Empezaremos esta indagación sobre el texto con una pregunta fundamental que nos dispara el autor: “¿Qué es un ser entregado a la escucha, formado por ella o en ella, que escucha con todo su ser?” (Nancy, 2007) y antes que nada debemos pensar si este ser es un ser real o es solo una quimera lucubrada con el fin de depositar una ilusión total de escucha en el pensamiento filosófico. Tal vez ese ser entregado a la escucha no sea siquiera un ser humano, o un ser pensante, tal vez un muerto, que aún conserva un dejo de este sentido antes de que todo su mecanismo se acabe por completo. Entregarse por completo a la escucha es despojarse del resto, dejar las amarras, anular los distractores, ser como dice el propio Nancy un Cuerpo en resonancia. Un cuerpo vacío como el cuerpo de una guitarra, como el cuerpo sin órganos de Artaud que recibe la violación del sonido que perpetra su estructura vibrante y anhelante. Desde las primeras páginas, Nancy baja de la aparente potestad del filósofo para el encuentro con la escucha:
“¿El filósofo no será quien entiende siempre (y entiende todo) pero no puede escuchar o, más precisamente, quien neutraliza en sí mismo la escucha, y ello para poder filosofar?” (Nancy,2007) que es lo que nos revela entonces el autor al quitar el privilegio de la escucha al filósofo, le quita el privilegio de un saber que carece precisamente por poseer o pensar que posee un saber, o mejor porque goza de entendimiento para entender la escucha. Así pues, el filósofo, es quien hace oídos sordos para no escuchar, es quien se pone la cera en los oídos para poderse escuchar y no escuchar para para suplantar la escucha por un entendimiento. Es aquel que pone una resistencia a la escucha, por medio de un saber tenue e improbable. Vicia el acto sonoro con prejuicios pensantes. Su intención es limitarla por medio del entendimiento, negando que el cuerpo se ponga en resonancia. Es por eso la necesidad de vaciar el cuerpo, de despojar las gavetas llenas de palabras, imágenes, recuerdos, evocaciones, de pensamientos, ni siquiera debe haber espacio para las telarañas. Se ha de esperar que sea un cuerpo inmaculado, reluciente hecho propiamente para hacer que el acto sonoro cumpla su propósito sin sentido. El sonido quizás en su forma pura es pues una verdad intraducible que se expande una vez ataca al cuerpo y lo hace vibrar, gritar y rechinar. Ha de romper la tensión instaurada por la filosofía que vincula el sentido al entendimiento.
El entendimiento es casi siempre relacionado a un trabajo de observación riguroso, y la observación no es otra cosa que una cualidad de la visión. Por su parte los sonoro, no es expectante, ni espectador, es el intruso, es aquello que no necesita de un objeto para ser, es el ser mismo. Es el profanador de otros cuerpos:
Lo sonoro arrebata la forma, nos dice Nancy. No la disuelve; más bien la ensancha, le da una amplitud, un espesor y una vibración o una ondulación a la que el dibujo nunca hace otra cosa que aproximarse.
La visión no perturba ni transgrede el objeto mirado, incluso con solo cerrar los ojos, el objeto desaparece y aparece la ilusión de un recuerdo de aquel objeto ausente de allí que surja la imaginación de este. Por el contrario, lo sonoro: aparece y se desvanece aun en su permanencia. Esto último da una idea de un carácter incorpóreo en el acto de escucha. Sin embargo, puede ser todo lo contrario, si hacemos caso a los consejos de Nancy y someternos a la escucha a plenitud, dejando de lado las ideas e impresiones de los otros sentidos como la visión. Una vez hecho esto entramos al reino sonoro donde todos los cuerpos vibran, tanto el instrumento que procura el sonido, como el sonido mismo y aquel cuerpo que se deja afectar por el sonido. Aunque cabe aclarar, que es insensato pensar que un cuerpo pueda a plenitud y totalidad no dejarse afectar por un sonido hecho acto.
