lunes, 10 de septiembre de 2018

Lo incomprensible


 

“Sin embargo, tengo miedo, miedo de lo que mis palabras harán de mí, de mi escondite, una vez más. ¿Y si hablara para no decir nada, pero absolutamente nada?” Beckett

“El lenguaje no puede representar lo que en él se refleja.” Wittgenstein

“Nos hallamos ante una víctima que busca un verdugo y que tiene necesidad de formarlo, de persuadirlo, y de hacer alianza con él para la más extraña de las empresas. Por eso los avisos clasificados forman parte del lenguaje masoquista, mientras que están excluidos del verdadero sadismo." Deleuze

“El deseo se va con ello al cagadero.” Lacan

Una boca. Una boca llena moscas, una boca que evoca un desfiladero insondable. Un deseo innombrable. Una boca que es sumidero, una cloaca. Una boca que es fosa común donde desembocan todos los restos de deseos que se hicieron maquinas deseantes inoperantes, fragmentadas sin un manual de uso. Boca erotizada y diabólica. Boca que engulle, boca que vomita, boca que regurgita, que sostiene el veneno en la punta de la lengua. Boca que recibe y expulsa. Boca que besa a la madre y le muerde el seno. Boca que se mueve en silencio y no dice nada. Boca que es ano. Ano y boca: Uróboros que se alimenta de sí misma. Mierda alimento que la palabra llama conocimiento. El lugar determinado donde se hace silencio y se impone el deseo. Deseo imperativo, deseo antinatural que es entera natura, que se impone por el sufrimiento vital de sentirse cercano a la muerte para responder a la demanda no dicha del otro. Se grita en un lenguaje primitivo que la vida se impone, prevalece, aunque se intente diariamente, en todo lugar y situación no situacional, ahogarse en la propia mierda. El innombrable se revuelca insatisfactoriamente en el límite de su lenguaje, porque solo allí ilusiona su mundo, su guarida, su encuentro con el otro. El innombrable se jacta de palabras, se maquilla, se oscurece con ellas, se erradica con ellas hasta quedar reducido a un simple reflejo de un discurso fragmentado, que terminará posiblemente desgarrando el ano comunicacional entre él y el otro, al que solo busca como amo de su deseo masoquista. El innombrable pone las reglas sobre la mesa, en un tablero de ajedrez donde dos ciegos juegan al Go, mientras un tercero invierte los bandos. El espectro del amor, es un mas allá para los jugadores; el deseo de extinción es un más acá para el Innombrable. La trasferencia como un sueño imposible, una luz mortecina en un día soleado, una sombra que no se proyecta en una noche sin luna. Comunicación: Quien habla se escucha a sí mismo, se miente a si mismo creyendo, moralizándose en que el otro escuchó aquello que no pudo decirse a sí mismo. El analista se interpreta como escucha a sí mismo, representa su interpretación de todo eso que no son hechos, que no es lenguaje ni límite del otro para ponerse en una posición dispar e inequivalente, para verse cara cara con el reflejo que es el otro al que no pudo escuchar porque su propio deseo, se apropiaba de las palabras usurpadas. Los otros estructuran una red inhumana de afectos humanos, que se hace ley para el que está más allá de cualquier ley y que debe vivir en el ostracismo su propia sintaxis. La palabra ya no dice nada. En ese más allá de la palabra se ha de instaurar la muerte y más acá de la vida se funda el erotismo que preserva el deseo. El deseo no se quiere hacerse palabra, porque la palabra es traición del pensamiento. El hombre se descompone en cada palabra dicha. El pensamiento es la cloaca donde se acunan las palabras. La palabra se hace verbo, el verbo se hace carne podrida. El acto es la realidad del hombre encadenado a la fantasía de la palabra: Santo Miller ilumínanos con tus palabras: “Detrás de la palabra esta el caos. Cada palabra es una valla, una barra, pero no hay ni habrá jamás suficientes barras para formar una reja.” La palabra ha oscurecido al hombre, es el octavo día de la destrucción otorgada por aquel benevolente dios disociativo y sádico que fragmentó el mundo en una babel de idiotas tartamudos. El innombrable poseído por una obsesión de hablar por el culo, se alimenta de complacencias hacia el otro, lo regocija de agasajos, se somete al otro, fabricando un listado de suplicios, que llenaran el vientre de su deseo, una y otra vez, para desembocar en una estruendosa, atonal e incomprensible flatulencia a la que llamara AMOR. Interpretar aquella grandilocuente epopeya anal, es la Aporía que fulminará al Analista-espectador; y el Sócrates amado, se confundirá con en amante.  