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| Fragmento del infierno, El Bosco |
“El genio se mueve en
su órbita propia, sin esperar sanciones ficticias de orden político, académico
o mundano; se revela por la perennidad de su irradiación, como si fuera su vida
un perpetuo amanecer.” Ingenieros
Una
prematura inquietud se cuela en estas indagaciones buscando ese sutil perfil
que distancia al loco del genio, emerge en el camino un hombre de largas barbas
ya canas, de andar pausado y mirada penetrante, un hombre que sin apelar al
reconocimiento o al éxito se hace notar y que más fácilmente se ha confundido
con el genio, este digno caballero no es otro que el Sabio, aquel que en
palabras de Cioran es repudiado por el santo. Este hombre plantea otra
divergencia, otro obstáculo entre el genio y el loco, y nos obliga a dejar de
lado los adjetivos que afectan al sujeto para tratar este asunto en el plano de
conceptos. De este modo aclararemos que al referirnos tanto al loco como al
genio no circunscribimos al hombre con este capote si no al concepto de locura
y de genio. Pues es claro que muchos hombres han sido etiquetados de locos,
como de igual manera han sido bastantes los hombres de talento que con diversos
saberes bajo su estrella han sido apodados sabios. Más el título de genio, es
un apelativo al cual pocos pueden acceder, si en rigor se esclarece los dotes
que ameritan a un hombre para ser llamado genio.
Sin
embargo, intentemos en primera instancia responder ese concepto tan ambiguo y dispar
llamado Locura y saltará rápidamente un variopinto abanico de conceptos con los
que se ha intentado responder a esta pregunta sin llegar a una certeza
determinante, si no por el contrario conduciéndonos por un camino de
incertidumbre y desasosiego. En estos escamoteos filosóficos, científicos o
literarios, sin embargo, podemos vislumbrar una figurilla grotesca que viene
dando saltos y haciendo piruetas para seducirnos con su danza macabra,
asegurando que es ella la madre de los genios y de toda la locura del mundo. A
simple vista aquella efigie nos genera una sospechosa desconfianza, su máscara
profana y oscura de ángel grotesco no nos da buena señal. Pero aquella criatura
danzarina, sigue haciendo su teatro y poco a poco nos va revelando su perversa
naturaleza, dando traspiés en su comedia aburrida y monótona. En un descuido,
el viento hace volar su antifaz y deja en evidencia el rostro hueco de la
cultura.
Vemos
pues como es ella, la cultura, quien tira de los hilos de sus pequeñas marionetas,
a los que llama en tono bufonesco, Hijos, no siendo más que pobres instrumentos
inertes que se mueven por y para el antojo perverso de sus largos dedos y que
exhiben espejos donde nos vemos reflejados. Buscamos en aquellos reflejos la
figura del loco, la efigie del genio, pero no hallamos lo que buscábamos, solo
vemos en primera instancia la danza uniforme del hombre mediocre, ese singular
petimetre, adulador e hipócrita del que José Ingenieros nos advierte… Desolados
pues, ante el fracaso de nuestra mirada en este carnaval de espejos y de
máscaras no logramos percibir ese proto-hombre ideal, ese sujeto al que aboca
Papini en su relato:
“Imaginaos
a un hombre que proyecte una terrible empresa que parecería loca incluso a las
más orgullosas imaginaciones; un hombre que tenga en el corazón un secreto
propósito de realizar tales acciones que alterarían la historia, la vida y el
mundo, y que este hombre no pueda ni quiera todavía decir nada de lo que piensa
hacer y hará, y los que están a su alrededor no comprendan nada de lo que
prepara. Imaginaos, pues el éxtasis y el dolor de este hombre.”
Mas
este relato nos deja un sinsabor en el pensamiento y nos hace pensar en figuras
arquetípicas y numinosas como un Jesús o un buda, en esa figura mesiánica que
esperamos llegué algún día para librarnos del valle de las sombras. ¿Es esta
entonces la ontología del genio?
Una
especie de desengaño nos susurra, que quizás la perversa cultura tenga algo de
razón en su prosaico y sofisticado discurso y que quizás la locura si sea hija
suya. Aunque esta madre desnaturalizada le halla en su momento abandonado,
dejándola merced de sus sádicos caprichos.
Sin embargo, no queremos aceptar las imposturas
que la cultura intenta vendernos por certezas. Vislumbramos que en aquel juego
perverso tanto la locura como el genio, comienzan a desarrollar sus propias
alas y a emprender su propio vuelo en miras de horizontes desconocidos,
cansados de los círculos idiotas y enfermizos en la que su madre ha intentado
mantenerles presos. Nos da la impresión que los hilos que antes se mecían bajos
sus cuellos se han roto. Puesto que ellos han decidido bailar para sí mismos y
para un nuevo mundo, para hacerlo girar y convulsionarse en la febril danza
trágica de la existencia.
Huérfanos
de la cultura se encuentran pues, el loco y el genio. Hijos marginales y
pródigos de la cultura.
Y
aquí comienza la tragedia de este opúsculo. la incertidumbre crece, con estas
dos figuras, que comenzamos a pensar que quizás solo sean una, que simplemente
al igual que su madre ha heredado la manía de usar mascaras. ¿Qué tan similares
son los rasgos de su máscara con los de la cultura? ¿ha sido ella quien se la
ha obsequiado, para generar en él el espectro del otro? ¿Quién lleva la máscara
de quién? ¿Es el loco quien adopta la máscara del genio o a la inversa, es el
genio quien adopta la impostura del loco simplemente para molestar a la
cultura?
Dejaremos
de atormentarnos por ahora con esta dionisiaca investidura del dios Jano y sin
dejar de sospechar ese carácter dual, que puede que no sea otro más que el que
Nietzsche menciona, frente a lo apolíneo y lo dionisiaco. Nos permitiremos
atribuirle al espíritu que posee a estos conceptos con el nombre de demonios
marginales.

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