martes, 5 de mayo de 2020

Horror Incognita



La profecia, Roberto Ferri

"Es médico quien sabe de lo invisible, de lo que no tiene nombre ni materia, y sin embargo, tiene su acción." Paracelso

“La enfermedad entra y sale del hombre como a través de una puerta.” Canguilhem

“A blow with a word strikes deeper than a blow with a sword.” Robert Burton

La incertidumbre de la bestia arcangélica
¿Puede un hombre aferrarse a lo desconocido? ¿llamar hermano a un forastero? ¿puede habituarse a la incertidumbre? El horror a lo incierto deja en evidencia su impotencia, su carácter indivino. Hizo de su palabra el mejor aliado ante la adversidad. Hizo de la palabra ley aun cuando está solo, es quimera, imposibilidad en el mundo fáctico. Entre el hacha de piedra y el lenguaje instauró las reglas de juego de la cultura. El mundo fue creado por el verbo divino. Y ese reino de certidumbre sagrada de la palabra ha sido siempre protegido por la evolución de sus armas de contingencia. Aterrado queda el hombre de supuesto saber infinito, cuando descubre que un fenómeno no puede ser encarcelado en ese fabuloso mundo de la palabra. Qué puede decir entonces cuando otro hombre, en igualdad de condiciones naturales y artefactos discursivos, detona una bomba verbal a la cual no tiene como responder más que con un gesto de inaudita perplejidad. Vuelve a cifrarse en la angustia arcaica, intenta buscar refugio cercano, pero como la caverna ha sido ya sepultada por su reino histórico de palabras, no ve otra alternativa que atacar con el encierro categórico hacia el discurso incomprensible del otro. Y para este ineficaz enfrentamiento no tiene una palabra que sirva de reja para de limitar la palabra indómita del otro, así que recurre a encerrarlo con una palabra que ha servido siempre de escudo ante cualquier ataque sublime. Delimitará al otro como “Loco” o como “Enfermo mental”.
La enfermedad, esa perpetuidad del circulo que se repite y se repite como reconstrucción de un pasado y un futuro en un inexistente presente, ese nefasto Uróboros de la angustia perenne que solo el “loco” hace lúcido y lo manifiesta como su verdad. Se valdrá el hombre “normal” de recursos lingüísticos de saberes historiológicos y culturales ante el asecho de la palabra del loco, para ocultar su ineficacia de sentido, su impotencia contundente ante la palabra que suplanta a la palabra de la norma, ante el discurso sofisticado y de una lógica cimbreante a la que no puede atacar y mucho menos mostrarse derrotado. Amparado en la cultura y el lenguaje delimitado de esta, intenta sentirse seguro de confinar al otro a la negación, de poner al Loco en ese no-lugar que no logra comprender. Presa de terror abogará por el lenguaje psicológico o psiquiátrico, ese lenguaje que hasta hoy no ha podido liberarse de las categorías. 
Un afán enfermizo por clasificar incluso lo inclasificable en cada época de turno, convirtió al hombre “normal”, en una de sus categorías, en un enfermo sin saberlo. El genio de ayer será el tonto del mañana, el monumento del héroe de una patria derrocada será dilapidado por el Napoleón de una nueva república. Son pequeñas argucias que exige el poder, que ha hecho del hombre un ser inseguro de su desconocer. Un ser paradójico que busca esa certeza de la que goza el loco. Eso lo angustia. Se hizo un paranoico que le huye a la evidencia de sentirse ajeno de sentido, huye de su pasado, repitiéndolo, renombrándolo, falseándolo, pero acusa solamente al loco porque con su pasado, el loco hace y reside en el circulo que es su presente. El hombre “normal” está realmente ausente de saber, fóbico ante la impotencia de sus palabras…y de palabras se ha servido, de palabras se ha envenenado o nutrido según el momento, según los vejámenes y demandas de la cultura que lo somete y lo acuna en su Norma. Porque el hombre sin la cultura no es más que un innombrable. Y para existir debe ser nombrado por otro. Debe llevar un signo en la frente, para ser recordado debe ser nombrado. Porque