martes, 15 de noviembre de 2022

DIVERTIMENTO Y OLIGOFRENIA

 


 

“-¡Oh! -dijo el Ermitaño-, son ídolos de la imaginación, fantasmas de la apariencia: todas están vacías, y hacemos creer que están llenas de substancia y solidez.” Gracián

 

“…yo preferiría ser desdichado antes que gozar de esa felicidad falsa y embustera que tenéis aquí.” Huxley

 

“Simular es fingir tener lo que no se tiene.” Baudrillard

 

“Menos aún deseo hablar con erudición, pues la conversación erudita es pose de ignorantes y profesión de desocupados mentales.” Wilde

 

DE IMPOSTURAS Y OTRAS MAJADERIAS

Imaginemos a un hombre al que se le impone la realización de un ensayo partiendo de unas lecturas y un tema que no van hoy en consonancia con su voluntad y no está de paso sumar que este hombre a su vez se siente por estos días más afín a la escritura del no, cómo llamaría Vila-Matas, circunscribiéndose así a los tantos Bartleby del mundo de la escritura y pensando como el primero descrito por Melville que si por el fuera diría que: "preferiría no hacerlo". Pero ya hemos dicho que este hombre no ha de trabajar por voluntad propia sino por una impuesta y su deseo de escritura no sucederá más que una impostura, un academicismo famélico como los que abundan en los anaqueles universitarios donde el polvo cibernético los sepulta en el olvido de un casi sempiterno banco de datos.

Este hombre piensa, a su vez, que el autor al que debe leer para realizar este ensayo, que no es otro que el peruano Vargas Llosa, no es más que un carcamal retrogrado que fácilmente podría ser anexado como uno de los tantos personajes infames que habitan las páginas de La literatura nazi en América de Roberto Bolaño y que lo único provechoso que ha hecho en el mundo literario es quizá darle un puñetazo a su colega y también nobel, Gabriel García Márquez.

Este hombre al que debemos darle un nombre, pero al que la mano que escribe no puede enunciar en primera persona, ya que esta mano que escribe y esta voluntad de impostura que la mueve se ciñen muy fielmente a la frase de Rimbaud: “Yo es otro”; y más, sabiendo que el oficio de escritor es en sí mismo un simulacro (palabra que se usará con frecuencia en este ensayo). Así pues, llamemos al autor de estas páginas con su verdadero oficio: Simulador, dejando con esto un poco más claro quizás el horizonte aún incierto al cual se encaminan sus palabras. La impostura de esta voluntariosa mano que escribe titubeó ante el categórico nombre dado al hombre, que puede el lector de estas líneas (si es que exista alguno), optar por otros que pasaron por la cabeza de este hombre: usurpador, farsante, canalla, embustero, sofista, charlatán… todos estos muy acordes al carácter que envuelve a la mano que escribe hasta ahora. Pero no es fortuita la elección de llamarse Simulador, ya que el asunto que atañe a este ensayo va muy acorde con lo que en su momento propusiera Baudrillard, frente al suceso de la hiperrealidad y muy al respecto de lo que Debord refiere al papel del espectáculo: “El espectáculo se muestra a la vez como la sociedad misma, como parte de la sociedad y como instrumento de unificación.” A medida que la mano avance buscando términos volverán las palabras a citar estos autores, de la mano de otros tantos. Pero antes de proseguir es importante declarar que el simulador de este ensayo se va más del lado de Debord, así al nonagenario peruano le agrade muy poco esta mirada subversiva. Más no es entera la culpa de este simulador, que a veces sus palabras tengan un tono incendiario, ya que viene de una fascinación por tipos oprobiosos y provocadores como Stirner y Armand.

También puede decirse un poco más de este simulador, que en el ensayo encuentra la ocasión perfecta para el humor, para la sátira mordaz; en otras palabras: para decir algunas verdades. Y es justo que, en este punto medio de la introducción (donde poco o nada se ha dicho del tema a abordar), se haga hincapié en el carácter errático de su prosa, y que como buen deudor de Sterne y Swift (ya que el simulador se sueña descendiente profano de la picardía irlandesa) sea diletante amador de las digresiones. Y en su defensa aclara, nuestro simulador, que la digresión es para él una forma de complementar, de engrosar y analizar de forma trasversal desde diversos flancos un tema y llegar a lugares que los autores cronológicos pocas veces logran atisbar.

Dejando esto a medias tintas, es mejor proseguir con menesteres más atinados al tema que aún no se circunda.

 

LA INDUSTRIA DEL ESPECTÁCULO

Es hora de meter mano en las palabras de otro (es así como se hace un ensayo o por lo menos así entiende el simulador la forma y estructura para hacerlo como lo propone la obra por Montaigne). Ya que la argumentación no viene a caer en el papel por obra divina ni la mano es guiada por un psicótico daimon que presume cargar en su fuero interno con la voz de Dios. El ensayo se debe valer de la palabra de otro, y así hasta el comienzo de los tiempos de la palabra cuando el primer hombre emitió el primer balbuceo. Es de necios pensar que la verdad yace en mortal entendimiento, que brilla más por su pereza y estulticia que por otras cualidades a las que la iglesia a la que tanto se aferra Vargas Llosa intenta respaldar. Y es en este punto donde la mano se detiene y se pregunta por la potestad de Vargas Llosa para aseverar que los escritores son hombres de valía, hombres cultos (casi santos y mártires) y ponerlos del otro lado de la balanza de las vedettes y los majaderos. Y para esto se remite el simulador al mismo Montaigne. …no deja por ello de ser una presunción torpe la de condenar como falso todo lo que no se nos antoja verosímil, que es vicio en que caen los que se figuran ser dueños de alguna capacidad que sobrepasa los límites de la generalidad.” Esto no es más que un empobrecido discurso moralizante (de dudosa moral sea dicho), atribuir dones a un perezoso que en vez de tomar la espada como diría Cervantes prefiere tomar la pluma. Y se pregunta de dónde Vargas Llosa habla con toda potestad de su lugar como escribidor, comentarista y periodista (oficio, este último, al que también tiende a encumbrar como si aquellos truhanes amangualados por el poder político que les convengan traen en sus crónicas la inmaculada verdad), más allá del mundo editorial (que no es otra cosa que parte de la industria del espectáculo actual) de su propio narcisismo y delirios mesiánicos. Piensa el simulador que, por estos rasgos, no es fortuito que Vargas Llosa se amparé en la religión, así como el creyente se aferra a la cruz y la oración para suplicar por no inevitable.

 

Pide en este momento el simulador, un poco de piedad y conmiseración para Vargas Llosa, y ve justo resaltar que la senilidad que este lleva consigo no es asunto de mofa, todos he hemos conocido, ya sea en nuestra casa o fuera de ella, a un viejo tarumba que solo suelta disparates y desatinos ya que su materia cerebral se ha ido secando como nuez[1] con el trasegar de los decadentes años de senectud. Es por eso que el simulador exige que se tenga en cuenta otro asunto, a sabiendas que las arrugas no son más que anuncios de un fin, y que la muerte deja de ser un simulacro para volverse un asunto impostergable a quien está a portas de ella, y aunque en el autor de La ciudad y los perros, tema a este tema[2], y quiera usar argucias fútiles pare evadir lo imbatible, secretamente sabe que este es un asunto que nada tiene de frívolo y es quizás más serio para su propia persona que el asunto del libro La civilización del espectáculo. Aunque este pobre escribidor anciano pretende aferrarse a la ilusión de una inmortalidad anodina, en la que él se excusa falseando al pensar que la imprenta es una eternidad más tangible que el reino de los cielos[3]. Es fácil ver el símil de lo imposible de su empresa. Ni la religión ni la industria editorial podrán librarlo de lo insondable. Una vez aclarado este asunto de la demencia senil y la muerte, el simulador estima necesario comenzar a hincarle el diente al tema del libro antes de que al autor peruano se la caigan todos los dientes.

Comienza pues Vargas Llosa haciendo un repaso de otros autores que han tocado el asunto que ha de tratar en su libro, y no es casual que comience por el poeta antisemita T. S. Elliot, con el que quizás tenga muchas empatías, en cuanto a estas cuestiones, pero caiga gracia o sino vergüenza cuando se hermana en pensar que la religión es la base de la cultura, y es acá donde el simulador se pregunta si es que tanto T. S. Elliot como Vargas Llosa no encuentran diferencia alguna entre cultura y creencia. Dice pues Vargas Llosa amparándose en el poeta norteamericano de principios del XX:

Cultura y religión no son la misma cosa, pero no son separables, pues la cultura nació dentro de la religión y, aunque con la evolución histórica de la humanidad se haya ido apartando parcialmente de ella, siempre estará unida a su fuente nutricia por una suerte de cordón umbilical. (Vargas llosa, 2012, p.7)

Y para colmo, según parece, que para ambos autores la religión que mejor engendra la cultura es la cristiana, dejando muy claro nuevamente su postura religiosa y por qué no, política, frente a las dos últimas décadas de la primera mitad del siglo XX: “Sólo una cultura cristiana podía haber producido a Voltaire o Nietzsche. Yo no creo que la cultura de Europa sobreviviría a la desaparición de la fe cristiana.”

