sábado, 31 de agosto de 2019

LOS DEMONIOS MARGINALES




Stalker, Tarkovsky, 1979


¡Estoy perdido! ¡Alguien posee y gobierna mi alma! Alguien manda sobre todas mis acciones, todos mis movimientos, todos mis pensamientos. Yo no soy ya nada en mí mismo, salvo in espectador esclavo y aterrado de cuanto hago. Quiero salir pero no puedo.”
Guy de Maupassant, El Horla, 1887

“En las crisis místicas, los gemidos de las víctimas son paralelos a los gemidos del éxtasis.” Emil Cioran, Breviario de podredumbre, 1972

“La naturaleza divina como no entra nunca en comunicación directa con el hombre, se vale de los demonios para relacionarse y conversar con los hombres ya durante la vigilia, ya durante el sueño. El que es sabio en todas estas cosas es demoniaco; y el que es hábil en todo lo demás, en las artes y oficios, es un simple operario.” Platón, El banquete.


Se rompe el silencio, la máscara del bufón se cae ante el público atónito. El demonio marginal se libera de su prisión y toma la voz y el cuerpo de aquel que le mantuvo preso, para transfigurarlo en el genio o en el loco. Ese daimón que emerge de las profundas pasiones del hombre, que busca filtrarse por las grietas de una cultura enferma que lo intenta anular. Que sale a luz dando alaridos demenciales, que hacen trastocar el orden de las cosas moribundas, de la falsa historia del mundo y de su artifice humano. Ese espíritu al cual Maupassant dio el curioso nombre de El Horla y del cual irremediablemente no pudo escapar por medio de su arte literario. El espíritu dionisíaco, tomó finalmente control de todos sus actos y los pensamientos, Maupassant se creyó condenado, cuando su daimón fue liberado.
Lucifer, Franz Von Stuck, 1890

El daimón tiene un rostro trágico, un rostro oscuro e implacable, una sombra que asecha el cuerpo del que siempre ha sido dueño, del que es rey y soberano pero que la cultura ha querido usurparle el trono a través de la historia, de las religiones y las locuras de las guerras, de las ideologías y otra cantidad de espectros atroces. Más el espíritu del horla es más antiguo que el hombre, es el polvo divino que gravita en aire, en la naturaleza, en las obras más sublimes que ha podido realizar y contemplar el hombre. Pero su efigie nos produce cierto horror porque atenta contra esa falsa moral que nos fue heredada por los hipócritas, que ocuparon anteriormente nuestro lugar en este mundo de las cosas, intentando fabricar ilusiones vacuas entre las que se erige numinosa la faz de un dios demencial y embustero.
Y fue en nombre de ese dios de muchos nombres y rostros, que intentaron aniquilar ese mensajero divino y dionisíaco, que nos acerca a ese mundo que tenemos en frente y no queremos ver.
Por eso el hombre camina virtuoso por el sendero insolente de la mediocridad, temeroso y apocado, envidiando la libertad del loco, la sabiduría del genio y la plenitud de los muertos. Llevando así una vida miserable y marginal, bajo el gobierno de unas normas ilusorias y ridículas, que solo evidencia lo fútil de su existencia dentro de ellas.
Se rompe el cristal y el paradigma. La represión hace que el daimón este furioso, lleno de energía potencial, con deseos devorarse al mundo, y el pobre títere que es el hombre perece a su merced, frente a esta colisión producida por dos espíritus contrarios, por dos terribles adversarios, donde solo el hombre la pagará muy caro en esta cruenta batalla. Sumiéndolo al ostracismo, a la reclusión o al suicidio.
Este es pues un pequeño tributo a esos demonios marginales que florecieron en el cuerpo de hombres atormentados, hombres miserables que, desesperados por el fanatismo de la cultura, sucumbieron al seductor susurro de su demonio.





El hombre que confundió la cabeza de su padre con una nuez.


The Human Eye and a Fish, 
The Latter Petrified, Baargeld, 1920
Dos hombres determinaron su obra artística con un hacha. Uno fue el ya desconocido artista dada Johannes Theodor Baargeld (1892-1927), que destruyó una de sus obras a hachazos en plena exhibición ante la mirada estupefacta del público que fácilmente pensó que se trataba de un loco. El otro hombre, fue incluso más allá. Richard Dadd (1817- 1886) fue un pintor inglés, que dio el golpe de gracia en la cabeza de su padre a la que quizás confundió con una nuez, o por lo menos eso recreó años más tardes de su crimen en la pintura que llamó: The fairy teller’s master-stroke. (1855-1964). 

En esta obra somos espectadores (al igual que los otros seres fabulosos que aparecen en escena) del acto in medias res, de un leñador que parece intentar partir en dos una enorme nuez. Esta obra, como podemos constatar por las fechas, tardó alrededor de nueve años, y por el detalle logramos comprender la profunda dedicación filigrana a la que se entregó Dadd para su realización, para que el resultado final fuese una obra enigmática cargada de símbolos bien delineados medio ocultos en la espesura de un bosque de ensueño, donde figuras de fábula, (duendes y hadas) acuden expectantes a contemplar el “mágico” acto que está a punto de realizarse. Pero la obra también invita a aquel ojo transitorio que esta por fuera de la obra para que se haga participe del sempiterno evento, de la contemplación de aquel misterioso acto que parece detenido en el tiempo.
¿Qué nos quiere decir Dadd con esta obra? Eso será indisoluble enigma que quizás el pintor se llevó consigo a la tumba. Pero me intriga más saber que vemos nosotros en ella, acaso sin la previa historia de la vida del artista, podríamos revelar en ella que la misma mano que empuño el pincel para dar vida a tan delicadas formas y colores sobre el lienzo es la misma que blandió el hacha, poseído por el dios Osiris para acabar con la vida de su padre Esta situación inquietante me lleva a otra pregunta, sobre el carácter trágico que esta obra encierra, donde lo trágico quizás venga de la mano con lo fantástico.
¿Y que ese pues lo fantástico?  Todorov, dirá que es la duda de un ser entre las cosas que considera reales y la sorpresa que le causa aquello que le resulta sobrenatural.
Con esto podemos volver a la imagen del daimón, donde aparece como vinculo del hombre con eso que lo sobrepasa, con lo sobrenatural, con lo divino y su contra cara.
La aparición pues de lo trágico, se origina con ese choque entre lo que el hombre creía natural y lo sobre natural. Lo trágico aparece con la duda existencia de las cosas. Con la percepción que teníamos de ellas. De este modo el hombre pone en la balanza todas sus antiguas concepciones. Deja en evidencia que nada es imperturbable e inamovible o hierático, que todo es caduco y movimiento, que la verdad es una mentira, un concepto que sirve a unos cuantos, que sirve para preservar la imbecilidad de los fanáticos que no quieren cuestionarse más allá de sus narices. Aquí surge pues lo trágico, la cacería de brujas, porque como dirá Cioran: “El fanático es incorruptible: si mata por una idea, puede igualmente hacerse matar por ella; en los dos casos, tirano y mártir es un monstruo.”
Dadd era un monstruo que creía ciegamente en lo sobrenatural y mató en función de esta creencia, pero a su vez para Dadd el mundo, su padre y lo “real” se había convertido en una terrible hidra que debía aniquilar a favor de un ser divino y sobrenatural.
Pero este gobierno sobre natural, hizo del monstruo trágico de Dadd, un artista, que logró sublimar o condensar esos dos mundos, lo fantástico y lo real, se hicieron uno en su obra. El sueño era parte de la vigilia y la vigilia no era más que un sueño. De allí quizás esa fascinación por el mundo de las hadas en las que él era a su vez espectador y artificie. Personaje inmerso, narrador omnisciente, y sujeto del azar.

