“-¡Oh!
-dijo el Ermitaño-, son ídolos de la imaginación, fantasmas de la apariencia:
todas están vacías, y hacemos creer que están llenas de substancia y solidez.”
Gracián
“…yo
preferiría ser desdichado antes que gozar de esa felicidad falsa y embustera
que tenéis aquí.” Huxley
“Simular
es fingir tener lo que no se tiene.” Baudrillard
“Menos
aún deseo hablar con erudición, pues la conversación erudita es pose de
ignorantes y profesión de desocupados mentales.” Wilde
DE
IMPOSTURAS Y OTRAS MAJADERIAS
Imaginemos
a un hombre al que se le impone la realización de un ensayo partiendo de unas
lecturas y un tema que no van hoy en consonancia con su voluntad y no está de
paso sumar que este hombre a su vez se siente por estos días más afín a la
escritura del no, cómo llamaría Vila-Matas, circunscribiéndose así a los tantos
Bartleby del mundo de la escritura y pensando como el primero descrito por
Melville que si por el fuera diría que: "preferiría no hacerlo". Pero
ya hemos dicho que este hombre no ha de trabajar por voluntad propia sino por
una impuesta y su deseo de escritura no sucederá más que una impostura, un
academicismo famélico como los que abundan en los anaqueles universitarios donde
el polvo cibernético los sepulta en el olvido de un casi sempiterno banco de
datos.
Este
hombre piensa, a su vez, que el autor al que debe leer para realizar este
ensayo, que no es otro que el peruano Vargas Llosa, no es más que un carcamal
retrogrado que fácilmente podría ser anexado como uno de los tantos personajes infames
que habitan las páginas de La literatura nazi en América de Roberto
Bolaño y que lo único provechoso que ha hecho en el mundo literario es quizá
darle un puñetazo a su colega y también nobel, Gabriel García Márquez.
Este
hombre al que debemos darle un nombre, pero al que la mano que escribe no puede
enunciar en primera persona, ya que esta mano que escribe y esta voluntad de
impostura que la mueve se ciñen muy fielmente a la frase de Rimbaud: “Yo es
otro”; y más, sabiendo que el oficio de escritor es en sí mismo un simulacro
(palabra que se usará con frecuencia en este ensayo). Así pues, llamemos al
autor de estas páginas con su verdadero oficio: Simulador, dejando con esto un
poco más claro quizás el horizonte aún incierto al cual se encaminan sus
palabras. La impostura de esta voluntariosa mano que escribe titubeó ante el
categórico nombre dado al hombre, que puede el lector de estas líneas (si es
que exista alguno), optar por otros que pasaron por la cabeza de este hombre:
usurpador, farsante, canalla, embustero, sofista, charlatán… todos estos muy
acordes al carácter que envuelve a la mano que escribe hasta ahora. Pero no es
fortuita la elección de llamarse Simulador, ya que el asunto que atañe a este ensayo
va muy acorde con lo que en su momento propusiera Baudrillard, frente al suceso
de la hiperrealidad y muy al respecto de lo que Debord refiere al papel del
espectáculo: “El espectáculo se muestra a la vez como la sociedad misma,
como parte de la sociedad y como instrumento de unificación.” A medida que
la mano avance buscando términos volverán las palabras a citar estos autores,
de la mano de otros tantos. Pero antes de proseguir es importante declarar que
el simulador de este ensayo se va más del lado de Debord, así al nonagenario
peruano le agrade muy poco esta mirada subversiva. Más no es entera la culpa de
este simulador, que a veces sus palabras tengan un tono incendiario, ya que
viene de una fascinación por tipos oprobiosos y provocadores como Stirner y
Armand.
También
puede decirse un poco más de este simulador, que en el ensayo encuentra la
ocasión perfecta para el humor, para la sátira mordaz; en otras palabras: para
decir algunas verdades. Y es justo que, en este punto medio de la introducción
(donde poco o nada se ha dicho del tema a abordar), se haga hincapié en el
carácter errático de su prosa, y que como buen deudor de Sterne y Swift (ya que
el simulador se sueña descendiente profano de la picardía irlandesa) sea
diletante amador de las digresiones. Y en su defensa aclara, nuestro simulador,
que la digresión es para él una forma de complementar, de engrosar y analizar
de forma trasversal desde diversos flancos un tema y llegar a lugares que los
autores cronológicos pocas veces logran atisbar.
