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| Come into these yellow sands by Richard Dadd |
“¿Qué eres tú lector? ¿En qué categoría
te sitúas? ¿en la de los necios o en la de los locos?” Flaubert
“El lenguaje disfraza el pensamiento. Y
de un modo tal, en efecto, que de la forma externa del ropaje no puede
deducirse la forma del pensamiento disfrazado; porque la forma externa del
ropaje está construida de cara a objetivos totalmente distintos que el de permitir
reconocer la forma del cuerpo”
Wittgenstein, Tractatus
lógico-philosophicus
El
objeto de estudio de este trabajo parte de dos conceptos: Locura y Lenguaje. Tomando
como referente de investigación primigenia el libro de David Le Breton, Las pasiones ordinarias, donde
analizaremos la significación que ciertas emociones expresadas dentro de una
cultura pueden ser etiquetadas como la expresión o la voz de un loco. Generando
así la segregación social y el aislamiento del individuo a causa de una ruptura
en la lógica comunicacional entre el sujeto y la sociedad en la que se
encuentra inmerso.
The object of this work
start from two concepts: Madness and language. Using as reference for this
research the David Le Breton’s book called Passions ordinaries. Anthropologie des émotions from which we analyze the meaning of some emotions
express inside the culture that could tagged as the expression or the voice of
a maniac. Generating social segregation and the isolation of the individual
because a rupture in communicational logic between the subject and society that
he is into it.
La voz de la
locura en una cultura enferma.
Para
hablar de la expresión, de un lenguaje propio de la locura dentro del ámbito
cultural sería un tanto limitado y amañado abordar esta pesquisa desde una sola
mirada o solo un campo epistemológico. La cultura se ha nutrido a través de la
historia de un abanico tornasolado y fluctuante de posturas, opiniones, saberes
e hipótesis para determinar que es la locura a partir de la situación y el
tiempo en que suceden los hechos. Sin embargo, esta dinámica de apreciación de
la locura deja en un desierto de posibilidades al investigador.
La
sola pregunta de que es la locura, nos sitúa en un espacio abstracto y
subjetivo, al límite de la lógica, de los hechos: “Una proposición solo puede
decir como es una cosa, no lo que es.” (Wittgenstein, 2005). Desposeída de un
carácter materialista, factico; tras la ausencia de ser objetual siendo sujeta
al sujeto, la locura busca entonces, ubicarse en terrenos más próximos a lo
imaginario y lo ideal en servicio de la cultura. Dando cabida a una simbólica
social que la funda dentro del lenguaje corriente, pero valiéndose de una
función cognitiva-informativa, que intenta instaurarla y clasificarla como una
certeza lógica dentro de la cultura dejando por fuera, sin embargo, otra
función principal del lenguaje que es la de expresar emociones, un lenguaje
afectivo-expresivo.(Szasz, 2001)
Esta
función restringida del lenguaje, nos plantea una paradoja frente lo que dice
Le Breton (1999) acerca del pensamiento:
“Un
hombre que piensa es siempre un hombre afectado, que restablece el hilo
conductor de su memoria y está impregnado por cierta mirada sobre el mundo y
los otro.”
Ante
esto, evidenciamos que el pensamiento no solo cumple una función informativa si
no emotiva por medio del lenguaje, donde la función emotiva carga de
significados personales los hechos. Es una herramienta que nos sirve para
anclar en la memoria cualquier suceso, cualquier palabra o silencio. La emoción
como nos dice Le Breton[1]: “es la
definición sensible del acontecimiento tal como lo vive el individuo, la
traducción existencial inmediata e íntima de un valor confrontado con el
mundo.” (Le Breton, p.109)
¿Más
que ocurre cuando este lenguaje informativo-afectivo no alcanza para expresar
el pensamiento? Cuando la palabra y los gestos de una simbólica social
determinada por una cultura no son suficientes y llevan al sujeto a la
desesperación, el ostracismo y el silencio. ¿Aparece entonces la figura del
loco? Que, con una voz desconocida, quizás mística, quizás arquetípica, intenta
hacerse escuchar por medio de un lenguaje nuevo u olvidado, que parece emular
los aullidos salvajes de una bestia primigenia. El cuerpo se transfigura,
adquiere un nuevo significado, los gestos se tornan estridentes o mutilados.