El sueño de Titania 1841


El caso trágico de Dadd reside en que no pudo negociar con su daimón y fue gobernado por la violencia de este, que gracias al confinamiento pudo convertir en obras pictóricas de un simbolismo abrumador. Dadd de alguna manera recuerda con sus pinturas ese mundo desbordante de los sobrenatural que en su momento plasmó el Bosco, para que los hombres vulgares tuviéramos la posibilidad de echar una mirada al infierno de cada uno y dialogar con nuestros demonios.




El mendigo de los reinos fantásticos


Henry Darger, fue un hombre marginal en todo el sentido la palabra. Un individuo que no entendió las reglas del mundo, que paso a ser una sombra entre los hombres, pero que, en medio de ese estado, de sombra alcanzó la luz de su obra, a la cual dedicó toda su vida en la soledad de su habitación sin dejarse perturbar en el por el mundo de afuera. Dejando así con su muerte una obra inmensa e y monomaniaca a la cual aún no se puede dar el título de genialidad o de locura.
Darger, intentó por medio de la pintura y la escritura, crear un nuevo reino donde refugiarse de ese mundo que siempre le negó el don de la existencia. Y fue allí en medio de palabras, de imágenes surrealistas donde se reconoció así mismo. No como un ser marginal, si no como un dios de un mundo caótico, donde el azar era impuesto por el rigor de su mano y la pasión que le gobernaba.

Habitación de Darger

Con su obra no quiso abrirse, al mundo, pues jamás, en vida de este, se conoció nada de ella. Solo con su muerte se evidenció esa pasión tan profunda, tan necesitada de ser expresada, valiéndose de infinidad de recursos tanto pictóricos como literarios.

Para Darger quizás el mundo que los demás llamamos real, no era más que una ilusión, un sueño que le nutria de imágenes y herramientas para construir ese reino irreal. Fue tal vez la vida diaria su duermevela y su obra su eterna vigilia. Transitando por este mundo como un sonámbulo consciente que aquellas cosas que otros atesoraban y ambicionaban no eran absolutamente nada más que ilusiones, conceptos vacíos, que de nada servían para un creador como él.
Darger murió sin pena ni gloria dentro de este mundo del espectáculo para fundirse profundamente con el reino que había creado. Y como todo un dios creador, su presencia fue invisible e irrefutable. Darger estaba en todas partes y en ninguna. Al fin la escena trágica del teatro del mundo había terminado.

miércoles, 28 de agosto de 2019

EL LENGUAJE DE LA LOCURA: ENTRE LA RAZÓN Y LA EMOCIÓN



Come into these yellow sands by Richard Dadd


“¿Qué eres tú lector? ¿En qué categoría te sitúas? ¿en la de los necios o en la de los locos?” Flaubert
“El lenguaje disfraza el pensamiento. Y de un modo tal, en efecto, que de la forma externa del ropaje no puede deducirse la forma del pensamiento disfrazado; porque la forma externa del ropaje está construida de cara a objetivos totalmente distintos que el de permitir reconocer la forma del cuerpo”
Wittgenstein, Tractatus lógico-philosophicus

El objeto de estudio de este trabajo parte de dos conceptos: Locura y Lenguaje. Tomando como referente de investigación primigenia el libro de David Le Breton, Las pasiones ordinarias, donde analizaremos la significación que ciertas emociones expresadas dentro de una cultura pueden ser etiquetadas como la expresión o la voz de un loco. Generando así la segregación social y el aislamiento del individuo a causa de una ruptura en la lógica comunicacional entre el sujeto y la sociedad en la que se encuentra inmerso.
The object of this work start from two concepts: Madness and language. Using as reference for this research the David Le Breton’s book called Passions ordinaries. Anthropologie des émotions from which we analyze the meaning of some emotions express inside the culture that could tagged as the expression or the voice of a maniac. Generating social segregation and the isolation of the individual because a rupture in communicational logic between the subject and society that he is into it.

