“-Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime sino oyes
alguna señal de algo o ves alguna luz en alguna parte.” (Rulfo, 2008) Así comienza el relato de Rulfo, y no es una suerte
de azar este comienzo, ya que se trata de un relato que nos adentra a los
infiernos del hombre. A un descenso, a una caída a ese lugar donde no se oye
nada ni se ve una luz. Solo se escucha el dialogo de un hombre que lleva a
cuesta a un hijo moribundo. El dialogo prosigue de la siguiente manera, con la respuesta
del desahuciado que está arriba, sobre los hombros del padre:
“-No se ve nada.
-Ya debemos estar cerca.
-Sí, pero no se oye nada.”
Este dialogo nos lleva a pensar en lo antes tratado
con la voz de las sirenas, esa aproximación a ese canto que nunca llega a
consumarse. Pero acá el camino de los dos hombres es guiado por el silencio. ¿A
dónde conducen los pasos del hombre que carga su hijo a cuestas? ¿Por qué tanto
afán por escuchar lo que su hijo no logra escuchar, ese ladrido de los perros?
¿Por qué el sonido de un animal y no de un hombre emerge como la única y postrimera
esperanza? Iremos pues intentando
responder de atrás para adelante. Los perros pueden o llegan a hacer una
metáfora similar a la que producen las sirenas, ya que ambas criaturas son
ajenas y cercanas al hombre, lo atraen y lo vinculan con lo primitivo, ambas
son voces lejanas, que anuncian algo misterioso, que en el corazón humano se
intenta traducir como la esperanza o la muerte. Una especie de oráculo taciturno
y enigmático.
El hombre sigue caminando con un moribundo a sus
espaldas, no ve ni oye nada, habla o intenta hablar con aquel que está arriba,
aquel que a su vez esta más cerca del inframundo. Es la paradoja de la vida y
la muerte, el vivo desciende a los infernos del silencio y la incertidumbre, se
sostiene ante la promesa, de una esposa que ya hace mucho yace en el otro
mundo: “Todo esto que hago” descender a los infiernos de Tonaya “no
lo hago por usted. Lo hago por su difunta madre. Porque usted fue su hijo. Por
eso lo hago.” Mientras el moribundo haciende al reino del silencio.
El hombre habla, pero el moribundo poco a poco va
adoptando un mutismo casi sepulcral, aparentemente no escucha ni ve nada, solo
el silencio y la sombra. Antes de mencionar la promesa a la mujer que ya no está
con él, la madre del moribundo. El hombre intenta que este le escuche y que
escuche allá afuera: “Tu que llevas las orejas fuera, fíjate a ver si no
oyes ladrar los perros.” Pero el moribundo no ve ni oye nada, solo
escucha silencioso y adolorido la palabra del padre que reniega y niega ser su ser
de padre.
“He maldecido la sangre que usted tiene de mí. La
parte que a mí me tocaba la he maldecido.” Luego de esta declaración de alejamiento entre el padre y el hijo el
hombre vuelve a preguntar al moribundo si ve u oye algo: “Mira a ver si ves
algo. O si oyes algo. Tú que puedes hacerlo desde allá arriba, porque yo me
siento sordo.” Acá nos adentramos a la segunda pregunta antes formulada:
¿Por qué tanto afán por escuchar lo que su hijo no logra escuchar, ese ladrido
de los perros? El hombre tiene afán de que el otro escuche el ladrido de los
perros, allá arriba, mientras el permanece sordo como Ulises atado a la muerte
futura de otro. Necesita que el otro escuche por él esa voz salvaje, que trae
el enigma, en ese afán pone todo su deseo para imponerse ante la muerte. Pero
el otro no escucha, o simplemente no quiere escuchar. Solo murmura: “-Quiero
acostarme un rato.” Ese murmullo es tal vez una pista de que se aproximan a
lo ominoso, ya no es una voz clara sino un murmullo que busca el descanso.
El hombre sigue hablando, culpando al moribundo de la
desgracia no solo de él sino de todos. El moribundo no responde. Parece que llora,
pero no hay sollozos solo unas gotas gruesas que caen como de lágrimas. El
moribundo no vuelve a hablar. No dice nunca que escucho ladrar los perros, ni
hizo nada por oírlo.
Al final del relato el hombre que carga a el cuerpo de
su hijo a cuestas llega luego de atravesar el reino del silencio y de la
sombra, a Tonaya, se desata de su hijo como de un mástil, queda libre y escucha
el ladrar de los perros por todas partes. Y por última vez habla a su hijo:
“-Y tú no los oías Ignacio? – dijo-. No me ayudas ni
siquiera con la esperanza.”
Podríamos suponer que el hombre depositó sus
esperanzas en un moribundo, como si este fuese el puente entre esos dos reinos,
como si el pudiese traducir ese lenguaje intraducible de ese mundo no humano.
Pero la respuesta a su esperanza fue el silencio de un muerto que no quiso
escuchar más allá de su propio destino y del relato trágico que su padre le
relato a modo de condena y de despedida.

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