Hay un estertor de angustia que gobierna al sujeto que perentoriamente lucha
por articular una voz audible en el mundo del otro o por lo contrario para
escapar por medio el mutismo de este imperio de la razón.
Llegamos
de este modo a otro cuestionamiento ¿Es acaso este tipo de lenguaje propio de
la locura? ¿son estos gestos y estos alaridos articulados por el cuerpo del
loco o son solo el eco de un llamado que emerge del abismo silencioso del alma
humana?
Cuerpo y Locura
Algunos
autores como Szasz y Foucault cuestionan el carácter corpóreo de la locura e
indagan en la suplantación del término por el de enfermedad mental.
Szasz
por su parte, pone en tela de juicio la categorización de la histeria como
enfermedad mental implantada por Charcot, comparando su contribución a la
ciencia médica con el valioso aporte del cirujano Joseph-Ignace Guillotin. Para
Foucault[2] la
aparición del término de enfermedad mental tiene lugar en el siglo XVIII, es un
producto resultante de la revolución industrial, como una necesidad para el
desarrollo del sistema capitalista. Hasta ese entonces la voz del loco le era lícito
expresarse en la sociedad, a tal punto que el loco, si bien adoptaba la figura
del apátrida y sin ley, un anarquista puro en otras palabras. Con esto se
vislumbra por qué la voz del loco se convierte en obstáculo para el desarrollo
industrial moderna. Y el hospital psiquiátrico aparece al servicio de la
sociedad capitalista como mecanismo de exclusión de todo aquel individuo que
pueda parecer inconveniente el funcionar imparable de la maquinaria
capitalista.
Estas
reflexiones evidencian las fisuras frente a la existencia biológica,
psicológica y fisiológica, de la enfermedad mental, que presume estar
abanderada por la ciencia, cuando al perecer solo es determinada por las
estructuras de poder de la cultura regente. El individuo será reducido a un
número más y en los siglos siguientes, la voz del individuo perderá su eco si
no tiene tras de sí un poder que respalde su discurso. El papel del bufón será
confuso, y su lenguaje será vigilado, censurado y excluido según los designios
del sistema operante. Con esto no se disipa esa sensación de incertidumbre que
circunda a la enfermedad mental, solo se permite ver la instauración de una
impostura que se ampara en la categorización de estas dos palabras para emplear
su mano de hierro.
Sin
embargo, no se puede dejar de lado y ocultar el carácter dual y contradictorio
del estatuto que encierra estas dos expresiones: Enfermedad mental. En ellas se
evidencia la conjugación de términos categóricos opuestos. La Enfermedad desde el
ámbito médico comprende todo el espectro que se refiere a las dolencias o
afectaciones que le son propias y exclusivas al cuerpo. Entendiendo el cuerpo
como una máquina. Con esto hablamos de un hecho, de algo factico y tangible que
se puede ubicar en ese cuerpo-máquina. Por el contrario, cuando nos referimos a
lo Mental, nos adentramos al campo especulativo, quizás filosófico y tentativo
de la subjetividad, campo en el cual también podemos ubicar a la Emoción y tal
vez a la Pulsión. De este modo, aseveramos que la conjunción de estas dos
palabras solo puede tener alguna valía dentro de lo metafórico y figurativo,
como cuando nos referimos, de modo moral ante un episodio social e inhumano,
con expresiones de este tipo: La
sociedad, está enferma podrida y moribunda. Todos estos adjetivos solo
pueden existir de manera figurada en un campo literario o artístico, pero no de
un modo objetual y factico. No puede dársele corporeidad. ¿Puede entonces de
alguna forma lo metafórico y ficcional afectar lo corporal hasta el punto de
categorizar ciertos pensamientos y emociones como patologías ajenas a lo
fabuloso y enteramente propias de lo material? Allí aparecen términos como
psicosomático, fingimiento e histeria (Szasz, 2001) pero esto no nos da una
respuesta clara y contundente, solo nos remite a la indagación historicista de
estos términos. Los síntomas que se manifiestan en el cuerpo tienen un carácter
netamente biológico, orgánico. Sus causas son producidas por la herencia, el
detritus, el uso extenuante de un órgano en sí. En pocas palabras ¿podríamos
hablar de un cáncer mental sin remitirnos a lo fantástico, a lo literario?