Pero para lavarse un poco las manos y no quedar al descubierto en su frivolidad (palabra a la que tanto ataca y dice ser en la que ha caído la cultura actual) decide citar a otro autor, al crítico y ensayista George Steiner, que se molesta con T.S. Elliot, por omitir los pasajes terribles del holocausto nazi en su ensayo:

Steiner insinúa que tal vez la razón de que Eliot no haya encarado «la fenomenología de los asesinatos producidos en Europa, desde el sur de España hasta las fronteras del Asia rusa entre 1936 y 1945»[2] (p. 52), sea su antisemitismo, privado al principio, pero que su correspondencia, luego de su muerte, sacaría a la luz pública. Su caso no es infrecuente, puesto que ha habido muy «pocos intentos de relacionar el fenómeno dominante de la barbarie del siglo XX con una teoría general de la cultura». (Vargas Llosa, 2012, p.8)

El simulador estima necesario detenerse un instante, para elogiar el ardid casi mágico de la antigua figura del Boom latinoamericano (¿Acaso alguien puede dudar de la inteligencia supina de este crack de las letras?), para disimular (y no simular) su propio antisemitismo privado, aunque quede en evidencia unas cuantas páginas más adelante donde insinuará sin falta perceptible de talento retórico su nostálgico amor por lo que él llama la Alta cultura, concepto con el cual el simulador llega a encontrar cierto parentesco con el discurso fascista, enmascarado de defensa estética, donde se investía como  arte degenerado a todo arte que iba en contravía de la oligofrenia eugenésica que gobernaba las cabezas de esa clase oligarca y monárquica de Europa que hoy por hoy parece resucitar del camposanto de la insensatez. Un arte intimista o revolucionario que atentaba contra los valores conservadores y pulcros de la cultura germana.

Es claro que estos pensamientos melancólicos, achaques de bilis negra o ponzoñosa (vaya el lector a decidir cual adjetivo le va mejor) no son más que destellos de la sequedad de un genio echado a perder crapuloso (si es que en su momento lo tuvo) quizás por una vanidad descollante al ver que esa efigie de galán va resquebrajando y cayendo en pedazos ante en el espejo de la soberbia y, como en el relato de Dorian Gray, va dejando de manifiesto el verdadero rostro de un hombre crapuloso y hostil. Mas, en su defensa, el simulador, que entiende un poco lo que es vivir en el oprobio y sus antípodas, sale entonces como paladín famélico a defender al prosaico escritor peruano y se atreve a citar dos autores que fácilmente entrarían en la categoría de lo que algunos puristas con gangrena en la lengua y el sieso llamarían un arte degenerado, escritores que militaron con el discurso fascista sin pudor y llenos de orgullo, enajenados con las arengas que pretendían ser baluarte de la humanidad y se proclamaban como una clase superior por encima de sus semejantes (Allí Vargas Llosa encuentra su nicho y de allí que presuma que el hacerse escritor le da alguna clase de potestad) como lo fueron, el nobel de literatura Knut Hamsun (hoy ya un tanto olvidado y que en su ruina vital recuerda a Vargas Llosa, ya que fue en sus últimos años cuando apoyó la escalada del Tercer Reich en Europa) y el paria francés Louis-Ferdinand Céline, autor de Viaje al fin de la noche, (novela insurrecta y que mucho serviría ser leída por los escritores de hoy que están al servicio de la industria del espectáculo editorial, para ver si se espabilan un poco y dejan el capote erudición pedante y escueta y de ese modo simular un poco mejor su falta de ingenio).

Pero dejemos ya este asunto de políticas espectaculares y grotescas para otro momento de este ensayo (aunque estos aires totalitaristas parezcan rondar como un fantasma todo este tema de la sociedad y el espectáculo actual), ya que el simulador cree conveniente comenzar en una aparente in media res y proponer su tesis de la cultura como simulacro.

 

LA CULTURA COMO SIMULACRO

Es importante, antes de proseguir, citar lo que para el simulador parece ser la tesis de Vargas Llosa en su libro:

La civilización del espectáculo está ceñida en cambio al ámbito de la cultura, entendida no como un mero epifenómeno de la vida económica y social, sino como realidad autónoma, hecha de ideas, valores estéticos y éticos, y obras de arte y literarias que interactúan con el resto de la vida social y son a menudo, en lugar de reflejos, fuente de los fenómenos sociales, económicos, políticos e incluso religiosos (Vargas Llosa, 2012, p.9)

De este modo, es imperioso para el simulador hablar con prontitud del concepto de simulacro propuesto por Baudrillard en su ensayo titulado Cultura y simulacro (1978) en el que explora algo que llama la Hiperrealidad y cómo esta tiene que ver con el simulacro: “La simulación no corresponde a un territorio, a una referencia, a una sustancia, sino que es la generación por los modelos de algo real sin origen ni realidad: lo hiperreal.”(Baudrillard) y estos conceptos de alguna forma se pueden reforzar con el pensamiento de dos autores anteriores: con el ya antes mencionado Debord que es el último citado por Vargas Llosa y del que parece tomar ideas para el título de su libro pero al cual supone el simulador, Vargas Llosa no ha de ser de sus afectos por contrarias inclinaciones sociopolíticas con La sociedad del espectáculo (1967) y con Walter Benjamin con La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (1936).

 

Pide el simulador, ser un poco respetuoso con las jerarquías, así sólo sean cronológicas y abordemos a Benjamin quien en ese libro expone desde ya y de una forma estilizada las perversiones del fascismo desde el mundo del arte. Sepamos pues que el arte, (o esto piensa el simulador, contrariando con vergüenza la sapiencia de Vargas Llosa), es la columna vertebral de la cultura y no la religión o la familia como lo dicen T.S. Elliot o el escribidor de Pantaleón y las visitadoras. Es entonces acá como Benjamin y Vargas Llosa se encaran y volvemos al asunto de las castas, eso de alta y baja cultura. Donde el peruano se empeña en creer que debe volver a haber una clase privilegiada para encargarse de la creación y la difusión de la cultura, para que todo vuelva a ser mejor. Quizás sea pertinente entonces citar a Lampedusa: “Si queremos que todo siga como está, hay que hacer que todo cambie”.

Si bien Vargas Llosa es consciente de que los límites entre baja y alta cultura se han desdibujado no se cansa de añorar esos tiempos pasados donde la alta cultura era lugar privilegiado para una minoría elitista. Pero allí comete otro devaneo al pensar que esa alta cultura de un tiempo remoto no era frívola. Si bien podría ser distinta a la de ahora, la cultura carga en sí y en todos los tiempos un carácter frívolo, incluso podría decirse que es uno de sus rasgos más distintivos.

El simulador no puede contener su emoción y se pone de pie, casi con lágrimas en los ojos[4] (es una lástima que el invisible lector no pueda saber si ese brillo acuoso en las cuencas del simulador sea de llanto o de risa) para ovacionar la nunca evidenciada referencia de Vargas Llosa al autor de El Gatopardo. Vargas Llosa da pues a entender que la sociedad por más hiperreal y globalizada que esté, necesita de un Virgilio para no perderse en el mar frívolo del espectáculo actual. Y que mejor guía para estos tiempos necios que una raza de superhombres como el mismismo autor peruano para guiarla a un mejor lugar…. El simulador se incomoda y se para nuevamente de su asiento, puede ser que algún cretino por pasarse de listo haya puesto un aguijón debajo de sus nalgas, aunque eso no tiene importancia, no es más que otra frivolidad, lo que importa es que el Simulador se molesta y quiere preguntar: ¿a que mejor lugar nos quiere llevar Vargas Llosa? El simulador sospecha dos cosas:

1.      El lugar no es otro que el pasado remoto y utópico. Un mundo de ficción que no existe ni en la cabeza del más alienado.

2.      Que este paraíso prometido no es más que beneficioso para esa raza proteica de hombres cultos que propone Vargas Llosa.

El aguijón parece dejar de incomodar y el Simulador siente alivio al vislumbrar que tal ardid está maquillado de promesas de tiempos mejores y de pugnas y diatribas irrefutables a las manifestaciones culturales actuales, con las cuales el Simulador no tiene ninguna queja con Vargas Llosa. Ambos desprecian los medios (culturales), aunque los fines sean contrarios.

