viernes, 30 de agosto de 2013

La Objeto y el engaño


“El lenguaje es un vius”. W. Burroughs

“Lo que llamamos el «yo». El lenguaje y los prejuicios
sobre los que éste se configura, impiden muchas
veces profundizar en el estudio de los fenómenos internos
y de los instintos, habida cuenta de que sólo disponemos
de palabras para designar los grados superlativos de éstos.
De este modo, nos hemos acostumbrado a no observar
con exactitud cuándo carecemos de palabras, dado que
sin ellas resulta extremadamente laborioso discurrir con
precisión.” (Nietzsche, 1994)

soy un guardador de rebaños
el rebaño son mis pensamientos
y mis pensamientos son todos sensaciones” Pessoa

En el campo de las emociones, podemos encontrar diversos postulados, tanto filosóficos como cognitivos y psicológicos. Cada uno, con su particular teoría, intenta articular una idea completa de un concepto tan ampliamente divergente y enrarecido. Algunos hablan de procesos donde se involucran las sensaciones, la percepción y el pensamiento, otros, sin embargo, como en algunas posturas psicoanalíticas, tienden a desarraigar la emoción de un proceso cognitivo consciente y colocarlo en una figura emergente del inconsciente. Pero es indudable la importancia en todas estas teorías, la aparición del Objeto y su engaño.
Cuando hablamos de Objeto, podemos fácilmente ligarlo al pensamiento de realidad que este implica, como nos lo puede hacer notar, las ideas de Martin Heidegger. El objeto se bifurca posiblemente en tres objetos, el objeto-cosa, el objeto-sujeto y el objeto mismo.
En el caso del engaño, podemos asociarlo como espejismo, en la relación del sujeto con el objeto, siendo el sujeto quien da el valor de existir al objeto, al atribuirle una carga afectiva,  para así solucionar la esencia del objeto percibido irrisoriamente.
Algunos autores le atribuyen a la percepción, los juicios de valor y principalmente al lenguaje una importancia vital en la construcción de las emociones.
Yo quisiera tomarme el atrevimiento y anclarme un poco en la fabulación del lenguaje. Entendiéndolo pues como un artificio indispensable en el crecimiento cognitivo y de la interacción con nuestros semejantes, como llegara a plantear Vigotsky en algún momento de su propia teoría de las emociones, y también como un conjunto de signos y símbolos dinámicos que nos relacionan con el mundo exterior y que intentan precariamente, incrustarnos a la representación del mundo exterior.
Dejando esto pues austeramente en el tintero, quiero enfatizar,  en la terrible alianza Emoción-Lenguaje, frente al objeto percibido, descubriendo el lenguaje como la más recurrente herramienta que tiene el hombre para mentir y para mentirse.
Mentir para existir, y existir por medio de simbologías comunes (el lenguaje), pero que en el fondo nos devuelven a una babel inarticulada e interminable. La emoción como impulso de una nebulosa interna, que no quisiera vincular al pensamiento o la percepción, sino como una simple energía reactiva desarticulada y desligada, que entra en conflicto con la realidad ajena. Que sirve como mecanismo de defensa, entendiendo este mecanismo como un encubrimiento de esa nebulosa intraducible por medio de cualquier lenguaje conocido.
Quizás aquí entraríamos en problemas propiamente competentes a la dialéctica dentro del marco filosófico. Pero aun así, queriendo adherirme infructuosamente a una idea integradora sobre lo que respecta al concepto de emoción debo admitir que los senderos son inciertos, oscuros y paradójicamente estrechos y asfixiantes. Podría circunscribirme en la idea Aristotélica y tomar la emoción como producto de la retorica, como un mecanismo de “enganche” para atraer la atención del otro a mi discurso, como una argucia del lenguaje. Pero ese ideal quedaría en balde y solo brindaría sosiego a una porción ínfima de la pesquisa.
Y aunque, no estaría en oposición frente a esta idea de lenguaje, entendiendo pues el lenguaje como símbolo, como una construcción alegórica de una percepción y porque no también como una desfiguración intencional de una realidad presuntamente universal -como un ardid para el engaño de los otros-. Tendría la impresión de que algo quedaría faltante. El engaño en el lenguaje es sólo el vislumbramiento tenue de procesos interiores mucho más complejos y de los cuales solo se han hecho conjeturas que no puedo admitir como verdades o absolutismos hieráticos.
Soy de un carácter dubitativo y escéptico ante los esquemas que intentan encuadrar de un modo restringido a la emoción. Soy partidario de Pirrón y de colocar todo en una infinita duda epistemológica, ya que el objeto mismo de estudio podría ser tomado como un objeto ficcionado, o aparentemente real, al igual del sujeto que ejecuta y/o la percibe. Adentrándonos aquí a una postura teatral, donde las emociones no son más que actuaciones actuadas por unos actores. Ficción peripatética por un ente de ficción (el sujeto). Reduciendo nuestra realidad emotiva a un teatro de mascaras, donde el lenguaje emocional (Guión) es simplemente, un recurso histriónico, indispensable para el contexto y que es construido como estrategia para el desarrollo eficiente de la obra colectiva (La sociedad).

Descubriéndonos así como fingidores, farsantes que ejecutamos la pantomima en una construcción  lingüística-emotiva, edificada a partir del símbolo traducido como ardid de nuestra relación con el otro. En definitiva la emoción la percibo como un objeto encubridor de esa nebulosa que nos habita y nos posee, dejándonos deliberadamente como huésped sucedáneo de nuestra propia mente. Como un parasito de nuestra realidad interna.

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