamás nos hallamos tan a merced del sufrimiento como cuando amamos; jamás somos tan desamparadamente infelices como cuando hemos perdido el objeto amado a su amor.”
Las teorías de los llamados psicólogos culturales pierden asidero en este punto, porque ese amor no emerge de la experiencia con el otro aunque se refleje en el otro, sino que es ese amor no es más que una impostación. El otro no es más que la impostura de nosotros mismos, es el yo reflejado. En otras palabras ese maldito amor no es otra cosa que el miedo a aquel mundo externo, aquello llamado cultura. Que según Sullivan nuestro Yo depende de este, para su construcción, pero para Fromm por ejemplo ese Yo será repercutido y afectado por las corrientes sociales, asegurando que la cultura es un objeto móvil, pero es un objeto móvil simplemente en sus características contextuales un en su esencia primaria, donde seguirá rigiendo el amor y el miedo, la curiosa teoría de Fromm intenta desprenderse de la propuesta por Freud, circunscribiéndose a un marxismo, a un materialismo dialectico, buscando así un individualismo, pero este individualismo marxista no es más que otra impostura incompleta de un dogma endeble, la búsqueda de Fromm queda a medias y lo más aconsejable hubiera sido que echara una buena mirada a la obra de Stirner para intentar comprender una forma de individualismo más radical y no meramente el individualismo Neurótico de Marx… pero como dice el dicho zapatero a tus zapatos, la idea de Fromm tiene una noble intensión pero queda corta en el sesgo de herramientas epistemológicas, donde no logramos descifrar con plenitud si su propuesta es psicológica o sociológica, pues al parecer la una erradica a la otra.
Considero, valiéndome del ya mencionado Stirner con su texto El único y su propiedad, que la cultura aparece para el individuo, más en un proceso de deconstrucción, donde se convierte cárcel de la pulsión, y procura una siniestra cofradía con el superyo, donde sólo residirán los pobres y agonizantes neuróticos, aquellos idiotas que han aceptado y adoptado la norma, esos masoquistas que llamara Fromm, ya que los psicóticos jamás habrán notado la presencia de aquel fantasma moribundo y los perversos simplemente gozaran en su jardín de las delicias contemplando el sufrimiento de esos otros pobres diablos que sufren sobre la paila ardiente de la cultura. En la visión de Stiner, el individuo individual, el egoísta, aquel hedonista que sólo se preocupa por sus propias necesidades, será tachado por perverso al ser juzgado por el ojo corrupto de la Cultura. La cultura no es más, que ese impedimento de autorrealización y liberación de anclajes del individuo.
Pero creo que todas estas habladurías sobre la cultura y el individuo como siempre quedaran en Balde. No llegaremos a ningún feliz acuerdo entre los dos bandos, donde evidentemente el peso de uno hace absurdamente ridícula su contraparte. Mi precario consejo sería, aprender  a disfrutar la cruenta y sempiterna batalla de las partes, pero como propone el poeta Jaime Sabines, desde un lugar de espectador en este circo de mascaras e idiotas enfermos por un poder efímero, anhelantes de una inmortalidad caduca:
“¿Qué puedo hacer si puedo hacerlo todo 
y no tengo ganas sino de mirar y mirar?”



Nos hemos ido por las ramas, mejor dicho por las malezas cargadas de espinas ponzoñosas y un nauseabundo olor mortecino. Hemos hablado, del individuo en a cultura, pero solo de manera superficial, pero que mas podíamos hacer si hemos tratado, al individuo desde la lupa de personajes que sólo entienden al hombre desde su conducta. Pido disculpas de mi parte, pues poco o nada es lo que me importa la conducta de los individuos, harta cantidad de investigadores someros de dan a esta paupérrima tarea, mientras que mi interés se ha volcado hacia algo más profundo y que es el eterno enigma, el  YO. Aquello, que tantos autores han tratado con miedo, porque su faz es intimidador, y procuramos ver desde el reflejo de su máscara que podríamos llamar personalidad pero que yo llamo llanamente Impostura: hemos construido toda una enredadera por medio del lenguaje al hallarnos tan lejanos del conocimiento del yo. Freud dira que el yo se compone del Ello y el superyó, y al decir esto quedamos en una implacable incertidumbre, el superyó como hemos dicho, no es más que la máscara de la cultura o la cultura misma, que no es otra cosa que la máscara del miedo, el resultado de las necesidades de un amor viciado y moribundo. Pero el ello, es cosa compleja, cosa ilícita que nos está oculta y que están profunda como el infinito celestial. Para Hartmann las funciones del YO surgen del conflicto ente Ello-superyo. Pero esto no nos dice más que Freud, pues nuestro mezquino intelecto no logra comprender todo el contenido de cada una de las dos fuerzas que impulsan a la construcción del yo. Sólo sospechamos la diminuta brecha por donde se filtran algunos mínimos contenidos del ellos y las percepciones sutiles de la cultura que afecta al individuo. No podemos hablar más que un enfrentamiento, de una lucha de fuerzas desconocidas, que no podemos manipular ni con el uso caprichoso del lenguaje.
También podríamos descubrir el yo como un simple mecanismo de diferenciación utópica del otro, en el contexto cultural, una categorización parlanchina, para decir que somos individuos autónomos frente a la colosal estructura social. Pero eso son meros espejismos, acomodaciones del lenguaje en un intento desesperado por recuperar la individualidad al pertenecer dentro de nuestra neurosis a una cultura. El yo se difumina y se hace una impostura, que bien valiéndome del concepto móvil de Fromm también es, es algo cambiante, pero ese yo cambiante no somos nosotros solamente la envoltura, el impostor que somos con el otro, como mecanismo para disfrazar nuestro terror y amor a la muerte.
Con esta triste respuesta, de no ser que mas criaturas agónicas en disfraces malgastados, nos descubrimos como un personaje Kafkiano, derrotados al sabernos insignificantes sobre todas las fuerzas que nos gobiernan, tanto de afuera como de adentro. El yo es una cosa entredicha, una pregunta abierta, que no se puede traducir como un Self, eso entra solo en el campo del a personalidad. El yo es algo más misterioso, más arcaico.
 Aunque esto me lleve a pensar algo intrigante, la lucha por el gobierno del Yo es una lucha imaginaria, una torpe lucha de neuróticos peleando con fantasmas creados por su miedo, es también la resistencia del Ello ante ese mundo fingido que llamamos cultura. El yo es ese bajel rustico que navega a la deriva por esos dos océanos sin otra esperanza que hallara sosiego algún grandioso día dejándose llevar por la corriente de su más agresiva pulsión de muerte, para yacer placido en las orillas del hades.

Para concluir este anodino propósito inconcluso no he de mencionar más que, no somos más que un sueño dentro de un sueño. Ficción de una ficción contenida en consecución interminable. Estamos presos por el absurdo de la locura cultura, esa demencia producida por nosotros mismos, por esa necesidad sadomasoquistas que nos hace creer que estamos vivos, sin percatarnos que en nuestro automatismo cultural no somos más que muertos que se aferran a la vida aunque sus cuerpos y pensamientos emanen un pestilente hedor a olvido.

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