La invitación a analizar a esta sociedad anodina no debe ser para volver a jerarquías obsoletas y frívolas, más frívolas incluso de lo que asevera Vargas Llosa que es la cultura actual. En este punto es justo traer a colación una opinión de Rosa Montero sobre el enigma que encierra el alma del escribidor peruano:

“Mario Vargas Llosa se conserva aún muy bien. Tiene fama de hombre guapo y lo debe de ser, con esos ojos rasgados y muy negros y esos dientes tan blancos; pero en el perfil de galán juncal, elegante y latino, yo siempre he entrevisto sombras desaforadas e inquietantes, raras, desmesuradas. Y así, sus ojos a veces parecen no ya rasgados, sino directamente acuchillados en el rostro, y su sonrisa es, sin lugar a dudas, de caimán: y no porque sea fingida, como dicen que es la sonrisa de estos saurios, sino por la capacidad letal de su mordisco. A decir verdad no creo que haya en Vargas Llosa ningún tipo de fingimiento, ninguna clase de doblez, sino, por el contrario, un prurito de honestidad cuyo rigor admiro. Pero lo que sí que hay es mucha oscuridad. Quiero decir que el Mario Vargas Llosa que conocemos no es más que la punta del iceberg" (Montero, 2022, p. 118)

El simulador, opina que Vargas Llosa se trae algo entre manos. No es un buen ilusionista con las palabras como muchos quisiéramos que fuera, para esconder su luminosa sombra[5] política que parece calcada de la descripción de la Mateo Aguirre Bengoechea: “…su vida es un enigma que oscila entre lo bucólico contemplativo y la personificación de un titan.” (Bolaño, 2017, P.49) y las palabras de Rosa Montero bien servirían como prólogo a un nuevo y póstumo libro de Bolaño.

Otra copa de vino es necesaria para que el simulador se quite ese mal sabor que le han dejado las oscuras intenciones que guarda para sí Vargas Llosa y no tiene más que opinar que la cultura en otros tiempos (y en estos) ha servido de mantel para ocultar bajo la mesa los más grandes desmanes de la humanidad.

Dejando a un lado esta digresión,[6] volvamos con Benjamin y su preocupación por el arte, o mejor por el imperio de la imagen reproducida. En esto coinciden los tres autores: (Benjamin, Debord, Vargas Llosa), que la imagen es la reina soberana de la cultura del siglo XX y lo que va de este. Sin embargo, las quejas de cada uno van por vertientes distintas, en Debord y Benjamin quizás más encuentros, Benjamin habla de la pérdida del aura de la obra al prostituir de forma tan abusiva a la obra, habla de un desgaste de la imagen donde el ojo que la mira no puede encontrar ya la obra sino una mera imagen vacía. Frente a esta ausencia de aura de la obra, Benjamin dice lo siguiente de la función que tiene entonces: “El ajustar la realidad a las masas y las masas a ella es un proceso de alcance ilimitado no solo para el pensamiento sino también para intuición”. En Debord la imagen se absorbe al proletariado, donde el proletario se convierte en imagen desgastada o imagen espectacular, y esto es lo que más se asemeja a lo que acaece en nuestros tiempos, la disolución del individuo y la aparición del avatar. Florece el hombre como ficción, como entelequia, como figura atrapada en un marco bidimensional (pantalla) y resuena de forma perversa la premisa de Rimbaud: “Yo es otro.” Pero ese otro no es el Otro que servirá como estandarte para la construcción del sujeto capitalista propuesta por Lacan, aunque de algún modo tengan magreos y coqueteos un tanto obscenos. Este Otro, es un otro virtual, artefacto casi metafísico, es un doble quizás, que intenta vender la mejor versión de nosotros, esa versión que tanto promueven los gurús de este tiempo de espiritualidad psicópata y emprendedora. Una alteridad del Yo que no es el Yo, sin embargo, se presenta como un producto de algo que carece, de simulacro: “Simular es fingir tener lo que no se tiene.” (Baudrillard, 1978) y también aquí volvemos a Debord, el Yo como producto, pero a su vez como ficción endeble y pretenciosa, que da la ilusión de profundidad para sumergirse en la insondable Nada, así como, estima que es la filmografía de Lars Von Trier, infecta de personajes ulcerados, petimetres anacrónicos e indigeribles ególatras, cargados de palabras hinchadas que a la final no dicen mucho y dejan en evidencia la desesperada (y desesperante) necesidad de figuración intelectual del cultísimo director danés. Llegados a este punto, el simulador se siente un tanto más cómodo porque siente la posibilidad de hablar del artista, el intelectual y el hombre culto. Adjetivos a los que Vargas Llosa le encanta que le sumen a su capote de escribidor. El simulador hablará brevemente de los tres para casi al final de este ensayo ponerlos en escena junto a otros conceptos donde puedan encontrar divertimento.

Para empezar el simulador prefiere hablar del hombre culto, que no es otro que el hombre embebido y evanecido por la cultura. Un hombre de moda que está al tanto de la vanguardia, que circunda los sitios donde frecuenta tipejos de su misma ralea y así hablan de temas frívolos para parecer interesantes. El intelectual, puede ser tal vez un adjetivo de este o una copia aumentada, un simulacro o viceversa. El intelectual se mueve por las esferas académicas, circunda grupos intelectuales y habla frivolidades dándoles connotaciones aparentemente profundas y humanas. El intelectual y el hombre culto se ven cara a cara como dos gotas de agua.[7]

El artista es otro asunto, o bueno por lo menos dentro de la idea que tenía Benjamin del artista, del creador de obras de arte, de obras con aura. Así pues, que el artista no es otro que el productor sin querer serlo del material del que se alimenta el hombre culto y el intelectual (el simulador piensa en Wilde y en su texto: La importancia de llamarse Ernesto).

El simulador toma aliento, pide disculpas al supuesto lector por esta digresión inoportuna, respira, y se siente un poco como el caballero Tristam Shandy intentando narrar la historia de su vida sin llegar a hacerlo pasando de intermisión en intermisión sin llegar nunca a puerto seguro. Toma un poco de vino y medita en las palabras recientes que designan sin contundencia al efímero yo. ¡oh, Eureka! El yo no es otro. El yo es ficción. La ficción es la base del espectáculo. Acá vuelve Vargas Llosa empoderado con su discurso de la imagen, con su mascara de escritor, de hombre culto y deja entrever que su queja con la imagen es tal vez por su falta de talento como artista, y no pasa de hacer monigotes ridículos en el papel, de allí su encono con la imagen, de allí que piense que la imagen a usurpado el lugar de la palabra.

El simulador se imagina al viejo Vargas Llosa sentado en las ruinas pétreas del príapo de Apolo[8], llorando amargas lágrimas[9], contemplando como ese viejo mundo de fábula totalitarista se va a la mierda, y no tiene a quien más culpar que a la civilización que tan ingenua como la suya solo evidencia que ninguna cultura es otra cosa que una decadencia en movimiento. El simulador reniega de su imaginación, recuerda que el escribidor peruano es un humanista crónico, que puede quizás hacerle competencia a Al Pacino en El abogado del diablo. El simulador vislumbra que Vargas Llosa ha escrito este opúsculo: La civilización del espectáculo, porque aún tiene fe en la estupidez humana. Porque sabe que ese rasgo indeleble de la humanidad podrá traerlo del olvido para ser citado por algún otro cretino que necesite un argumento “culto” para engatusar a la masa.

 

LO SUBLIME Y LO FRÍVOLO: LO HUMANO

“La posmodernidad ha destruido el mito de que las humanidades humanizan.” Vargas Llosa

Siente el simulador de este ensayo que para terminar es bueno ser un poco piadoso y darle algo de crédito a toda la intelectualidad culta y prosaica de Vargas Llosa y le ha parecido conveniente usar como epígrafe para la última parte de este ensayo, una frase del escribidor peruano, ya que lo humano es lo que atañe a este capítulo. Si bien, antes de decidir hablar de lo humano, el simulador pide que el lector desconocido e improbable, recuerde que, para el simulador, lo humano no será adjetivo de epitomes y apologías, por el contrario, el simulador ha dicho, casi al comienzo, que es dado al anarquismo y diletante al descredito de la historia autorizada del hombre. Así pues, para no ofender sensibilidades, dejemos que lo humano no es motivo de orgullo, y es más bien sinónimo de estupidez y pereza. De allí el nombre fundacional de este ensayo: Divertimento y oligofrenia.

Para el simulador, lo sublime está en el campo de lo trascendente, de lo inhumano, quizás de lo onírico (aunque tiene sus dudas), quiere pensar que el artista y el loco (que en muchos casos son uno solo), son los únicos posibles intermediarios para dar alguna idea de ese mundo ajeno a lo humano.

Con estas recreaciones burdas del artista y el loco aparece lo frívolo, surge de oscuros sumideros el hombre culto con su siamés el intelectual, y con apetito voraz se nutre de los residuos de la obra de arte, de eso que llamaría Fernández Mallo: Basura. Pero no para hacer de este residuo algo edificante, adorno en días venideros de frutos duraderos para el desarrollo del hombre, sino para lo contrario. La cultura como forma de sometimiento, como sinónimo de entretenimiento, de espectáculo, de enajenación, empobrecimiento, dulce y loable para una mente perezosa, que como el buen escribiente de Melville: “prefería no hacerlo”.

