lunes, 13 de marzo de 2023

DE LAS SOLEDADES DE CARNE EN LA DANZA




“El hombre siente entonces en su carne el bullir de los mares

 y es una ola gigante que se traga as sí misma. El hombre es el mar.”

Peña Barrenechea


“Mátame de silencios, pero habla.” 

(G. Arango)


“En el negro patíbulo, manco amable,

Bailan, bailan los paladines,

Los clacos paladines del diablo…”

(Rimbaud)


El relato comienza en el mar… “La soledad, con un mar de fondo, es soledad dos veces.” (Arango, 2000) ¿de otro modo puede comenzar un relato que ahonda en lo profundo del alma? El mar, belleza trágica es espejo de la soledad porque su visión evoca lo indómito, lo primigenio, esa libertad absoluta que solo puede brindársele a aquel que esta solo mucho más allá del amor. El narrador contempla el mar, no ve sirenas, ni ondinas, ni musas marinas, solo ve un navío en la lejanía y allí deja anclada su nostalgia. Deja de mirar y se adentra aun bar de pescadores negros. Su lugar en todo el relato es contemplativo, quiere ver bailar los cuerpos negros, la carne indómita que se libera bailando a ritmo de vallenatos, cumbias y mapalés. Ritmos frenéticos y autóctonos, productos de ese mestizaje tan dando en el trópico, ese que algunos llaman creolidad, allí, la música tiene un poder distinto al europeo y anglo, en las orillas del mundo, la música pierde un significado para hacerse un sentir. No es una música para distraer los oídos, para deleitarse con armonías, es una música que sacude el cuerpo, que azota la carne, pero no para oprimir sino para liberar para despertar aquello muerto o simplemente en estado catatónico. Solo la música de los fines de la tierra puede despertar los espíritus dormidos, o incluso puede fabricar espíritus para aquellos que fueron negados de estos.

La danza es la búsqueda sagrada. “Los negros, como sacerdotes de un ritmo salvaje, se consagran a su liturgia…” la danza hace que la carne entre en trance, convulsione y se libere. El narrador se cuestiona si los danzantes negros buscan en este ritual una verdad de origen divino, pero luego se refuta los pensamientos de esta índole. En este ámbito, el pensamiento esta fuera de lugar. La danza es como la esfinge, ella encierra la verdad misma. Pero los danzantes negros no se preguntan ni pregunta por una verdad. Su escucha es acto, no es una pobre escucha que atañe simplemente a los oídos. Es una escucha que entra en los poros, que fluye por la sangre negra, es aquella alma fue denegada y que ahora busca reclamar lo que es suyo por medio del baile frenético. De cuerpos que no necesitan una pareja del sexo opuesto, porque esta danza, aunque mil veces más lubrica que las pantomimas de los bailarines blancos, no tiene como fin lo erótico, porque “El negro puede prescindir del “otro”. En eso se diferencia del blanco, para quien bailar es una intimidad entre dos, una complicidad de deseos, la justificación del acto danzario.” El negro busca ese mas allá, es la soledad misma del cuerpo, allí donde se anida la verdadera y salvaje libertad. La danza es su símbolo trágico.


Ellos bailan para olvidar, de forma compulsiva. No escuchan la música, la sienten. Los ritmos frenéticos toman posesión de los cuerpos, que comienzan a elevarse, a dar saltos delirantes como el de Butes, el salto y el bailen cobran el mismo gesto liberador, aquel acto que conduce a lo insondable, a ese lugar que deja por fuera la razón, pues le es ilícito llegar hasta esas lindes…  los danzadores negros “Cegados por la esperanza se lanzan a la aventura para morir o alcanzar el éxtasis.” El baile rompe todo orden, toda ley, el mundo de la razón se pone a los pies del mundo sensible, donde el negro es rey y el blanco un ridículo bufón sin gracia. Acá la comedia del teatro de la vida racional no tiene lugar, es un absurdo, se ahoga en la marejada de lanza negra. Es un rito donde cobran vigencia, lo fantástico, lo prohibido y lo onírico. “Por eso el negro no razona sus derechos, los afirma, los conquista con la danza, en el orgasmo de sus músculos y sus sueños.” Sus saltos danzarios rebasan la razón. Allí el negro encuentra y recupera aquello que le fue denegado. Su propia humanidad. Pero no es una humanidad de la razón, como la del blanco. Su razón es más del orden místico, trascendente. “En sus brincos patea el mundo del opresor, cae rabiosamente en él con toda la potencia de su vuelo, y lo aniquila.” Por eso el narrador es presa de un sueño de una ensoñación, porque como lo propone Bachelard, el sueño y el vuelo siempre están unidos. Pero el sueño de la danza del negro es un sueño vivido, es una realidad de la carne y no del pensamiento. Es un sueño carnal, palpable vivo, es la “violencia que conlleva toda ruptura.” De allí la extrañeza del blanco que en la contemplación se siente en un mundo ajeno. 


Luego se nos presentan como entran en ese mundo extraño y onírico de la danza de los negros, dos entrometidos, dos blancos, que “realmente no bailan, ruedan.” Y los negros en su ritual los dejan entrar al ruedo, los dejan penetrar en el círculo, y poco a poco los van cerrando con su carne negra, las dos figuras blancas se ven acorraladas, estrujadas, en peligro mortal. La danza parece o es simplemente un juego de GO. Pero acá no juega el pensamiento acá juega el instinto, la agresión irracional, el cuerpo estremecido por la escucha hecha acto liberador. Los blancos se debaten y luchan inútilmente, en el reino impropio. Pierde la inminente batalla y huyen. El blanco esta descolocado su libertad en este reino es su opresión. “Cuando intenta danzar, el movimiento lo encadena. No es su lenguaje.”


El negro no se preocupa por la fallida escena de soberanía blanca, sigue bailando yace libre en su baile. “Sabe con toda la sabiduría de su carne que es libre, que es un hombre como todos los hombres, y que tiene espíritu. Su carne resplandece con esta verdad que lo nimba, y quisiera hundirse en ella.” Este es su paraíso y acá el narrador descubre con horror que el paraíso blanco es “un invento que la razón ha ubicado más allá del cuerpo, en otro mundo, en una idea platónica.” Mientras que el paraíso del negro es el cuerpo de que danza. Mientras que el paraíso blanco es quietud, muerte rotunda del cuerpo, el del negro es el vértigo que procura el olvido por medio de la danza, ese que brinda al cuerpo el éxtasis perpetuo de su existencia efímera y fugaz.


Este es el reino de la escucha mística, que no se nutre de leyes, ni lenguajes llenos de palabras, es una escucha que atraviesa a los cuerpos, que se funde en la carne, que es como el mar, esa belleza trágica e insondable, en el que el narrador mira asombrado nuevamente hacia aquel barco, pero constata que aquel barco es solo una ilusión. El narrador, vuelve a la tierra, teme a la libertad o a la soledad, que en estos casos son lo mismo. Pero su escucha ha sido trastocada, ya no es la misma y por eso clama al mar una única condición:

“Aquí o en la eternidad

Mi corazón pasajero exige ser eterno.”






No hay comentarios:

Publicar un comentario