Dejando
esto a medias tintas, es mejor proseguir con menesteres más atinados al tema
que aún no se circunda.
LA
INDUSTRIA DEL ESPECTÁCULO
Es
hora de meter mano en las palabras de otro (es así como se hace un ensayo o por
lo menos así entiende el simulador la forma y estructura para hacerlo como lo
propone la obra por Montaigne). Ya que la argumentación no viene a caer en el
papel por obra divina ni la mano es guiada por un psicótico daimon que presume
cargar en su fuero interno con la voz de Dios. El ensayo se debe valer de la
palabra de otro, y así hasta el comienzo de los tiempos de la palabra cuando el
primer hombre emitió el primer balbuceo. Es de necios pensar que la verdad yace
en mortal entendimiento, que brilla más por su pereza y estulticia que por
otras cualidades a las que la iglesia a la que tanto se aferra Vargas Llosa
intenta respaldar. Y es en este punto donde la mano se detiene y se pregunta por
la potestad de Vargas Llosa para aseverar que los escritores son hombres de
valía, hombres cultos (casi santos y mártires) y ponerlos del otro lado de la
balanza de las vedettes y los majaderos. Y para esto se remite el simulador al
mismo Montaigne. “…no deja por
ello de ser una presunción torpe la de condenar como falso todo lo que no se
nos antoja verosímil, que es vicio en que caen los que se figuran ser dueños de
alguna capacidad que sobrepasa los límites de la generalidad.” Esto no es más que un empobrecido
discurso moralizante (de dudosa moral sea dicho), atribuir dones a un perezoso
que en vez de tomar la espada como diría Cervantes prefiere tomar la pluma. Y
se pregunta de dónde Vargas Llosa habla con toda potestad de su lugar como
escribidor, comentarista y periodista (oficio, este último, al que también tiende
a encumbrar como si aquellos truhanes amangualados por el poder político que
les convengan traen en sus crónicas la inmaculada verdad), más allá del mundo
editorial (que no es otra cosa que parte de la industria del espectáculo
actual) de su propio narcisismo y delirios mesiánicos. Piensa el simulador que,
por estos rasgos, no es fortuito que Vargas Llosa se amparé en la religión, así
como el creyente se aferra a la cruz y la oración para suplicar por no
inevitable.
Pide en este momento el simulador, un poco de
piedad y conmiseración para Vargas Llosa, y ve justo resaltar que la senilidad
que este lleva consigo no es asunto de mofa, todos he hemos conocido, ya sea en
nuestra casa o fuera de ella, a un viejo tarumba que solo suelta disparates y
desatinos ya que su materia cerebral se ha ido secando como nuez[1]
con el trasegar de los decadentes años de senectud. Es por eso que el simulador
exige que se tenga en cuenta otro asunto, a sabiendas que las arrugas no son más
que anuncios de un fin, y que la muerte deja de ser un simulacro para volverse
un asunto impostergable a quien está a portas de ella, y aunque en el autor de La
ciudad y los perros, tema a este tema[2], y
quiera usar argucias fútiles pare evadir lo imbatible, secretamente sabe que
este es un asunto que nada tiene de frívolo y es quizás más serio para su
propia persona que el asunto del libro La civilización del espectáculo. Aunque
este pobre escribidor anciano pretende aferrarse a la ilusión de una
inmortalidad anodina, en la que él se excusa falseando al pensar
que la imprenta es una eternidad más tangible que el reino de los cielos[3].
Es fácil ver el símil de lo imposible de su empresa. Ni la religión ni la
industria editorial podrán librarlo de lo insondable. Una vez aclarado este asunto de la demencia senil y la
muerte, el simulador estima necesario comenzar a hincarle el diente al tema del
libro antes de que al autor peruano se la caigan todos los dientes.