este hombre vive del recuerdo, ya que el individuo no está ni existe en el presente; no es, ni fue, ni será un hecho presente. Es vanamente un recuerdo y una sombra proyectada en la palabra. Simplemente el individuo es un “work in progress” algo inacabado, por eso exige a la cultura hacerlo numerario, hacerlo una categoría, un nombre y si no es nombrado recuerda a los innombrables y estos traen el horror del olvido. Incluso en su carácter dadivoso, para estos sujetos que se salen de su comprensión, de su límite de palabras, con su accionar o su discurso, tiene siempre una palabra en la punta de la lengua para salvarlos de ese olvido. Porque como buen ser sano se ve en reflejado repetido en el ser enfermo. Poco importa si esta palabra puede ser: Marginal, loco, idiota, esquizofrénico, psicótico, necio… Esa palabra conciliadora, ese candado y prisión de letras, llegará para salvar a aquel otro que no ha pedido salvación, pero sí quizás ser escuchado, bajo una escucha abierta, ajena de prejuicios categóricos, pero este pobre innombrable se topará contra un muro sordo. Porque el hombre “normal”, hacedor de categorías no entiende el mundo realmente, simplemente lo nombra para así poder fabularse un cierre. Y solo puede interpretar esa realidad intangible que es el otro, por medio de palabras que no definirán al otro para sí mismo, sino que solo serán consuelo para el hacedor de conceptos a la vez que le permitirán no caer en cuenta de su insondable ineptitud, su inexistencia en el presente de sí mismo.
La palabra enferma
Foucault desde sus indagaciones sobre la locura, persiste en cuestionar ese deseo compulsivo de la cultura de estigmatizar, de vincular a la fuerza por medio de la palabra categórica lo orgánico con lo mental, lo somático con lo espiritual. También pone en jaque ese asunto entre lo normal y lo patológico, cuestionando el concepto mismo de enfermedad. El loco no se sabe loco, pero el “normal” se sabe cuerdo y sabe que el otro está enfermo. El normal es dueño de la palabra y el silenciamiento del otro. El normal desdibuja la certeza del Loco, con las palabras impuestas por la cultura.  Foucault también deja claro que entendiendo que la enfermedad en el cuerpo, aunque patológica es algo natural, es natural que el cuerpo se enferme, es normal que se presenten síntomas que aquejen al cuerpo, es normal que el dolor sea una forma latente de manifestar que el cuerpo lucha por mantenerse vivo. Como dice Canguilhem: “Para que toda esperanza no esté perdida, basta con pensar que la enfermedad es algo que le sobreviene al hombre.” Pero en el asunto mental la cuestión estriba desde fuera del cuerpo del enfermo y mucho más de la mente de este. Presume un agente externo. Es la palabra del otro quien determinará, quien categorizará quien está enfermo mentalmente para una cultura que se rige bajo unas determinadas normas. Así pues, el loco, aunque para sí mismo se sienta “Normal” aunque no se nombre de este modo, dentro de su accionar, dentro de su discurso, la cultura se encargará de desnormalizarlo y colocarlo en ese cómodo lugar del enfermo. ¿Acaso todo loco se queja de su locura? ¿No será acaso que es la cultura quien se queja de él? Porque el loco resignifica la palabra impuesta, porque el loco vive su verdad y no la verdad general. Esto supondría quizás que la cultura es quien se encuentra realmente enferma, quien entra en un estado paranoico al vérselas con un sujeto que se sale de sus límites, de esa palabra impuesta y categórica, esa palabra que al nombrar al sujeto lo erradica de su carácter de individuo y lo hace uno más… la cultura teme al loco por el acto de su palabra que cuestiona sus leyes sin con esto hacerse ser un criminal (aunque muchas veces se le coloca ese nombre). El enfermo mental es alguien que no comulga con el control discursivo de la cultura y la única opción de esta frente a este sujeto es ponerle ese calificativo marginal para poder somáticamente extraerlo y erradicarlo de su estado paranoico de certeza.