Lo frívolo como ya ha dicho el simulador es inherente y vital para la cultura, o mejor para el hombre culto. Tratar temas de aparente trascendencia no son más que artilugios para no comprometerse, para no meter las manos en la mierda y en el fuego para intentar rescatar algo verdaderamente valioso de la humanidad. Con esto, tanto por fatiga de escribir algo impuesto y como sentencia que de punto final a unas palabras que como dice Vargas Llosa al comienzo, “Este pequeño ensayo no aspira a abultar el elevado número de interpretaciones sobre la cultura contemporánea…” El simulador corre un poco el cambuj, para dejar atisbar un poco la fría sonrisa de un hombre sin esperanzas, de un hombre que se ríe de la vanidad humana, de la soberbia de hombres que, como Vargas Llosa se creen con valía, a sabiendas que el tiempo reducirá todo al polvo y en medio de su risa intenta consolar a los espectadores de esta comedia humana para decirles que la vida misma es un simulacro y un espectáculo en el que el aplauso lo dará la Muerte.



[1] Simil o comparación

[2] Dilogía

[3] Hipérbole

[4] Ironía

[5] Oxímoron

[6] Digresión

[7] Simil

[8] Hipérbole

[9] Sinestesia

martes, 22 de febrero de 2022

LA HERIDA O EL INSTANTE



“¿Qué misterio hay en tus palabras confusas, en tus débiles quejas, en tus armoniosas y extrañas canciones?” Gustavo Adolfo Becquer


“¡Oh, divino poder de la voz humana, no igualado por ningun otro poder en el mundo!”

Madame Blavatsky


Sé que he fracasado humildemente, al no poder aproximarme con talento al texto de Lorca sobre el duende y así como un usurpador sin gracia, me escudare en sus palabras.  Espero me crean que lo intenté. Quise encrespar la borrasca de mi alma y busqué embriagarme con absenta y láudano, fumar opio mientras asechaba en el cielo la luna de los gitanos para hacer hablar mi duende, “Hice complicadas geometrías con la palabra y el ritmo, llené los ojos de plata con mi llanto y hasta puse una pantalla a la lamparita que ilumina la gruta de mi cabeza, ¡pero todo fue inútil!” L(orca) Me hallaba soñando y ni una sola palabra había escrito, las hojas seguían en blanco y mi duende se reía en las sombras de mi alma. Así que falto, de todo genio, me puse de pie, serví una taza de café oscuro y me perdí un instante esperando que algún dadivoso Djinn secreto, emergiera del negro líquido y surtiera algún efecto para hacer mover mis palabras (pero olvidaba que su virtud es el capricho mas no la dadiva). Pero quizás mi demonio, en ese momento era otro, tal vez el demonio nietzscheano de la pesadez, y entumeciera mis pensamientos, haciéndome vislumbrar la derrota. Intenté luego buscar refugio en Leopoldo María Panero y de suerte solo pude citar sin entender muy bien porque este verso en su Himno a Satán:


“Vencedor de la piedra desnuda

De la piedra que amenaza al hombre

Y que invita en vano a Satán

Señor del verso, de ese agujero

En la pagina

Por donde la realidad

Cae como agua muerta.”


¿Sera acaso que el duende abomina entonces a la realidad enmohecida? Es tal vez por eso que se agita con tanta violencia en el alma del poeta como nos refiere Lorca. ¿Acaso la realidad es la prisión tortuosa de este y quizás la única llave que tiene este oscuro ser sea el alma humana que entiende por igual del dolor y la pasión? (aunque tal vez en Lorca podríamos hablar de una pasión dolorosa o un dolor apasionado) Quisiera haber estado presente en aquella conferencia proferida por Lorca en 1933, y poder escuchar su voz, más las instancias del tiempo me condenaron a la distancia y consolarme con leer sus palabras casi un siglo después. En esta conferencia pretende dilucidar el espíritu doliente de España para eso comienza citando la frase de Manuel Torres: "Tú tienes voz, tú sabes los estilos, pero no triunfaras nunca, porque tú no tienes duende" (Lorca, 1933) frente a un cantante al cual algo le falta más allá del virtuosismo. Esta clase de ejemplo vuelve a ser mencionada con otra cantaora, Pastora Pavón, la llamada Niña de los peines, de la que da cuenta que en una presentación sufre una decepción al desempeñar ante el público una técnica irreprochable y de la cual ningún efecto surte ante la audiencia, descorazonada y adolorida, canta nuevamente dejando a un lado todo el alabastro y el barroquismo de su técnica para dejar su voz desnuda y desgarrada. La escena descrita por Lorca de la Niña de los peines es esta: “se sentó a cantar sin voz, sin aliento, sin matices, con la garganta abrasada, pero... con duende. Había logrado matar todo el andamiaje de la canción para dejar paso a un duende furioso y abrasador, amigo de vientos cargados de arena, que hacía que los oyentes se rasgaran los trajes casi con el mismo ritmo con que se los rompen los negros antillanos del rito, apelotonados ante la imagen de Santa Bárbara.” (Lorca. Pag.5) La escena recuerda un cuento de Blavasky, donde nos narra con ejemplar prosa la tragedia de un joven violinista, que buscaba su duende para superar a Paganini. El cuento está cargado de misterio y un aura esotérica digna de su autora, y como ya dije el cuento en si encierra una tragedia, producto de la ambición del violinista quien desconoce el poder y el reino donde habita el duende y descaminado comete una bajeza innombrable de la cual paga un terrible precio, de esta fantástica ejecución solo quiero traer a estas páginas los últimos instantes de la ejecución de la danza de las brujas:


“Los sonidos se habían hecho inconexos, contradictorios, inarmónicos, absurdo, mientras que del fondo de la caja sonora surgía la voz cascada y chillona…” (Blavatsky, 1892)

 Desgarradora y trágica voz, que no era producto del duende del artista, si no del duende de otro. Sin embargo, Lorca en la historia de la niña de los peines, deja saber, que aquella cantaora, a diferencia del trágico protagonista del cuento de Blavatsky, una vez derrotada por su propia vanidad de artista, descubre que el artificio exterior no es el camino y derrotada se deja conducir por su propio duende. 

En esa descripción de la ejecución descarnada que Lorca nos narra, deja de manifiesto ciertos signos distintivos del duende, dos de ellos son bastante interesantes: El fuego y el Aire. Ambos de un carácter sobrecogedor y fiero. Estos dos elementos tienen un carácter evanescente e incorpóreo. Se manifiestan en la realidad, sin ser acaso son tangible por esta. Estos dos elementos hacen pensar en la natura del duende. Aun así, sigamos pesquisando un asunto sencillo que Lorca nos trae a cuento y es precisamente entender que es el duende.


Antes que nada, Lorca nos aclara que el duende no es ni Ángel ni musa, si no un espíritu combativo y oscuro, que no se mueve dentro de esa claridad y paz en la que estas dos entidades se mueven, y aunque a pesar de que entre ellos el carácter etéreo es latente la fuerza que los mueve es adversa. Podríamos decir que el Ángel y las musas se transitan e inducen por las lindes de la luminiscencia, de una música clara como la que inspira y susurra la bella Euterpe, mientras que el duende como dice Lorca, citando nuevamente a Manuel Torres, el duende es quien trae los sonidos negros. Dentro de esta concepción simplista que el estrecho cristianismo ha implantado en las conciencias castrenses, da a pensar que estos sonidos son obras pues del diablo. De allí que el virtuosísimo exuberante ha sido relacionado con estos preceptos cristianos de lo demoniaco. Siendo más claros, no es fortuito que el tritono usado por Tartini para su conocida sonata, por mucho tiempo fue considerado un intervalo del diablo. Tomando pues de ejemplo esta sonata, tal vez podemos darnos una idea de lo que serían esos llamados sonidos negros.


¿Qué son entonces los sonidos negros? Esto es lo que nos dice Lorca: “Estos sonidos negros son el misterio, las raíces que se clavan en el limo que todos conocemos, que todos ignoramos, pero de donde nos llega lo que es sustancial en el arte. Sonidos negros dijo el hombre popular de España y coincidió con Goethe, que hace la definición del duende al hablar de Paganini, diciendo: "Poder misterioso que todos sienten y que ningún filósofo explica" (Lorca,1933) Esta explicación sirve pues para remitirnos al ejemplo antes dicho de Tartini, aprovechando la mención de Paganini, quien interpretó la renombrada sonata.  El tritono, esa triada de notas infaustas usada para la composición ha estado relacionada desde antes de la existencia de estos dos músicos con lo demoniaco. Y la razón que puede adjudicársele a este adjetivo funesto, es que este sonido negro, no es un sonido suave y delicado, no es una melodía para amansar bestias ni encaminar rebaños. Estas notas ejecutadas con duende despiertan al escucha lo sacuden, lo inquietan, lo ponen alerta.

