miércoles, 4 de noviembre de 2020

UNA APROXIMACIÓN AL VACÍO

 


 

 

“¿De qué índole era el canto de las Sirenas? ¿En qué consistía lo que le faltaba? ¿Por qué esa misma falta lo hacía tan potente?” (Blanchot, 1959)

 

Hablar del canto de las sirenas es hablar de un canto incompleto, la imagen sonora que queda ausente que despierta el imaginario del hombre, de la oreja que lo escucha. Es aquella oreja que escucha quien termina la melodía de esa voz sin palabras, un “ruido inhumano”, una voz de un origen que parece extinguirse poco a poco. Ese canto incompleto es un llamado a la caída, una invitación al salto como lo hizo Butes, su seducción se esconde quizás en ese enigma que la incompletud misma del canto ofrece, es la promesa incierta de un placer extremo que no es tal vez la meta misma si no la caída en este. En esa caída el hombre espera encontrar el éxtasis que procura el vértigo de la precipitación a lo enigmático.

En otra vertiente de la interpretación del canto de las sirenas, nos dice Blanchot que el canto de las sirenas era un canto similar al humano, pero lo maravilloso y atractivo de este era que era producido por “bestias -muy bellas por cierto debido al reflejo de la belleza femenina- “(Blanchot, 1959) acá vemos que es un reflejo, una apariencia un parecer y no un ser. Las sirenas dan la apariencia de una belleza femenina pero su ser es un ser monstruoso, así su canto es aparentemente bello, pero encierra un ser ominoso en aquella voz. Es ese emular de la bestia que canta como el hombre, que puede parecer cantar en su propio lenguaje solo para seducirlo a ese reino bestial del que el hombre parece ajeno, aunque esto es solo apariencia también, la seducción de ese canto es esa sospecha de que ese cantar incompleto y bestial es parte  del hombre mismo. Como dice Blanchot: “su canto se volvía tan insólito que despertaba en quien lo oía la sospecha de la inhumanidad de todo canto humano.” (Blanchot, 1959) con esto podemos suponer que en todo hombre se encierra una bestia que busca ser escuchada. Y esta supuesta revelación sembraría en el corazón del hombre la desesperanza, “Una desesperanza muy próxima al arrebato.” Tal vez ese arrebato, ese desconcierto de la evidencia fue el que hizo lanzar a Butes a su encuentro con la muerte, para poder escuchar mejor su propio canto emulado por las sirenas. Tal vez por eso, Ulises se ató al mástil, para atar la voz de su propia bestia inhumana. Era el canto del abismo, dice Blanchot, el canto que se abre en cada palabra, ese que se pronuncia y aparece en cualquier canto cotidiano, ese que puede asomar en cualquier literatura, pero solo el escucha avisado lo percibe y se lanza al mar abismal entre una palabra y otra.

Arrojo es lo que necesita tener quien se arroja a las aguas. Los marineros no son hombres vulgares, son hombres que se lanzan al destino y a la naturaleza, se lanzan en la lucha contra potencias que les superan en fuerza su naturaleza interna. Eran hombres en movimiento, arrastrados por naturalezas que les auguraban un destino muchas veces enigmático. Podríamos decir que navegaban en la promesa. Y en ese canto desde el abismo de las sirenas, el hombre deposita su esperanza, una que, de ante mano sabe que va a fracasar, así como el enamorado se lanza al amor, precipitado por su deseo, ciego ante el inminente choque con lo ominoso.

 

Ulises es el sordo que no escucha porque oye. Es el voyeur de la escucha el que se masturba auditivamente con una provocación de la escucha, es el cobarde racional que no arremete a la escucha de manera total. De allí nos dice Blanchot surge su relato. De esa lucha: “Es una lucha muy oscura la que se libra entre cualquier relato y el encuentro con las Sirenas, ese canto enigmático, poderoso por su misma carencia.” ¿Que puede decir Ulises de lo que escuchó? Nada más que un relato, algo que surge de esa esa escucha carente de totalidad, pero que se reivindica precariamente con la invención de su ausencia. Las sirenas no cantaron palabras al odio de Ulises (o por lo menos no humanas), sembraron en él, su voz enigmática, sus abismos, y este extraviado en esa conjuración no tiene otro otra oportunidad de salvación que la invención de un nuevo relato. Porque lo que las sirenas cantan jamás será descrito por voz humana, es lo innombrable, lo que esta ajeno para el hombre y de ahí esa seducción terrible de lo imposible, de lo infranqueable de su canto. De allí, que el hombre cobardemente reduzca la voz de las sirenas como una voz que conduce al engaño y la muerte, como a aquella que debe ser denegada. Pero acá el único engañado y engañador, es el hombre en la personificación de Ulises, el hacedor de ardides: Las Sirenas no mienten a Ulises, si así fuera Ulises no hubiera sobrevivido, su salvación fue su propio engaño, esa escucha sin escucha, la escucha que despunta en relato, en el abismo entre una palabra y otra. Su escucha es trágica, es una escucha de los abismos, Ulises es el hombre de los abismos, desciende a los infiernos habla con los muertos, se hunde en el vacío que lo separa del verdadero canto de las sirenas, de ellas solo escucha el eco futuro de una voz. Allí construye su ficción.

