“Escucho la voz monstruosa con la que digo lo que digo sin comprender una sola palabra.” Blanchot
En anteriores informes nos hemos topado con la figura del daimon, ese que susurraba al oído de Sócrates, ese que más que un razonar era un impulso, una suerte de guía, una voz que hablaba al alma atenta de los hombres. Pero acá nos proponemos a indagar el lugar de donde vienen los Daimones, ya que son seres en transito entre los hombres y los dioses, y esto propone también la distancia y diferencia de dos lugares diametralmente opuestos. La tierra y el cielo. No sobra decir que el reino del hombre es la tierra y el de los dioses el reino celeste o divino, y entre estos dos reinos había pues un reino intermedio. Anima Mundi es el nombreque propone Platón en el Timeo, y ese reino no es otro que el reino damonico. Ante esto Harpur nos muestra estas conexiones entre reinos y el lugar que el dáimon ocupa como mediador:
“Así como el alma humana mediaba entre el cuerpo y el espíritu, el alma del mundo mediaba entre el Uno (que, como Dios, era el origen trascendente de todas las cosas) y el mundo material y sensorial. Los agentes de esta mediación recibían el nombre de dáimones (a veces escrito daemones); éstos, se decía, poblaban el Alma del Mundo y proporcionaban la conexión entre los dioses y los hombres.” (Harpur,2007)
Recordemos pues que el carácter del daimon es secreto, digamos que algunas veces es bondadoso y otras no tanto. Frente esto Harpur, propone algo interesante, y es la amplitud al concepto del Daimon, donde según el folclor y el mito su nombre y sus atributos tendrá cambios, aunque no tan radicales como los que el cristianismo le dará al nombre mismo, convirtiendo a los daimones en una criatura completamente distinta a la que proponían los griegos:
“Más tarde, la cristiandad declaró injustamente a los dáimones demonios. Pero originariamente eran sólo los seres que abundaban en los mitos y el folclore, desde las ninfas, los sátiros, los faunos o las dríadas de los griegos hasta los elfos, gnomos, trols, jinn, etc.”
Quisiera puntualizar en el ultimo termino citado por Harpur que son los Jinn, que también son llamados por el mundo antiguo árabe como Efrit o genios. De estos el cristianismo se valdría, o mejor de su folclor con la figura de Salomon, para dar paso a la deformación del termino daimon al de demonio. En las mil y una noches son incontables, los relatos de Sharezade donde aparecen estos fabulosos seres, que en apariencia tienen un carácter siniestro, pues son de algun modo mezquinos a los hombres. Mas esta mezquindad tiene un origen, un mito del cual tanto los antiguos relatos árabes como el cristianismo se nutren. Los Jinn o daimones eran los seres mas cercanos a dios tanto en forma como en esencia, según la tradición árabe, estos seres a diferencia de los hombres que fueron hechos del barro, los Jinn fueron creados por el fuego divino, mismo fuego que posiblemente Jesucristo le diera a los apóstoles en sus famosas lenguas de fuego. El desprecio que sienten los Jinn o Daimones es simple, no soportan que dios, prefiera esos seres bajos, llamados hombres, seres mortales, torpes y frágiles, en vez de a ellos que tan semejantes a dios son. Entre todos estos seres de fuego divino hay un que esta más próximo a la imagen de dios y no es otro que Shaitan, uno de los genios más poderosos creados por dios. El resto del mito puede verse en la historia cristiana con el nombre de Satan o lucifer. Esto nos dará una sospecha del abanico que traen estos seres. Y como algunos de ellos pasaran a ser llamados ángeles o demonios por la iglesia católica.
Las otras criaturas mencionadas por Harpur, son mencionadas por el folclor, como es el caso de las ninfas, también mencionadas en esta investigación anteriormente, cuando revisamos lo que tenía que decir Calasso sobre estas. De algún modo podemos entonces ver que los daimones, tienen un carácter ambiguo, indeterminado. Esta indeterminación nos la explica de algun modo Harpur de este modo: “Siempre flexibles, los daimones cambiaban de forma para adaptarse a los tiempos, incluso en abstracciones si era necesario.”
