miércoles, 28 de agosto de 2019

EL LENGUAJE DE LA LOCURA: ENTRE LA RAZÓN Y LA EMOCIÓN



Come into these yellow sands by Richard Dadd


“¿Qué eres tú lector? ¿En qué categoría te sitúas? ¿en la de los necios o en la de los locos?” Flaubert
“El lenguaje disfraza el pensamiento. Y de un modo tal, en efecto, que de la forma externa del ropaje no puede deducirse la forma del pensamiento disfrazado; porque la forma externa del ropaje está construida de cara a objetivos totalmente distintos que el de permitir reconocer la forma del cuerpo”
Wittgenstein, Tractatus lógico-philosophicus

El objeto de estudio de este trabajo parte de dos conceptos: Locura y Lenguaje. Tomando como referente de investigación primigenia el libro de David Le Breton, Las pasiones ordinarias, donde analizaremos la significación que ciertas emociones expresadas dentro de una cultura pueden ser etiquetadas como la expresión o la voz de un loco. Generando así la segregación social y el aislamiento del individuo a causa de una ruptura en la lógica comunicacional entre el sujeto y la sociedad en la que se encuentra inmerso.
The object of this work start from two concepts: Madness and language. Using as reference for this research the David Le Breton’s book called Passions ordinaries. Anthropologie des émotions from which we analyze the meaning of some emotions express inside the culture that could tagged as the expression or the voice of a maniac. Generating social segregation and the isolation of the individual because a rupture in communicational logic between the subject and society that he is into it.

