¡Estoy perdido!
¡Alguien posee y gobierna mi alma! Alguien manda sobre todas mis acciones,
todos mis movimientos, todos mis pensamientos. Yo no soy ya nada en mí mismo,
salvo in espectador esclavo y aterrado de cuanto hago. Quiero salir pero no
puedo.”
Guy de Maupassant, El
Horla, 1887
“En las crisis
místicas, los gemidos de las víctimas son paralelos a los gemidos del éxtasis.”
Emil Cioran, Breviario de podredumbre, 1972
“La naturaleza divina
como no entra nunca en comunicación directa con el hombre, se vale de los
demonios para relacionarse y conversar con los hombres ya durante la vigilia,
ya durante el sueño. El que es sabio en todas estas cosas es demoniaco; y el
que es hábil en todo lo demás, en las artes y oficios, es un simple operario.”
Platón, El banquete.
Se
rompe el silencio, la máscara del bufón se cae ante el público atónito. El
demonio marginal se libera de su prisión y toma la voz y el cuerpo de aquel que
le mantuvo preso, para transfigurarlo en el genio o en el loco. Ese daimón
que emerge de las profundas pasiones del hombre, que busca filtrarse por las
grietas de una cultura enferma que lo intenta anular. Que sale a luz dando
alaridos demenciales, que hacen trastocar el orden de las cosas moribundas, de
la falsa historia del mundo y de su artifice humano. Ese espíritu al cual
Maupassant dio el curioso nombre de El Horla y del cual irremediablemente no
pudo escapar por medio de su arte literario. El espíritu dionisíaco, tomó
finalmente control de todos sus actos y los pensamientos, Maupassant se creyó
condenado, cuando su daimón fue liberado.
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| Lucifer, Franz Von Stuck, 1890 |
El daimón tiene un rostro trágico, un rostro oscuro e implacable, una sombra que asecha el cuerpo del que siempre ha sido dueño, del que es rey y soberano pero que la cultura ha querido usurparle el trono a través de la historia, de las religiones y las locuras de las guerras, de las ideologías y otra cantidad de espectros atroces. Más el espíritu del horla es más antiguo que el hombre, es el polvo divino que gravita en aire, en la naturaleza, en las obras más sublimes que ha podido realizar y contemplar el hombre. Pero su efigie nos produce cierto horror porque atenta contra esa falsa moral que nos fue heredada por los hipócritas, que ocuparon anteriormente nuestro lugar en este mundo de las cosas, intentando fabricar ilusiones vacuas entre las que se erige numinosa la faz de un dios demencial y embustero.
Y
fue en nombre de ese dios de muchos nombres y rostros, que intentaron aniquilar
ese mensajero divino y dionisíaco, que nos acerca a ese mundo que tenemos en
frente y no queremos ver.
Por
eso el hombre camina virtuoso por el sendero insolente de la mediocridad,
temeroso y apocado, envidiando la libertad del loco, la sabiduría del genio y
la plenitud de los muertos. Llevando así una vida miserable y marginal, bajo el
gobierno de unas normas ilusorias y ridículas, que solo evidencia lo fútil de
su existencia dentro de ellas.
Se
rompe el cristal y el paradigma. La represión hace que el daimón este furioso,
lleno de energía potencial, con deseos devorarse al mundo, y el pobre títere
que es el hombre perece a su merced, frente a esta colisión producida por dos
espíritus contrarios, por dos terribles adversarios, donde solo el hombre la
pagará muy caro en esta cruenta batalla. Sumiéndolo al ostracismo, a la
reclusión o al suicidio.
Este
es pues un pequeño tributo a esos demonios marginales que florecieron en el
cuerpo de hombres atormentados, hombres miserables que, desesperados por el
fanatismo de la cultura, sucumbieron al seductor susurro de su demonio.
El hombre que confundió la cabeza de su padre con
una nuez.
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| The Human Eye and a Fish, The Latter Petrified, Baargeld, 1920 |
En
esta obra somos espectadores (al igual que los otros seres fabulosos que
aparecen en escena) del acto in medias res, de un leñador que parece intentar
partir en dos una enorme nuez. Esta obra, como podemos constatar por las
fechas, tardó alrededor de nueve años, y por el detalle logramos comprender la
profunda dedicación filigrana a la que se entregó Dadd para su realización,
para que el resultado final fuese una obra enigmática cargada de símbolos bien
delineados medio ocultos en la espesura de un bosque de ensueño, donde figuras
de fábula, (duendes y hadas) acuden expectantes a contemplar el “mágico” acto
que está a punto de realizarse. Pero la obra también invita a aquel ojo
transitorio que esta por fuera de la obra para que se haga participe del
sempiterno evento, de la contemplación de aquel misterioso acto que parece
detenido en el tiempo.