Sin
embargo, surge aquí otra pregunta. ¿No es acaso el cuerpo ese vehículo que
sirve como medio de expresión de nuestra mente, de nuestros pensamientos de
nuestras emociones y sentimientos? ¿No se evidencia una manifiesta expresión
corporal cuando nos hallamos presa de una profunda tristeza, del miedo o el
asombro?
Podríamos
decir que es cierto, pero que también estas expresiones corporales de nuestras
emociones son producto de un evento físico, material, que repercuten en
nuestras emociones, que tienen un lenguaje propio y personal para traducir la
experiencia externa donde se desarrollan los sucesos. Pero entraríamos en una
visión sesgada de los hechos. Porque no siempre es necesaria la ejecución de un
hecho puntual para que la emoción haga que nuestro cuerpo ejecute sus corvetas
afectivas. El recuerdo, la evocación es un atributo que tenemos a la mano y del
cual podemos valernos en cualquier ocasión para traer a escena un sentimiento
pasado.
Como
hemos dicho las emociones poseen un lenguaje personal, una cantidad de símbolos
y signos propios del individuo que permiten que cada individuo interprete a su
manera los hechos que experimenta.
Cultura y
Locura
¿Qué
ocurre con el individuo que antes era llamado loco? ¿Con aquel bufón que
divertía a los reyes y a la nobleza en los fastuosos palacios diciendo y
haciendo disparates y aciertos sin un veto de censura? ¿Se reduce sólo acaso a
ser arquetipo literario? ¿a una mera figura retórica que solo puede habitar el
mundo de la ficción? ¿desaparece su corporeidad para hacerse una quimera? ¿Desaparece
su voz? ¿triunfa la cultura silenciando la palabra del loco? ¿Qué hacer? Si la
palabra es lo que dice Le Breton: “…el único antídoto contra las múltiples
manifestaciones de totalitarismo que pretenden reducir la sociedad al silencio
para imponer su capa de plomo sobre la circulación colectiva de los
significados y neutralizar así cualquier atisbo de pensamiento.”[3] ¿qué
hacer?
Aparece
aquí, la figura del sujeto marginal, que representa la voz de los oprimidos, de
los silenciados, de los muertos, de anulados, que se enfrenta a la cultura, a
la cual Kafka dará su voto a favor de esta última[4]:
“En la lucha
entre el mundo y tú, ponte de parte del mundo.”
Esta
persistencia ante la tragedia, ante el inminente fracaso, conducirá al sujeto a
enfrentarse cara a cara ante su sufrimiento que como Freud[5] dirá es
producto de tres lados: El propio cuerpo, el mundo exterior y la relación con
el otro. Esta situación evidencia los límites y la impotencia del sujeto para
transgredirlos. Debe camuflar su voz en el arte, el mutismo o la embriaguez
para no ser no ser clausurado completamente por la cultura. Para no ser
diagnosticado de enfermo mental y excluido de la sociedad en un hospital
psiquiátrico.
Los
mecanismos de exclusión del sujeto frente a cualquier tipo de sociedad a través
de la historia para Foucault son: En relación con el trabajo, con la familia,
con el discurso y con el juego.[6] De
manifiesto Foucault evidencia que la sociedad capitalista no necesita ociosos,
hombres que no son instrumento, que no son parte de la máquina, quizás porque
son un inminente peligro para el sistema de control, como dice Cioran:
“Los
desocupados captan más las cosas y son más profundos que los atareados: ninguna
empresa limita su horizonte; nacidos en el eterno domingo, miran y se miran
mirar. La pereza es un escepticismo fisiológico, la duda de la carne.”[7]
La
felicidad de un hombre inmerso en la cultura capitalista, no ha de encontrar
goce en la contemplación, no ha de cuestionar los actos. La sociedad de consumo
no necesita gente pensante si no gente que produzca para poder venderle luego
con la plusvalía ese producto de efímero goce por él mismo fabricado.