Este adaptarse podría darnos una sospecha de su esencia incompleta y dual, dos fuerzas opuestas que se atraen: “Nunca del todo divinos ni del todo humanos, los dáimones emergieron del Alma del Mundo. No eran espirituales ni físicos, sino las dos cosas(…) Eran seres paradójicos, buenos y malos, benéficos y temibles, guías y censores, protectores y exasperantes.” Pero ¿que otro lugar podrían ocupar unos seres de tal naturaleza, que no eran ni hombre ni dioses sino criaturas intermedias? Un lugar que a su vez fuera intermedio como ellos. No cansa recordar la explicación de Diotima en el banquete sobre todo este reino intermedio y las criaturas que lo habitan:
«Todo lo daimónico es un intermedio entre dios y mortal. Interpretando y transmitiendo los deseos de los hombres a los dioses y los deseos de los dioses a los hombres, permanece entre ambos y llena el vacío (…). Un dios no tiene contacto con los hombres; sólo a través de lo daimónico se dan el trato y la conversación entre hombres y dioses, ya sea en estado de vigilia o durante el sueño. Y el hombre experto en semejante relación es un hombre daimónico…»
Sin embargo, como ya hemos mencionado ese carácter ambiguo de los daimones, esto no permite la ubicación del Anima mundo de modo tan sencillo, pues si los demonios algunas veces son vistos con características superhumanas también algunos se manifiestan suprahumanos. No es un terreno físico, entonces el lugar donde se ubica el reino de los daimones, en ese mismo paraje puede verse el infierno y el cielo. Es un punto intermedio, pero es un punto limite, en un lugar que no es físico ni espiritual sino mas bien un lugar psíquico. De allí que Harpur cambie el concepto de realidad psíquica por realidad daimonica. Concepto de deviene del pensamiento de Jung. Para este los arquetipos son los que los platónicos y neoplatónicos llamarían daimones personales, y para entender un poco más este estado psíquico Harpur dice lo siguiente: “Plotino (204-270 a. C.), mantenía que el daimon individual era «no un daimon antropomorfo, sino un principio psicológico interno, a saber: el nivel por encima de aquel en que vivimos conscientemente, y por lo tanto está dentro de nosotros y al mismo tiempo es trascendente».” Así pues, los daimones son una clase de psique sin cuerpo, es por eso, que a diferencia de las musas por ejemplo que son seres exteriores que inspiran que son entidades externas del hombre, El daimon toma su residencia misma en el alma del hombre y habla directamente a esta.
El daimon personal no habla al oído habla al alma y esta escucha y mueve al cuerpo. Aunque no todos los hombres logran identicar a su daimon, porque creen que el daimon tiene algo para decirle en palabras, pero no es así, ya que como dice Harpur el daimon no transmite un mensaje, su entidad misma es el mensaje.
Tiendo ha inferir que este reino de los daimones, asienta su fuerza en la pasión, ya que como hemos dicho, mueven los impulsos del hombre y como pensaban lo neoplatónicos:
«esos impulsos irracionales que se alzan en un hombre contra su voluntad para tentarlo, como la esperanza o el miedo».
Es interesante que sean estos dos caminos por los que se conduce el daimon, si se miran con detenimiento, ambos senderos, tanto la esperanza y el miedo conducen a la ruina del hombre. Pero es acá lo importante, es posible que esto ocurra con todos los hombres, que su daimon se manifieste en estas dos instancias, pero depende del hombre interpretar a su daimon, no ser un simple muñeco sin juicio y sin razon. Los daimones contrario al hombre son series sin moral ni razon. Son como dice Lorca, al llamarlos duendes, una borrasca que agita el corazón del hombre, pero esa borrasca debe ser tripulada por el corazón mismo del hombre. De ese mismo modo, dice Harpur que:
“Nuestra tarea es identificar los dáimones que hay detrás de nuestras necesidades y deseos más profundos, de nuestros proyectos e ideologías, pues, como hemos visto, éstos siempre tienen una implicación religiosa, yendo y viniendo del territorio del ser divino y arquetípico.” (harput,2007)
Una vez identificado los orígenes que mueven y agitan al daimon, debemos estar atentos y entender o sentir mejor sea dicho, que esta fuerza, siendo un mensaje mismo es una brújula para el accionar del hombre. Quizás esa fue la misma brújula que Odiseo supo bien escuchar al enfrentarse a las sirenas. El daimon era él pues según los griegos una clase de timón con la que el hombre era conducido a su destino. De allí la importancia de saberlo escuchar, de saber de donde y porque se producida la borrasca.
Algunos hombres han escuchado a su daimon personal y lo han convertido en su ángel de la guardia, otros a su vez siguiendo los designios del daimon que los gobiernan han visto en él, a su demonio en el sentido cristiano de la palabra. Sin embargo, esto es solo una vana interpretación humana como ya hemos dicho. Pero si es interesante mencionar estas dos figuras, ya recuerdan a la historia bíblica de la caída de los cielos de los ángeles comandados por lucifer y los mitos de Shaitan y los demás genios. Ambas historias hablan de la esencia del daimon que aun cambiando de aparente forma y lugares simbólicos siguen siendo originarios de esa misma esencia. Sabemos que satanás, no obligo a Adán y Eva a cometer el pecado contra dios, solo implantó la duda por medio de un susurro. Así que visto de una manera mas critica no se diferencia mucho de los consejos de los ángeles ya que es el hombre mismo quien decide si es movido o no por esa voz que viene del reino daimonico.
Una cosa si es segura y es que los daimones al ser entidades del límite, nos llevan también a nosotros a nuestros límites, el limite es su reino. De allí que no tengan un lugar definido y único. Ya que los limites están en todos lados. Y estos limites de los que hablamos generan confusión y caos en el hombre, por eso dice Harpur: “Así, la relación es ambivalente: sentimos al mismo tiempo animadversión y amor por nuestro daimon, que, observemos, «nos libera y nos engaña».” El daimon nos confronta sin ser pensamiento mismo, arremete contra este y lo mueve y trastoca. Es engañoso, como decía Calasso sobre el papel de las ninfas, que así trajeran una verdad también eran portadoras del engaño, lo importante era saber escuchar y hacer un juicio. No era una verdad en calma, ni una sentencia impositora desde fuera, ya que no era la voz imperativa de un dios. Era una voz de oráculo, que dictaba el destino de quien la escuchaba, pero era este quien debía interpretar ese oráculo.