Nuestro autor nos trae a colación el concepto antiguo de escucha. Donde “«Estar a las escuchas» consistió, ante todo, en situarse en un lugar escondido para poder sorprender desde el una conversación o una confesión.”
Escuchar era pues propio de quien estaba oculto y era participe de un misterio revelado por otros, sin que estos se supieran escuchado. De allí que la escucha haya sido usada como herramienta de la confesión, donde un escucha oculto, posee la virtud de recibir una revelación ajena sin que este sujeto, sin que el espía sea revelado o revele a su vez algo a quien le confesado su verdad.
la confesión auricular corresponded a una intimidad secreta del pecado y el perdón?
Y tal vez ese carácter confesional y distorsionado, velara el verdadero sentido de estar a la escucha, como aquel que recibe un saber prohibido o ajeno sin permiso del emisor de este saber. Y proponga lo siguiente: Estar a la escucha» constituye hoy una expresión cautiva de un registro de sensiblería filantrópica en que la condescendencia hace eco a las buenas intenciones, a menudo, también, en una tonalidad piadosa.
Sin embargo, esa escucha piadosa que tanto la usa el clérigo como el analista no es más que un velo, porque volvemos al problema inicial, a la tensión entre entendimiento y escucha. Ese supuesto carácter caritativo, no es más que pedantería y orgullo disfrazado de bondad la escucha de esto no es más que la forma para imponer en aquel que profiere un sonido, un pensamiento a modo de consejo o de interpretación divina de aquel sonido que en primera instancia no se ha querido escuchar. Simplemente a permanecido en silencio como el depredador oculta tras las ramas, contemplando sigiloso a su presa, escuchando cada movimiento, cada palpitar, cada respiración de su presa y en el momento oportuna se lanza esta para devorarlo con su impositivo entendimiento de aquello que no quiso escuchar. Es una escucha del sometimiento, es un juego de máscaras, no es una escucha sumisa, que escucha bondadosamente los secretos del otro sin juicio, es una escucha que somete, que busca interpretar el acto sonoro para ponerlo en sus palabras, para producir un eco Amo y de este modo el sonido solo sirva de látigo para doblegar a quien se ha liberado del sonido o meramente lo ha hecho un instante sonoro no solo para el si no para los actores del tiempo en que fue ejecutado el acto. Podríamos pensar que esta es la escucha del cazador oculto.
Por eso nuestra escucha se convierte en un arma eficaz en los oídos indicados. Y es por eso por lo que se quiere aguzar el oído filosófico. Ir más al fondo del abismo de la escucha, a ese lugar donde solo el hombre ha podido escuchar el eco de las sirenas, ese que esconde un secreto ominoso, ese que tiende a ser interpretado sin haber sido escuchado como el sonido primigenio. Pero ¿de qué secreto se trata cuando uno escucha verdaderamente, es decir, cuando se esfuerza por captar o sorprender la sonoridad y no tanto el mensaje?
Es quizás la escucha de un anhelo imposible, de la imposibilidad misma. Escuchar lo imposible. De allí que muchos, se paren en los abismos a intentar franquear con los propios abismos de sus oídos que se encuentra más allá del silencio de estos dos abismos insondables. Esos dos silencios irreconciliables en casi todos los momentos, el silencio de ese cuerpo que escucha y el silencio de ese cuerpo que esta a punto de emitir un sonido o no.
Pero volvamos a Nancy para entender lo inentendible para encontrar el sinsentido que es buscarle un sentido a la escucha para aproximarse a eso imposible: Estar a la escucha es siempre estar a orillas del sentido o en un sentido de borde y extremidad, y como si el sonido no fuese justamente otra cosa que ese borde, esa franja o ese margen.