Comienza pues Vargas Llosa haciendo un repaso de
otros autores que han tocado el asunto que ha de tratar en su libro, y no es
casual que comience por el poeta antisemita T. S. Elliot, con el que quizás
tenga muchas empatías, en cuanto a estas cuestiones, pero caiga gracia o sino
vergüenza cuando se hermana en pensar que la religión es la base de la cultura,
y es acá donde el simulador se pregunta si es que tanto T. S. Elliot como
Vargas Llosa no encuentran diferencia alguna entre cultura y creencia. Dice
pues Vargas Llosa amparándose en el poeta norteamericano de principios del XX:
Cultura
y religión no son la misma cosa, pero no son separables, pues la cultura nació
dentro de la religión y, aunque con la evolución histórica de la humanidad se
haya ido apartando parcialmente de ella, siempre estará unida a su fuente
nutricia por una suerte de cordón umbilical. (Vargas llosa, 2012, p.7)
Y
para colmo, según parece, que para ambos autores la religión que mejor engendra
la cultura es la cristiana, dejando muy claro nuevamente su postura religiosa y
por qué no, política, frente a las dos últimas décadas de la primera mitad del
siglo XX: “Sólo una cultura cristiana podía haber producido a Voltaire o
Nietzsche. Yo no creo que la cultura de Europa sobreviviría a la desaparición
de la fe cristiana.”
Pero
para lavarse un poco las manos y no quedar al descubierto en su frivolidad
(palabra a la que tanto ataca y dice ser en la que ha caído la cultura actual)
decide citar a otro autor, al crítico y ensayista George Steiner, que se
molesta con T.S. Elliot, por omitir los pasajes terribles del holocausto nazi
en su ensayo:
Steiner
insinúa que tal vez la razón de que Eliot no haya encarado «la fenomenología de
los asesinatos producidos en Europa, desde el sur de España hasta las fronteras
del Asia rusa entre 1936 y 1945»[2] (p. 52), sea su antisemitismo, privado al
principio, pero que su correspondencia, luego de su muerte, sacaría a la luz
pública. Su caso no es infrecuente, puesto que ha habido muy «pocos intentos de
relacionar el fenómeno dominante de la barbarie del siglo XX con una teoría
general de la cultura». (Vargas Llosa, 2012, p.8)
El
simulador estima necesario detenerse un instante, para elogiar el ardid casi
mágico de la antigua figura del Boom latinoamericano (¿Acaso alguien puede
dudar de la inteligencia supina de este crack de las letras?), para disimular
(y no simular) su propio antisemitismo privado, aunque quede en evidencia unas
cuantas páginas más adelante donde insinuará sin falta perceptible de talento
retórico su nostálgico amor por lo que él llama la Alta cultura,
concepto con el cual el simulador llega a encontrar cierto parentesco con el
discurso fascista, enmascarado de defensa estética, donde se investía como arte degenerado a todo arte que iba en
contravía de la oligofrenia eugenésica que gobernaba las cabezas de esa clase
oligarca y monárquica de Europa que hoy por hoy parece resucitar del camposanto
de la insensatez. Un arte intimista o revolucionario que atentaba contra los
valores conservadores y pulcros de la cultura germana.
Es
claro que estos pensamientos melancólicos, achaques de bilis negra o ponzoñosa
(vaya el lector a decidir cual adjetivo le va mejor) no son más que destellos
de la sequedad de un genio echado a perder crapuloso (si es que en su momento
lo tuvo) quizás por una vanidad descollante al ver que esa efigie de galán va
resquebrajando y cayendo en pedazos ante en el espejo de la soberbia y, como en
el relato de Dorian Gray, va dejando de manifiesto el verdadero rostro de un
hombre crapuloso y hostil. Mas, en su defensa, el simulador, que entiende un
poco lo que es vivir en el oprobio y sus antípodas, sale entonces como paladín
famélico a defender al prosaico escritor peruano y se atreve a citar dos
autores que fácilmente entrarían en la categoría de lo que algunos puristas con
gangrena en la lengua y el sieso llamarían un arte degenerado, escritores que militaron
con el discurso fascista sin pudor y llenos de orgullo, enajenados con las
arengas que pretendían ser baluarte de la humanidad y se proclamaban como una
clase superior por encima de sus semejantes (Allí Vargas Llosa encuentra su
nicho y de allí que presuma que el hacerse escritor le da alguna clase de
potestad) como lo fueron, el nobel de literatura Knut Hamsun (hoy ya un tanto
olvidado y que en su ruina vital recuerda a Vargas Llosa, ya que fue en sus
últimos años cuando apoyó la escalada del Tercer Reich en Europa) y el paria
francés Louis-Ferdinand Céline, autor de Viaje al fin de la noche, (novela
insurrecta y que mucho serviría ser leída por los escritores de hoy que están
al servicio de la industria del espectáculo editorial, para ver si se espabilan
un poco y dejan el capote erudición pedante y escueta y de ese modo simular un
poco mejor su falta de ingenio).
