“El Verdadero sentido de la
tragedia es esta mira profunda: que las faltas espiadas por el héroe no son las
faltas de él, sino de las faltas hereditarias; es decir, el crimen mismo de
existir,
…pues el delito mayor
Del hombre es haber
nacido.” Schopenhauer
“Yazgo en la sombra, en
largos e incomprensibles olvidos. De pronto me obligan a salir a la luz, una
luz ciega que casi me asegura la realidad. Pero luego se ocupan otra vez de
ellos y me olvidan.” Arreola
“El Héroe es el hombre de
la sumisión alcanzada por si mismo.” Campbell
“No en vano fue una reina
mi madre; no puedo confundirme con el vulgo; anqueo mi modestia lo quiera.”
Borges, la casa del Asterión
Simone es la llave y la prisión encarnada de las
cenizas de un deseo. Es la Moira y Ananké. Simone no es Ariadna y ni yo soy
Teseo. Poseo los rasgos símiles de la bestia, siendo quizás el asesino del
héroe no soy yo aquí el villano si no más bien la trágica víctima. El hado nebuloso
y el azar redentor han llevado mi bajel a los confines de las depravaciones de
la dicha inalcanzable, al infierno de las pasiones libertinas que ahora en esta
isla desolada de mi neurosis llamo Dudas, a la desintegración de la lógica y la
vida, al olvido del mundo y su palabra, a la muerte de la contra cara del deseo,
a resurrección irresoluta de la Nada.
No poseo otro Fatum que el de hacer parte del mito
colectivo y olvidado de todos los hombres. Ese relato del fuego que se sueña
eterno, que luego de su intensa llama, elevada hasta las alturas ha de
redimirse en la tiniebla. Porque ni el azar majestuoso librara del terrible
destino de la sombra a hombre alguno. Ni la espada ni el Asterión perduraran en
el recuerdo; porque no existirá hombre ni deseo alguno donde anidarse el
recuerdo de aquella leyenda trágica de la humanidad. La memoria dejara de girar
con la música del fin como la rueda de Ixión.
Antes de proseguir es preciso que en mi necrología
escrita (Que no es más, que otro intento de preservación infructuosa) haga
entender al hombre que ya no estará para leerme, que exijo que con mi
desaparición de no se siga produciendo aquel embrollo entre el héroe y el
villano. Ya que ambos son lo mismo, y su aventura y su fracaso buscan el mismo
fin. La redención en la muerte. Buscan en la muerte negarse al olvido, fundirse
el mito de todos los hombres para hacerse inmortales. Porque en su lucha han
encontrado el desengaño que parece vencer a la muerte, pero nunca al olvido.
Creen haber descubierto en la vida el espejismo, la farsa, el teatro del mundo
de aquello que se repite en sueños al otro lado. Pero es imperioso que se
desligue esa ridícula alianza de lo bello a lo heroico y lo monstruoso al
tirano. Porque el monstruo no es otra cosa que un objeto del destino, un
producto defectuoso del azar, que ha nacido para ser marginado, para recrear
falsamente lo grotesco del hombre, a sabiendas que es el hombre la mas terrible
criatura que intenta con todas sus fuerzas destronar al destino de especie.
Este nefasto error de interpretación podríamos
adjudicárselo a esa herramienta fabulosa que llaman historia. Que no es otra
cosa que una ficción amañada narrada por el recuerdo caprichoso del victorioso
o escasamente del sobreviviente de la tragedia. Mas no se debe olvidar, que el
recuerdo es una ficción que se reproduce y se recrea como una hidra que va
adoptando la cabeza de cada hombre que transmite esa historia narrada
nuevamente desde su propio deseo. Pero la insensatez y la ceguera en busca de
inmortalidad hace olvidar las formas de las que se compone el deseo que no es
otra cosa que lo monstruoso. No por eso se puede negar la sentencia de Arreola
de que: Toda belleza es formal. Porque en lo monstruoso reside a su vez el origen
de lo bello. Basta mirar a profundidad algo hermoso para descubrir en el lo
ominoso y este ejercicio puede realizarse de forma opuesta. Por eso quizás el
hombre angustiado que busca refugio en el otro, en ese ritual llamado Terapia o
análisis, cree que en ese mito confabulado allí debe adoptar el papel del
villano. Olvidando que, en este rito, ambos hombres no son mas que espejos que
se miran con la misma incertidumbre, aquejados por el mismo enigma
incontestable. Ambos cargan la faz heroica y monstruosa del villano, ambos son víctimas
del destino, ambos alcanzaran la gloria del olvido con la muerte de su deseo.
Tanto el lugar del analista como el analizante se encuentran en medio del
laberinto del deseo, adoptando alternativamente el papel del héroe y del
monstruo. La figura del villano no es otra que el deseo mismo, el deseo como
redentor y enigma. Como una interminable estancia poblada de infinitos
recintos, de caminos sin salida, de puertas falsas, de senderos oscuros y jamás
recorridos por ambos participantes, pero que desde la sospecha lo vislumbran.
El monstruo ha podido reconocerse en su negación como
héroe, como sujeto. El monstro ha de negarlo todo. Porque la negación es la
única realidad posible para él. Su existencia es un simulacro del ser, un
teatro donde se ponen en escena interminables tragedias con interludios cómicos
que solo son producto de ilusiones construidas por el recuerdo, gran artífice
de ardides y engaños que presumen preservar la farsa que ejecuta la existencia.