¿Qué
nos quiere decir Dadd con esta obra? Eso será indisoluble enigma que quizás el
pintor se llevó consigo a la tumba. Pero me intriga más saber que vemos
nosotros en ella, acaso sin la previa historia de la vida del artista,
podríamos revelar en ella que la misma mano que empuño el pincel para dar vida
a tan delicadas formas y colores sobre el lienzo es la misma que blandió el
hacha, poseído por el dios Osiris para acabar con la vida de su padre Esta
situación inquietante me lleva a otra pregunta, sobre el carácter trágico que
esta obra encierra, donde lo trágico quizás venga de la mano con lo fantástico.
¿Y
que ese pues lo fantástico? Todorov, dirá
que es la duda de un ser entre las cosas que considera reales y la sorpresa que
le causa aquello que le resulta sobrenatural.
Con
esto podemos volver a la imagen del daimón, donde aparece como vinculo del
hombre con eso que lo sobrepasa, con lo sobrenatural, con lo divino y su contra
cara.
La
aparición pues de lo trágico, se origina con ese choque entre lo que el hombre
creía natural y lo sobre natural. Lo trágico aparece con la duda existencia de
las cosas. Con la percepción que teníamos de ellas. De este modo el hombre pone
en la balanza todas sus antiguas concepciones. Deja en evidencia que nada es
imperturbable e inamovible o hierático, que todo es caduco y movimiento, que la
verdad es una mentira, un concepto que sirve a unos cuantos, que sirve para
preservar la imbecilidad de los fanáticos que no quieren cuestionarse más allá
de sus narices. Aquí surge pues lo trágico, la cacería de brujas, porque como
dirá Cioran: “El fanático es incorruptible: si mata por una idea, puede
igualmente hacerse matar por ella; en los dos casos, tirano y mártir es un
monstruo.”
Dadd
era un monstruo que creía ciegamente en lo sobrenatural y mató en función de
esta creencia, pero a su vez para Dadd el mundo, su padre y lo “real” se había
convertido en una terrible hidra que debía aniquilar a favor de un ser divino y
sobrenatural.
Pero
este gobierno sobre natural, hizo del monstruo trágico de Dadd, un artista, que
logró sublimar o condensar esos dos mundos, lo fantástico y lo real, se
hicieron uno en su obra. El sueño era parte de la vigilia y la vigilia no era más
que un sueño. De allí quizás esa fascinación por el mundo de las hadas en las
que él era a su vez espectador y artificie. Personaje inmerso, narrador
omnisciente, y sujeto del azar.
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| El sueño de Titania 1841 |
El
caso trágico de Dadd reside en que no pudo negociar con su daimón y fue
gobernado por la violencia de este, que gracias al confinamiento pudo convertir
en obras pictóricas de un simbolismo abrumador. Dadd de alguna manera recuerda
con sus pinturas ese mundo desbordante de los sobrenatural que en su momento
plasmó el Bosco, para que los hombres vulgares tuviéramos la posibilidad de
echar una mirada al infierno de cada uno y dialogar con nuestros demonios.
El mendigo de los
reinos fantásticos
Henry
Darger, fue un hombre marginal en todo el sentido la palabra. Un individuo que
no entendió las reglas del mundo, que paso a ser una sombra entre los hombres,
pero que, en medio de ese estado, de sombra alcanzó la luz de su obra, a la
cual dedicó toda su vida en la soledad de su habitación sin dejarse perturbar
en el por el mundo de afuera. Dejando así con su muerte una obra inmensa e y
monomaniaca a la cual aún no se puede dar el título de genialidad o de locura.
Darger,
intentó por medio de la pintura y la escritura, crear un nuevo reino donde refugiarse
de ese mundo que siempre le negó el don de la existencia. Y fue allí en medio
de palabras, de imágenes surrealistas donde se reconoció así mismo. No como un ser
marginal, si no como un dios de un mundo caótico, donde el azar era impuesto
por el rigor de su mano y la pasión que le gobernaba.
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| Habitación de Darger |
Con
su obra no quiso abrirse, al mundo, pues jamás, en vida de este, se conoció
nada de ella. Solo con su muerte se evidenció esa pasión tan profunda, tan
necesitada de ser expresada, valiéndose de infinidad de recursos tanto
pictóricos como literarios.
Para
Darger quizás el mundo que los demás llamamos real, no era más que una ilusión,
un sueño que le nutria de imágenes y herramientas para construir ese reino
irreal. Fue tal vez la vida diaria su duermevela y su obra su eterna vigilia.
Transitando por este mundo como un sonámbulo consciente que aquellas cosas que
otros atesoraban y ambicionaban no eran absolutamente nada más que ilusiones,
conceptos vacíos, que de nada servían para un creador como él.
Darger
murió sin pena ni gloria dentro de este mundo del espectáculo para fundirse
profundamente con el reino que había creado. Y como todo un dios creador, su
presencia fue invisible e irrefutable. Darger estaba en todas partes y en
ninguna. Al fin la escena trágica del teatro del mundo había terminado.






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