Mi vida es la historia de la
autorrealización de lo inconsciente. Todo cuanto está en el inconsciente quiere
llegar a ser acontecimiento, y la personalidad también quiere desplegarse a
partir de sus condiciones inconscientes y sentirse como un todo. Para exponer
este proceso de evolución no puedo utilizar el lenguaje científico; pues yo no puedo
experimentarme como problema científico.
Lo
que se es según la intuición interna y lo que el hombre parece ser sub specie
aeternitatis se puede expresar sólo
mediante un mito. El mito es más individual y expresa la vida con mayor
exactitud que la ciencia. La ciencia trabaja con conceptos de término medio que
son demasiado generales para dar cuenta de la diversidad subjetiva de una vida
individual.
Así pues, me he propuesto hoy, a mis
ochenta y tres años, explicar el mito de mi vida. Sin embargo, no puedo hacer
más que afirmaciones inmediatas, sólo «contar historias». Si son verdaderas no
es problema. La cuestión consiste solamente en si este es mi cuento, mi verdad.
Lo más difícil en la configuración de una autobiografía consiste
en que no se posee ninguna medida, ningún terreno objetivo desde el cual
juzgar. No hay posibilidad de comparación. Yo sé que en muchas cosas no soy
como los demás, pero no sé, sin embargo, cómo soy yo realmente. El hombre no
puede compararse con nada: no es un mono, ni una vaca, ni un árbol. Soy una persona. ¿Pero qué
es esto? Como todo ente, también yo me separé de la divinidad infinita, pero no
puedo confrontarme con ningún animal, con ninguna planta y con ninguna piedra. Sólo
un ente mítico está por encima de los hombres. ¿Cómo se puede tener una opinión
definitiva acerca de sí mismo?
Una persona es un proceso psíquico al que
no domina, o sólo parcialmente. Por eso no puede dar un juicio final de sí
misma ni de su vida. Para ello tendría que saber todo lo que la concierne, pero
a lo más que llega es a figurarse que lo sabe. En el fondo, uno nunca sabe cómo
ha ocurrido nada. La historia de una persona tiene un comienzo, en cualquier
punto del que uno se acuerda, pero ya entonces era muy complicado. Uno no sabe adónde
va a parar la vida. Por esto el relato no tiene comienzo, y la meta sólo se puede
indicar aproximadamente.
La vida del hombre es un intento
arriesgado. Sólo cuantitativamente se le puede considerar como un fenómeno prodigioso.
Es tan efímero, tan insuficiente, que es un milagro que pueda existir algo y
desarrollarse. Esto me impresionó ya cuando era estudiante de medicina, y me pareció
que sería un milagro no morir prematuramente.
La
vida se me ha aparecido siempre como una planta que vive de su rizoma. Su vida
propia no es perceptible, se esconde en el rizoma. Lo que es visible sobre la
tierra dura sólo un verano. Luego se marchita. Es un fenómeno efímero. Si se
medita el infinito devenir y perecer de la vida y de las culturas se recibe la
impresión de la nada absoluta; pero yo no he perdido
nunca el sentimiento de algo que vive y permanece bajo el eterno cambio. Lo que
se ve es la flor, y ésta perece. El rizoma permanece. En el fondo sólo me
parecen dignos de contar los acontecimientos de mi vida en los que el mundo
inmutable incide en el mutable. De ahí que hable principalmente de los
acontecimientos internos. A ellos pertenecen mis sueños e imaginaciones. Además
constituyen la materia prima de mi trabajo científico. Fueron como de lava y de
basalto que cristaliza en piedra tallable.
Al lado de los acontecimientos internos los
demás recuerdos (viajes, personas y ambiente) se esfuman. La historia de la
época la han vivido y escrito muchos: mejor leerles a ellos o escuchar cuando
alguien la cuenta. El recuerdo de los factores externos de mi vida ha
desaparecido o se ha difuminado en su mayor parte. Sin embargo, los encuentros
con la otra realidad, el choque con el inconsciente han marcado mi memoria de
modo indeleble. En este aspecto hubo siempre plenitud y riqueza, y todo lo demás
quedó eclipsado.
Así, pues, también los hombres se convirtieron
en recuerdos imborrables sólo cuando en el libro de mi destino tenían ya sus
nombres incorporados desde mucho tiempo antes, y su conocimiento venía a ser
como una revelación.
También las cosas que en la juventud o
posteriormente me afectaron desde lo externo y se me hicieron importantes lo
fueron al quedar incorporadas a la experiencia interna. Llegué muy pronto a la
convicción de que si no se da una respuesta y solución desde lo interno a las
relaciones de la vida, su significado es muy pobre. Las circunstancias externas
no pueden sustituir a las internas. Por eso mi vida es pobre en acontecimientos
externos. De ellos no puedo decir gran cosa, porque lo que dijera me parecería vacío
o trivial. Sólo puedo comprenderme a partir de los sucesos internos.
Constituyen lo peculiar de mi vida, y de ellos trata mi «autobiografía».
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