La voz de la locura en una cultura enferma.
Para hablar de la expresión, de un lenguaje propio de la locura dentro del ámbito cultural sería un tanto limitado y amañado abordar esta pesquisa desde una sola mirada o solo un campo epistemológico. La cultura se ha nutrido a través de la historia de un abanico tornasolado y fluctuante de posturas, opiniones, saberes e hipótesis para determinar que es la locura a partir de la situación y el tiempo en que suceden los hechos. Sin embargo, esta dinámica de apreciación de la locura deja en un desierto de posibilidades al investigador.
La sola pregunta de que es la locura, nos sitúa en un espacio abstracto y subjetivo, al límite de la lógica, de los hechos: “Una proposición solo puede decir como es una cosa, no lo que es.” (Wittgenstein, 2005). Desposeída de un carácter materialista, factico; tras la ausencia de ser objetual siendo sujeta al sujeto, la locura busca entonces, ubicarse en terrenos más próximos a lo imaginario y lo ideal en servicio de la cultura. Dando cabida a una simbólica social que la funda dentro del lenguaje corriente, pero valiéndose de una función cognitiva-informativa, que intenta instaurarla y clasificarla como una certeza lógica dentro de la cultura dejando por fuera, sin embargo, otra función principal del lenguaje que es la de expresar emociones, un lenguaje afectivo-expresivo.(Szasz, 2001)
Esta función restringida del lenguaje, nos plantea una paradoja frente lo que dice Le Breton (1999) acerca del pensamiento:
“Un hombre que piensa es siempre un hombre afectado, que restablece el hilo conductor de su memoria y está impregnado por cierta mirada sobre el mundo y los otro.”
Ante esto, evidenciamos que el pensamiento no solo cumple una función informativa si no emotiva por medio del lenguaje, donde la función emotiva carga de significados personales los hechos. Es una herramienta que nos sirve para anclar en la memoria cualquier suceso, cualquier palabra o silencio. La emoción como nos dice Le Breton[1]: “es la definición sensible del acontecimiento tal como lo vive el individuo, la traducción existencial inmediata e íntima de un valor confrontado con el mundo.” (Le Breton, p.109)
¿Más que ocurre cuando este lenguaje informativo-afectivo no alcanza para expresar el pensamiento? Cuando la palabra y los gestos de una simbólica social determinada por una cultura no son suficientes y llevan al sujeto a la desesperación, el ostracismo y el silencio. ¿Aparece entonces la figura del loco? Que, con una voz desconocida, quizás mística, quizás arquetípica, intenta hacerse escuchar por medio de un lenguaje nuevo u olvidado, que parece emular los aullidos salvajes de una bestia primigenia. El cuerpo se transfigura, adquiere un nuevo significado, los gestos se tornan estridentes o mutilados. Hay un estertor de angustia que gobierna al sujeto que perentoriamente lucha por articular una voz audible en el mundo del otro o por lo contrario para escapar por medio el mutismo de este imperio de la razón.
Llegamos de este modo a otro cuestionamiento ¿Es acaso este tipo de lenguaje propio de la locura? ¿son estos gestos y estos alaridos articulados por el cuerpo del loco o son solo el eco de un llamado que emerge del abismo silencioso del alma humana?
Cuerpo y Locura
Algunos autores como Szasz y Foucault cuestionan el carácter corpóreo de la locura e indagan en la suplantación del término por el de enfermedad mental.
Szasz por su parte, pone en tela de juicio la categorización de la histeria como enfermedad mental implantada por Charcot, comparando su contribución a la ciencia médica con el valioso aporte del cirujano Joseph-Ignace Guillotin. Para Foucault[2] la aparición del término de enfermedad mental tiene lugar en el siglo XVIII, es un producto resultante de la revolución industrial, como una necesidad para el desarrollo del sistema capitalista. Hasta ese entonces la voz del loco le era lícito expresarse en la sociedad, a tal punto que el loco, si bien adoptaba la figura del apátrida y sin ley, un anarquista puro en otras palabras. Con esto se vislumbra por qué la voz del loco se convierte en obstáculo para el desarrollo industrial moderna. Y el hospital psiquiátrico aparece al servicio de la sociedad capitalista como mecanismo de exclusión de todo aquel individuo que pueda parecer inconveniente el funcionar imparable de la maquinaria capitalista.
Estas reflexiones evidencian las fisuras frente a la existencia biológica, psicológica y fisiológica, de la enfermedad mental, que presume estar abanderada por la ciencia, cuando al perecer solo es determinada por las estructuras de poder de la cultura regente. El individuo será reducido a un número más y en los siglos siguientes, la voz del individuo perderá su eco si no tiene tras de sí un poder que respalde su discurso. El papel del bufón será confuso, y su lenguaje será vigilado, censurado y excluido según los designios del sistema operante. Con esto no se disipa esa sensación de incertidumbre que circunda a la enfermedad mental, solo se permite ver la instauración de una impostura que se ampara en la categorización de estas dos palabras para emplear su mano de hierro.
Sin embargo, no se puede dejar de lado y ocultar el carácter dual y contradictorio del estatuto que encierra estas dos expresiones: Enfermedad mental. En ellas se evidencia la conjugación de términos categóricos opuestos. La Enfermedad desde el ámbito médico comprende todo el espectro que se refiere a las dolencias o afectaciones que le son propias y exclusivas al cuerpo. Entendiendo el cuerpo como una máquina. Con esto hablamos de un hecho, de algo factico y tangible que se puede ubicar en ese cuerpo-máquina. Por el contrario, cuando nos referimos a lo Mental, nos adentramos al campo especulativo, quizás filosófico y tentativo de la subjetividad, campo en el cual también podemos ubicar a la Emoción y tal vez a la Pulsión. De este modo, aseveramos que la conjunción de estas dos palabras solo puede tener alguna valía dentro de lo metafórico y figurativo, como cuando nos referimos, de modo moral ante un episodio social e inhumano, con expresiones de este tipo: La sociedad, está enferma podrida y moribunda. Todos estos adjetivos solo pueden existir de manera figurada en un campo literario o artístico, pero no de un modo objetual y factico. No puede dársele corporeidad. ¿Puede entonces de alguna forma lo metafórico y ficcional afectar lo corporal hasta el punto de categorizar ciertos pensamientos y emociones como patologías ajenas a lo fabuloso y enteramente propias de lo material? Allí aparecen términos como psicosomático, fingimiento e histeria (Szasz, 2001) pero esto no nos da una respuesta clara y contundente, solo nos remite a la indagación historicista de estos términos. Los síntomas que se manifiestan en el cuerpo tienen un carácter netamente biológico, orgánico. Sus causas son producidas por la herencia, el detritus, el uso extenuante de un órgano en sí. En pocas palabras ¿podríamos hablar de un cáncer mental sin remitirnos a lo fantástico, a lo literario?
Sin embargo, surge aquí otra pregunta. ¿No es acaso el cuerpo ese vehículo que sirve como medio de expresión de nuestra mente, de nuestros pensamientos de nuestras emociones y sentimientos? ¿No se evidencia una manifiesta expresión corporal cuando nos hallamos presa de una profunda tristeza, del miedo o el asombro?
Podríamos decir que es cierto, pero que también estas expresiones corporales de nuestras emociones son producto de un evento físico, material, que repercuten en nuestras emociones, que tienen un lenguaje propio y personal para traducir la experiencia externa donde se desarrollan los sucesos. Pero entraríamos en una visión sesgada de los hechos. Porque no siempre es necesaria la ejecución de un hecho puntual para que la emoción haga que nuestro cuerpo ejecute sus corvetas afectivas. El recuerdo, la evocación es un atributo que tenemos a la mano y del cual podemos valernos en cualquier ocasión para traer a escena un sentimiento pasado.
Como hemos dicho las emociones poseen un lenguaje personal, una cantidad de símbolos y signos propios del individuo que permiten que cada individuo interprete a su manera los hechos que experimenta.
Cultura y Locura
