jueves, 10 de octubre de 2013

Impostura del Docto

Fueron los libros mi liberación, mi prisión y el desencadenamiento de mi neurosis obsesiva. El refugio de las letras se convirtió poco a poco en mi maravilloso infierno del que casi nunca quisiera salir. Me hice amigo de asesinos, de locos, de poetas y suicidas, me enamore de prostitutas, de ninfómanas, de espíritus, de diosas, de la dama blanca… Todo para escapar de la absurda realidad irrisoria que interpretaban mis sentidos. El conocimiento de los libros, me indujo a dudar, a falsear y comprender que todo es una gran mentira. Que el mundo no es mundo, más que una recreación psicótica de mis pensamientos. La supuesta realidad se convirtió en una suprarealidad, en el enemigo, el adversario, en el amante que se añora fornicar mientras agoniza. Pero yo, torpe embustero, adopte la impostura del docto y como en el verso de Sabines solo me limite contemplar como se hacía polvo el mundo que se recreaba antes mis ojos.
La impostura del docto es también la impostura del cobarde, del psicótico voluntario. Es el refugio de aquel que se siente derrotado por la cultura e intenta fortalecerse por medio de aquello que lo ha destruido de antemano. Cambia la espada por la pluma, pero no es un soldado, es aun un rumiante temeroso, una bestia domada por el intelecto, entendiendo el intelecto como Olivetti:
“El intelecto es causa perdida, es una de las grandes derrotas de lo humano.”
El intelecto como impostación, como agente impostor, que oculta misterios inenarrable por medio del lenguaje. Es quizás, la impostura del Docto, la impostura más artificiosa y ruin, pero a su vez, la que más ayuda me ha brindado y más daño me ha causado.
Es ridículo escuchar, a la estulticia decir, que la lectura enriquece, sin hacer siquiera un alto y cuestionarse qué tipo de ganancia trae para el individuo dichas lecturas. Al hablar de ganancia se debe conocer el término de perdida. Se gana conocimiento y a la vez locura, se pierde el asombro y la felicidad, se enriquece el lenguaje y la misantropía, pierde el interés por el mundo de los otros…

La imagen del sabio no es más que una patraña, es un burro con anteojos, es un presumido de naderías, un embaucador, un impostor de imposturas que luego encontrara su oportunidad más gratificante en la impostura del Mago, donde hará gala de sus maravillosos engaños, de sus hechizos del lenguaje, de su habilidad de trasmutar los objetos a meros supuestos y a esto cínicamente le dará el nombre de Arte.

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