Interpretemos pues a los autores de estos dos abismos:
1.El cuerpo sonoro no es solo aquel que emite un sonido, quien se traslada en vibraciones, quien se mueve a través de otros cuerpos resonantes donde él a su vez se escucha y se relaciona consigo mismo y a su vez lo aleja de sí. El cuerpo sonoro, padece un poco lo que vive un ser angustiado como lo propone Kierkegaard, un ser que se debate, que esta en tensión entre dejar de ser para ser otro y que luchar por permanecer ser.
2. mientras que quien se dispone a estar a la escucha será siempre estará tendido hacia o en un acceso al sí mismo (deberíamos decir, de un modo patológico, un acceso de si: ¿el sentido —sonoro— no será ante todo y en cada oportunidad una crisis de sí?). este cuerpo que escucha, este cuerpo de resonancia busca en ese sonido que lo invade, escuchar, expandirse, llenarse de sí. En otras palabras, este cuerpo busca el sentido de su ser en el sonido de ese cuerpo sonoro, que es tal vez un pobre eco de lo que quiere escuchar de sí. Es por eso que: Cuando estamos a la escucha, estamos al acecho de un sujeto, aquello (el) que se identifica al resonar de sí a sí, en sí y para sí, y por consiguiente fuera de si, a la vez igual a si y distinto de si, uno como eco de otro y ese eco como el sonido mismo de su sentido.” Pero este ideal del ser se cae con el acto sonoro, aunque se persista fútilmente buscando un sonido secreto a aquello que se escucha, a sabiendas que el sonido no tiene una cara oculta. El sonido es lo que es, es el ser mismo. Estar a la escucha es despersonalizarse y hacerse cargo de si a la vez. Es dejar de ser y ser a la vez. Es una especie de búsqueda de desdoblamiento donde el ser sale de si mismo para escucharse desde dentro. Es por eso que los autores del acto de escucha se confunden, porque también el cuerpo sonoro padece su propia escucha, no es un simple emisor, su cuerpo es un cuerpo en resonancia, es un cuerpo que vibra con su propio sonido. Asi como el poeta o el cantaor apasionado se conmueve con la sonoridad de su propia voz.
Este fenómeno es algo que esta inscrito desde nuestro primer encuentro trágico con el mundo. Incluso antes de salir de la caverna a la luz.
¿qué es el vientre de una mujer embarazada, si no el espacio o el antro donde va a resonar un nuevo instrumento, un nuevo órganon, que se dobla sobre sí mismo y luego se mueve, y solo recibe del exterior los sonidos a los que, un buen día, se pondrá a hacer eco mediante su grito?
Una vez fuera del vientre nuestra primera arma para arremeter contra el mundo es nuestro propio llanto (un sonido totalmente desconocido para nosotros dentro del vientre) pero es en el vientre donde, hombres o mujeres, terminamos por escuchar o comenzamos a hacerlo y ese llanto inaugural del mundo fuera de la caverna nos conecta con lo desconocido, su eco, el sonido que producimos nos arremete como el primer ser amenazador que el mundo exterior nos pone en frente y que nos delimitará para ir adentrándonos a este, que no será ya mas nunca el mundo exterior sino una proyección de nuestro mundo interior. El mundo será pues un eco perdido de la caverna entrañable.
¿qué es una figura tan pulsada como escandida, «iniciada por el tiempo», sino una figura que ya se perdió y todavía se espera, y que se llama (grita en dirección a si, se da o recibe un nombre)? ¿Y qué otra cosa es un sujeto? ¿No es el sujeto mismo el inicio del tiempo, en los dos valores del genitivo: este lo abre y es abierto por él? ¿El sujeto no es el ataque del tiempo?
Escucharemos entonces un imaginario ausente del mundo, un canto lejano que intentaremos codificar con el lenguaje de las palabras, pero será un acto inútil ya que Quizá no escuchemos jamás otra cosa que lo no codificado, lo que no está aún encuadrado en un sistema de remisiones significantes, y no entendamos sino lo ya codificado que decodificamos.) y de allí nuestro afán baladí de encontrarle un sentido, de enraizarlo a un mundo de entendimiento impropio.