¿Qué ocurre con el individuo que antes era llamado loco? ¿Con aquel bufón que divertía a los reyes y a la nobleza en los fastuosos palacios diciendo y haciendo disparates y aciertos sin un veto de censura? ¿Se reduce sólo acaso a ser arquetipo literario? ¿a una mera figura retórica que solo puede habitar el mundo de la ficción? ¿desaparece su corporeidad para hacerse una quimera? ¿Desaparece su voz? ¿triunfa la cultura silenciando la palabra del loco? ¿Qué hacer? Si la palabra es lo que dice Le Breton: “…el único antídoto contra las múltiples manifestaciones de totalitarismo que pretenden reducir la sociedad al silencio para imponer su capa de plomo sobre la circulación colectiva de los significados y neutralizar así cualquier atisbo de pensamiento.”[3] ¿qué hacer?
Aparece aquí, la figura del sujeto marginal, que representa la voz de los oprimidos, de los silenciados, de los muertos, de anulados, que se enfrenta a la cultura, a la cual Kafka dará su voto a favor de esta última[4]:
“En la lucha entre el mundo y tú, ponte de parte del mundo.”
Esta persistencia ante la tragedia, ante el inminente fracaso, conducirá al sujeto a enfrentarse cara a cara ante su sufrimiento que como Freud[5] dirá es producto de tres lados: El propio cuerpo, el mundo exterior y la relación con el otro. Esta situación evidencia los límites y la impotencia del sujeto para transgredirlos. Debe camuflar su voz en el arte, el mutismo o la embriaguez para no ser no ser clausurado completamente por la cultura. Para no ser diagnosticado de enfermo mental y excluido de la sociedad en un hospital psiquiátrico.
Los mecanismos de exclusión del sujeto frente a cualquier tipo de sociedad a través de la historia para Foucault son: En relación con el trabajo, con la familia, con el discurso y con el juego.[6] De manifiesto Foucault evidencia que la sociedad capitalista no necesita ociosos, hombres que no son instrumento, que no son parte de la máquina, quizás porque son un inminente peligro para el sistema de control, como dice Cioran:
“Los desocupados captan más las cosas y son más profundos que los atareados: ninguna empresa limita su horizonte; nacidos en el eterno domingo, miran y se miran mirar. La pereza es un escepticismo fisiológico, la duda de la carne.”[7]
La felicidad de un hombre inmerso en la cultura capitalista, no ha de encontrar goce en la contemplación, no ha de cuestionar los actos. La sociedad de consumo no necesita gente pensante si no gente que produzca para poder venderle luego con la plusvalía ese producto de efímero goce por él mismo fabricado.
Así pues, el loco pierde su figura errabunda, sin patria, ni hogar ni familia, y su inigualable voz se pierde en abismo de deseos mercantiles.
El hospital mental, aparece -según Foucault- como necesidad para enviar a los individuos marginales que causan molestias a la clase imperante y dueña del poder; frente a esto, Szasz supone un origen distinto, a partir de otras necesidades, como mecanismo de preservación de los bienes de los hombres poderosos que han perdido la cordura. Para que así confinados en el hospital psiquiátrico no despilfarren el dinero. Un ejemplo de este tipo puede traerse fácilmente, de la literatura, de la obra quizás más importante y que da inicio al género de la novela moderna; hablamos pues de El ingenioso hidalgo don Quijote de la mancha, en ella encontramos desde el comienzo el interrogante al que ya hemos hecho mención, que es la locura o quien es el loco:
“En efeto, rematado ya su juicio, vino a dar en el mas estraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para servicio de su república, hacerse caballero andante, y irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama.”[8]
 De entrada, Cervantes, de un modo muy astuto nos revela no sin un buen guiño que su héroe es un viejo loco poseedor de una hacienda, a la que ha descuidado a causa de su febril afición por los libros de caballería. Alonso Quijano, quien desde un tiempo prefiere que su criada y su sobrina le llamen Don Quijote, ha optado por hacerse caballero andante. Muchas pues son las trabas que encuentra este hombre en su afán de aventuras de las cuales al principio solo se ve apoyado de su buen escudero, Sancho Panza, un sujeto en apariencia simple y ambicioso, pero que no da juicios frente a la cordura de su amo, quien por el contrario lo encuentra como un hombre de muchos saberes y provechos. Sin embargo, Cervantes desde el comienzo, pone en juego dos personajes que representan el poder del estado y el poder religioso, como los principales opositores de la locura de don Alonso Quijano. Es la figura del cura Pedro Pérez quien intenta detener los supuestos desvaríos de Don Quijote, y este al verse afrentado por el hombre religioso no encuentra otro lenguaje que moler a palos a aquel que se opone en su camino, a hacerse caballero andante.
No pretenderemos extendernos en esta obra en más detalles, cuando nuestra intención es solo sacar a la luz la importancia que desempeña allí la figura de poder de la cultura representada en el cura, y la expresión agresiva que manifiesta el Quijote, al verse en tal situación. Y de paso evidenciar como la literatura se ha valido desde entonces de la locura para desenmascarar las siniestras imposturas y yerros de la cultura. De aquí sacamos entonces, dos factores que podrían llevarnos a una nueva pregunta: ¿Es posible que un hombre que este por fuera de la cultura pueda llamarse loco y acaso su voz demencial podrá tener algún eco inquisidor en la naturaleza que silenciosa evidencia su expresión?
Este interrogante de la expresión del loco en la soledad deja un enigma sin respuesta, pero puede darnos la certeza, que es evidente que en la cultura esa expresión solitaria podría dejar de ser natural y ser tachada de antinatural, amparándose en la idea que el hombre es un ser social y ciertos actos en soledad exhibidos y expresados al otro a plena luz evidenciarán, que este hombre está loco, que es un antisocial, un peligroso iconoclasta, un hombre enfermo que debe ser paradójicamente excluido y silenciado de la sociedad.
Literatura y Locura
Volvemos aquí a la pesquisa de la voz del loco, que encontramos un simpar de veces en la literatura y el arte. Pero su figura es arquetípica, es un diseño estético y refinado de su voz. El loco en la literatura convive con lo dionisiaco y lo apolíneo, comulga con ambos y se nutre de ellos por igual, porque su locura no es más que una contracara de la razón de su artífice. Más este racionamiento del artista no es un racionamiento frívolo y meramente indicativo. Su lenguaje cumple la dualidad de propósito indicativo y de expresión de una emoción. Es por eso que la poesía penetra en nuestro entendimiento, a veces sin comprender muy bien la razón porque se vale de la simbólica afectiva que cada individuo lleva en sí, para de este modo hacer consciente y latente aquello que el lenguaje ordinario no permite vislumbrar. Dejando muy en claro que el arte cumple entonces una función clarividente. Pero ¿puede el loco, el ahora llamado enfermo mental expresare por este medio? ¿puede alcanzar una voz propia para comunicarse con nosotros, para hacer de vínculo entre lo sagrado y lo mundano? Las evidencias saltan a la vista, los nombres como Van Gogh, Nerval, Artaud, Maupassant, Dadd, etc. C
recen en la medida que la cultura se hace cada vez más imperativa y represora. El loco busca con más afán expresarse ante el sufrimiento que le procura su cuerpo, el otro y la cultura. Lo dionisiaco le posee y le impulsa a la creación como forma de liberación ante un sistema represor de símbolos agonizantes que son los estandartes de esta cultura enferma.
Lenguaje y Locura
Queda pues preguntarse qué nos quiere decir el loco bajo la lógica de un lenguaje que nos resulta delirante y transgresor, pero que nos traspasa y estremece como el rumor de un huracán que se esconde en el horizonte, que amenaza derrocar falsos y viejos mitos, lenguas pútridas sofisticadas de falso valor, que intentan sumir al hombre en la locura y ocultarle que tras la maquinaria oxidada de la cultura solo habita un eco de podredumbre autómata y sin alma incapaz, de expresar un verdadero sentimiento que haga latir el corazón del hombre.   
No esta demás dar por terminado este artículo con una frase de Le Breton:
“Toda palabra se alimenta en ese lugar sin espacio ni tiempo que, a falta de mejor denominación, llamamos la interioridad del individuo: ese mundo caótico y silencioso que nunca se calla, rebosante de imágenes, deseos, temores, pequeñas y grandes emociones y que prepara palabras que incluso pueden sorprender al que las pronuncia.”[9]