 Con esto nos vamos aproximándonos, más y más a esa relación que tiene el duende con lo demoniaco. Aunque Lorca nos muestra del siguiente modo hay entre el duende español y el Daemon griego, y este último no es el la tergiversación grotesca y amañada que he hecho la iglesia del término si no quizás más cercano a su vez Djinn del mundo antiguo árabe: “El duende de que hablo, oscuro y estremecido, es descendiente de aquel alegrísimo demonio de Sócrates, mármol y sal que lo arañó indignado el día en que tomó la cicuta, y del otro melancólico demonillo de Descartes, pequeño como almendra verde, que, harto de círculos y líneas, salió por los canales para oír cantar a los marineros borrachos.” (Lorca. P.3) y aunque el mismo Lorca aclara en su conferencia que el demonio del que habla no es la interpretación del demonio cristiano, es importante resaltar que para la iglesia ciertas melodías, como la ya mencionada de Tartini, confundía esta concepción dándole un carácter maldito y pérfido, ya que todo aquello que se sale de los lineamientos es peligroso, porque tantea otros senderos por fuera de los que propone el libro sagrado. Quizás sea por esto el trágico final de Giordano Bruno, que visitado por su demonio en sueños, contempló la magnificencia e infinitud del universo, y este siendo un hombre la iglesia, confundiendo la voz de su duende con la de dios, hizo caso omiso a los consejos imperativos de su iglesia de callar aquellas visiones y por eso termino ejecutado por aquella institución a la que pensaba servía hasta el final de sus días, iluminando a la humanidad con ese saber oscuro que su duende le confirió. 


Este es duende que hace mención Lorca, un agente del caos, pero un agente creador, por eso los dos elementos mencionados anteriormente: fuego y aire. Que en el poder del duende no podría ser otra cosa que un huracán de fuego, que excita y enciende todo lo que encuentra a su paso. Que devora y trastoca el alma del interprete, del soñador o el creador. Quizás de allí proviene la lucha interior del artista porque no es posible quedar impávido ante el poder de esta tormenta. Y frente a esto, frente a esta lucha indómita, Lorca se refiere a Nietzsche para diferenciar al duende de las otras potencias que pueden mover el alma del artista: “Todo hombre, todo artista llamará Nietzsche, cada escala que sube en la torre de su perfección es a costa de la lucha que sostiene con un duende, no con un ángel, como se ha dicho, ni con su musa. Es preciso hacer esa distinción fundamental para la raíz de la obra.” (Lorca, p.3)


Según Lorca, el ángel cumple la función de guía, y conduce el alma de dios a las alturas, la eleva a vislumbrar la magnificencia de un dios infecto de una luz sobrecogedora. Mientras que el papel de la musa es un tanto distinto, la musa no guía, la musa dicta o sopla, es la que mueve las manos, los gestos los actos del hombre. Según Lorca: “Los poetas de musa oyen voces y no saben dónde, pero son de la musa que los alienta y a veces se los merienda.” Interesante este remate de la musa que se merienda al poeta, lo crear la imagen mental de las sirenas que con su canto atraen a los marineros, aquellos que caen seducidos a su escucha, perecen devorados por estas.

Lorca también dice de esta, que la musa muchas veces es enemiga de la poesía por llenarse de inteligencia, cosa que Lorca réproba, ya que la poesía se inscribe más en el sentir que en la razón.

Otro aspecto interesante que nos dice Lorca es que el duende no es en sí mismo una acción o un obrar si no que es un poder que ejerce en este, es un espíritu combativo, una lucha que nada compete a la razón más si al sentir. Frente a esto dice así a modo de ejemplo ante la aparición del duende en escena: "El duende no está en la garganta; el duende sube por dentro desde la planta de los pies". Es decir, no es cuestión de facultad, sino de verdadero estilo vivo; es decir, de sangre; es decir, de viejísima cultura, de creación en acto.” (Lorca. Pag,3) También puntualiza que a diferencia del ángel y la musa que vienen de fuera, como un soplo exterior, el duende, por el contrario, está en la sangre inscrito en el cuerpo del artista: “En cambio, al duende hay que despertarlo en las últimas habitaciones de la sangre.” (Lorca, p.4) la sangre no es otra cosa que una huella ancestral, en nuestra sangre hay ecos del primer hombre que vio el fuego sagrado, en la sangre nadan las almas de toda la humanidad. Es ese significado en el que están contenidos todos los enigmas, ese que como dice Elizondo en el final de Farabeuf, es tan solo el que se produce en el transcurso de un instante infinito. Aunque no es fácil como nos dice Lorca, despertar esa sangre dormida, ese dolor ancestral, no es una caricia sutil como el toque de un ángel o el susurro de una musa, es algo arrebatado, es una contienda permanente entre el artista y su duende. El duende evita los caminos (de allí el desprecio de la iglesia a la figura del duende o Daimon, porque se opone rotundamente a la palabra de Cristo: Yo soy el camino). Para encontrarle hay que extraviar la brújula del mundo exterior, el duende exige, un trasegar del artista por el infierno del Yo, que se sabe que habita en la sangre misma. El viaje a los reinos del duende no es sencillo, es un viaje a la muerte misma. El duende habita en el dolor del cuerpo y es quizás por este método que ejerza su fuerza, del desgarramiento, así como le ocurrió a la Niña de los peines que: “Tuvo que desgarrar su voz porque sabía que la estaba oyendo gente exquisita que no pedía formas, sino tuétano de formas, música pura con el cuerpo sucinto para poder mantenerse en el aire… Su voz ya no jugaba, su voz era un chorro de sangre digna por su dolor y su sinceridad, y se abría como una mano de diez dedos por los pies clavados, pero llenos de borrasca” (Lorca, P.5) Toca entonces Lorca nuevamente la idea de ese viento indómito que circunda al duende, que trastoca al cuerpo y el alma. No es un asunto independiente, el cuerpo juega un papel determinante, es un cuerpo sufriente desgarrado, visceral que hace del duende un evasor, ya que permite que ese artista evada el mundo y lo aproxime a un lugar divino. El duende procura el paroxismo y el éxtasis, es la visión del instante de Farabeuf, ese rictus irrepetible capturado en la imagen fotográfica que reproduce el momento exacto antes de la muerte del Supliciado. Esto hace pensar que el duende es un instante de sangre en el que queda inscrito, como dice Elizondo: “El significado de tu muerte que es el significado de tu goce.”

 

Desde el comienzo de su conferencia Lorca nos evidencia que el duende se mueve por el cuerpo del artista, (hace quizás de este su juguete), puntualizando que principalmente se revela con mayor facilidad por medio de la música y esta información hace pensar en esa borrasca misma que es el duende, ese componente doble y etéreo de Aire y fuego como lo es la música misma. El duende necesita de un cuerpo para moverse, para hablar y ser escuchado. Por eso la música, la danza y la poesía, que como dice Lorca dependen de un intérprete vivo, de un cuerpo en movimiento y así el duende puede ser libremente dentro de este cuerpo.


El duende tiene el poder de transformar, de destruir todo lo que toca, de hacer de lo vulgar algo sublime, hacer incluso de la muerte algo vivo. Con esto Lorca nos introduce en el misticismo español donde la muerte juega un papel preponderante, donde el duende edifica su reino creador. Nos muestra como en otros lugares son las musas las que susurran con su voz y mueven al artista que las escucha a crear. De otro lado, el duende habla desde las vísceras, es ese “Grito diminuto de la muerte” (Elizondo, 2009), no habla con palabras, habla al cuerpo, y el cuerpo no entiende de palabras, el cuerpo entiende el dolor, lo vive en carne propia, es su encarnación, ya que este es la latencia de la vida que despierta al cuerpo como las notas punzantes de la sonata del diablo. Es por eso que quien sufre constata que está vivo y está más próximo a su duende.

El asunto de la muerte y el duende es vital para Lorca: “El duende no llega si no ve posibilidad de muerte, si no sabe que ha de rondar su casa, si no tiene seguridad de que ha de mecer esas ramas que todos llevamos y que no tienen, que no tendrán consuelo.” Es como si el duende hiciera bailar al artista sobre el filo de la navaja para hacer de su baile una forma exuberante y exquisita. O tal vez sea el duende la navaja misma, el filo que hace bailar al supliciado, el instrumento que procura la herida, que brinda el dolor: “El duende hiere, y en la curación de esta herida, que no se cierra nunca, está lo insólito, lo inventado de la obra de un hombre.” (Lorca, P.9) La herida que no cierra será esa voz del duende que no calla en ese instante sublime, es esa voz que atraviesa y mueve al cuerpo que la escucha extasiado.