Pero
dejemos ya este asunto de políticas espectaculares y grotescas para otro
momento de este ensayo (aunque estos aires totalitaristas parezcan rondar como
un fantasma todo este tema de la sociedad y el espectáculo actual), ya que el
simulador cree conveniente comenzar en una aparente in media res y
proponer su tesis de la cultura como simulacro.
LA
CULTURA COMO SIMULACRO
Es
importante, antes de proseguir, citar lo que para el simulador parece ser la
tesis de Vargas Llosa en su libro:
La
civilización del espectáculo está ceñida en cambio al ámbito de la cultura,
entendida no como un mero epifenómeno de la vida económica y social, sino como
realidad autónoma, hecha de ideas, valores estéticos y éticos, y obras de arte
y literarias que interactúan con el resto de la vida social y son a menudo, en
lugar de reflejos, fuente de los fenómenos sociales, económicos, políticos e
incluso religiosos (Vargas Llosa, 2012, p.9)
De
este modo, es imperioso para el simulador hablar con prontitud del concepto de
simulacro propuesto por Baudrillard en su ensayo titulado Cultura y
simulacro (1978) en el que explora algo que llama la Hiperrealidad y
cómo esta tiene que ver con el simulacro: “La simulación no corresponde a un
territorio, a una referencia, a una sustancia, sino que es la generación por
los modelos de algo real sin origen ni realidad: lo hiperreal.”(Baudrillard)
y estos conceptos de alguna forma se pueden reforzar con el pensamiento de dos
autores anteriores: con el ya antes mencionado Debord que es el último citado
por Vargas Llosa y del que parece tomar ideas para el título de su libro pero
al cual supone el simulador, Vargas Llosa no ha de ser de sus afectos por
contrarias inclinaciones sociopolíticas con La sociedad del espectáculo (1967)
y con Walter Benjamin con La obra de arte en la época de su reproductibilidad
técnica (1936).
Pide
el simulador, ser un poco respetuoso con las jerarquías, así sólo sean
cronológicas y abordemos a Benjamin quien en ese libro expone desde ya y de una
forma estilizada las perversiones del fascismo desde el mundo del arte. Sepamos
pues que el arte, (o esto piensa el simulador, contrariando con vergüenza la
sapiencia de Vargas Llosa), es la columna vertebral de la cultura y no la
religión o la familia como lo dicen T.S. Elliot o el escribidor de Pantaleón
y las visitadoras. Es entonces acá como Benjamin y Vargas Llosa se encaran
y volvemos al asunto de las castas, eso de alta y baja cultura. Donde el
peruano se empeña en creer que debe volver a haber una clase privilegiada para
encargarse de la creación y la difusión de la cultura, para que todo vuelva a
ser mejor. Quizás sea pertinente entonces citar a Lampedusa: “Si queremos
que todo siga como está, hay que hacer que todo cambie”.
Si
bien Vargas Llosa es consciente de que los límites entre baja y alta cultura se
han desdibujado no se cansa de añorar esos tiempos pasados donde la alta
cultura era lugar privilegiado para una minoría elitista. Pero allí comete otro
devaneo al pensar que esa alta cultura de un tiempo remoto no era frívola. Si
bien podría ser distinta a la de ahora, la cultura carga en sí y en todos los
tiempos un carácter frívolo, incluso podría decirse que es uno de sus rasgos
más distintivos.