Referencias bibliográficas
Le Breton, D. (1999) Las pasiones ordinarias. Antropología de las emociones. Ediciones Nueva Visión. Buenos Aires, Republica Argentina.
Le Breton, D. (1997) El silencio. Epub. Editor digital: Primo
Foucault, M. (1967) Historia de la locura en la época clásica. Fondo de cultura. Mexico
Foucault, M. (1999) Estética, ética y hermenéutica. Ediciones Paidos Ibérica, S.A. Barcelona
Szasz, T. (2001) El mito de la enfermedad mental. Amorrortu editores. Argentina
Szasz, T. (2014) Ideología y enfermedad mental. Ensayos sobre la deshumanización psiquiátrica del hombre. Amorrortu editores. Argentina
Szasz, T. (2005) La fabricación de la locura. Editorial Kairós. Tercera edición. España
Cervantes, M. (1983). Don Quijote de la Mancha. Editorial La Oveja Negra Ltda. Colombia
Freud, S. (1983). El malestar en la cultura. Editorial Skla. Colombia
Wittgenstein, L. (2005) Tractactus lógico-philosophicus. Alienza editorial, S. A. segunda edición. España
Nietzsche, F. (2014) El origen de la tragedia, Obras inmortales tomo III. Olmak Trade S. L. España
Kafka, F. (2012) Aforismos. Obras Completas. Random House Mondadori, S.A.S Colombia
Cioran, E. (1972, 1997) Breviario de podredumbre. Edición de Santillana, S.A.(Taurus)