La voz de la locura en una cultura enferma.
Para hablar de la expresión, de un lenguaje propio de la locura dentro del ámbito cultural sería un tanto limitado y amañado abordar esta pesquisa desde una sola mirada o solo un campo epistemológico. La cultura se ha nutrido a través de la historia de un abanico tornasolado y fluctuante de posturas, opiniones, saberes e hipótesis para determinar que es la locura a partir de la situación y el tiempo en que suceden los hechos. Sin embargo, esta dinámica de apreciación de la locura deja en un desierto de posibilidades al investigador.
La sola pregunta de que es la locura, nos sitúa en un espacio abstracto y subjetivo, al límite de la lógica, de los hechos: “Una proposición solo puede decir como es una cosa, no lo que es.” (Wittgenstein, 2005). Desposeída de un carácter materialista, factico; tras la ausencia de ser objetual siendo sujeta al sujeto, la locura busca entonces, ubicarse en terrenos más próximos a lo imaginario y lo ideal en servicio de la cultura. Dando cabida a una simbólica social que la funda dentro del lenguaje corriente, pero valiéndose de una función cognitiva-informativa, que intenta instaurarla y clasificarla como una certeza lógica dentro de la cultura dejando por fuera, sin embargo, otra función principal del lenguaje que es la de expresar emociones, un lenguaje afectivo-expresivo.(Szasz, 2001)
Esta función restringida del lenguaje, nos plantea una paradoja frente lo que dice Le Breton (1999) acerca del pensamiento:
“Un hombre que piensa es siempre un hombre afectado, que restablece el hilo conductor de su memoria y está impregnado por cierta mirada sobre el mundo y los otro.”
Ante esto, evidenciamos que el pensamiento no solo cumple una función informativa si no emotiva por medio del lenguaje, donde la función emotiva carga de significados personales los hechos. Es una herramienta que nos sirve para anclar en la memoria cualquier suceso, cualquier palabra o silencio. La emoción como nos dice Le Breton[1]: “es la definición sensible del acontecimiento tal como lo vive el individuo, la traducción existencial inmediata e íntima de un valor confrontado con el mundo.” (Le Breton, p.109)
¿Más que ocurre cuando este lenguaje informativo-afectivo no alcanza para expresar el pensamiento? Cuando la palabra y los gestos de una simbólica social determinada por una cultura no son suficientes y llevan al sujeto a la desesperación, el ostracismo y el silencio. ¿Aparece entonces la figura del loco? Que, con una voz desconocida, quizás mística, quizás arquetípica, intenta hacerse escuchar por medio de un lenguaje nuevo u olvidado, que parece emular los aullidos salvajes de una bestia primigenia. El cuerpo se transfigura, adquiere un nuevo significado, los gestos se tornan estridentes o mutilados. Hay un estertor de angustia que gobierna al sujeto que perentoriamente lucha por articular una voz audible en el mundo del otro o por lo contrario para escapar por medio el mutismo de este imperio de la razón.
Llegamos de este modo a otro cuestionamiento ¿Es acaso este tipo de lenguaje propio de la locura? ¿son estos gestos y estos alaridos articulados por el cuerpo del loco o son solo el eco de un llamado que emerge del abismo silencioso del alma humana?
Cuerpo y Locura
Algunos autores como Szasz y Foucault cuestionan el carácter corpóreo de la locura e indagan en la suplantación del término por el de enfermedad mental.
Szasz por su parte, pone en tela de juicio la categorización de la histeria como enfermedad mental implantada por Charcot, comparando su contribución a la ciencia médica con el valioso aporte del cirujano Joseph-Ignace Guillotin. Para Foucault[2] la aparición del término de enfermedad mental tiene lugar en el siglo XVIII, es un producto resultante de la revolución industrial, como una necesidad para el desarrollo del sistema capitalista. Hasta ese entonces la voz del loco le era lícito expresarse en la sociedad, a tal punto que el loco, si bien adoptaba la figura del apátrida y sin ley, un anarquista puro en otras palabras. Con esto se vislumbra por qué la voz del loco se convierte en obstáculo para el desarrollo industrial moderna. Y el hospital psiquiátrico aparece al servicio de la sociedad capitalista como mecanismo de exclusión de todo aquel individuo que pueda parecer inconveniente el funcionar imparable de la maquinaria capitalista.
Estas reflexiones evidencian las fisuras frente a la existencia biológica, psicológica y fisiológica, de la enfermedad mental, que presume estar abanderada por la ciencia, cuando al perecer solo es determinada por las estructuras de poder de la cultura regente. El individuo será reducido a un número más y en los siglos siguientes, la voz del individuo perderá su eco si no tiene tras de sí un poder que respalde su discurso. El papel del bufón será confuso, y su lenguaje será vigilado, censurado y excluido según los designios del sistema operante. Con esto no se disipa esa sensación de incertidumbre que circunda a la enfermedad mental, solo se permite ver la instauración de una impostura que se ampara en la categorización de estas dos palabras para emplear su mano de hierro.