El
simulador no puede contener su emoción y se pone de pie, casi con lágrimas en
los ojos[4] (es una lástima que el
invisible lector no pueda saber si ese brillo acuoso en las cuencas del
simulador sea de llanto o de risa) para ovacionar la nunca evidenciada
referencia de Vargas Llosa al autor de El Gatopardo. Vargas Llosa da
pues a entender que la sociedad por más hiperreal y globalizada que esté,
necesita de un Virgilio para no perderse en el mar frívolo del espectáculo
actual. Y que mejor guía para estos tiempos necios que una raza de superhombres
como el mismismo autor peruano para guiarla a un mejor lugar…. El simulador se
incomoda y se para nuevamente de su asiento, puede ser que algún cretino por
pasarse de listo haya puesto un aguijón debajo de sus nalgas, aunque eso no
tiene importancia, no es más que otra frivolidad, lo que importa es que el Simulador
se molesta y quiere preguntar: ¿a que mejor lugar nos quiere llevar Vargas
Llosa? El simulador sospecha dos cosas:
1. El
lugar no es otro que el pasado remoto y utópico. Un mundo de ficción que no
existe ni en la cabeza del más alienado.
2. Que
este paraíso prometido no es más que beneficioso para esa raza proteica de
hombres cultos que propone Vargas Llosa.
El
aguijón parece dejar de incomodar y el Simulador siente alivio al vislumbrar
que tal ardid está maquillado de promesas de tiempos mejores y de pugnas y
diatribas irrefutables a las manifestaciones culturales actuales, con las
cuales el Simulador no tiene ninguna queja con Vargas Llosa. Ambos desprecian
los medios (culturales), aunque los fines sean contrarios.
La
invitación a analizar a esta sociedad anodina no debe ser para volver a
jerarquías obsoletas y frívolas, más frívolas incluso de lo que asevera Vargas
Llosa que es la cultura actual. En este punto es justo traer a colación una
opinión de Rosa Montero sobre el enigma que encierra el alma del escribidor
peruano:
“Mario
Vargas Llosa se conserva aún muy bien. Tiene fama de hombre guapo y lo debe de
ser, con esos ojos rasgados y muy negros y esos dientes tan blancos; pero en el
perfil de galán juncal, elegante y latino, yo siempre he entrevisto sombras
desaforadas e inquietantes, raras, desmesuradas. Y así, sus ojos a veces
parecen no ya rasgados, sino directamente acuchillados en el rostro, y su sonrisa
es, sin lugar a dudas, de caimán: y no porque sea fingida, como dicen que es la
sonrisa de estos saurios, sino por la capacidad letal de su mordisco. A decir
verdad no creo que haya en Vargas Llosa ningún tipo de fingimiento, ninguna
clase de doblez, sino, por el contrario, un prurito de honestidad cuyo rigor
admiro. Pero lo que sí que hay es mucha oscuridad. Quiero decir que el Mario
Vargas Llosa que conocemos no es más que la punta del iceberg" (Montero,
2022, p. 118)
El
simulador, opina que Vargas Llosa se trae algo entre manos. No es un buen
ilusionista con las palabras como muchos quisiéramos que fuera, para esconder
su luminosa sombra[5]
política que parece calcada de la descripción de la Mateo Aguirre Bengoechea: “…su
vida es un enigma que oscila entre lo bucólico contemplativo y la
personificación de un titan.” (Bolaño, 2017, P.49) y las palabras de Rosa
Montero bien servirían como prólogo a un nuevo y póstumo libro de Bolaño.
Otra
copa de vino es necesaria para que el simulador se quite ese mal sabor que le
han dejado las oscuras intenciones que guarda para sí Vargas Llosa y no tiene
más que opinar que la cultura en otros tiempos (y en estos) ha servido de
mantel para ocultar bajo la mesa los más grandes desmanes de la humanidad.