[1]Le Breton, D. (1999) Las pasiones ordinarias. Antropología de las emociones. Ediciones Nueva Visión. Buenos Aires, República Argentina.

[2]Foucault, M. (1967) Historia de la locura en la época clásica. Fondo de cultura. Mexico

[3]Le Breton, D. (1997) El silencio. Epub. Editor digital: Primo

[4]Kafka, F. (2012) Random House Mondadori, S.A.S. Colombia
[5]Freud, S. (1983). El malestar en la cultura. Editorial Skla. Colombia

[6]Foucault, M. (1999) Estética, ética y hermenéutica. Ediciones Paidos Ibérica, S.A. Barcelona

[7] Cioran, E. (1972, 1997) Breviario de podredumbre. Edición de Santillana, S.A.(Taurus)
[8]Cervantes, M. (1983). Don Quijote de la Mancha. Editorial La Oveja Negra Ltda. Colombia

[9]Le Breton, D. (1997) El silencio. Epub. Editor digital: Primo


domingo, 28 de abril de 2019

LA APOSTASÍA DEL HÉROE (o La Palingenesia del Monstruo)





“El Verdadero sentido de la tragedia es esta mira profunda: que las faltas espiadas por el héroe no son las faltas de él, sino de las faltas hereditarias; es decir, el crimen mismo de existir,
…pues el delito mayor
Del hombre es haber nacido.” Schopenhauer

“Yazgo en la sombra, en largos e incomprensibles olvidos. De pronto me obligan a salir a la luz, una luz ciega que casi me asegura la realidad. Pero luego se ocupan otra vez de ellos y me olvidan.” Arreola

“El Héroe es el hombre de la sumisión alcanzada por si mismo.” Campbell

“No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo; anqueo mi modestia lo quiera.” Borges, la casa del Asterión

Simone es la llave y la prisión encarnada de las cenizas de un deseo. Es la Moira y Ananké. Simone no es Ariadna y ni yo soy Teseo. Poseo los rasgos símiles de la bestia, siendo quizás el asesino del héroe no soy yo aquí el villano si no más bien la trágica víctima. El hado nebuloso y el azar redentor han llevado mi bajel a los confines de las depravaciones de la dicha inalcanzable, al infierno de las pasiones libertinas que ahora en esta isla desolada de mi neurosis llamo Dudas, a la desintegración de la lógica y la vida, al olvido del mundo y su palabra, a la muerte de la contra cara del deseo, a resurrección irresoluta de la Nada.
No poseo otro Fatum que el de hacer parte del mito colectivo y olvidado de todos los hombres. Ese relato del fuego que se sueña eterno, que luego de su intensa llama, elevada hasta las alturas ha de redimirse en la tiniebla. Porque ni el azar majestuoso librara del terrible destino de la sombra a hombre alguno. Ni la espada ni el Asterión perduraran en el recuerdo; porque no existirá hombre ni deseo alguno donde anidarse el recuerdo de aquella leyenda trágica de la humanidad. La memoria dejara de girar con la música del fin como la rueda de Ixión.
Antes de proseguir es preciso que en mi necrología escrita (Que no es más, que otro intento de preservación infructuosa) haga entender al hombre que ya no estará para leerme, que exijo que con mi desaparición de no se siga produciendo aquel embrollo entre el héroe y el villano. Ya que ambos son lo mismo, y su aventura y su fracaso buscan el mismo fin. La redención en la muerte. Buscan en la muerte negarse al olvido, fundirse el mito de todos los hombres para hacerse inmortales. Porque en su lucha han encontrado el desengaño que parece vencer a la muerte, pero nunca al olvido. Creen haber descubierto en la vida el espejismo, la farsa, el teatro del mundo de aquello que se repite en sueños al otro lado. Pero es imperioso que se desligue esa ridícula alianza de lo bello a lo heroico y lo monstruoso al tirano. Porque el monstruo no es otra cosa que un objeto del destino, un producto defectuoso del azar, que ha nacido para ser marginado, para recrear falsamente lo grotesco del hombre, a sabiendas que es el hombre la mas terrible criatura que intenta con todas sus fuerzas destronar al destino de especie.
Este nefasto error de interpretación podríamos adjudicárselo a esa herramienta fabulosa que llaman historia. Que no es otra cosa que una ficción amañada narrada por el recuerdo caprichoso del victorioso o escasamente del sobreviviente de la tragedia. Mas no se debe olvidar, que el recuerdo es una ficción que se reproduce y se recrea como una hidra que va adoptando la cabeza de cada hombre que transmite esa historia narrada nuevamente desde su propio deseo. Pero la insensatez y la ceguera en busca de inmortalidad hace olvidar las formas de las que se compone el deseo que no es otra cosa que lo monstruoso. No por eso se puede negar la sentencia de Arreola de que: Toda belleza es formal. Porque en lo monstruoso reside a su vez el origen de lo bello. Basta mirar a profundidad algo hermoso para descubrir en el lo ominoso y este ejercicio puede realizarse de forma opuesta. Por eso quizás el hombre angustiado que busca refugio en el otro, en ese ritual llamado Terapia o análisis, cree que en ese mito confabulado allí debe adoptar el papel del villano. Olvidando que, en este rito, ambos hombres no son mas que espejos que se miran con la misma incertidumbre, aquejados por el mismo enigma incontestable. Ambos cargan la faz heroica y monstruosa del villano, ambos son víctimas del destino, ambos alcanzaran la gloria del olvido con la muerte de su deseo. Tanto el lugar del analista como el analizante se encuentran en medio del laberinto del deseo, adoptando alternativamente el papel del héroe y del monstruo. La figura del villano no es otra que el deseo mismo, el deseo como redentor y enigma. Como una interminable estancia poblada de infinitos recintos, de caminos sin salida, de puertas falsas, de senderos oscuros y jamás recorridos por ambos participantes, pero que desde la sospecha lo vislumbran.