El monstruo es pues un ser engañado y su vez desengañado ante su propia sombra
que tantas veces adopta la forma y el símbolo del reflejo, del doble, del
enemigo, del villano. Ante el desconsuelo que la negación revela; lo monstruoso
deja al ser en un constante proceso de extinción, de ausencia y perdida.
Todos somos víctimas monstruosas a causa de nuestra
orfandad en la que nuestro deseo nos ha dejado. No sabemos bien que papel
representar en este mito del mundo. He llegado a suponer que somos vagamente un
recuerdo de un hecho que nunca se conjuró, de una acción muerta desde sus
anales, somos producto de una ficción anhelante, angustiosa que se adentra en
un laberinto que parece interminable.
En ese laberinto buscamos la palabra de la madre
fantasmal, esa palabra descompuesta que sabe a imaginación podrida por el
recuerdo ajeno y nunca imaginado del Otro.
Heredamos de nuestro primer y último padre el ridículo
y la vergüenza. La novela inacaba, que intenta narrar como el Tristan Shandy
nuestra propia historia, pero nos perdemos en disertaciones y otras bagatelas
que no son otra cosa que la existencia misma de todo hombre. Al intentar narrar
nuestra historia no hacemos otra cosa que erradicarla, que ponderarla en el
olvido.
Por eso esta necrología, la escribo no para ser leído
o escuchado. Escribo para ser olvidado, para ser erradicado de la memoria
nefasta de todos los hombres. Porque nada puede engañar al olvido, que es
posible y más cercano nombre del Destino de todas cosas soñadas e
infortunadamente reales.
Por eso deposito en Simone, esa madre muerta y eterna
que como un fénix incendia mi deseo muerto e insurrecto, mi angustia y mi afán
de olvido y desaparición, para que me perpetúe en el instante de una sola
palabra jamás pronunciada, en ese gesto insinuante, provocador, perverso que es
el gesto de toda mujer. Porque en toda mujer se gesta el caos, la razón de la
locura, la ideación de permanencia en esta tragedia que se disfraza bajo tantos
tintes ridículos haciendo las veces de una comedia absurda. Porque en esa
efigie se esconde el secreto de lo heroico de lo eterno y lo ominoso.
Soy el espectro de mi madre ahorcada en una forma
cruel y censurada por la mirada de otro espectro que como yo busca un cuerpo al
cual asirse y en el cual prolongarse. Soy el efecto libertario de la dictadura
del padre humillado para dejarme salir del huevo. Soy lo que La doble y única mujer de Palacio oculta
en su relato:
“Nadie puede quererme,
porque me han obligado a cargar con éste mi fardo, mi sombra; me han obligado a
cargarme mi duplicación.”
La fortuna de mi duplicación parece sempiterna, aunque
auguro la redención de la sombra. No añoro una metempsicosis de mi deseo en
otro sujeto. Porque mi deseo es una falsa ilusión, una máscara hueca, una
interpretación amañada y minúscula del deseo perene, una ínfima pulga en el
universo insensible del deseo mismo. Pero los espejos de la duplicación hacen
un efecto Droste para aquellos que no ven la forma como una perpetuidad etérea
y se dilucida para nosotros que todos llevamos la marca imborrable de la bestia
del deseo. Seremos polvo, seremos ruinas olvidadas, palabras mudas, sin
embargo, la palingenesia del monstruo que nos devora a cada uno en su propio
tiempo y forma única saldrá invicto en la batalla. Se caerán los teatros, el yo
será un sueño muerto que no podrá bailar para nosotros nunca más… Basta ya, de
digresiones y circunloquios, no puedo evitar la desintegración que me llama a
su seno, debo volver a mi forma monstruosa que no es una, es informe y
multiforme, algunos dirán que es una de una materia metafísica, no tengo ya
tiempo para debatir cuestiones que poco importan. La sombra viene lentamente al
caer la tarde. Ya he puesto en el altar mi deseo para el sacrificio en busca de
reivindicación, al asecho de un redentor, porque aquello que no puedo nombrar
al otro, pero que quizás hace parte del otro, anhela renombrarse en otras
formas, otros cuerpos, otros sujetos, otros espectros y recorre las ruinas del
ser que me queda, en el centro mismo de mi descomposición como hombre y
monstruo, como Analista-analizante, como un antihéroe inefable que lucha por
recordar el olvido, mintiendo, fabulando, ficcionando, deconstruyendo la nada,
preguntándole al otro que me sigue como un fantasma en mi carrera, lo mismo que
el Asterión de Borges por los pasillos infinitos de su laberinto:
“¿Como será mi redentor? Me
pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre?
¿O será como yo?
En este punto sin retorno, en este espacio reducido,
obsesivo, psicótico y perverso, me embriaga el olor a podredumbre de mi madre
descompuesta. Las moscas y las ratas se nutren de su seno repugnante del cual fuese
antes alimento de aquel fantasma que me acecha y logrará finalmente erradicarme
para dar paso al siguiente. Por más que intento saciar mi muerte venidera con
la sangre del dios putrefacto al que he asesinado por que lo soñaba como mi ultima
esperanza de salvador, la sed de olvido no logra apaciguarse, solo el
hundimiento de mi mundo en la sombra podrá traer la liberación que ahora sueño.
Toma la llave Simone de este deseo impugnable y
arrójala al océano insondable de la ceniza. Porque sólo la forma espectral de
la mujer puede desafiar y cuestionar la negación del monstruo y hacer de este,
un esclavo más de su propio deseo.

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