Sin embargo, no se puede dejar de lado y ocultar el carácter dual y contradictorio del estatuto que encierra estas dos expresiones: Enfermedad mental. En ellas se evidencia la conjugación de términos categóricos opuestos. La Enfermedad desde el ámbito médico comprende todo el espectro que se refiere a las dolencias o afectaciones que le son propias y exclusivas al cuerpo. Entendiendo el cuerpo como una máquina. Con esto hablamos de un hecho, de algo factico y tangible que se puede ubicar en ese cuerpo-máquina. Por el contrario, cuando nos referimos a lo Mental, nos adentramos al campo especulativo, quizás filosófico y tentativo de la subjetividad, campo en el cual también podemos ubicar a la Emoción y tal vez a la Pulsión. De este modo, aseveramos que la conjunción de estas dos palabras solo puede tener alguna valía dentro de lo metafórico y figurativo, como cuando nos referimos, de modo moral ante un episodio social e inhumano, con expresiones de este tipo: La sociedad, está enferma podrida y moribunda. Todos estos adjetivos solo pueden existir de manera figurada en un campo literario o artístico, pero no de un modo objetual y factico. No puede dársele corporeidad. ¿Puede entonces de alguna forma lo metafórico y ficcional afectar lo corporal hasta el punto de categorizar ciertos pensamientos y emociones como patologías ajenas a lo fabuloso y enteramente propias de lo material? Allí aparecen términos como psicosomático, fingimiento e histeria (Szasz, 2001) pero esto no nos da una respuesta clara y contundente, solo nos remite a la indagación historicista de estos términos. Los síntomas que se manifiestan en el cuerpo tienen un carácter netamente biológico, orgánico. Sus causas son producidas por la herencia, el detritus, el uso extenuante de un órgano en sí. En pocas palabras ¿podríamos hablar de un cáncer mental sin remitirnos a lo fantástico, a lo literario?
Sin embargo, surge aquí otra pregunta. ¿No es acaso el cuerpo ese vehículo que sirve como medio de expresión de nuestra mente, de nuestros pensamientos de nuestras emociones y sentimientos? ¿No se evidencia una manifiesta expresión corporal cuando nos hallamos presa de una profunda tristeza, del miedo o el asombro?
Podríamos decir que es cierto, pero que también estas expresiones corporales de nuestras emociones son producto de un evento físico, material, que repercuten en nuestras emociones, que tienen un lenguaje propio y personal para traducir la experiencia externa donde se desarrollan los sucesos. Pero entraríamos en una visión sesgada de los hechos. Porque no siempre es necesaria la ejecución de un hecho puntual para que la emoción haga que nuestro cuerpo ejecute sus corvetas afectivas. El recuerdo, la evocación es un atributo que tenemos a la mano y del cual podemos valernos en cualquier ocasión para traer a escena un sentimiento pasado.
Como hemos dicho las emociones poseen un lenguaje personal, una cantidad de símbolos y signos propios del individuo que permiten que cada individuo interprete a su manera los hechos que experimenta.
Cultura y Locura
¿Qué ocurre con el individuo que antes era llamado loco? ¿Con aquel bufón que divertía a los reyes y a la nobleza en los fastuosos palacios diciendo y haciendo disparates y aciertos sin un veto de censura? ¿Se reduce sólo acaso a ser arquetipo literario? ¿a una mera figura retórica que solo puede habitar el mundo de la ficción? ¿desaparece su corporeidad para hacerse una quimera? ¿Desaparece su voz? ¿triunfa la cultura silenciando la palabra del loco? ¿Qué hacer? Si la palabra es lo que dice Le Breton: “…el único antídoto contra las múltiples manifestaciones de totalitarismo que pretenden reducir la sociedad al silencio para imponer su capa de plomo sobre la circulación colectiva de los significados y neutralizar así cualquier atisbo de pensamiento.”[3] ¿qué hacer?
Aparece aquí, la figura del sujeto marginal, que representa la voz de los oprimidos, de los silenciados, de los muertos, de anulados, que se enfrenta a la cultura, a la cual Kafka dará su voto a favor de esta última[4]:
“En la lucha entre el mundo y tú, ponte de parte del mundo.”
Esta persistencia ante la tragedia, ante el inminente fracaso, conducirá al sujeto a enfrentarse cara a cara ante su sufrimiento que como Freud[5] dirá es producto de tres lados: El propio cuerpo, el mundo exterior y la relación con el otro. Esta situación evidencia los límites y la impotencia del sujeto para transgredirlos. Debe camuflar su voz en el arte, el mutismo o la embriaguez para no ser no ser clausurado completamente por la cultura. Para no ser diagnosticado de enfermo mental y excluido de la sociedad en un hospital psiquiátrico.
Los mecanismos de exclusión del sujeto frente a cualquier tipo de sociedad a través de la historia para Foucault son: En relación con el trabajo, con la familia, con el discurso y con el juego.[6] De manifiesto Foucault evidencia que la sociedad capitalista no necesita ociosos, hombres que no son instrumento, que no son parte de la máquina, quizás porque son un inminente peligro para el sistema de control, como dice Cioran:
“Los desocupados captan más las cosas y son más profundos que los atareados: ninguna empresa limita su horizonte; nacidos en el eterno domingo, miran y se miran mirar. La pereza es un escepticismo fisiológico, la duda de la carne.”[7]
La felicidad de un hombre inmerso en la cultura capitalista, no ha de encontrar goce en la contemplación, no ha de cuestionar los actos. La sociedad de consumo no necesita gente pensante si no gente que produzca para poder venderle luego con la plusvalía ese producto de efímero goce por él mismo fabricado.
Así pues, el loco pierde su figura errabunda, sin patria, ni hogar ni familia, y su inigualable voz se pierde en abismo de deseos mercantiles.