Es por eso que, para Lorca, es un instante la como muerte, la expresión del duende que no se repite, es una instancia única: “El duende no se repite, como no se repiten las formas del mar en la borrasca.” (Lorca, p.10) y de nuevo volvemos pues a esa imagen de intensidad profunda de la borrasca, que ya hemos emparentado con la música, y es preciso  decir que con el duende con su música de sonidos negros, sonidos que embriagan, que excitan la vida, que tensionan como un arco el paroxismo de la vida, y esa tensión la podemos encontrar en ese arte que se niega a escuchar a las sirenas, porque dentro de su sangre deja correr libre y caóticamente a su propio duende. Los mismos versos de Lorca están cargados de duende, seducen a la muerte, estremecen al mundo angélico con su música oscura, así como lo hace el pensamiento poético de Nietzsche. El duende suscita una danza macabra que excita los cuerpos de los vivos, para trastocar la forma y el sentido de la realidad que es némesis complementaria del reino daimonico.


 Solo queda decir lo que Lorca enuncia ante la aparición del duende: “El duende... ¿Dónde está el duende? Por el arco vacío entra un aire mental que sopla con insistencia sobre las cabezas de los muertos, en busca de nuevos paisajes y acentos ignorados: un aire con olor de saliva de niño, de hierba machacada y velo de medusa que anuncia el constante bautizo de las cosas recién creadas.” (Lorca, P.12)


Queda explicado entonces que es labor de cada hombre, abrirse la herida y dejar que la sangre brote en el instante para así escuchar y luchar con su duende debe disponer su cuerpo al sacrificio como: “…ese cuerpo inquietante, esa carne abierta hacia la vida como un fruto inmenso y misterioso que parecía haber traspuesto todos los umbrales del dolor” (Elizondo,2009) Por mi parte, temo admitir que en este caso la derrota es rotunda, no recibí ni un pinchazo de aguja, ni una resaca de absenta, ni horrendas pesadillas, ni recibí la ayuda de las musas ni el suspiro de los ángeles para dar punto final a este informe. Solo me resta terminar el café oscuro y frío sin rastro de genio.


miércoles, 17 de febrero de 2021

A LA ESCUCHA DE LAS NINFAS (LA POSESIÓN DE UN SABER DIVINO)





El primer suceso que nos es referido por Calasso con las ninfas es el que refiere al dios Apolo y la ninfa Telfusa que yace en la fuente de ese lugar. Dice el autor que fue a esta criatura a la que el dios se dirigió por primera vez, en busca de un lugar idóneo para su culto. La ninfa no tardó en engañar al dios con sus palabras el presagiar la llegada de este como una calamidad, el dios confiado, escucha crédulo las palabras engañosas de la ninfa que le propone un cambio de lugar para su futuro culto, a sabiendas que ese lugar como dice el himno homérico es un ser y ese ser es ella misma Telfusa: “Apolo, ignorante, sigue el consejo. Descubre el lugar que será Delfos -y su "fuente de hermosas aguas", rodeada por las espirales de una inmensa dragona, que mata "a cualquiera que la encuentre". Será en cambio Apolo quien la matará y la dejará pudriéndose al sol. Es ésta su gran empresa, su gran culpa.” (Calasso, 2008) Las palabras de Telfusa, lo hacen cambiar la lira por el arco y de este modo dar muerte a la serpiente. El asesinato de la criatura es un duelo silencioso. Una vez asesinada la serpiente, Apolo se sabe engañado por la hermosa fuente. En venganza vuelve a Telfusa y hace caer unas rocas sobre ella, y allí erigió su templo. Apolo, dios cazador, usurpa el poder oscuro de la ninfa que parece haberse desdoblado en la serpiente. Es importante aclarar que en el relato parece deducir que Telfusa, Pitón y la fuente son la misma criatura metamorfoseada: “Todo esto da una impresión, casi óptica, de desdoblamiento: como si un mismo evento se hubiera manifestado dos veces: una vez en el diálogo engañoso y malicioso entre el dios y una Ninfa y una vez en el silencioso duelo entre el dios-arquero y la dragona enrollada. Al centro, en uno y otro caso, hay una fuente que brota. Y en uno y otro caso se trata de la historia de un poder que es destronado.” (Calasso, 2008)  


 Más adelante Calasso, nos refiere otro episodio del mismo dios, en el Himno a Hermes, donde se hace evidente que el don de la adivinación y el uso del arco es aprendido por unas criaturas femeninas que fácilmente podrían ser las ninfas, llamadas Trias. Estas criaturas dicen la verdad cuando son alimentadas con miel, pero que si no es saciada su hambre conducen a la mentira, al torbellino, la borrasca. Esta metáfora hace cuestionar el lugar de la escucha en dos formas: una de forma edulcorada, que hace del oído un paladar que recibe gustoso las palabras dulcificadas que procuran la verdad, mientras que la segunda forma engendra remolinos, es una escucha engañosa vientos que arremolinan al pensamiento, que enredan la cordura y hacen perder en el desvarío a aquellos que la escuchan. 


Curiosamente las ninfas son erradicadas y silenciadas por el dios, guarda para si la miel, y luego suplanta en el lugar de estas a las musas que también son tres y que cumplirán una función similar a las de sus antecesoras. Como portadoras tanto de verdad como de mentira. 

De este modo el autor nos adentra al poder verdadero de las ninfas, el poder de posesión, un poder sagrado y maldito, un conocimiento metamórfico, que puede conducir a la sapiencia o a la locura.


Según nos dice Calasso refiriéndose a Plutarco sobre la soberanía délfica: “Ahora la metamorfosis migraría a lo invisible, al reino de la mente. Se convertiría en conocimiento. Y ese conocimiento metamórfico se llegaría a condensar en un lugar que era a la vez una fuente, una serpiente y una ninfa.” Estas palabras podrían ser incorporadas a la mitología cristiana donde fácilmente podríamos dar lugar metamorfoseado a estos tres personajes: El árbol del conocimiento, la serpiente del pecado y Eva. Tomando las riendas de nuestra indagación sobre la escucha encontramos que esta es la razón de todo el destino del hombre una vez, Eva es poseída por la palabra seductora de la serpiente que promete ese saber prohibido que la hará ser igual a dios, ese saber que más tarde será la condena de la humanidad. Acá volvemos a encontrar lo que propone Calasso frente a esta reservada escucha, el encuentro entre la verdad y el engaño. Por medio de un engaño dulcificado en la palabra de la serpiente que a su vez es satanás metamorfoseado, se le otorga a Eva la posibilidad de una verdad que le ha sido vedada por Dios y esa verdad no es otra que el conocimiento. Para la muestra de este carácter dual del conocimiento que procura ese lugar de la escucha Calasso nos dice cuando se refiere a Dioniso y Apolo: “Si el conocimiento sobre el que se funda Delfos no es sólo engaño de astutos sacerdotes, entonces la voz del sujeto que conoce será siempre, por lo menos, una voz doble, la voz de la phrónesis que controla, pero también una palabra que acoge en sí a un dios, éntheos, palabra que, con el mismo carácter abrupto, primero se impone y después nos abandona. Y esa voz doble es tal porque corresponde a una mirada doble, la mirada que observa y la mirada que contempla a quien observa, el ojo de Apolo y el ojo de Pitón oculto en él, la Ninfa que brota de lo invisible.” (Calasso. 2008)  podemos agregar a este apartado no solo una voz doble, ni una doble mirada, sino también una doble escucha. Una escucha verdadera y una escucha engañosa. Aquel que habla escucha su voz engañosa y aquel que escucha esa voz encuentra en ella una posible revelación o un terrible engaño.

De este modo podemos vislumbral el carácter que vincula la locura a las ninfas como esta afecta la escucha y puede conducir al genio o a la muerte o incluso a ambos destinos. El saber que mata. “Por eso las ninfas pueden ser tanto salvadoras como devastadoras -o lo uno y lo otro juntos.” (Calasso,2008).


En páginas posteriores Calasso, nos habla del delirio erótico al que nos puede conducir la escucha de las ninfas. Dice también lo siguiente: La ninfa o lo divino o la fortuna son potencias que actúan repentinamente, capturan y transforman a su presa.” (Calasso, 2008) volvemos aquí al carácter transformador de quien escucha a una ninfa o a un ser divino o a una potencia, pues como ya sabemos estos seres son portadores de un saber un saber que puede conducir tanto a la fortuna como a la tragedia. 