Así
pues, el loco pierde su figura errabunda, sin patria, ni hogar ni familia, y su
inigualable voz se pierde en abismo de deseos mercantiles.
El
hospital mental, aparece -según Foucault- como necesidad para enviar a los
individuos marginales que causan molestias a la clase imperante y dueña del
poder; frente a esto, Szasz supone un origen distinto, a partir de otras
necesidades, como mecanismo de preservación de los bienes de los hombres
poderosos que han perdido la cordura. Para que así confinados en el hospital
psiquiátrico no despilfarren el dinero. Un ejemplo de este tipo puede traerse
fácilmente, de la literatura, de la obra quizás más importante y que da inicio
al género de la novela moderna; hablamos pues de El ingenioso hidalgo don Quijote de la mancha, en ella encontramos
desde el comienzo el interrogante al que ya hemos hecho mención, que es la
locura o quien es el loco:
“En efeto,
rematado ya su juicio, vino a dar en el mas estraño pensamiento que jamás dio
loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el
aumento de su honra como para servicio de su república, hacerse caballero
andante, y irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar aventuras y
a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se
ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones y
peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama.”[8]
De entrada, Cervantes, de un modo muy astuto
nos revela no sin un buen guiño que su héroe es un viejo loco poseedor de una
hacienda, a la que ha descuidado a causa de su febril afición por los libros de
caballería. Alonso Quijano, quien desde un tiempo prefiere que su criada y su
sobrina le llamen Don Quijote, ha optado por hacerse caballero andante. Muchas
pues son las trabas que encuentra este hombre en su afán de aventuras de las
cuales al principio solo se ve apoyado de su buen escudero, Sancho Panza, un
sujeto en apariencia simple y ambicioso, pero que no da juicios frente a la
cordura de su amo, quien por el contrario lo encuentra como un hombre de muchos
saberes y provechos. Sin embargo, Cervantes desde el comienzo, pone en juego
dos personajes que representan el poder del estado y el poder religioso, como
los principales opositores de la locura de don Alonso Quijano. Es la figura del
cura Pedro Pérez quien intenta detener los supuestos desvaríos de Don Quijote,
y este al verse afrentado por el hombre religioso no encuentra otro lenguaje
que moler a palos a aquel que se opone en su camino, a hacerse caballero
andante.
No
pretenderemos extendernos en esta obra en más detalles, cuando nuestra
intención es solo sacar a la luz la importancia que desempeña allí la figura de
poder de la cultura representada en el cura, y la expresión agresiva que
manifiesta el Quijote, al verse en tal situación. Y de paso evidenciar como la
literatura se ha valido desde entonces de la locura para desenmascarar las
siniestras imposturas y yerros de la cultura. De aquí sacamos entonces, dos
factores que podrían llevarnos a una nueva pregunta: ¿Es posible que un hombre
que este por fuera de la cultura pueda llamarse loco y acaso su voz demencial
podrá tener algún eco inquisidor en la naturaleza que silenciosa evidencia su
expresión?
Este
interrogante de la expresión del loco en la soledad deja un enigma sin
respuesta, pero puede darnos la certeza, que es evidente que en la cultura esa
expresión solitaria podría dejar de ser natural y ser tachada de antinatural,
amparándose en la idea que el hombre es un ser social y ciertos actos en soledad
exhibidos y expresados al otro a plena luz evidenciarán, que este hombre está
loco, que es un antisocial, un peligroso iconoclasta, un hombre enfermo que
debe ser paradójicamente excluido y silenciado de la sociedad.