Me he dejado llevar por el apasionado cuestionamiento de Foucault ante el papel que ejerce la cultura frente a lo patológico y lo normal. Sin embargo, me cuestiono ante otra figura que circunda el texto y es el concepto de Realidad. Al parecer la cultura tiene definida y delimitada la realidad, y es algo que todo sujeto debe asumir así no la comprenda, de alguna manera la realidad es todo aquello que sobrepasa al sujeto. Aunque supongo que la realidad del sujeto es pasada y su fantasía es siempre futuro. Sin embargo, la cultura no permite que el sujeto reinterprete ese desconocer de su presente, no autoriza revisar su realidad desde la singularidad de cada individuo, y si alguno se atreve a hacerlo es porque este sujeto está enfermo. Todo lo que genere angustia es sinónimo de enfermedad, de crisis. Todo aquel que no cumpla las directrices delimitadas por la cultura de lo que es o no es la realidad impuesta ha de estar enfermo y debe ser tratado y excluido como tal. Porque su salud mental está peligrando, aunque vale la pena repetirlo, la salud mental que parece trastabillar es la de cultura, que en su estructura hermética teme ser flanqueada por una verdad singular y una realidad por fuera de sus límites.
Volvamos pues a lo somático y lo mental. En el absurdo papel que ha jugado la cultura en la historia hemos visto como en otros tiempos la Homosexualidad era vista y tratada como enfermedad mental. Sin embargo, ahora pareciera que los papeles se están invirtiendo, y es el hombre heterosexual, quien parece que poco a poco va adoptando el manto, de exclusión, la “persona” del enfermo “sexual”, del desviado, y su discurso cada vez más se ve acallado y oprimido, ante las supuestas minorías que disputan por ser nombradas con una nueva categoría, (porque al parecer no son suficientes las que hay hasta ahora. Con esto quiero poner en claro una simple diferenciación que Foucault deja en evidencia, y lo daré con un ejemplo sencillo.
Por más que en nuestro discurso queramos decir que un cáncer no es un carcinoma, así lo llamemos “helado de frambuesa azul” o “una prueba que el creador le da a sus mejores guerreros.” Eso no cambiara el asunto somático y fáctico que compete a esta enfermedad. Por más nombres que queramos atribuirle el cáncer no dejará de ser una enfermedad, no importa si la cultura cambia, el cáncer será un cáncer incluso si no es nombrado. Mientras que, en el caso del loco, el discurso categórico será determinante para que este exista. Todo depende de la cultura de turno para designar que accionar es permitido o no, y cuál conducta es normal y cuál es patológica.
No está de más suponer que lo que ahora llaman normal en un girar de tuerca del tiempo la cultura llamará enfermo. Porque en su maravilloso quehacer la cultura nos ha demostrado el poder que ejerce para invertir la cara de la moneda, y cómo el lado inverso de la historia pasa a ser, en un parpadeo, el anverso.
Así pues, como la palabra puede nombrar y hacer existir al sujeto dentro de la cultura; la palabra también se ha encargado por medio de un extraño uso del lenguaje categórico y negligente, de sumir en el no-lugar a muchos que incomodan porque despiertan con su angustia repetitiva y circular la angustia de los otros.
La palabra de la cultura habla para acallar, para sugestionar y someter, para ser obedecida, para castigar al divergente, a aquel que se subleva o por lo menos lo intenta. La cultura habla, pero no escucha al sujeto. La cultura es certeza y no quiere las certezas del loco. La cultura es una boca que no puede transfigurarse en tímpano. Es indudable que la palabra no destruye al cuerpo, aunque su discurso lleve a la acción de alterar el soma del sujeto. Quizás la palabra misma sea ese muro al que se enfrenta el loco, un muro sordo que se mira en un espejo y así se destruye y repite, desaparece y aparece en esa palabra sin eco, ya que no habrá quien responda a esa palabra, los locos hablarán eternamente consigo mismos… aunque los locos son los otros, los que no se llaman a sí mismos, locos, sino que son nombrados por el Otro, los que presumen ser nombrados normales.

