miércoles, 9 de octubre de 2013

Impostura de la Abuela


Impostura de la Abuela
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La semilla de la vida emerge del árbol de los muertos, sus restos han abonado el campo donde surgen nuevas quimeras moribundas. Yo que soy herencia de una diversidad de arquetipos antagónicos, yo que provengo de estirpes nómadas, arrieras, catalanas, gitanas, parias de toda la tierra, hijos del dios de los hombres. Han peregrinado en mí todos los hombres, han sido derrotados por la vida, el santo y el asesino, para darme su vaho y confundir mi alma de reproches y de angustias. Dentro de mí espíritu se agitan las voces de los olvidados, de los infinitos sin nombre, a los cuales he querido proyectar en el rostro de aquella madre vieja, de esa mujer que fácilmente pude llamar Lilith, pero que sin voluntad, adopte el primer nombre que de ella escuche: YAYA. Es ella la madre del tiempo y por ende del olvido. Ya hace mucho que su efigie física no me acompaña y aunque trato inútilmente de recostruir su sonrisa y el color de sus ojos, dentro del imaginario endeble de mi interior, es inevitable que poco a poco se ha ido sumergiendo en el claustro, del cual fue el demonio prisionero y donde a voluntad ahora se toma sus siestas harto de la preclara luminosidad de ese mundo exterior que tanto aborrece.
De ella, la abuela de mi madre, que a su vez, son la misma, con distinto cuerpo y tiempo, ha surgido la impostura de la Abuela, la herencia de mis ancestros, el espíritu de la vida y el rumor de la muerte.
Siendo yo un niño, construí un mundo idóneo y fabuloso, gobernado por el sufrimiento que se transforma en bondad, muy anclado en el criterio cristiano de la pasión. Adopté con su impostura, la cruz de sus ancestros, el dios terrible y el temor a su opuesto, configure un sistema de creencias absurdas del bien y el mal, en el que ahora me debato en una cruenta batalla neurótica y de la cual no escapare con vida. Fue ella (su entidad onírica) quien me hizo prometerle ser un ser excepcional, alguien original, no el manojo de fracasos y reproches que soy ahora.
En esos años infantiles, es fácil adoptar ese tipo de impostura, sin importar los demonios y los monstruos que tengas como reflejo. Así mi padre fuera un ser abominable y terrorífico, estaba la impostura de mi abuela que me protegía como un mantra de todos los males externos. Pero los sueños caducan de alguna manera, y se transforman en hidras, se complejizan, forman una telaraña que nos encadenara de por vida. Aquello que fue alguna vez hermoso para el niño, será el tormento del adolescente, la neurosis del adulto y la remembranza del anciano. Porque somos un circulo estúpido, una serpiente que se muerde la cola. Se llega la sabiduría cuando comprendemos que el principio es el fin y que ninguno de ellos es realmente en un trasegar, cuando comprendemos que la vida es hierática, que solo tenemos la ilusión de movimiento, que somos espectadores ausentes de nuestra propia vida. Que vivimos la vida en las imposturas de otros. Pero que jamás hemos dado un solo paso. Que seguimos siendo los mismos que aquel fecundado en el vientre materno.
Siguen transcurriendo los días, y sigo desconfigando mis imposturas, trastocándolas envenenándolas con ideas cada vez mas obsesivas. Sigo buscando el reflejo de la abuela perdida en mis primeros años adolescente, fabulo su compañía en sueños, presumo su presencia como un ángel irreprochable, pero todo es a causa del miedo, del miedo al desprendimiento, a soltar los anclajes. A dejar mi bajel a la deriva.




¿Podré heredar algún día el brillo de esos ojos grises, ocultos tras las arrugas del rostro sonriente de mi abuela?
Esta pregunta aun persiste en mi psique, es un mástil de apoyo para el devenir. Aunque luche a la contra de la impostura de mi abuela, mis ojos siguen el mismo norte que sus ojos muertos.

La impostura de la abuela está enteramente vinculada al concepto Ánima y del arquetipo de la madre de Jung y Su contraparte, El Animus, lo encontraremos no en el padre ebrio, si no en la impostura del Efrit. La impostura de mi abuela configura, lo femenino, lo sagrado, lo misterioso y por ende esta impostura es impulsada por la última impostura tratada en este texto y es ella la que gobierna a las otras. Hablo de la impostura de la dama blanca, que en términos psicoanalíticos podemos vincular a la llamaba pulsión de muerte. Entendiendo con claridad que la impostura no es más que un engaño, un espejismo para definir la personalidad del Self, partiendo de lo inconsciente. Con esto quiero dejar muy en claro que todas las imposturas adoptadas por el hombre se originan de una noción de mortalidad, de la impostura de la dama blanca.

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