Literatura y
Locura
Volvemos
aquí a la pesquisa de la voz del loco, que encontramos un simpar de veces en la
literatura y el arte. Pero su figura es arquetípica, es un diseño estético y
refinado de su voz. El loco en la literatura convive con lo dionisiaco y lo
apolíneo, comulga con ambos y se nutre de ellos por igual, porque su locura no
es más que una contracara de la razón de su artífice. Más este racionamiento
del artista no es un racionamiento frívolo y meramente indicativo. Su lenguaje
cumple la dualidad de propósito indicativo y de expresión de una emoción. Es
por eso que la poesía penetra en nuestro entendimiento, a veces sin comprender
muy bien la razón porque se vale de la simbólica afectiva que cada individuo
lleva en sí, para de este modo hacer consciente y latente aquello que el
lenguaje ordinario no permite vislumbrar. Dejando muy en claro que el arte
cumple entonces una función clarividente. Pero ¿puede el loco, el ahora llamado
enfermo mental expresare por este medio? ¿puede alcanzar una voz propia para
comunicarse con nosotros, para hacer de vínculo entre lo sagrado y lo mundano?
Las evidencias saltan a la vista, los nombres como Van Gogh, Nerval, Artaud, Maupassant,
Dadd, etc. C
recen
en la medida que la cultura se hace cada vez más imperativa y represora. El loco
busca con más afán expresarse ante el sufrimiento que le procura su cuerpo, el
otro y la cultura. Lo dionisiaco le posee y le impulsa a la creación como forma
de liberación ante un sistema represor de símbolos agonizantes que son los
estandartes de esta cultura enferma.
Lenguaje y
Locura
Queda
pues preguntarse qué nos quiere decir el loco bajo la lógica de un lenguaje que
nos resulta delirante y transgresor, pero que nos traspasa y estremece como el
rumor de un huracán que se esconde en el horizonte, que amenaza derrocar falsos
y viejos mitos, lenguas pútridas sofisticadas de falso valor, que intentan
sumir al hombre en la locura y ocultarle que tras la maquinaria oxidada de la
cultura solo habita un eco de podredumbre autómata y sin alma incapaz, de expresar
un verdadero sentimiento que haga latir el corazón del hombre.
No
esta demás dar por terminado este artículo con una frase de Le Breton:
“Toda palabra
se alimenta en ese lugar sin espacio ni tiempo que, a falta de mejor
denominación, llamamos la interioridad del individuo: ese mundo caótico y
silencioso que nunca se calla, rebosante de imágenes, deseos, temores, pequeñas
y grandes emociones y que prepara palabras que incluso pueden sorprender al que
las pronuncia.”[9]
Referencias bibliográficas
Le Breton, D. (1999) Las pasiones ordinarias.
Antropología de las emociones. Ediciones Nueva Visión. Buenos Aires, Republica
Argentina.
Le Breton, D. (1997) El silencio. Epub. Editor
digital: Primo
Foucault, M. (1967) Historia de la locura en la época
clásica. Fondo de cultura. Mexico
Foucault, M. (1999) Estética, ética y hermenéutica.
Ediciones Paidos Ibérica, S.A. Barcelona
Szasz, T. (2001) El mito de la enfermedad mental.
Amorrortu editores. Argentina
Szasz, T. (2014) Ideología y enfermedad mental.
Ensayos sobre la deshumanización psiquiátrica del hombre. Amorrortu editores.
Argentina
Szasz, T. (2005) La fabricación de la locura.
Editorial Kairós. Tercera edición. España
Cervantes, M. (1983). Don Quijote de la Mancha. Editorial La Oveja Negra Ltda.
Colombia
Freud, S. (1983). El malestar en la cultura. Editorial
Skla. Colombia
Wittgenstein, L. (2005) Tractactus
lógico-philosophicus. Alienza editorial, S. A. segunda edición. España
Nietzsche, F. (2014) El origen de la tragedia, Obras
inmortales tomo III. Olmak Trade S. L. España
Kafka, F. (2012) Aforismos. Obras Completas. Random
House Mondadori, S.A.S Colombia
Cioran,
E. (1972, 1997) Breviario de podredumbre. Edición de Santillana, S.A.(Taurus)
[1]Le Breton, D. (1999) Las pasiones ordinarias.
Antropología de las emociones. Ediciones Nueva Visión. Buenos Aires, República
Argentina.
[4]Kafka, F. (2012) Random House Mondadori, S.A.S.
Colombia
[7] Cioran, E. (1972, 1997) Breviario de podredumbre. Edición de
Santillana, S.A.(Taurus)

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