El hospital mental, aparece -según Foucault- como necesidad para enviar a los individuos marginales que causan molestias a la clase imperante y dueña del poder; frente a esto, Szasz supone un origen distinto, a partir de otras necesidades, como mecanismo de preservación de los bienes de los hombres poderosos que han perdido la cordura. Para que así confinados en el hospital psiquiátrico no despilfarren el dinero. Un ejemplo de este tipo puede traerse fácilmente, de la literatura, de la obra quizás más importante y que da inicio al género de la novela moderna; hablamos pues de El ingenioso hidalgo don Quijote de la mancha, en ella encontramos desde el comienzo el interrogante al que ya hemos hecho mención, que es la locura o quien es el loco:
“En efeto, rematado ya su juicio, vino a dar en el mas estraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para servicio de su república, hacerse caballero andante, y irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama.”[8]
 De entrada, Cervantes, de un modo muy astuto nos revela no sin un buen guiño que su héroe es un viejo loco poseedor de una hacienda, a la que ha descuidado a causa de su febril afición por los libros de caballería. Alonso Quijano, quien desde un tiempo prefiere que su criada y su sobrina le llamen Don Quijote, ha optado por hacerse caballero andante. Muchas pues son las trabas que encuentra este hombre en su afán de aventuras de las cuales al principio solo se ve apoyado de su buen escudero, Sancho Panza, un sujeto en apariencia simple y ambicioso, pero que no da juicios frente a la cordura de su amo, quien por el contrario lo encuentra como un hombre de muchos saberes y provechos. Sin embargo, Cervantes desde el comienzo, pone en juego dos personajes que representan el poder del estado y el poder religioso, como los principales opositores de la locura de don Alonso Quijano. Es la figura del cura Pedro Pérez quien intenta detener los supuestos desvaríos de Don Quijote, y este al verse afrentado por el hombre religioso no encuentra otro lenguaje que moler a palos a aquel que se opone en su camino, a hacerse caballero andante.
No pretenderemos extendernos en esta obra en más detalles, cuando nuestra intención es solo sacar a la luz la importancia que desempeña allí la figura de poder de la cultura representada en el cura, y la expresión agresiva que manifiesta el Quijote, al verse en tal situación. Y de paso evidenciar como la literatura se ha valido desde entonces de la locura para desenmascarar las siniestras imposturas y yerros de la cultura. De aquí sacamos entonces, dos factores que podrían llevarnos a una nueva pregunta: ¿Es posible que un hombre que este por fuera de la cultura pueda llamarse loco y acaso su voz demencial podrá tener algún eco inquisidor en la naturaleza que silenciosa evidencia su expresión?
Este interrogante de la expresión del loco en la soledad deja un enigma sin respuesta, pero puede darnos la certeza, que es evidente que en la cultura esa expresión solitaria podría dejar de ser natural y ser tachada de antinatural, amparándose en la idea que el hombre es un ser social y ciertos actos en soledad exhibidos y expresados al otro a plena luz evidenciarán, que este hombre está loco, que es un antisocial, un peligroso iconoclasta, un hombre enfermo que debe ser paradójicamente excluido y silenciado de la sociedad.
Literatura y Locura
Volvemos aquí a la pesquisa de la voz del loco, que encontramos un simpar de veces en la literatura y el arte. Pero su figura es arquetípica, es un diseño estético y refinado de su voz. El loco en la literatura convive con lo dionisiaco y lo apolíneo, comulga con ambos y se nutre de ellos por igual, porque su locura no es más que una contracara de la razón de su artífice. Más este racionamiento del artista no es un racionamiento frívolo y meramente indicativo. Su lenguaje cumple la dualidad de propósito indicativo y de expresión de una emoción. Es por eso que la poesía penetra en nuestro entendimiento, a veces sin comprender muy bien la razón porque se vale de la simbólica afectiva que cada individuo lleva en sí, para de este modo hacer consciente y latente aquello que el lenguaje ordinario no permite vislumbrar. Dejando muy en claro que el arte cumple entonces una función clarividente. Pero ¿puede el loco, el ahora llamado enfermo mental expresare por este medio? ¿puede alcanzar una voz propia para comunicarse con nosotros, para hacer de vínculo entre lo sagrado y lo mundano? Las evidencias saltan a la vista, los nombres como Van Gogh, Nerval, Artaud, Maupassant, Dadd, etc. C
recen en la medida que la cultura se hace cada vez más imperativa y represora. El loco busca con más afán expresarse ante el sufrimiento que le procura su cuerpo, el otro y la cultura. Lo dionisiaco le posee y le impulsa a la creación como forma de liberación ante un sistema represor de símbolos agonizantes que son los estandartes de esta cultura enferma.
Lenguaje y Locura
Queda pues preguntarse qué nos quiere decir el loco bajo la lógica de un lenguaje que nos resulta delirante y transgresor, pero que nos traspasa y estremece como el rumor de un huracán que se esconde en el horizonte, que amenaza derrocar falsos y viejos mitos, lenguas pútridas sofisticadas de falso valor, que intentan sumir al hombre en la locura y ocultarle que tras la maquinaria oxidada de la cultura solo habita un eco de podredumbre autómata y sin alma incapaz, de expresar un verdadero sentimiento que haga latir el corazón del hombre.   
No esta demás dar por terminado este artículo con una frase de Le Breton:
“Toda palabra se alimenta en ese lugar sin espacio ni tiempo que, a falta de mejor denominación, llamamos la interioridad del individuo: ese mundo caótico y silencioso que nunca se calla, rebosante de imágenes, deseos, temores, pequeñas y grandes emociones y que prepara palabras que incluso pueden sorprender al que las pronuncia.”[9]