Dejando
a un lado esta digresión,[6] volvamos con Benjamin y su
preocupación por el arte, o mejor por el imperio de la imagen reproducida. En
esto coinciden los tres autores: (Benjamin, Debord, Vargas Llosa), que la
imagen es la reina soberana de la cultura del siglo XX y lo que va de este. Sin
embargo, las quejas de cada uno van por vertientes distintas, en Debord y
Benjamin quizás más encuentros, Benjamin habla de la pérdida del aura de la
obra al prostituir de forma tan abusiva a la obra, habla de un desgaste de la
imagen donde el ojo que la mira no puede encontrar ya la obra sino una mera
imagen vacía. Frente a esta ausencia de aura de la obra, Benjamin dice lo
siguiente de la función que tiene entonces: “El ajustar la realidad a las
masas y las masas a ella es un proceso de alcance ilimitado no solo para el
pensamiento sino también para intuición”. En Debord la imagen se absorbe al
proletariado, donde el proletario se convierte en imagen desgastada o imagen
espectacular, y esto es lo que más se asemeja a lo que acaece en nuestros
tiempos, la disolución del individuo y la aparición del avatar. Florece el
hombre como ficción, como entelequia, como figura atrapada en un marco
bidimensional (pantalla) y resuena de forma perversa la premisa de Rimbaud: “Yo
es otro.” Pero ese otro no es el Otro que servirá como estandarte para la
construcción del sujeto capitalista propuesta por Lacan, aunque de algún modo
tengan magreos y coqueteos un tanto obscenos. Este Otro, es un otro virtual, artefacto
casi metafísico, es un doble quizás, que intenta vender la mejor versión de
nosotros, esa versión que tanto promueven los gurús de este tiempo de
espiritualidad psicópata y emprendedora. Una alteridad del Yo que no es el Yo,
sin embargo, se presenta como un producto de algo que carece, de simulacro: “Simular
es fingir tener lo que no se tiene.” (Baudrillard, 1978) y también aquí volvemos
a Debord, el Yo como producto, pero a su vez como ficción endeble y pretenciosa,
que da la ilusión de profundidad para sumergirse en la insondable Nada, así
como, estima que es la filmografía de Lars Von Trier, infecta de personajes ulcerados,
petimetres anacrónicos e indigeribles ególatras, cargados de palabras hinchadas
que a la final no dicen mucho y dejan en evidencia la desesperada (y desesperante)
necesidad de figuración intelectual del cultísimo director danés. Llegados a
este punto, el simulador se siente un tanto más cómodo porque siente la
posibilidad de hablar del artista, el intelectual y el hombre culto. Adjetivos
a los que Vargas Llosa le encanta que le sumen a su capote de escribidor. El
simulador hablará brevemente de los tres para casi al final de este ensayo
ponerlos en escena junto a otros conceptos donde puedan encontrar divertimento.
Para
empezar el simulador prefiere hablar del hombre culto, que no es otro que el
hombre embebido y evanecido por la cultura. Un hombre de moda que está al tanto
de la vanguardia, que circunda los sitios donde frecuenta tipejos de su misma
ralea y así hablan de temas frívolos para parecer interesantes. El intelectual,
puede ser tal vez un adjetivo de este o una copia aumentada, un simulacro o viceversa.
El intelectual se mueve por las esferas académicas, circunda grupos
intelectuales y habla frivolidades dándoles connotaciones aparentemente
profundas y humanas. El intelectual y el hombre culto se ven cara a cara como
dos gotas de agua.[7]
El
artista es otro asunto, o bueno por lo menos dentro de la idea que tenía
Benjamin del artista, del creador de obras de arte, de obras con aura. Así pues,
que el artista no es otro que el productor sin querer serlo del material del
que se alimenta el hombre culto y el intelectual (el simulador piensa en Wilde
y en su texto: La importancia de llamarse Ernesto).
El
simulador toma aliento, pide disculpas al supuesto lector por esta digresión
inoportuna, respira, y se siente un poco como el caballero Tristam Shandy
intentando narrar la historia de su vida sin llegar a hacerlo pasando de
intermisión en intermisión sin llegar nunca a puerto seguro. Toma un poco de vino
y medita en las palabras recientes que designan sin contundencia al efímero yo.
¡oh, Eureka! El yo no es otro. El yo es ficción. La ficción es la base del
espectáculo. Acá vuelve Vargas Llosa empoderado con su discurso de la imagen,
con su mascara de escritor, de hombre culto y deja entrever que su queja con la
imagen es tal vez por su falta de talento como artista, y no pasa de hacer
monigotes ridículos en el papel, de allí su encono con la imagen, de allí que piense
que la imagen a usurpado el lugar de la palabra.
