sábado, 31 de agosto de 2019

El aciago del genio

Fragmento del infierno, El Bosco



“El genio se mueve en su órbita propia, sin esperar sanciones ficticias de orden político, académico o mundano; se revela por la perennidad de su irradiación, como si fuera su vida un perpetuo amanecer.” Ingenieros

Una prematura inquietud se cuela en estas indagaciones buscando ese sutil perfil que distancia al loco del genio, emerge en el camino un hombre de largas barbas ya canas, de andar pausado y mirada penetrante, un hombre que sin apelar al reconocimiento o al éxito se hace notar y que más fácilmente se ha confundido con el genio, este digno caballero no es otro que el Sabio, aquel que en palabras de Cioran es repudiado por el santo. Este hombre plantea otra divergencia, otro obstáculo entre el genio y el loco, y nos obliga a dejar de lado los adjetivos que afectan al sujeto para tratar este asunto en el plano de conceptos. De este modo aclararemos que al referirnos tanto al loco como al genio no circunscribimos al hombre con este capote si no al concepto de locura y de genio. Pues es claro que muchos hombres han sido etiquetados de locos, como de igual manera han sido bastantes los hombres de talento que con diversos saberes bajo su estrella han sido apodados sabios. Más el título de genio, es un apelativo al cual pocos pueden acceder, si en rigor se esclarece los dotes que ameritan a un hombre para ser llamado genio.
Sin embargo, intentemos en primera instancia responder ese concepto tan ambiguo y dispar llamado Locura y saltará rápidamente un variopinto abanico de conceptos con los que se ha intentado responder a esta pregunta sin llegar a una certeza determinante, si no por el contrario conduciéndonos por un camino de incertidumbre y desasosiego. En estos escamoteos filosóficos, científicos o literarios, sin embargo, podemos vislumbrar una figurilla grotesca que viene dando saltos y haciendo piruetas para seducirnos con su danza macabra, asegurando que es ella la madre de los genios y de toda la locura del mundo. A simple vista aquella efigie nos genera una sospechosa desconfianza, su máscara profana y oscura de ángel grotesco no nos da buena señal. Pero aquella criatura danzarina, sigue haciendo su teatro y poco a poco nos va revelando su perversa naturaleza, dando traspiés en su comedia aburrida y monótona. En un descuido, el viento hace volar su antifaz y deja en evidencia el rostro hueco de la cultura.
Vemos pues como es ella, la cultura, quien tira de los hilos de sus pequeñas marionetas, a los que llama en tono bufonesco, Hijos, no siendo más que pobres instrumentos inertes que se mueven por y para el antojo perverso de sus largos dedos y que exhiben espejos donde nos vemos reflejados. Buscamos en aquellos reflejos la figura del loco, la efigie del genio, pero no hallamos lo que buscábamos, solo vemos en primera instancia la danza uniforme del hombre mediocre, ese singular petimetre, adulador e hipócrita del que José Ingenieros nos advierte… Desolados pues, ante el fracaso de nuestra mirada en este carnaval de espejos y de máscaras no logramos percibir ese proto-hombre ideal, ese sujeto al que aboca Papini en su relato:
“Imaginaos a un hombre que proyecte una terrible empresa que parecería loca incluso a las más orgullosas imaginaciones; un hombre que tenga en el corazón un secreto propósito de realizar tales acciones que alterarían la historia, la vida y el mundo, y que este hombre no pueda ni quiera todavía decir nada de lo que piensa hacer y hará, y los que están a su alrededor no comprendan nada de lo que prepara. Imaginaos, pues el éxtasis y el dolor de este hombre.”
Mas este relato nos deja un sinsabor en el pensamiento y nos hace pensar en figuras arquetípicas y numinosas como un Jesús o un buda, en esa figura mesiánica que esperamos llegué algún día para librarnos del valle de las sombras. ¿Es esta entonces la ontología del genio?
Una especie de desengaño nos susurra, que quizás la perversa cultura tenga algo de razón en su prosaico y sofisticado discurso y que quizás la locura si sea hija suya. Aunque esta madre desnaturalizada le halla en su momento abandonado, dejándola merced de sus sádicos caprichos.
 Sin embargo, no queremos aceptar las imposturas que la cultura intenta vendernos por certezas. Vislumbramos que en aquel juego perverso tanto la locura como el genio, comienzan a desarrollar sus propias alas y a emprender su propio vuelo en miras de horizontes desconocidos, cansados de los círculos idiotas y enfermizos en la que su madre ha intentado mantenerles presos. Nos da la impresión que los hilos que antes se mecían bajos sus cuellos se han roto. Puesto que ellos han decidido bailar para sí mismos y para un nuevo mundo, para hacerlo girar y convulsionarse en la febril danza trágica de la existencia.
Huérfanos de la cultura se encuentran pues, el loco y el genio. Hijos marginales y pródigos de la cultura.

Y aquí comienza la tragedia de este opúsculo. la incertidumbre crece, con estas dos figuras, que comenzamos a pensar que quizás solo sean una, que simplemente al igual que su madre ha heredado la manía de usar mascaras. ¿Qué tan similares son los rasgos de su máscara con los de la cultura? ¿ha sido ella quien se la ha obsequiado, para generar en él el espectro del otro? ¿Quién lleva la máscara de quién? ¿Es el loco quien adopta la máscara del genio o a la inversa, es el genio quien adopta la impostura del loco simplemente para molestar a la cultura?
Dejaremos de atormentarnos por ahora con esta dionisiaca investidura del dios Jano y sin dejar de sospechar ese carácter dual, que puede que no sea otro más que el que Nietzsche menciona, frente a lo apolíneo y lo dionisiaco. Nos permitiremos atribuirle al espíritu que posee a estos conceptos con el nombre de demonios marginales.

No hay comentarios:

Publicar un comentario