Hapur frente a esta actitud oscura dice del carácter inmisericorde de los daimones, ya que estos carecen de una moral, simplemente ellos agitan el mundo animico del hombre, esa es su función, no son jueces ni verdugos solo son la voz del alma en la tormenta del pensamiento. No debe pues malinterpretarse la efigie del Daimon, ni mucho menos censurarla o pasarla de largo con una mirada prejuiciosa, no como nos dice Harpur meras entelequias. Son mitos y la mitología como nos dice el texto son: «la mitología es psicología antigua, y la psicología es mitología reciente». Es por eso que no debemos tomarnos estas mitologías a la ligera, pero tampoco debemos interpretarlas de manera dualista y usar el pensamiento gastado de Descartes para aproximarnos a estas. El daimon como nos propone Harpur, al igual que otra cantidad de entidades sobrenaturales deben encontrar una forma más justa para ser observadas y asimiladas. En su propuesta nos dice lo siguiente:
“En lugar de verlos como relatos arcaicos e invenciones primitivas, debemos verlos como la encarnación de verdades psicológicas, historias arquetípicas que nos hablan de una forma simbólica y poética sobre cómo somos realmente.”
También nos hace cuestionar el lugar del sentido de estos relatos, ya que según Harpor, el sentido de los daimones es oscuro. Unas veces se muestran amables otras brutales y despiadados.
Para entender porque su sentido se hace tan difuso es importante ver el lugar donde estos daimones se manifiestan:
“Tanto en un nivel interior (sueños, inspiraciones, pensamientos y fantasías) como exterior o trascendental (visiones y apariciones).”
Ninguno de estos niveles da una claridad específica, ambos niveles están dentro del juego simbólico. No son verdades propiamente dichas, pero poseen una fuerza atronadora que nos gobierna, es allí que he mencionado el reino de la pasión como ese lugar de los daimones. Por eso quizás para Jung, en un primer momento los daimones y los complejos eran sinónimos, ante esto Harpur menciona con respecto a la visión jungeana con respecto a los complejos:
“Estrictamente hablando, nosotros no tenemos complejos, sino que ellos nos tienen a nosotros. Nosotros somos impotentes en manos de las obsesiones, compulsiones, fijaciones, aversiones y demás.”
Es por eso que Jung propone escuchar atentamente a nuestro daimon, pero no una escucha precedida por juicios o pensamientos, si no una escucha daimonica o psíquica entendiendo que:
“La psique se compone de varias personalidades diferentes, cada una con sus propias demandas, que el ego se ve conducido a ignorar, subordinar o aniquilar.”
La psique es pues un mundo en si mismo, es ese lugar limítrofe donde habita nuestro daimon. Y es por eso, que ellos se manifiestan en esos momentos y lugates limites como dice Harpur: “Los dáimones prefieren especialmente los límites, o lo que el antropólogo Victor Turner llamaba «zonas liminales» («umbrales»). Éstas pueden estar dentro de nosotros (entre la vigilia y el sueño o la conciencia y la inconsciencia) o fuera (cruces de caminos, puentes y orillas).” Y estas zonas liminales están en todas las instancias de la vida de un hombre, solo se debe saber escuchar. Dice Harpur:
“Ningún aspecto de la vida cotidiana carece de su daimon soberano, al que hay que conceder su parte y ración si se quieren evitar los problemas. «Todas las cosas», como señalaba Proclo, «están llenas de dioses».”
Todo esto del reino psíquico de los daimones pone en jaque el mundo religioso. De allí que el cristianismo transformara la figura del daimon en un ser nefasto enemigo del hombre, contrario a esa idea de guía, de destino de este. La religión no soporta que cada hombre tenga su propio destino, y mucho un daimon personal que le guie. No necesita intermediarios entre el reino mortal y el reino de Dios. Para esto crearon su propio daimon, uno colectivo que guiara de manera unidireccional a la humanidad entera y ese mediador entre la humanidad y ese dios único es Jesucristo. Por eso el papel de la iglesia en esos tiempos oscuros fue el de demonizar al daimon, haciendo que el hombre temiera escuchar la voz emergente de su propia alma, nutriéndose de dos conceptos también usados por el daimon socrático, el miedo y la esperanza. El temor al infierno, reino donde habitan todos los demonios, y con la esperanza de que, al reprimir la pasión de cada hombre, se lograría llegar al reino de los cielos.
A modo de sentencia final frente a la lectura del texto podemos evidenciar que el reino de los daimones no es otro que nuestra propia realidad psíquica, manifestada e interpretada de diversas formas, tantas como entidades es el hombre mismo en su propia psique, que si pudiera emular a un mito no seria otro que el del famoso Proteo. El alma del hombre es una borrasca donde el daimon grita para ser escuchado.
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