miércoles, 4 de noviembre de 2020

LA PALABRA Y LA ATRACCIÓN DEL VACÍO

 


 


Foucault ha muerto, queda el eco de su voz. Foucault nos habla desde la muerte del lenguaje y la propia, con su voz, en el oleaje y el céfiro que nos trae su canto de sirena, allá en ese espacio silíceo donde se rompe la palabra.

 

 

Por el desierto el lenguaje hace su reino, ese es su elemento, propone Foucault, la palabra es el vacío, en el se pierde el pensamiento reflexivo o por lo menos así debería escucharse. Despojar la palabra de todo artificio seductor, que no sea propio de la palabra misma del vacío al cual debe atraer. La palabra ha de hablar al suicida del lenguaje como las sirenas a los marineros aventajados y valerosos como Butes. El lenguaje debe escucharse como un mar, como una materia en constante movimiento, algo incontenible de lo que no es posible poner límite alguno “ni aquel al que se dirige, ni la verdad de lo que dice, ni los valores o los sistemas representativos que utiliza; en una palabra, ya no es discurso ni comunicación de un sentido, sino exposición del lenguaje en su ser bruto, pura exterioridad desplegada.” (Foucault, 2008) el lenguaje ha de hacer una corriente sin dique que cae hacia el vacío. El lenguaje es algo que escapa a todo discurso a toda voz que lo enuncia, “Es decir, a la dinastía de la representación.” (Foucault, 2008) Y allí en ese desbordamiento debe aparecer la palabra literaria, aquella que se desliga de toda palabra o de toda subordinación de esta, aquel que escucha esta palabra literaria debe estar consciente que esta palabra remite sino un poco al canto de la sirena. La palabra literaria crea su propia red de puntos, su diferenciación y distanciamiento, crea su propio espacio donde “los contiene y separa al mismo tiempo.” (Foucault, 2008) Para intentar aclara un poco el espacio literario propuesto por Foucault, no queda otra alternativa que escuchar su propia definición: “La literatura no es el lenguaje que se identifica consigo mismo hasta el punto de su incandescente manifestación, es el lenguaje alejándose lo más posible de sí mismo; y si este ponerse «fuera de sí mismo»” (Foucault, 2008). Para Foucault a mi entender, el lenguaje literario es aquel que es una imposibilidad que se hace posible, es aquel que usa y crea las palabras mismas para con estas destruir a esas mismas palabras con las que se compone. De allí surge la sensación del vacío, tanto el que habla como quien escucha se ven sitiados en ese espacio de palabras, se reconocen en ellas, aunque ni el uno ni el otro estén dentro de ellas, si no afuera y este afuera sea la materia misma que las componga. Este espacio neutro -donde se niega con toda la positividad- es el que compone la ficción que conocemos y entendemos hoy “Y esta es la razón por la que no es ni una mitología ni una retórica.” (Foucault,2008) El lenguaje literario se habla a si mismo, en una forma de tautología que apunta a la negación de si mismo, es Butes fabricando el canto de las sirenas para poder saltar, es aquel que escucha sin escuchar las sirenas, aunque a diferencia de Ulises, que se ata y no escucha realmente a las sirenas, el lenguaje literario si escucha a las sirenas que el mismo fabrica y mas aun hace que el espacio de afuera logre escuchar esos cantos, aunque tal vez solo sean ecos del vacío de ese canto.

Para Foucault es determinante la desaparición del sujeto que esta dentro y fuera del lenguaje, para que este surja. Debe desaparecer el sujeto que habla, así como podemos escuchar el canto de la sirena y aproximarnos a su canto más nunca podremos llegar a las hacedoras de ese canto y regresar para contarlo. Foucault plantea que siendo la palabra ese camino para conducirnos hacia el mundo de la literatura cifra la posibilidad de otros caminos, que estar por fuera de la palabra donde el sujeto que habla es borrado. Vuelvo a citar textualmente su voz para intentar comprender y aproximarnos más a esta borradura:

“el ser del lenguaje no aparece por sí mismo más que en la desaparición del sujeto.” (Foucault, 2008)

También Foucault se pregunta por el destino del discurso puramente reflexivo. Propone que ese discurso hace que la experiencia de afuera se devuelva a la interioridad del sujeto. Hace un relato personal de la experiencia vivida, algo ya mencionado también por Blanchot. La palabra reflexiva se convierte en una ficción para el que la enuncia, de allí que el mismo Blanchot supusiera que Ulises fuese el mismo Homero, quien construyera ese relato de aquello que no escucho de afuera, de la voz de las sirenas y reconstruyera la voz personal e interior de las sirenas en su relato.