Referencias bibliográficas
Le Breton, D. (1999) Las pasiones ordinarias. Antropología de las emociones. Ediciones Nueva Visión. Buenos Aires, Republica Argentina.
Le Breton, D. (1997) El silencio. Epub. Editor digital: Primo
Foucault, M. (1967) Historia de la locura en la época clásica. Fondo de cultura. Mexico
Foucault, M. (1999) Estética, ética y hermenéutica. Ediciones Paidos Ibérica, S.A. Barcelona
Szasz, T. (2001) El mito de la enfermedad mental. Amorrortu editores. Argentina
Szasz, T. (2014) Ideología y enfermedad mental. Ensayos sobre la deshumanización psiquiátrica del hombre. Amorrortu editores. Argentina
Szasz, T. (2005) La fabricación de la locura. Editorial Kairós. Tercera edición. España
Cervantes, M. (1983). Don Quijote de la Mancha. Editorial La Oveja Negra Ltda. Colombia
Freud, S. (1983). El malestar en la cultura. Editorial Skla. Colombia
Wittgenstein, L. (2005) Tractactus lógico-philosophicus. Alienza editorial, S. A. segunda edición. España
Nietzsche, F. (2014) El origen de la tragedia, Obras inmortales tomo III. Olmak Trade S. L. España
Kafka, F. (2012) Aforismos. Obras Completas. Random House Mondadori, S.A.S Colombia
Cioran, E. (1972, 1997) Breviario de podredumbre. Edición de Santillana, S.A.(Taurus)



[1]Le Breton, D. (1999) Las pasiones ordinarias. Antropología de las emociones. Ediciones Nueva Visión. Buenos Aires, República Argentina.

[2]Foucault, M. (1967) Historia de la locura en la época clásica. Fondo de cultura. Mexico

[3]Le Breton, D. (1997) El silencio. Epub. Editor digital: Primo

[4]Kafka, F. (2012) Random House Mondadori, S.A.S. Colombia
[5]Freud, S. (1983). El malestar en la cultura. Editorial Skla. Colombia

[6]Foucault, M. (1999) Estética, ética y hermenéutica. Ediciones Paidos Ibérica, S.A. Barcelona

[7] Cioran, E. (1972, 1997) Breviario de podredumbre. Edición de Santillana, S.A.(Taurus)
[8]Cervantes, M. (1983). Don Quijote de la Mancha. Editorial La Oveja Negra Ltda. Colombia

[9]Le Breton, D. (1997) El silencio. Epub. Editor digital: Primo


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