El monstruo ha podido reconocerse en su negación como héroe, como sujeto. El monstro ha de negarlo todo. Porque la negación es la única realidad posible para él. Su existencia es un simulacro del ser, un teatro donde se ponen en escena interminables tragedias con interludios cómicos que solo son producto de ilusiones construidas por el recuerdo, gran artífice de ardides y engaños que presumen preservar la farsa que ejecuta la existencia. El monstruo es pues un ser engañado y su vez desengañado ante su propia sombra que tantas veces adopta la forma y el símbolo del reflejo, del doble, del enemigo, del villano. Ante el desconsuelo que la negación revela; lo monstruoso deja al ser en un constante proceso de extinción, de ausencia y perdida.
Todos somos víctimas monstruosas a causa de nuestra orfandad en la que nuestro deseo nos ha dejado. No sabemos bien que papel representar en este mito del mundo. He llegado a suponer que somos vagamente un recuerdo de un hecho que nunca se conjuró, de una acción muerta desde sus anales, somos producto de una ficción anhelante, angustiosa que se adentra en un laberinto que parece interminable.
En ese laberinto buscamos la palabra de la madre fantasmal, esa palabra descompuesta que sabe a imaginación podrida por el recuerdo ajeno y nunca imaginado del Otro.
Heredamos de nuestro primer y último padre el ridículo y la vergüenza. La novela inacaba, que intenta narrar como el Tristan Shandy nuestra propia historia, pero nos perdemos en disertaciones y otras bagatelas que no son otra cosa que la existencia misma de todo hombre. Al intentar narrar nuestra historia no hacemos otra cosa que erradicarla, que ponderarla en el olvido.
Por eso esta necrología, la escribo no para ser leído o escuchado. Escribo para ser olvidado, para ser erradicado de la memoria nefasta de todos los hombres. Porque nada puede engañar al olvido, que es posible y más cercano nombre del Destino de todas cosas soñadas e infortunadamente reales.
Por eso deposito en Simone, esa madre muerta y eterna que como un fénix incendia mi deseo muerto e insurrecto, mi angustia y mi afán de olvido y desaparición, para que me perpetúe en el instante de una sola palabra jamás pronunciada, en ese gesto insinuante, provocador, perverso que es el gesto de toda mujer. Porque en toda mujer se gesta el caos, la razón de la locura, la ideación de permanencia en esta tragedia que se disfraza bajo tantos tintes ridículos haciendo las veces de una comedia absurda. Porque en esa efigie se esconde el secreto de lo heroico de lo eterno y lo ominoso.
Soy el espectro de mi madre ahorcada en una forma cruel y censurada por la mirada de otro espectro que como yo busca un cuerpo al cual asirse y en el cual prolongarse. Soy el efecto libertario de la dictadura del padre humillado para dejarme salir del huevo. Soy lo que La doble y única mujer de Palacio oculta en su relato:
“Nadie puede quererme, porque me han obligado a cargar con éste mi fardo, mi sombra; me han obligado a cargarme mi duplicación.”
La fortuna de mi duplicación parece sempiterna, aunque auguro la redención de la sombra. No añoro una metempsicosis de mi deseo en otro sujeto. Porque mi deseo es una falsa ilusión, una máscara hueca, una interpretación amañada y minúscula del deseo perene, una ínfima pulga en el universo insensible del deseo mismo. Pero los espejos de la duplicación hacen un efecto Droste para aquellos que no ven la forma como una perpetuidad etérea y se dilucida para nosotros que todos llevamos la marca imborrable de la bestia del deseo. Seremos polvo, seremos ruinas olvidadas, palabras mudas, sin embargo, la palingenesia del monstruo que nos devora a cada uno en su propio tiempo y forma única saldrá invicto en la batalla. Se caerán los teatros, el yo será un sueño muerto que no podrá bailar para nosotros nunca más… Basta ya, de digresiones y circunloquios, no puedo evitar la desintegración que me llama a su seno, debo volver a mi forma monstruosa que no es una, es informe y multiforme, algunos dirán que es una de una materia metafísica, no tengo ya tiempo para debatir cuestiones que poco importan. La sombra viene lentamente al caer la tarde. Ya he puesto en el altar mi deseo para el sacrificio en busca de reivindicación, al asecho de un redentor, porque aquello que no puedo nombrar al otro, pero que quizás hace parte del otro, anhela renombrarse en otras formas, otros cuerpos, otros sujetos, otros espectros y recorre las ruinas del ser que me queda, en el centro mismo de mi descomposición como hombre y monstruo, como Analista-analizante, como un antihéroe inefable que lucha por recordar el olvido, mintiendo, fabulando, ficcionando, deconstruyendo la nada, preguntándole al otro que me sigue como un fantasma en mi carrera, lo mismo que el Asterión de Borges por los pasillos infinitos de su laberinto:
“¿Como será mi redentor? Me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?
En este punto sin retorno, en este espacio reducido, obsesivo, psicótico y perverso, me embriaga el olor a podredumbre de mi madre descompuesta. Las moscas y las ratas se nutren de su seno repugnante del cual fuese antes alimento de aquel fantasma que me acecha y logrará finalmente erradicarme para dar paso al siguiente. Por más que intento saciar mi muerte venidera con la sangre del dios putrefacto al que he asesinado por que lo soñaba como mi ultima esperanza de salvador, la sed de olvido no logra apaciguarse, solo el hundimiento de mi mundo en la sombra podrá traer la liberación que ahora sueño.
Toma la llave Simone de este deseo impugnable y arrójala al océano insondable de la ceniza. Porque sólo la forma espectral de la mujer puede desafiar y cuestionar la negación del monstruo y hacer de este, un esclavo más de su propio deseo.

