“El lenguaje es un vius”. W. Burroughs
“Lo que llamamos el «yo». El lenguaje y los
prejuicios
sobre los que éste se configura, impiden muchas
veces profundizar en el estudio de los fenómenos internos
y de los instintos, habida cuenta de que sólo disponemos
de palabras para designar los grados superlativos de éstos.
De este modo, nos hemos acostumbrado a no observar
con exactitud cuándo carecemos de palabras, dado que
sin ellas resulta extremadamente laborioso discurrir con
precisión.” (Nietzsche, 1994)
“soy un guardador de rebaños
el rebaño son mis pensamientos
y mis pensamientos son todos sensaciones” Pessoa
el rebaño son mis pensamientos
y mis pensamientos son todos sensaciones” Pessoa
En el campo de las emociones, podemos encontrar diversos postulados, tanto
filosóficos como cognitivos y psicológicos. Cada uno, con su particular teoría,
intenta articular una idea completa de un concepto tan ampliamente divergente y
enrarecido. Algunos hablan de procesos donde se involucran las sensaciones, la
percepción y el pensamiento, otros, sin embargo, como en algunas posturas
psicoanalíticas, tienden a desarraigar la emoción de un proceso cognitivo
consciente y colocarlo en una figura emergente del inconsciente. Pero es
indudable la importancia en todas estas teorías, la aparición del Objeto y su
engaño.
Cuando hablamos de Objeto, podemos fácilmente ligarlo al pensamiento de
realidad que este implica, como nos lo puede hacer notar, las ideas de Martin Heidegger.
El objeto se bifurca posiblemente en tres objetos, el objeto-cosa, el
objeto-sujeto y el objeto mismo.
En el caso del engaño, podemos asociarlo como espejismo, en la relación del
sujeto con el objeto, siendo el sujeto quien da el valor de existir al objeto,
al atribuirle una carga afectiva, para
así solucionar la esencia del objeto percibido irrisoriamente.
Algunos autores le atribuyen a la percepción, los juicios de valor y
principalmente al lenguaje una importancia vital en la construcción de las
emociones.
Yo quisiera tomarme el atrevimiento y anclarme un poco en la fabulación del
lenguaje. Entendiéndolo pues como un artificio indispensable en el crecimiento
cognitivo y de la interacción con nuestros semejantes, como llegara a plantear
Vigotsky en algún momento de su propia teoría de las emociones, y también como
un conjunto de signos y símbolos dinámicos que nos relacionan con el mundo
exterior y que intentan precariamente, incrustarnos a la representación del
mundo exterior.
Dejando esto pues austeramente en el tintero, quiero enfatizar, en la terrible alianza Emoción-Lenguaje,
frente al objeto percibido, descubriendo el lenguaje como la más recurrente
herramienta que tiene el hombre para mentir y para mentirse.
Mentir para existir, y existir por medio de simbologías comunes (el
lenguaje), pero que en el fondo nos devuelven a una babel inarticulada e interminable.
La emoción como impulso de una nebulosa interna, que no quisiera vincular al
pensamiento o la percepción, sino como una simple energía reactiva
desarticulada y desligada, que entra en conflicto con la realidad ajena. Que
sirve como mecanismo de defensa, entendiendo este mecanismo como un
encubrimiento de esa nebulosa intraducible por medio de cualquier lenguaje conocido.
Quizás aquí entraríamos en problemas propiamente competentes a la
dialéctica dentro del marco filosófico. Pero aun así, queriendo adherirme
infructuosamente a una idea integradora sobre lo que respecta al concepto de
emoción debo admitir que los senderos son inciertos, oscuros y paradójicamente
estrechos y asfixiantes. Podría circunscribirme en la idea Aristotélica y tomar
la emoción como producto de la retorica, como un mecanismo de “enganche” para
atraer la atención del otro a mi discurso, como una argucia del lenguaje. Pero ese
ideal quedaría en balde y solo brindaría sosiego a una porción ínfima de la
pesquisa.
Y aunque, no estaría en oposición frente a esta idea de lenguaje,
entendiendo pues el lenguaje como símbolo, como una construcción alegórica de
una percepción y porque no también como una desfiguración intencional de una
realidad presuntamente universal -como un ardid para el engaño de los otros-. Tendría
la impresión de que algo quedaría faltante. El engaño en el lenguaje es sólo el
vislumbramiento tenue de procesos interiores mucho más complejos y de los
cuales solo se han hecho conjeturas que no puedo admitir como verdades o
absolutismos hieráticos.
Soy de un carácter dubitativo y escéptico ante los esquemas que intentan
encuadrar de un modo restringido a la emoción. Soy partidario de Pirrón y de
colocar todo en una infinita duda epistemológica, ya que el objeto mismo de
estudio podría ser tomado como un objeto ficcionado, o aparentemente real, al
igual del sujeto que ejecuta y/o la percibe. Adentrándonos aquí a una postura
teatral, donde las emociones no son más que actuaciones actuadas por unos
actores. Ficción peripatética por un ente de ficción (el sujeto). Reduciendo
nuestra realidad emotiva a un teatro de mascaras, donde el lenguaje emocional
(Guión) es simplemente, un recurso histriónico, indispensable para el contexto
y que es construido como estrategia para el desarrollo eficiente de la obra
colectiva (La sociedad).
Descubriéndonos así como fingidores, farsantes que ejecutamos la pantomima en
una construcción lingüística-emotiva,
edificada a partir del símbolo traducido como ardid de nuestra relación con el
otro. En definitiva la emoción la percibo como un objeto encubridor de esa
nebulosa que nos habita y nos posee, dejándonos deliberadamente como huésped
sucedáneo de nuestra propia mente. Como un parasito de nuestra realidad
interna.

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