En defensa de uno mismo
“El hombre es una síntesis de infinitud y finitud, de lo temporal y lo eterno, de libertad y necesidad, en una palabra: es una síntesis.” Kierkegaard
Rimbaud dirá: “Je est un autre.” [1], quizás partiendo de ese constante dilema que propone la angustia de querer ser yo y querer ser otro, en términos de enfermedad para Kierkegaard. Esa lucha constante del individuo entre permanecía y liberación. El hombre quiere liberarse de si mismo por medio de sus prisiones personales, lo que Foucault llamara mecanismos de defensa partiendo de los postulados por Anna Freud. Lo mecanismos no son sino meras herramientas que parecen ineficaces hasta cierto punto, que buscando contener la angustia del sujeto pueden verse como estimulantes y promotores de esta, en los llamados enfermos mentales.
La imperiosa incertidumbre de saberse: “Quien soy Yo”, el desasosiego de cifrarse en un presente sin tiempo, que se compone de un pasado acomodado y un futuro improbable y claramente impropio, y que ante esto se pregunta Foucault: “El paciente ¿se defiende con su presente de su pasado? ¿O se protege de su presente con ayuda de una historia pasada?” ¿pero se protege de que, me pregunto yo? Probablemente de sí mismo, de un si mismo incognito oculto tras una cantidad de palabras impuestas, de palabras categóricas y aparentes, que provienen de un otro que no es Yo, y que harán que los mecanismos de defensa operen en el sujeto partiendo de ese pasado arcaico, que emerge en el presente como una ficción (como una historia con elementos reales transfigurados por la memoria: Fantasía y realidad) y que muchas veces el mismo sujeto desconoce y por eso sustituye con elementos externos a su historia personal. Por eso es importante como dice Foucault: “Hay que encontrar el núcleo de las significaciones psicológicas a partir del cual se ordenan históricamente las conductas mórbidas.” Hay que encontrar esa naturaleza primigenia, esa historia arcaica dentro de esas conductas que enferman al sujeto. Pero estas conductas mórbidas no son más que actos de sublevación de una parte del yo que quizás se opone al orden impuesto. No son otra cosa que una búsqueda de resignificación del sujeto, que intenta dar una lógica personal a su propia existencia. Volvemos pues al nudo de esta novela trágica del sujeto, esa historia desconocida, la ficción incompleta, que se rescribe a cada instante en este presente incontenible, plagada de escenas que realizan cortes abruptos, o escenas que se repiten hasta el cansancio del observador o del paciente (como quiera el lector llamarle) una especie de película con diversas posibilidades naufragando en un océano de palabras, en un flujo de conciencia… aparece entonces la melancolía de aquellas reminiscencias de la infancia que suponemos fue hermosa, escenas que ocultan la sombra de nuestro síntoma con una luz vislumbrarte, artificial y cegadora, el remordimiento de lo no realizado, el dolor de lo imperdonable, de los actos cometidos que ahora son un destino recriminatorio, una marca y una categoría. Todos estos elementos teatrales del pretérito constante hacen que el sujeto esté adherido a ellos o que surjan completamente desdibujados por los mecanismos de defensa que juegan un papel de máscara para imponer los designios de la cultura imperante y que solo parecen servir como obstáculo para evitar que el sujeto se enfrente a lo sublime de su naturaleza, con aquello innombrable que es la es ousia[2] de su verdad. Aquella angustia primigenia que antecede a la cultura y que en el llamado enfermo mental muchas veces logra ser incontenible. Esa angustia trae de nuevo todo aquello que nosotros mismos nos resistimos a ver (a ser). Porqué abominamos lo que somos, porque simplemente, Yo es otro.



