Famoso es el mito de Ulises y las sirenas, aquel
relato del héroe que ya prevenido se hace atar por su tripulación para poder
escuchar el seductor canto de las sirenas y sobrevivir. Pero también
esta la otra historia descrita por Apolonio, donde nos relata como Orfeo le
hace frente al canto de las sirenas con su plectro. Dentro de este ultimo
relato Quignard se refiere y nos presenta a un tercer escucha y quizás el único
valeroso entre los otros dos, ya que este arremete directamente al canto de las
sirenas, no se ata, antes, por el contrario, se despoja de ataduras, no se
apropia de ninguna arma o instrumento para hacerle frente al terrible canto.
“Butes abandona su remo.” (Quignard,2012) y salta al mar. “nada
con fuerza hasta tal punto su corazón arde por escuchar… las voces agudas de
los pájaros con cabezas y senos de mujer atraen su cuerpo tenso y húmedo.”
(Quignard,2012) Butes no teme al amor, Butes se deja seducir y se lanza
locamente al mar para intentar llegar hasta el corazón mismo de esa voz
encantadora que le llama. Butes es una pequeña fuerza de la naturaleza peleando
contra la omnipotencia de esa naturaleza que engendró la suya. Butes se desata
del barco para seguir “el lazo de las atadoras.”
Porque las sirenas son eso, aquellas que atan,
aquellas que con su canto prometen un saber. Según nos dice Quignard la palabra
viene de una que se designa para la palabra: Cuerda, pero es esa cuerda que es
usada para poner en el cuello del enemigo. Es la cuerda que ata y mata.
Butes no teme a la cuerda, Butes salta. “Butes baila.”
(Quignard,2012) es el único arrojado marinero que ha perdido el temor a la voz
de las sirenas, se entrega a su canto quiere bailar en el mar la terrible
melodía proveniente de esa voz acrítica, indistinta y continua. La música de
las sirenas es la contra-voz de la cítara de Orfeo. Aquella que pone limite y
rechaza la música primigenia de las sirenas, aquella de donde viene y se
origina la vida. Esa voz femenina que ha dado vida al mundo. Y Butes quiere
volver a ella locamente, por eso se lanza.
La música Orfica es inofensiva, calma a las bestias, apacigua
el oleaje, es la música colectiva dice Quignard, que ata al hombre a la
humanidad, la que llama al orden, la que “ordena el regreso.”.Mientras
que la música de las sirenas es la música de la perdición. La que libera las
mareas, la que incendia los corazones y hace rugir a las bestias. Es una música
virginal, pura, salvaje, indómita que “Orfeo viola” con su cítara “Orfeo
opone una violencia exclusivamente viril al canto acrítico.” La voz de la
música de Orfeo es la voz cobarde, la voz del miedo, por eso llama al orden y
al control de las pasiones. El mundo vulgar de los hombres se rinde a esta
música igualmente vulgar y somete el pensamiento filosófico. Es una música que
se afinca en la tierra, no en otro elemento, ni en el aire ni el fuego y mucho
menos en el mar. “La alta mar no les va. Tienen miedo de perderse, de
zambullirse, de abandonar el grupo, de morir. De modo parecido el psicoanalista
y el analizado, con los brazos y las piernas inmovilizados, uno en su sillón,
el otro sobre su lecho de dolor, escuchan, hablan, no saltan fuera del grupo,
no saltan fuera del lenguaje. No abandonan el navío.” (Quignard, 2012) Acá
tenemos que detenernos ante las duras palabras de Quignard al poner como símil el
análisis con la música órfica. Pero lo interesante no es que habla del análisis
como atadura, como esa música que impone un orden, sino que es interesante como
deja claro que no solo es el analizado quien padece el canto de Orfeo, sino
también el analista. Ambos siguen atados al lenguaje, temen saltar a esa música
acrítica, temen abandonar el barco del pensamiento. Esta frase deja en jaque el
lugar del análisis y lo pone en un tablero de juego desconocido, lo hace pensar
de un modo distinto, “allí donde el pensamiento tiene miedo la música
piensa.” (Quignard, 2012) lo mueve a enfrentarse a otro tipo de
escucha. Es una música que esta antes de toda música una música que no conoce
el miedo, que no teme perderse, ni teme al dolor. Quignard nos dice que esta música
no se protege con imágenes, ni palabras ni se engaña con ensoñaciones. Es una música
que se desnuda, que se libera y libera. Como Butes que se zambulle en el duelo
de la Perdida.