Lo sonoro se hace omnipresente, como cualquier manifestación contundente de la inmanencia de la realidad, ya que lo sonoro en su presencia nunca es mero ser ahí o estado de las cosas, sino que es siempre, a la vez, avanzada, penetración, insistencia, obsesión o posesión, al mismo tiempo que presencia. Es el mundo mismo y su negación y tensión. El sonido delimitará el tiempo del mundo, nuestro eco, intentará por medio del ritmo fragmentar este tiempo inmanente, El ritmo no solo como escansión (formalización de lo continuo), sino también como pulsión (relanzamiento de la persecución), para si perpetuar esa ilusión temporal de control de la cual desposeemos todo tipo de poder más que una ilusión psicótica. Aquí el ser es un ente, nos dice Nancy, pero no un ser del hacer sino un sentido, por ende, imposible de entender/comprender, un sentido insignificable pero que, tal vez, se deja... escuchar
La música es una o quizás la mas bella forma de esa fragmentación ilusoria del tiempo infragmentable. El sonido (y/o el sentido) sería lo que en principio no se focaliza, pero que la música intenta dar la ilusión de hacerlo. Con el silencio ocurre, no una privación sino una fuerza de ataque futura, una disposición de resonancia. Y ese silencio es quizás el arma secreta de aquel que escucha, porque, es ese cazador ya nombrado que se esconde tras sus oídos, con o sin cera, dispuesto o no a escuchar, pero siempre a la escucha, al asecho de esta. Y su arma está en esa fuerza de ataque contenida, en ese silencio porque,
el sujeto de la escucha siempre esta aun por venir, espaciado, atravesado y convocado por sí mismo, sonado por sí mismo. Pero esta arma funciona como lo hace la espada del samurái, que es infinitamente peligrosa cuando esta envainada y completamente vulnerable cuando este desnudo. Porque el sujeto de la escucha este sujeto a la escucha, como se puede estar «sujeto» a un trastorno, una infección y una crisis. Quien está sujeto a la escucha y es un sujeto de la escucha, es alguien que la padece, alguien que la vive en carne propia, al convertirse en ese cuerpo receptor de sonido, en esa caja de resonancia que expande por todo su ser el sonido que busca ser el mismo. Así pues, Estar a la escucha es estar dispuesto al inicio del sentido y por ende a una entalladura, un corte en la indiferencia insensata, al mismo tiempo que a una reserva anterior y posterior a toda puntuación significante. Quien esta sujeto a la escucha también está sujeto a una voz, y su voz esta sujeta esta. Y es por pertinente mencionar lo que dice Nancy de Lacan frente a la voz es «la alteridad de lo que se dice»: aquello que, en lo dicho, es otra cosa que lo dicho,4en algún sentido lo no dicho o el silencio pero en igual medida el decir mismo y, además, ese silencio dicente como el espacio en el cual «me escucho a mí mismo» cuando capto significaciones, cuando las oigo venir de otro o de mi pensamiento (es lo mismo). Solo puedo oírlas, efectivamente, si las escucho resonar «en mi».
Lacan especifica: «En cuanto distinta de las sonoridades, la voz [...] resuena
Con esto podríamos entender que la propia voz de aquel que está sujeto a la escucha es a su vez una resonancia de multiplicidad de sonidos, de voces escuchadas. Quien está en esta situación puede hallar una posibilidad de sentido en la posibilidad de resonancia, lo que Nancy llama la sonoridad misma. Para posibilitar el sentido hay que hacer resonar, aquel sonido, expandirlo dejar que se mueva en el cuerpo resonante, que el eco se reproduzca en todas las direcciones, no limitarlo y capturar su resonancia. Es por eso que nos dice Nancy que:
El sentido es, en primer lugar, el rebote del sonido, un rebote coextensivo a todo el pliegue/despliegue de la presencia y del presente que hace o abre lo sensible como tal, y que abre en el exponente sonoro: el apartamiento vibrante de un sentido, en cualquier sentido que se lo entienda.