lunes, 10 de septiembre de 2018

Lo incomprensible


 

“Sin embargo, tengo miedo, miedo de lo que mis palabras harán de mí, de mi escondite, una vez más. ¿Y si hablara para no decir nada, pero absolutamente nada?” Beckett

“El lenguaje no puede representar lo que en él se refleja.” Wittgenstein

“Nos hallamos ante una víctima que busca un verdugo y que tiene necesidad de formarlo, de persuadirlo, y de hacer alianza con él para la más extraña de las empresas. Por eso los avisos clasificados forman parte del lenguaje masoquista, mientras que están excluidos del verdadero sadismo." Deleuze

“El deseo se va con ello al cagadero.” Lacan

Una boca. Una boca llena moscas, una boca que evoca un desfiladero insondable. Un deseo innombrable. Una boca que es sumidero, una cloaca. Una boca que es fosa común donde desembocan todos los restos de deseos que se hicieron maquinas deseantes inoperantes, fragmentadas sin un manual de uso. Boca erotizada y diabólica. Boca que engulle, boca que vomita, boca que regurgita, que sostiene el veneno en la punta de la lengua. Boca que recibe y expulsa. Boca que besa a la madre y le muerde el seno. Boca que se mueve en silencio y no dice nada. Boca que es ano. Ano y boca: Uróboros que se alimenta de sí misma. Mierda alimento que la palabra llama conocimiento. El lugar determinado donde se hace silencio y se impone el deseo. Deseo imperativo, deseo antinatural que es entera natura, que se impone por el sufrimiento vital de sentirse cercano a la muerte para responder a la demanda no dicha del otro. Se grita en un lenguaje primitivo que la vida se impone, prevalece, aunque se intente diariamente, en todo lugar y situación no situacional, ahogarse en la propia mierda. El innombrable se revuelca insatisfactoriamente en el límite de su lenguaje, porque solo allí ilusiona su mundo, su guarida, su encuentro con el otro. El innombrable se jacta de palabras, se maquilla, se oscurece con ellas, se erradica con ellas hasta quedar reducido a un simple reflejo de un discurso fragmentado, que terminará posiblemente desgarrando el ano comunicacional entre él y el otro, al que solo busca como amo de su deseo masoquista. El innombrable pone las reglas sobre la mesa, en un tablero de ajedrez donde dos ciegos juegan al Go, mientras un tercero invierte los bandos. El espectro del amor, es un mas allá para los jugadores; el deseo de extinción es un más acá para el Innombrable. La trasferencia como un sueño imposible, una luz mortecina en un día soleado, una sombra que no se proyecta en una noche sin luna. Comunicación: Quien habla se escucha a sí mismo, se miente a si mismo creyendo, moralizándose en que el otro escuchó aquello que no pudo decirse a sí mismo. El analista se interpreta como escucha a sí mismo, representa su interpretación de todo eso que no son hechos, que no es lenguaje ni límite del otro para ponerse en una posición dispar e inequivalente, para verse cara cara con el reflejo que es el otro al que no pudo escuchar porque su propio deseo, se apropiaba de las palabras usurpadas. Los otros estructuran una red inhumana de afectos humanos, que se hace ley para el que está más allá de cualquier ley y que debe vivir en el ostracismo su propia sintaxis. La palabra ya no dice nada. En ese más allá de la palabra se ha de instaurar la muerte y más acá de la vida se funda el erotismo que preserva el deseo. El deseo no se quiere hacerse palabra, porque la palabra es traición del pensamiento. El hombre se descompone en cada palabra dicha. El pensamiento es la cloaca donde se acunan las palabras. La palabra se hace verbo, el verbo se hace carne podrida. El acto es la realidad del hombre encadenado a la fantasía de la palabra: Santo Miller ilumínanos con tus palabras: “Detrás de la palabra esta el caos. Cada palabra es una valla, una barra, pero no hay ni habrá jamás suficientes barras para formar una reja.” La palabra ha oscurecido al hombre, es el octavo día de la destrucción otorgada por aquel benevolente dios disociativo y sádico que fragmentó el mundo en una babel de idiotas tartamudos. El innombrable poseído por una obsesión de hablar por el culo, se alimenta de complacencias hacia el otro, lo regocija de agasajos, se somete al otro, fabricando un listado de suplicios, que llenaran el vientre de su deseo, una y otra vez, para desembocar en una estruendosa, atonal e incomprensible flatulencia a la que llamara AMOR. Interpretar aquella grandilocuente epopeya anal, es la Aporía que fulminará al Analista-espectador; y el Sócrates amado, se confundirá con en amante.  Se firmarán contratos de parte y parte, porque ambos buscan en su ignorante moral simbólica, un mismo final, mas allá de la palabra, más allá del amor, de la demanda del deseo. Ambos son objetos crueles, fantasmas sádicos de su cuerpo masoquista, fantasmas que se instauran sobre su propia eliminación y que lloran las mismas lagrimas que lloró Bataille. El final los excede a ambos, perdidos en el erotismo y la muerte, confundiendo el falo con un faro, a la torre de Nabucodonosor con una pagoda pestilente, que solo ha servido de receptáculo para el sieso sucio de un numen creado por el hombre a imagen y semejanza. Es natural perderse, de oscurecerse entre palabras tan fácilmente confundibles, El amor no es más que un duelo, una palabra impositiva, de una ilusión fingida, de un engaño de que no se ha tenido, pero se ha perdido en un falso hecho que no puede ser demostrado. Es todo lo que se excreta del deseo y de su reflejo. El amor refleja la mierda del Innombrable. Se habla mucha mierda para ocultar la demanda. El amor es la boca que repite el eco fétido, oblativo del deseante. La boca busca desaparecer en la boca del otro, en la palabra del otro, busca hacerse la mierda del otro, ese producto resultante al ser devorado por la demanda inexistente del otro, ese sádico impuesto por el demandante, y es así como el sádico-víctima se configura en lo cambiante de un objeto fijo, al que se le hace innombrable dándole un nombre, una alteridad a la que no le corresponde el puesto de ser otro. Lo aparente, el reino de los fantasmas es el reino del amor, es la inversión del deseo. El innombrable lo diluye todo. El deseo no exige actos, el deseo muere cuando deja de lado ese componente deseante, cuando se pasa al acto, cuando deja que el erotismo se estrangule en copula primitiva de animal que no conoce la existencia de la muerte. El Amor enceguece al innombrable, el amor es egoísta, es ilusión pura y manifieste, es aquello que se disfraza de deseo que a falta de recursos busca ser nombrado para así creerse existente, real, corpóreo, maquina deseante. Lo incomprensible entonces aparece como el ideal de los deseantes, es la palabra impronunciable, innombrable, es la clavija salomónica para comprender, para difundir y comunicar la información que se encuentra en el retrete donde han cagado los Analizados-analizantes. El deseo como un vehículo liberador y una prisión en movimiento donde su chofer ha de ceder a las demandas de sus pasajeros, el chofer no ha de creerse que es un padre, ni un guía turístico, ni un sanador. El chofer solo debe llevar hasta el destino que se encuentra más allá de la palabra, acá donde los hechos son el mundo. A ese mundo sin límites donde el lenguaje no tiene gobierno ni es imperativo. El vehículo del deseo ha de aventurarse y probar nuevas rutas, invertir su lugar, usurpar el sitio del pasajero, para así poder contemplar mejor el paisaje, con ojos nuevos, debería responder a la señal de STOP, acelerando hasta caer al desfiladero. El innombrable se nombra así mismo como guardián de su deseo. El innombrable desea lo desagradable. El innombrable juega con su propia inmundicia, se jacta de ella, se alimenta de ella una y otra vez para preservarse. Para darle un sentido a su vida infecta de amor nauseabundo y carente de deseo. El innombrable se haya tan cerca del origen de su deseo que para eso se situado en las antípodas de este. Ha visto con claridad y brillantez que todo lo que excede su amor no es más que desperdicio. La palabra es la creencia incomprensible de lo innombrable, de la realidad que se encentra más allá de toda boca o ano que la enuncia.