Es por eso que la voz de las sirenas es la verdadera
voz épica en el relato junto con la figura de Butes, porque “¿Quién tiene el
valor de llegar hasta el final del mundo de la tristeza? La música.” Y solo
ella
Pero ¿qué es esta música, de donde proviene ese canto
acrítico? Quignard trae una entrevista de un psicoanalista, Francois Roustanga
para aproximarnos a ese lugar originario de ese canto en análisis: “Durante
la entrevista las notas agudas evasivas desaparecen poco a poco para dejar paso
a tonos más graves, sobrios, esenciales.” Esos tonos graves parecen pues
avisar que nos adentramos en mares tenebrosos, en el reino primitivo,
pre-humano donde el hombre teme volver, y lentamente aparece ese “canto
acrítico que emerge de nuevo del fondo del cuerpo.” Reaparece ese reino que
esta por fuera y antes de la palabra, ese que es el gobierno mismo de la
verdadera música. Una música ancestral que no representa nada porque no es una
imagen ni alucinación ni sueño, es una música que hace re-sentir. Es una herida
que vuelve a abrirse y sangrar. Por eso el miedo al dolor esta ausente de ella.
Porque busca eso mismo, volver al dolor. Y eso ha de hacer el análisis abrir la
herida, hacer re-sentir esa música primigenia. Una música con voz y lengua, que
antecede al lenguaje, y nos dice Quignard de esto: “cuando la lengua no es
todavía un lenguaje y no se ha «apoderado por la fuerza» (ἐβιήσατο) del alma
mucho tiempo antes de que se la aprenda. Estos sonidos —y no sus significados—
van a hacernos siempre levantar y dirigirnos hacia aquéllos que nos llaman.”
Esos sonidos fundacionales, nos remiten a los primeros
balbuceos, como respuesta a ese mundo sonoro carente de imágenes. Esos sonidos
por mas que el lenguaje intente acallar con sus símbolos siguen allí, en el
fondo del océano llamándonos. “Así es como la voz antigua de un pájaro con
senos de mujer llama a Butes. Lo llama mucho más que por su nombre: lo llama
por el pálpito de su corazón.” (Quignard, 2012) esa música pues, nos llama
a la renuncia nos invita a que volvamos allí a ese reino primitivo de la
escucha sin iconografías y sin nombres. Es una música que no solo obliga al oído
a escuchar si no que es una música que hace que el cuerpo escuche. De allí que
este en pugna con el pensamiento colectivo, con el orden, porque hacer que el
cuerpo escuche, es hacer que el cuerpo salte, hacer que el cuerpo baile, que se
salga de la línea recta y sienta. Y esta eterna lucha esta presente en toda la
historia del hombre, aunque en nuestros días pareciera que el canto de las
sirenas es cada vez mas ahogado por los rasguidos atroces del plectro del
musico de turno que hace vibrar los hilos de los títeres del mundo humano. Es
una lucha entre la escucha en estado puro, libre de pensamiento y palabra,
frente a una escucha llena de símbolos, de normas, apariencias e imposturas.
El hombre moderno se pierde hoy en otro océano, no
escucha a las sirenas, ni la música originaria, escucha una música lapidaria, Danse
macabre, esa marcha fúnebre que controla y conduce su destino. Es una
música que piensa por aquel que la escucha para que este no tenga necesidad de
pensarla, es un artificio lleno de voces que no dicen nada, que no promueven
ningún deseo puro en el cuerpo del hombre. Es la escucha del artificio, es la
música impostada, la impureza hecha reina soberana. Mientras la música
originaria sigue allá en las sombras sonando sin detenerse, sin tiempo ni
cadenas, pero atenuada por el ritmo frenético del mundo sordo. El hombre teme
arrojarse al agua de esa música originaria, y se confabula con los dos cobardes
para hacerse un hibrido de estos: se ata al igual que Ulises para escuchar
apaciguado y carente de deseo la música uniforme de Orfeo. Esa escucha
artificiosa lo lleva a pensar, a creer que así esta mas cerca de lo divino,
alejando su animalidad, olvidando que esa animalidad anterior es aquella que lo
aproxima quizás mas a lo que llama divino.