Por eso nos recuerda Foucault lo dicho por Blanchot, frente a la negación del propio discurso hasta, sacarlo de su confort: “No más reflexión, sino el olvido; no más contradicción, sino la refutación que anula; no más reconciliación, sino la reiteración; no más mente a la conquista laboriosa de su unidad, sino la erosión indefinida del afuera; no más verdad resplandeciendo al fin, sino el brillo y la angustia de un lenguaje siempre recomenzado.” (Foucault, 2008) y es de este modo como puede entenderse ese relato producido por la escucha, una escucha que es olvido y negación, que procura reinventar una nueva escucha en la escucha ficcional de lo imposible de escuchar, de allí su parentesco con el canto de las sirenas, un hacer constante, un canto sempiterno que no tiene final. Ante ese espacio ficticio que aparecen en el relato Foucault dice que: “Lo ficticio no se encuentra jamás en las cosas ni en los hombres, sino en la imposible verosimilitud de aquello que está entre ambos: encuentros, proximidad de lo más lejano, ocultación absoluta del lugar donde nos encontramos.” Así para Foucault frente a las ficciones de Blanchot serán eso eterno oleaje. Y este oleaje produce una atracción, una invitación al vacío, a sentirse por fuera del afuera. Atraído a ese no-lugar donde encallan las sirenas. Y ser atraído es a su vez ser negligente, estar imposibilitado, es el no hacer de Bartleby, es “una manera de manifestar y disimular la ley.”  Es el derecho al error, al naufragar y a perderse, es la soberanía de la impotencia de escuchar lo imposible, pero persistir por escucharlo. Es esa lucha de la que habla Blanchot también, la eterna lucha del relato. Y esa lucha imposible toma cuerpo en la voz de las sirenas, ellas son esa voz infranqueable imposible de alcanzar pero que atrae de modo irremediable. Pero esa atracción de las sirenas puede ser producto de las sirenas que habitan en el relato de Ulises, en otras palabras, en el interior del hombre mismo, una voz de lo imposible luchando en el mar sin palabras del interior del ser: ¿qué otra cosa puede ser, en su ser mismo, sino la pura llamada, el grato vacío de la escucha, de la atención, de la invitación al descanso? Es una voz que no puede callarse pero que invita a la desaparición, al silencio. Su seducción se radica no en lo que se deja oír de su canto, si no en la sospecha de lo que se oculta tras el mar de palabras impronunciables, palabras que siguen recomponiéndose en ese mar que nunca se aquieta. Esa palabra que es “Promesa a la vez falaz y verídica. Miente, puesto que todos aquellos que se dejarán seducir y dirigirán sus navíos hacia las playas, no encontrarán más que la muerte.” (Foucault,2008) Es un canto que esta por fuera del hombre y en su promesa se anida la fatalidad y la posibilidad de huida, que no es otra que la posibilidad que cantar otro canto como el que procuró Orfeo, un canto lleno de mentiras para escapar de la verdad. ¿Acaso es que el canto anuncia que toda verdad es muerte? Para escuchar el canto de las sirenas entonces se debe atar las pasiones, por medio de la astucia del engaño, dejarse seducir por el abismo, sufrirlo, pero no morir, dejar que muera el lenguaje mismo para luego de pasada la escucha de aquel abismo, nuestra escucha procure el relato en un nuevo lenguaje.

 

Ante la voz de las sirenas también nos dice Foucault lo siguiente, cuestionando el lugar de la ley la muerte en estas: “Prestar oídos a la voz argentina de las sirenas, volverse hacia el rostro prohibido que hurta la mirada, no es únicamente saltarse la ley para afrontar la muerte, como tampoco abandonar el mundo ni el olvido de la apariencia, es sentir de repente crecer en uno mismo un desierto, al otro extremo del cual (aunque esta distancia sin medida es tan delgada como una línea) espejea un lenguaje sin sujeto asignable, una ley sin dios, un pronombre personal sin persona, un rostro sin expresión y sin ojos, un otro que es el mismo.”  (Foucault, 2008) El canto es pues la desolación del hombre ante el espejo del lenguaje, un espejo que nada transmite, ni reproduce, es la voz infinita del silencio. El hombre se para como el caminante el mar de nubes de Caspar David Friedrich, contemplando su propia desolación, escuchando lo imposible que su desierto canta para él: El eco y la denegación.

 

Por último, quiero hacer mención del relato de Orfeo y Eurídice, que señala Foucault en su texto. La voz de la citara de Orfeo es contraria a la de las sirenas, esta adormece y seduce a la muerte misma. Es una contra-voz del canto de las sirenas como lo ha dicho Quignard.

 

Pero Eurídice es una pariente cercana de las sirenas, y como estas, solo insinúa una promesa mientras que las sirenas no cantan más que el futuro de un canto, un proto-canto. La amada de Orfeo solo insinúa la promesa de un rostro. Es esta seducción la que lleva a la tragedia del héroe, no pensó en un contra-canto para atarse a sí mismo, no debía pues adormecer a la muerte o a las sirenas si no a su propio deseo, he allí su desdicha. Dice Foucault que:

 

Le ha inquietado el deseo prohibido y se ha desatado con sus propias manos, dejando que se desvaneciera en la sombra el rostro invisible, lo mismo que Ulises dejó que se perdiera en las olas el canto que no llegó a escuchar.” Pero es aquí en este evento trágico para ambos donde aparece y se libera su voz, para Ulises, el negarse ha escuchar le posibilita la capacidad de la invención de lo imposible, de fabricar con su voz un relato sobre aquel canto nunca escuchado mientras que para Orfeo es la liberación de la voz por medio de la pérdida y del dolor eterno. Su voz deja toda atadura y se entrega al llanto, se aproxima...

 

Ambos héroes cantan esa canción ausente, esa melodía que falta, Ulises canta su queja por no haber podido escuchar a plenitud ese canto. Mientras que Orfeo en sus lamentos evoca el breve instante de aquel rostro fugaz que al contemplarlo “se volvía y penetraba en la noche: himno a la claridad sin lugar y sin nombre.” Nos dice Foucault que Eurídice no esta sola, que la reina del inframundo está siguiendo sus pasos de forma vigilante. Es aquella de voz que canta sin palabras, una voz que simula a la de las sirenas, una voz que seduce por su vacío, que inmoviliza a quien la escucha. Ambos héroes son víctimas de un mutuo fin, en ambos se procura el mismo vacío: “El olvido asesino de Orfeo, la espera de Ulises encadenado, son el ser mismo del lenguaje.”

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