Se firmarán contratos de parte y parte, porque ambos buscan en su ignorante moral simbólica, un mismo final, mas allá de la palabra, más allá del amor, de la demanda del deseo. Ambos son objetos crueles, fantasmas sádicos de su cuerpo masoquista, fantasmas que se instauran sobre su propia eliminación y que lloran las mismas lagrimas que lloró Bataille. El final los excede a ambos, perdidos en el erotismo y la muerte, confundiendo el falo con un faro, a la torre de Nabucodonosor con una pagoda pestilente, que solo ha servido de receptáculo para el sieso sucio de un numen creado por el hombre a imagen y semejanza. Es natural perderse, de oscurecerse entre palabras tan fácilmente confundibles, El amor no es más que un duelo, una palabra impositiva, de una ilusión fingida, de un engaño de que no se ha tenido, pero se ha perdido en un falso hecho que no puede ser demostrado. Es todo lo que se excreta del deseo y de su reflejo. El amor refleja la mierda del Innombrable. Se habla mucha mierda para ocultar la demanda. El amor es la boca que repite el eco fétido, oblativo del deseante. La boca busca desaparecer en la boca del otro, en la palabra del otro, busca hacerse la mierda del otro, ese producto resultante al ser devorado por la demanda inexistente del otro, ese sádico impuesto por el demandante, y es así como el sádico-víctima se configura en lo cambiante de un objeto fijo, al que se le hace innombrable dándole un nombre, una alteridad a la que no le corresponde el puesto de ser otro. Lo aparente, el reino de los fantasmas es el reino del amor, es la inversión del deseo. El innombrable lo diluye todo. El deseo no exige actos, el deseo muere cuando deja de lado ese componente deseante, cuando se pasa al acto, cuando deja que el erotismo se estrangule en copula primitiva de animal que no conoce la existencia de la muerte. El Amor enceguece al innombrable, el amor es egoísta, es ilusión pura y manifieste, es aquello que se disfraza de deseo que a falta de recursos busca ser nombrado para así creerse existente, real, corpóreo, maquina deseante. Lo incomprensible entonces aparece como el ideal de los deseantes, es la palabra impronunciable, innombrable, es la clavija salomónica para comprender, para difundir y comunicar la información que se encuentra en el retrete donde han cagado los Analizados-analizantes. El deseo como un vehículo liberador y una prisión en movimiento donde su chofer ha de ceder a las demandas de sus pasajeros, el chofer no ha de creerse que es un padre, ni un guía turístico, ni un sanador. El chofer solo debe llevar hasta el destino que se encuentra más allá de la palabra, acá donde los hechos son el mundo. A ese mundo sin límites donde el lenguaje no tiene gobierno ni es imperativo. El vehículo del deseo ha de aventurarse y probar nuevas rutas, invertir su lugar, usurpar el sitio del pasajero, para así poder contemplar mejor el paisaje, con ojos nuevos, debería responder a la señal de STOP, acelerando hasta caer al desfiladero. El innombrable se nombra así mismo como guardián de su deseo. El innombrable desea lo desagradable. El innombrable juega con su propia inmundicia, se jacta de ella, se alimenta de ella una y otra vez para preservarse. Para darle un sentido a su vida infecta de amor nauseabundo y carente de deseo. El innombrable se haya tan cerca del origen de su deseo que para eso se situado en las antípodas de este. Ha visto con claridad y brillantez que todo lo que excede su amor no es más que desperdicio. La palabra es la creencia incomprensible de lo innombrable, de la realidad que se encentra más allá de toda boca o ano que la enuncia.

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