Todo esto nos llevará a pensar en algo que es insinuado desde el comienzo, que la escucha de las ninfas promete una felicidad futura. Sin embargo, esta felicidad no es más que el producto edulcorado de una escucha que ha sido poseída por una criatura engañosa, portadora tanto de la verdad como del engaño, o sea, de conocimiento. Es importante remitirnos acá, a la visión filosófica del siglo de oro español, representada por Baltasar Gracian, que nuevamente cumple esa función metamórfica, y transforma la felicidad en desengaño. Una escucha despojada de esa dulzura que encadena, que posee y por el contrario, es una escucha amarga, que desmiente y despoja a las palabras de toda ilusión que puede llevar a la locura. Ya que el que se deja llevar por una escucha lisonjera no tendrá un buen término y anduviera por el mundo como un loco o como un tonto. Pero volvamos nuevamente a Calasso y lo que dice de la posesión según los griegos: “Fue ante todo una forma primaria del conocimiento, nacida mucho antes que los filósofos que la nombran. Hasta se puede decir que la posesión empieza a ser nombras cuando su soberanía esta ya declinando.” Frente a esto podemos traer a colación, la escucha que se presenta entre el maestro-alumno. Con esto volvemos a la escucha poseída, una escucha dulce, una escucha erotizada del maestro hacia el alumno. No nos adentraremos a este asunto, más allá de la mención ya que esta relación de escucha para los griegos no es una forma de llevar a la locura propiamente sino a lo que se supone es un lugar contrario. Fijémonos mejor en lo que sigue diciendo Calasso sobre la posesión al referirse a Homero de que quien como nos dice muchos suponen un escéptico o un silencioso frente a esta: “Toda la psicología homérica, de los hombres y de los dioses, esta admirable construcción que sólo la ingenuidad de los modernos ha podido juzgar rudimentaria, está atravesada de un extremo a otro por la posesión, si posesión es ante todo el reconocimiento de que nuestra vida mental está habitada por potencias que la dominan y huyen a cualquier control, pero que pueden tener nombres, formas y perfiles. Con estas potencias tenemos que ver en cada instante, son ellas quienes nos transforman y en las cuales nos transformamos (…) Los héroes homéricos sabían que un dios los hacía actuar. Todo acrecentamiento repentino de la intensidad introducía en la esfera de un dios.” (Calasso, 2008) un claro ejemplo de esta posesión por medio de la escucha de un dios es la que padece y lleva a la locura y muerte al pobre Ajax.


Descubrimos pues el poder de la ninfa, y cómo afecta a la escucha. Entendiendo que esta es un lugar, mas no un lugar incólume, sino un lugar metamórfico: “Ninfa es por tanto la materia mental que hace actuar y que sufre el encantamiento, algo muy afín a lo que los alquimistas llamarán prima materia y que todavía resuena en Paracelso, en donde habla de "nymphididica natura". (Calasso, 2008) un lugar que es fuente, una fuente de palabras que se mueve hacia el oído de aquel que espera el presagio, del futuro poseído, las palabras se hacen agua y caen en la fuente anhelante del mortal que busca el conocimiento en la palabra de la ninfa. De este modo entenderemos el siguiente pasaje: “El delirio suscitado por la ninfa nace entonces del agua y de un cuerpo que emerge de ella, así como la imagen mental aflora del continuo de la conciencia.” (Calasso, 2008) la escucha acuática de las musas pueden ahogar a quien intente sumergirse en su conocimiento, la fuente de este conocimiento puede rebasar la capacidad de entendimiento del mortal y hacerlo naufragar en la locura en un lugar sin retorno. 

Llegando a las últimas instancias del texto de Calasso vemos una nueva metamorfosis, aunque en realidad ya ha sido mencionada, pero acá es llamada por Warburg como una brise imaginaire. Es pues: imagen- fuente de esa demoníaca exaltación del gesto vivo. Warburgo también la llamaba cazadora de cabezas y con esto no la podemos desligar de aquella que lleva al que escucha a la locura, a ser Poseído por esta, ya que su cabeza ha sido capturada por este juego doble y metamórfico de la ninfa. “Warburg sabía que su cabeza podía ser de un momento a otro, raptada por las ninfas y quedar prisionera de la locura.” (Calasso, 2008). Frente a toda esta apreciación vivida Warburg podemos incluso inferir que la escucha de la ninfa es una serpiente, una criatura escurridiza que se mueve cautelosamente por el aire o por el agua hasta llegar a nuestros oídos y allí llegar hasta nuestro entendimiento, para alimentarse o alimentarnos con su saber prohibido. Con ese saber que nos acerca a los dioses y a los locos.

sábado, 7 de noviembre de 2020

DE PIZARNIK O LA EVOCACION DE LA ESTUPIDEZ DELIRANTE

 


"Los oradores ¡que no lancen una perorata en medio de una conversación!, ¡Y no lea sus versos el poeta delirante!" Ovidio.

 

Quisiera, pero no puedo ya que mis dotes son insuficientes, encumbrar la pluma de Pizarnik y compararla con la de Góngora, que en desatino pensé acaso citar unos versos de Quevedo para llevar mi cometido:

Has acabado aliundo su Parnaso;
adulteras la casta poesía,
ventilas bandos, niños inquïetas,

 

parco, cerúleo, veterano vaso:
piáculos perpetra su porfía,
estuprando neotéricos poetas.

Sin embargo, es trabajo inútil y estulto de mi parte sentar en el nido del culteranismo a tan inculterada dama. Que más cerca esta del cretinismo que del llamado gongorismo y ni mentar yo quiero, el arduo ayuno de Conceptismo que acaecen sus quimeras grafolingüísticas. Adiós pues al siglo de oro, do claramente su feminidad baila ausente. Debo entonces armarme de valor e ingenio para darle un lugar propio y exclusivo, a aquella mujer que, con sus cándidas evocaciones, dignas de una musa del delirio insulso, logra seducir con supina perspicacia y desbordante credulidad, las cabecitas de jovencitas convulsivas que aún no encuentran la palabra clara en el rio donde se ahogó Narciso. Mujer única en su especie, a la que muchas hoy emulan con firmeza buscando el sublime verso han encontrado lo perverso. Más de esta perversión del verso hablaré luego para que no piensen, que la seducción viene acaso de un lugar donde Sade elogia el vicio, ni mucho menos, es de la perversión marchita de la palabra de la que intentaré darle un punto así me hunda en fango donde se revuelcan los cerdos intelectuales de de nuestro siglo. Sigamos pues exaltando a la Musa del desparpajo, de la emoción absurda, a la que es ilícito llamar hacedora de versos, ya que mutilar como carnicera de barrio humilde los renglones no atañe mucho al ejercicio poético, sin embargo, mis palabras chocan ahora con el muro de lo obtuso donde su trono está laureado y ha dado un lugar inoportuno a la pestilente po-rqu-eía de estos tiempos, al ponderado idiotismo que no solo ha envenenado la más insigne de las artes sino los sitios más vulgares donde se podría echar un buen canto a la diosa de las saetas con unos cuerpos febriles y engrasados.

No te culpo a ti, del reino que no gobiernas, aun siendo la reina sempiterna de la bobería, hija extravía de la deidad del buen Erasmo. Tú, la palabra sin sentido, ni pensamiento alguno. Tú, Mujer-demiurgo facedora de laberintos que no conducen más que a entuertos, desatino donde los necios atinan su parnaso en una sienaga. Eres una excusa para el desconcierto, para falta de talento y duende, para esa ausencia de furor, rigor y templanza. Bendita seas para todas las mujeres de carácter indulgente y los cornudos que se avergüenzan del vigor de sus pequeños guineos. No soy digno, de esta diatriba, aunque se diga que un tonto no puede hacerse el sabio, yo que a duras penas me debato en la oligofrenia, soy idiot-savant del verso. Que nunca he fabricado soneto alguno que no haya servido de incentivo para el fuego de mi hoguera. Disculpas te pido, tú que yaces muerta en carnes, pero tan viva y revivida en la ignorancia del mundo. Tus evocaciones delirantes son el espejo del desengaño, haces creer que la poesía es un capricho que cualquier ágrafo puede hacer con tan solo siluetear en una pared inmaculada figuras sin pretexto, mojando su pluma con el propio excremento. Has hecho sin quererlo que muchas mujeres de coño reprimido y resentido, con esa mierda seca digan a los cuatro vientos: SOY POETA. Este es un siglo de poetas, do se confunden los versos con los ritmos tribales de letras obscenas, de esa música que procura mover el culo ardiente de estas discípulas tuyas, aunque renieguen a vox populi, de esos bailes profanos, de esa cultura de la vacuidad donde ellas esperan y aspiran ser la voz que las inmortalice en la historia.

Créeme que he querido perdonar tu falta de lógica, que incluso intente defenderla con tu supuesta falta de cordura. (Creo que loco es quien te adjudica poeta) Pero tu voz no llega a acariciar el arrebolado lenguaje de la locura. A lo sumo puedo tomarte por el discurso de un asalariado reprimido y fracasado que solo se queja en el baño, y del que lentamente salen las palabras a trompicones. Es verdad que algo se caía en tu silencio y era la coherencia de tus versos, no podías atraparlas en una red para luego bordarlas pacientemente como Penélope, tu afán de figurar entre los otros amigos agraciados del Boom, de hacerte maldita no permitió que tu palabra se permeara del duende, ni de la musa ni el ángel, realmente estas como este apretado verso tuyo:

“Pero el silencio es cierto. Por eso escribo. Estoy sola y escribo. No, no estoy sola.
Hay alguien aquí que tiembla.”