Y para que esto ocurra, para que el sentido tenga una posibilidad se debe primero tratar la pura resonancia como apertura del sentido (sentido que va más allá de la significación), tratar al cuerpo como caja de resonancia y al sujeto como aquello que vibra a la escucha o ante su eco.
Frente a la interpretación de este sentido o esta posibilidad de sentido, Nancy nos recuerda, que la interpretación, siempre estará subordinada al otro, aquel cuerpo que produjo el acto sonoro y a la sonoridad misma. Así que la interpretación no será un producto propio si no una emancipación de un encuentro sonoro.
Y un ejemplo claro de esto es la música donde su sentido está en su resonancia; su composición está sometida o destinada a ella. Pero la música misma, para ser música, juega con los recursos sonoros de los cuerpos golpeados, frotados, punteados, y los juega.
Detengámonos en esta ultima palabra, entender la música, o el evento sonoro como un juego entre los cuerpos que entran en escena para el acto sonoro. El juego no es una ley pero tiene un carácter de aprendizaje y también un carácter dinámico. Para que el juego ocurra debe haber movimiento, golpes, sonidos e instaurarse dentro de un tiempo que se distribuye en unos ritmos que hacen que el juego marche en su propio tiempo. Esto hace la música, es un juego, donde las cosas no son siempre lo que parecen, pero son lo que son en el tiempo de su ejecución el tiempo que afecta y fragmente, el tiempo mismo.
La música…acalla el ruido e interpreta los ruidos: los hace sonar y tener sentido ya no en cuanto ruidos de algo, sino en su propia resonancia.
El juego musical da sentido al sonido dentro de su juego mismo, dentro de su resonancia,
El sentido, si lo hay y cuando lo hay, nunca es neutro, incoloro o áfono: aun escrito, tiene una voz. Sin esa voz no existirá el sentido por lo menos podría expresarse una posibilidad este en el evento sonoro.
Incluso cuando se escribe sea música o palabras: no es otra cosa que hacer resonar el sentido más allá de la significación o más allá de sí mismo. Es vocalizar un sentido que, para un pensamiento clásico, pretendía ser sordomudo, acuerdo destimbrado de si en el silencio de una consonante sin resonancia.
La música entonces al ser una voz y un cuerpo se escucha a si misma, encuentra su propia resonancia en su propia escucha y allí mismo encuentra su sentido, pero por fuera de ella pierdo todo lo que es ya que no logra ser. Los oídos dan acceso a la caverna sonora en que entonces nos convertimos.
Pero que hace única a esa voz, que la diferencia de otros ruidos sino el timbre que es según Antoine Bonnet, lo que es real en la música, en otras palabras, el sonido mismo. El timbre es materia sonora, que como dice Nancy persiste en su condición de materia (voluminosa e impenetrable: en el caso presente, más bien vigorosamente penetrante)
Wittgenstein, después de proponer la experiencia limite o imaginaria de oír un sonido separado de su timbre, termina por tomar este último como la imagen privilegiada de lo que denomina «experiencia privada» y, por consiguiente, no comunicable.
Quedamos a la deriva, sin un entendimiento las allá del sentir la escucha, un sentir los sonidos que nada comunican pero que son la comunicación misma, el sonido es el sentido infranqueable que se hace latente, ese que hace vibrar, danzar y resonar al cuerpo del escuchante. Lo hace una escucha viva, presente, latente e irrepetible. Es el instante de la materia sonora conducida por medio del cuerpo, aguzada por el timbre, esa voz singular, aquello que vincula y aleja, la permanencia, la manifestación de lo real, es el canto secreto, es aquello por venir que nunca llega, es comunicación de lo incomunicable, a condición de entender con claridad que, de manera perfectamente lógica, lo incomunicable no es otra cosa que la comunicación misma, aquello a través de lo cual un sujeto se hace eco: de si, del otro, todo es uno: todo es uno en plural.
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