Impostura del Docto
Fueron los libros mi liberación, mi prisión y el
desencadenamiento de mi neurosis obsesiva. El refugio de las letras se
convirtió poco a poco en mi maravilloso infierno del que casi nunca quisiera
salir. Me hice amigo de asesinos, de locos, de poetas y suicidas, me enamore de
prostitutas, de ninfómanas, de espíritus, de diosas, de la dama blanca… Todo
para escapar de la absurda realidad irrisoria que interpretaban mis sentidos.
El conocimiento de los libros, me indujo a dudar, a falsear y comprender que
todo es una gran mentira. Que el mundo no es mundo, más que una recreación
psicótica de mis pensamientos. La supuesta realidad se convirtió en una
suprarealidad, en el enemigo, el adversario, en el amante que se añora fornicar
mientras agoniza. Pero yo, torpe embustero, adopte la impostura del docto y
como en el verso de Sabines solo me limite contemplar como se hacía polvo el
mundo que se recreaba antes mis ojos.
La
impostura del docto es también la impostura del cobarde, del psicótico
voluntario. Es el refugio de aquel que se siente derrotado por la cultura e
intenta fortalecerse por medio de aquello que lo ha destruido de antemano.
Cambia la espada por la pluma, pero no es un soldado, es aun un rumiante
temeroso, una bestia domada por el intelecto, entendiendo el intelecto como
Olivetti:
“El intelecto es causa perdida, es una de las grandes derrotas de lo
humano.”
El
intelecto como impostación, como agente impostor, que oculta misterios
inenarrable por medio del lenguaje. Es quizás, la impostura del Docto, la
impostura más artificiosa y ruin, pero a su vez, la que más ayuda me ha
brindado y más daño me ha causado.
Es
ridículo escuchar, a la estulticia decir, que la lectura enriquece, sin hacer
siquiera un alto y cuestionarse qué tipo de ganancia trae para el individuo
dichas lecturas. Al hablar de ganancia se debe conocer el término de perdida.
Se gana conocimiento y a la vez locura, se pierde el asombro y la felicidad, se
enriquece el lenguaje y la misantropía, pierde el interés por el mundo de los
otros…
La
imagen del sabio no es más que una patraña, es un burro con anteojos, es un
presumido de naderías, un embaucador, un impostor de imposturas que luego
encontrara su oportunidad más gratificante en la impostura del Mago, donde hará
gala de sus maravillosos engaños, de sus hechizos del lenguaje, de su habilidad
de trasmutar los objetos a meros supuestos y a esto cínicamente le dará el
nombre de Arte.

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