[1] “Yo es otro”
[2] Esencia, sustancia 

lunes, 23 de marzo de 2020

EL TRIUNFO DE UN ALGORITMO. EL FRACASO DE LO HUMANO







La caridad no es más que un engaño y los que me la enseñan son mis adversarios, la caridad no salva al mundo repleto de insectos que no hacen más que devorarlo manchándolo con su basura, no es necesario ni prestarles asistencias ni curar las enfermedades que los diezman, mientras más mueran será mejor para nosotros, pues no tendremos que exterminarlos nosotros mismos.” Albert Caraco

Quieren presumir que la vida sigue en el encierro. Intentan retar la existencia y el contacto con los otros, con el mundo fáctico frente a la virtualidad fría de las redes sociales, con ese espejismo del no-lugar en que hasta ahora solo habían de habitar los locos. Anhelan con que finalmente adoptemos como propio, como ese “Yo” imposible, esa alteridad construida en la mesmedad digital. sueñan con anular el cuerpo mortal y el alma sempiterna, aprisionándonos a voluntad (nuestra y de ellos) en nuestros hogares. Nos han vencido con el miedo irremediable ante la muerte, nos han derrotado con nuestras creencias, mentiras, fantasías, armas y miedos. Todo esto, partiendo de esa necesidad de la maquinaria capitalista global de erradicar al individuo su autonomía e identidad, de privarle ese cuidado de si, de ese gnóthi seautón (y con esto hablo de conocer a su vez, la propia muerte) haciendo que nos perdamos en los espejismos de información, en esa alteridad fabricada por el Otro, ese Otro que admitimos solo como ente de ficción.
Nos ha vencido el algoritmo. Nos han quitado la identidad, circunscribiéndonos a partidos, ideologías y nacionalismos que no hablan por ninguno de nosotros, pero son la voz de todos. Nos han mostrado que solo somos un residuo numerario, dejando de manifiesto que nuestro concepto de libertad es una ilusión (porque ni siquiera nos han dado la libertad de elegir nuestra prisión), no es más que un juego de palabras que luce muy estético, (acaso literario) en esta confinada jaula de paranoia y caos. Nos quieren volver locos por medio de la realidad manipulada y con inyecciones de miedo mediático, con las cifras atronadoras, con la estadística irrefutable del Big Data y con ciencia paritaria y oscura siempre al servicio de un amo desconocido que siempre se esconde para nosotros tras el rostro de los títeres de turno en el poder itinerante. Estamos sometidos a sus formas sofisticadas, a una nueva caverna platónica, somos el Segismundo de Calderón de la Barca, despertando de ese sueño infame que nos vendieron como realidad. Pero esa realidad no es una verdad, es una pluralidad de engaños, una red de estratagemas, un laberinto que no conduce a otro lugar que el desvanecimiento a la incongruencia de los hechos, a la locura. Han sido tan hábiles en este teatro del absurdo que nos han instaurado con tanta sutileza y maestría la efigie de la muerte como castigo y no como un consuelo del aciago vivir. Estructuraron con falsas promesas, la desconfianza en el otro como rigor para la supervivencia en un mundo desolado y el horror insondable a la identidad en un mundo cosificado, cuantificado y dependiente, nos han hecho repetir que está mal la diferencia, a la convergencia de opiniones críticas conduce al detritus, valiéndose de espejos distorsionados, espejos alterados, trastocados al antojo con discursos paradójicos, donde rojo es negro, donde los muertos son cifras útiles o inútiles según la esquina política desde donde se mire. Discursos impostados e impuestos por poderes que aun desconocemos pero que ya sin otra alternativa obedecemos. 
No pretendan ahora decirnos, que la vida sigue su curso, y que simplemente su vehículo ha cambiado, que la vida puede continuar de modo virtual. El cuerpo es solo un exceso de equipaje. Que el trabajo, el estudio y las relaciones con el otro, apenas cambiaron de plataforma (cuando la plataforma de estos vínculos no es otra que nosotros y no un simple algoritmo al que han querido reducirnos). No somos una ecuación sin alma y sin cuerpo. Somos seres expectantes y aterrados ante el panorama de sombras monstruosas, virus invisibles. Somos criaturas de espanto gobernadas por fantasmas irrisorios y perversos.
 Sin embargo, aunque parece inminente el triunfo de un algoritmo ante nuestra fragilidad humana, seguimos respirando, desde nuestras prisiones, aguardando que ese terror se disipe en el aire perturbado. Entendiendo que aquel mundo relacional que conocimos hasta entonces parece haber sido enterrado por ese poder que nos tiene ahora sometidos y que quizás mañana se nos presente como el redentor, que nos libere de nuestras propias prisiones.

Quisiera pensar que este juego de dominación y poder, es más caótico de lo que soñamos desde nuestro confinamiento obligado-voluntario. Quisiera pensar que las cosas se han salido de las manos incluso para aquel que tira de las riendas y pareciera ser el demiurgo en este caos. Quisiera pensar que todo esto se mueve bajo el látigo de un cochero ciego que no sabe hacía que abismo de su bruma nos conduce. Quisiera pensar que en este espejo de horrores impuestos también se reflejé el rostro desconcertado e incierto del hacedor del miedo que nos acaece y depara el porvenir.