El
simulador se imagina al viejo Vargas Llosa sentado en las ruinas pétreas del
príapo de Apolo[8],
llorando amargas lágrimas[9], contemplando como ese
viejo mundo de fábula totalitarista se va a la mierda, y no tiene a quien más
culpar que a la civilización que tan ingenua como la suya solo evidencia que ninguna
cultura es otra cosa que una decadencia en movimiento. El simulador reniega de
su imaginación, recuerda que el escribidor peruano es un humanista crónico, que
puede quizás hacerle competencia a Al Pacino en El abogado del diablo.
El simulador vislumbra que Vargas Llosa ha escrito este opúsculo: La
civilización del espectáculo, porque aún tiene fe en la estupidez humana.
Porque sabe que ese rasgo indeleble de la humanidad podrá traerlo del olvido
para ser citado por algún otro cretino que necesite un argumento “culto” para
engatusar a la masa.
LO SUBLIME Y LO FRÍVOLO: LO HUMANO
“La
posmodernidad ha destruido el mito de que las humanidades humanizan.” Vargas
Llosa
Siente
el simulador de este ensayo que para terminar es bueno ser un poco piadoso y
darle algo de crédito a toda la intelectualidad culta y prosaica de Vargas
Llosa y le ha parecido conveniente usar como epígrafe para la última parte de
este ensayo, una frase del escribidor peruano, ya que lo humano es lo que atañe
a este capítulo. Si bien, antes de decidir hablar de lo humano, el simulador
pide que el lector desconocido e improbable, recuerde que, para el simulador,
lo humano no será adjetivo de epitomes y apologías, por el contrario, el
simulador ha dicho, casi al comienzo, que es dado al anarquismo y diletante al
descredito de la historia autorizada del hombre. Así pues, para no ofender
sensibilidades, dejemos que lo humano no es motivo de orgullo, y es más bien
sinónimo de estupidez y pereza. De allí el nombre fundacional de este ensayo: Divertimento
y oligofrenia.
Para
el simulador, lo sublime está en el campo de lo trascendente, de lo inhumano,
quizás de lo onírico (aunque tiene sus dudas), quiere pensar que el artista y
el loco (que en muchos casos son uno solo), son los únicos posibles intermediarios
para dar alguna idea de ese mundo ajeno a lo humano.
Con
estas recreaciones burdas del artista y el loco aparece lo frívolo, surge de
oscuros sumideros el hombre culto con su siamés el intelectual, y con apetito
voraz se nutre de los residuos de la obra de arte, de eso que llamaría Fernández
Mallo: Basura. Pero no para hacer de este residuo algo edificante, adorno
en días venideros de frutos duraderos para el desarrollo del hombre, sino para
lo contrario. La cultura como forma de sometimiento, como sinónimo de
entretenimiento, de espectáculo, de enajenación, empobrecimiento, dulce y
loable para una mente perezosa, que como el buen escribiente de Melville: “prefería
no hacerlo”.
Lo
frívolo como ya ha dicho el simulador es inherente y vital para la cultura, o
mejor para el hombre culto. Tratar temas de aparente trascendencia no son más
que artilugios para no comprometerse, para no meter las manos en la mierda y en
el fuego para intentar rescatar algo verdaderamente valioso de la humanidad. Con
esto, tanto por fatiga de escribir algo impuesto y como sentencia que de punto
final a unas palabras que como dice Vargas Llosa al comienzo, “Este pequeño
ensayo no aspira a abultar el elevado número de interpretaciones sobre la
cultura contemporánea…” El simulador corre un poco el cambuj, para dejar
atisbar un poco la fría sonrisa de un hombre sin esperanzas, de un hombre que
se ríe de la vanidad humana, de la soberbia de hombres que, como Vargas Llosa
se creen con valía, a sabiendas que el tiempo reducirá todo al polvo y en medio
de su risa intenta consolar a los espectadores de esta comedia humana para
decirles que la vida misma es un simulacro y un espectáculo en el que el
aplauso lo dará la Muerte.

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