Hay que volver a la música del origen como lo hizo
Butes, nos dice Quignard, así nos llamen locos, acríticos, inhumanos. “Quizá
hay que volver la espalda a la música órfica, occidental, tecnológica, popular.
Quizá hay que alejarse de la eficacia sonora excesiva.
Quizá hay que apartarse del «ruido del plectro».
Quizás esto nos devuelva al deseo mismo que vive
dentro del cuerpo pero que ha sido acallado. Debemos lanzarnos al vacío “aunque
el simple hecho de lanzarse al vacío implica que no se puede volver sobre el
impulso.” En eso consiste perder el miedo, es eso lo que nos invita el
canto de las sirenas, en no dar vuelta atrás, en hacer de lado el pensamiento
cobarde y guiarnos por el impulso incontenible.
Pero son “Pocos, muy pocos, los humanos que se lanzan
al agua para alcanzar la voz del agua, la voz infinitamente lejana, la voz sin
ser voz, el canto todavía no articulado que viene de la penumbra.” (Quignard, 2012) pareciera que el hombre perdió el
conocimiento de su condición anfibia. Y por eso que la verdadera música es del
agua, y remite a un antaño que sin respirar —o mejor, respirando con las
orejas, respirando con el oído— escuchaba en el fondo del agua.
Quignard
también nos pregunta:
“¿Cómo piensa la música? ¿Cómo avanza en el
pensamiento?” y según su exposición
podríamos decir que avanza a través del cuerpo como avanza el agua por los
causes, en el océano y los ríos. La música no es una forma sólida, hierática, es
su antípoda, una criatura móvil y cambiante. La música es oleaje que “atrae
a su oyente a la existencia solitaria que precede el nacimiento, que precede la
respiración, que precede el grito, que precede la espiración, que precede la
posibilidad de hablar.” Y es por eso por lo que la música debe soltar las
amarras del lenguaje nuevamente, el musico debe ser un anti-orfeo, que desate
el pensamiento y lo transforme en ese deseo que grita en el océano. La música
debe retornar al mar, porque en la tierra firme de pensamientos e imágenes
preconcebidas es un pez agonizante que muere asfixiado.
Quignard vuelve y arremete con esta pregunta que
contrapone la pasión al pensamiento:
¿ha habido en el curso de la historia humana un
pensador que haya pensado la pasión misma, es decir la pasividad que está en la
fuente de la pasión misma? ¿Quién ha pensado la zozobra originaria?
Mi contra pregunta ante esto sería la siguiente ¿se
puede pensar el sentir o a la inversa sentir el pensamiento? Quizás solo la
música pueda hacer esto posible, porque de otras formas donde se inmiscuya la
palabra no serán más que formas de impostura y de engaño artificioso que sirven
para atar a los hombres a ese desvarío de la razón colectiva.
Debemos perder el miedo y escuchar como Butes a las
sirenas para que nuestros cuerpos vuelvan al mar de nuestro deseo. La música
debe convulsionar al cuerpo, remover la palabra y devolverlo a su condición
primitiva vital. Debe hacer bailar las almas como hacen los tambores liberar el
cuerpo de la raza negra. La verdadera música es agua, -ya lo hemos dicho- es
una danza marina infinita.
No fue casual que el ultimo canto de Orfeo, nos dice
Quignard, fue cuando su cabeza estaba aún en el agua. Orfeo finalmente escuchó
el canto de las sirenas porque esa música originaria no es otra cosa que morir.
Y allí en ese último canto, Orfeo encontró la muerte.

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