Blanchot supone algo maravilloso: Una vez terminada su odisea vivida, Ulises se convierte en Homero para hacer de esa experiencia del afuera una ficción, un relato.

 

En el relato, los hombres de mar siempre se manifiestan o se muestran en la ficción como personajes valerosos, que no temen enfrentarse a lo insondable de allí que el mito de las sirenas cobre tanta fuerza, sin embargo, así una vana lectura de estas ficciones como la de Ulises y Orfeo suponga la victoria del hombre heroicos frente a la adversidad de fuerzas que provienen de lo primigenio, no es más que un intento anodino de redimir en el relato mismo su fracaso ante la afrenta menoscabada. Salir con vida no es lo mismo que salir victorioso. Ulises no sale como un héroe, si no como todo lo contrario, como un ser cobarde que debe atar sus pasiones para no hacerle frente a la escucha de aquellos seres a los que su deseo espera sin triunfo escuchar.

 

Pero sigamos remando y dejemos las islas idóneas, volvamos a la figura del navegante que enfrenta las sirenas con apariencia briosa. Nos dice Blanchot de ellos lo siguiente:

 

“No debe olvidarse que ese canto se dirigía a navegantes, hombres de riesgo y atrevido movimiento, y que era en sí mismo una navegación: era una distancia y lo que revelaba era la posibilidad de recorrer esa distancia, haciendo del canto ese movimiento hacia el canto y de ese movimiento la expresión del supremo deseo. Extraña navegación, pero ¿hacia qué meta? Siempre ha podido pensarse que todos aquellos que se le acercaron, no hicieron más que acercarse y perecer por impaciencia, por afirmar apresuradamente: aquí es; aquí echaré el ancla.”

 

En este punto donde se echa el ancla no es otro que en la aproximación que evidencia dos cosas: El movimiento y el fracaso de los navegantes. Pero también manifiesta una suerte de destino azaroso, ya que el navío que no es otro que el relato, escapa del destino supuesto de los navegantes en muchas ocasiones y los resuelve al naufragio, a seguir en la deriva, bajo los caprichos de ese mar que no se detiene nunca, que es dinámico y enrarecido, que no es otra cosa que lo trascendente, aquello que está presente en el destino de todos los hombres pero que estos no pueden hacer nada contra él, sino soltar el remo y escuchar aquel canto del mar que encierra un misterio que ningún oído atento puede descifrar. La meta es incierta, es la quimera del relato, la promesa enigmática. La voz de la sirena es la manifestación pura de esa promesa y por lo que los marinos se pierden, son infieles con su propio deseo, lo enigmático seduce más que la tierra firme, que el regreso a casa. Las Sirenas invitan a las profundidades del mar que es el espejo del alma de cada hombre. Ese mar insondable que mueve las vidas de todos pero que pocos logran aproximarse más allá de una pobre superficie. Es la voz oscura, porque allí la vista no sirve, solo queda la escucha, el navegante que se atreve a lanzarse a las profundidades debe valerse solo de la escucha, ya que no existe otro sentido que le sirva de brújula a su propio deseo, pero lo que escucha es igual de brumoso y oscuro que lo que le rodea. Es un canto sin palabra humana, es el canto de lo primitivo a lo que tanto el hombre teme y de lo que por tanto ha buscado huir. El hombre corre inútilmente escapar de su destino, de la naturaleza que encierra el afuera y adentro. Este miedo de encontrarse con la fuente de su deseo le hace arremeter en contra de esas criaturas mediadoras, contra esas voces enigmáticas y es quizás por eso que “Siempre hubo en los hombres un esfuerzo poco noble para desacreditar a las Sirenas tildándolas llanamente de mentirosas: mentirosas cuando cantaban, engañosas cuando suspiraban, ficticias cuando se las tocaba, en todo inexistentes, de una inexistencia tan pueril, que sentido común de Ulises bastó para exterminarlas.” (Blanchot, 1959)

 

La soberbia de su impotencia hizo acallar su miedo ante esa verdad enigmática y por eso la trato de falsa, porque así es la soberbia impotente del hombre que es solo razón estéril, cuando descubre que la razón no es suficiente, cuando la palabra no alcanza a dar crédito al fenómeno que escucha o atraviesa su cuerpo. Decide desacreditar la extraña certeza de la experiencia, de silenciarla en el relato, hablando de ella con todo lo que no hay en ella, así nace su ficción. La verdad no puede ser encerrada en la palabra, por el contrario, es todo aquello que esta por fuera de ella. No es capricho decir que la palabra es engaño, es una aproximación al vacío. Una negación de sí misma y un intento de negación de la verdad innombrable.

 

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