Sigues escribiendo. Escribes y escribes, buscando en tu silencio, eso que jamás lograras hacerse poema, porque tu talento no es la poesía, si no hacer sentir a la gente sin talento para esta, que cualquiera puede ser poeta incluso tú, mientras te peinas los cabellos escarchados por el fuego. Algo de ternura siento en tu aproximación a la forma del oxímoron, que se te escapa de las manos como arena en la ventisca, porque como niña caprichosa quisiste empalagarte de figuras y metáforas que dejabas inconclusas. nunca recorriste el círculo y aun asi del trazo de las palabras podrias formar un nudo para los zapatos de una serpiente. Tú la dadivosa artífice de frases anodinas. Algunas veces logras soplar algunos versos que pueden hacer voltear la mirada de una ninfa extraviada, pero como si amaras realmente la autodestrucción que tanto promulgas te encargas de escupirle en la cara al sendero de las silabas que siguen. Eres una rebelde, no quieres seguir ningún camino más que el de tu desenfrenado ahnelo de reconocimiento, quieres que la noche te mire y te sonría, porque piensas en silencio que la noche, les ríe a las niñas idiotas que quieren escribir poesías. Pero tu sigues escribiendo, y como Sísifo cargas la piedra de tu empresa inútil, subir con esfuerzo dos o tres versos para dejar caer precipitadamente toda posible belleza de una forma poética. Tu evocas y evocas, pero ninguna evocación logra hacerse un rito, tu canción solo canta para los corazones insolentes de quienes no entienden ni quieren sentirse ni afectarse con la poesía, pero quieren ser tu espejo futuro. No has podido ni sorprender:

“la verdad de esta vieja pared;
y sus fisuras, desgarraduras,
formando rostros, esfinges”

pues no ha llegado nunca esa presencia que te reconozca como Poeta. Por eso te dedicaste a imitar poetas reales y no de ensueño como tu quimera, a tal punto fue tu intento vanidoso que hasta el suicidio pensaste que era una forma para alcanzar tu anhelo. Quizás ese epilogo de tu cuerpo fue el único verso verdaderamente sublime. De allí nació tu gloria póstuma, mira hasta yo que no te soporto me he tomado el tiempo para leer alguno de tus esperpentos, buscando un solo soneto, que logre reivindicarte. Lo has logrado querida, sin entender un carajo de métrica, sin hacer acaso un verso blanco en tu oficio carnicero de cercenar los reglones y la forma. Por eso todos los canallas se escudan en decir que todas sus palabras huecas son en verso libre. Porque según ellos y posiblemente tú, pretenden desencadenar la palabra de su yugo, al que llaman razón. Y te laurean a ti, como aquella libertadora que no escribe palabras sino sentimientos, y de allí el pretexto para enunciar monstruosidades con acento de aedos. Todas las jaulas de la razón se han vuelto pájaros para dejar volar la estupidez y hacerla valer. Sin importar que la pasión sin una pisca de razón no conduce más que al exterminio. ¡Eureka! ¡Eres la poeta de este siglo!Pero quiero que me expliques como con tanto talento haces que estos dos simples versos pierdan todo significado al juntarlos con tu arte delirante y aberrante:

El principio ha dado a luz el final
Todo continuará igual.”

¿Como es que luego del final todo continuara igual? ¿De qué final hablas? ¿Incluso dime si acaso conoces la diferencia entre principio y final? tú que eres reina de lo nudos, de los caminos sin abismos. No me repudies, por mi pregunta, puedo inventar mil y una más con tus versos inconexos, solo agarré estos al azar, pues tus versos son esos jaulas sin pajaros, así que no te quejes. Puedo tomar otros si tú quieres y dejarte en el mismo sitio. Pero como tú ya eres de piedra y polvo y tu palabra solo cacofonía impresa, no tengo más remedio que paladearme con tus discípulas. (Se que hay hombres en sus filas, pero estos hombres no se molestaran para nada el género en el que los agrupo, ya que ellos abanderan estas ideolgias perversas tan de moda y de lenguajes vomitivos, inclusivos totalmente incluyente. Porque aquí, en tu reino de poesía que nos es poema, lo increíble se hace realidad, cualquier insensatez evocada en el fulgor de un amor frívolo tiende a ser llamado poema y a su artífice en vez de necio, poeta. Es por eso que acá los hombres no son hombres y las mujeres son poetas). Ya las veo venir con sus antorchas, ya vienen con sus arengas de odio, a llevarme a la hoguera, porque ahora las brujas son aquellos que luchamos por la desentrañar los misterios de la poesía. Vienen con esa furia primitiva de animal reprimido por siglos, y es por eso que tú eres su gurú, tú la que habla con tanta insensatez, la que tocas esas almas que no logran hacer de su palabra una herramienta para batallar contra el enemigo (que acá entre nos desconocen, y supongo se esconde al otro lado del espejo). De verdad querida autora de descaminados versos, siento lastima del monigote que han hecho de ti, tú que solo has querido en vida hacerte poeta y fracasaste, llegan estos más fracasados que tú y te adjudican el título que jamás lograste alcanzar. No es justo, que sean otros los que fabriquen con humo tus logros irrealizados, es inaudito pero cierto, que seas la voz de una época de intelectuales sin talla, que leen para presumir y no para entender o sentir. Porque gracias a tus mamarrachos poéticos ellos no necesitan entender, aquello que no fue escrito con alguna luz de entendimiento.

Entiendo tu pasión desenfrenada, es allí lo delirante de tu obra, pero no solo de delirio se escribe el poema o tu delirio tal vez no es lo que parece, y es como estos jóvenes que te adoran, una mera apariencia de delirio. Aunque yo logro vislumbrar en tus palabras el delirio por figurar, por ser reconocida, por verte ante los ojos de los verdaderos poetas como una mujer maldita, como una marginal incomprendida. Y no te niego esos triunfos, aunque estos no son los que tu esperabas. Para mi eres enteramente marginal, a pesar de tu actual fama. También para mi tienes mucho de maldita, es más eres una maldición para la poesía actual, has servido para dejarla en el atolladero, la has condenado a un mundo por fuera del cielo y del infierno y de las almas, lo afincaste al mundo de la cursilería, de las emociones simplonas, de los lamentos y caprichos de jovencitas alocadas. Por eso imploro sin esperanza que se cumpla tu exilio, aun sabiendo que no eres ese ángel de tu esperpento ya famoso:

Esta manía de saberme ángel,
sin edad,
sin muerte en qué vivirme,
sin piedad por mi nombre
ni por mis huesos que lloran vagando.

No me canso de admirar esos escarceos fútiles con el oxímoron, ese que buscaste en una muerte donde vivir. Por esa manía tuya de creerte ángel y verlos en todas partes.

¿Y quién no tiene un amor?
¿Y quién no goza entre amapolas?
¿Y quién no posee un fuego, una muerte,
un miedo, algo horrible,
aunque fuere con plumas,
aunque fuere con sonrisas?

Me atreveré en este instante a ser tan atorrante como los que te rezan como a su ángel de la guardia y responderé, desde mi necio lugar por ese "quién" que tanto buscas y que esta repetido en estos mismos versos y que son dos efigies que componen un solo cuerpo sin cuerpo sin sombra: El Ángel y La Muerte. En el espejo de la vida quizás son uno o ninguno, pero están en frente de las narices de tus versos respirándote en la nuca y en la de tus abnegadas lectoras. ¿Será por eso acaso que más siniestramente una sombra que presientes, que te respira pero que no logras atrapar? ¿Será acaso esa la sombra de la poesía que tanto perseguiste y tanto amaste? Esa sombra que no muere, la sombra imposible que tus versos persiguen como la liebre a la tortuga. No puedes abrazar la sombra de una efigie, pero entiendo que todo esto es parte de tu delirio y por eso creas que es lava del infierno, la poesía, una logia callada. De la que en vida no te permitieron hacer parte y de la que yo como lector no te doy ese lugar. Vuelves a perderte y hablas de fantasmas con erecciones, porque eso son tus versos formas sin cuerpo ardiendo en el humo. No diré nada de los sacerdotes de espuma, allá ellos y que tus seminaristas interpreten ese verso, que me produce reflujo y solo pienso en un antiácido para soportarlo. Vuelves a tus ángeles y no puedo entender para que, y supongo que tú tampoco, pero aun así les das cuchillos para hacerlos más intimidantes y justamente en la noche para darle ese efecto cliché de cuento de terror victoriano. ¿Serán acaso tus cómplices, adláteres que te ayudan a descuartizar la esperanza que se levanta cada vez que intentas elaborar poema?

Dejare pues yo también esta perorata, porque no es otra cosa que esto, como delirantes son tus versos. Porque no tiene propósito alguno de haber escrito sobre algo que no tiene ni pies ni cabeza, como diría un matemático leyendo uno de tus textos. Así que te dejaré en paz por ahora o por lo menos en este punto, así como espero tú y tu sequito dejen pronto en paz el cadáver de la poesía y la dejen resurgir del cieno en que la hundieron como el fénix que habita en esa muerte del verso.