Anotaciones inoportunas sobre una belleza obsoleta

Ficha técnica:
Título: American Beauty
 Dirección: Sam Mendes
 País: Estados Unidos
 Año: 1999
Género: Drama, Comedia negra
 Duración: 122 min



“El fracaso es la más resplandeciente victoria.” Lepoldo María Panero

¿Qué es triunfar en la vida? No es acaso la pregunta que se hace constantemente en ese sueño americano capitalista. (Ese sueño que la generación Beat cuestionara y desenmascarara dejando una terrible desolación en el alma) quizás el triunfo del sueño americano no es sino la contracara de Jano, el lado contrario de una moneda falsa, un sueño que presume ser eterno sin haber tenido siquiera vida alguna. El triunfo de la vida, como puede proponer la película no se encuentra en la posesión si no en el desposeer, el deshacerse de la carga y de la culpa, en otras palabras, preparar el camino para… o será que el triunfo mismo es el que se da en la insigne película de Bergman, donde ningún argumento, ninguna treta o truco puede evitar lo factico, el triunfo atronador de la muerte.  
Pareciera entonces que en esta película de Sam Mendes, la belleza y la muerte, toman ese significado dual y romántico. Ese rostro trágico que tanto nos conmueve no tanto por su cercanía, sino porque estamos al otro lado, porque significa la vida, la belleza y la muerte del otro, de ese otro innombrable, desconocido, que nos es familiar, pero es un fantasma, un simple personaje enternecedor o aborrecible que se mueve, habla, actúa para el entretenimiento de nosotros. Nosotros los inmortales jueces, censores de los hechos cinematográficos, nosotros los presuntos intocables por la muerte y la belleza.
En esta cinta atisbamos la belleza consumista es una bolsa al viento, un bajel a la deriva, un cuerpo moldeado por los estándares del fracaso del espíritu, la metáfora budista de la vasija vacía que se quiebra con el leve golpe de una diminuta pieza afilada de plomo. Somos fragilidad y desencanto, la fábula capitalista se cae frente a nuestros ojos, la precariedad de la piel que se hace putrefacta con el pasar de los tiempos. Que nos queda más que sonreír y llorar enternecidos ante nuestra insignificancia, ante nuestra vacuidad. Luego de que todas nuestras vasijas de carne revienten por un leve estornudo, descubriremos en ese instante perpetuo que precede a nuestra muerte que la vida no tiene sino de sublime la fantasía de la imposibilidad. Caerán nuestros castillos de arena del pensamiento, se marchitará nuestro ingenio, caducará todo empeño al descubrirse su rostro fútil. Una tierna adolescente cubierta de rosas, coqueteando a la decadencia, ahora, más de veinte años (1999) después es ella misma esa flor marchitándose, esa criatura inocente que aguarda la muerte como todos nosotros sin tener idea alguna. Ciegos ante lo inevitable, deslumbrados por lo efímero de las formas, por el deseo estéril de los cuerpos, una carne infecta de hermosura nauseabunda terminara como el poema de Pavese:
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio,
como ver en el espejo
asomar un rostro muerto,
como escuchar un labio ya cerrado.
Mudos, descenderemos al abismo.

Ninguna belleza o trabajo será sublime, ni siquiera la bolsa al viento enternecerá los corazones de los muertos, tal vez en un sueño infame de esta condición de vasija vacua y pronto a fragmentarse pueda decirse que solo el silencio reproducirá la verdadera belleza que nunca hemos querido escuchar.

Post Scriptum
Quizás algún día nuestros corazones cinéfilos y descompuestos por la vacuidad del consumo encuentren más belleza en una carroña Baudelariana que en unos pétalos rojos cayendo sobre un cuerpo femenino desnudo y sonriente, que tautológicamente es una carroña futura. Porque no podemos olvidar que todo rostro descarnado nos sonríe eternamente sin la hipócrita sonrisa que nos devuelve la tragedia del existir.

viernes, 18 de octubre de 2019

LA ESTETICA DEL SUFRIMIENTO EN LA OBRA DE DAVID NEBREDA

“Mi sangre y mis excrementos,
Mis quemaduras,
Mi cuerpo y su dolor,
Un dolor necesario y alegre, los únicos elementos para
Reconocer la mitad de mi patrimonio.” Nebreda



El cuerpo como territorio y tiempo donde se siembra el dolor. Campo de cultivo experiencial y campo de batalla del ser y no ser, una lucha constante de identidades personales y sociales que buscan gobernarse y gobernar, cuerpo como huella, como herida, como latencia de lo perecedero. Ese lugar siniestro donde se instaura el jardín de los suplicios. El cuerpo como teatro de la crueldad donde se recrean, los actos atroces, el silencio, la violencia hacia sí mismo, reconocimiento en la herida, el espejo, la natura, el asco y profundamente el deseo. Pero todo es teatralidad. El cuerpo es la escena, la obra, el artista y el público. Ese lugar estético que resume lo sagrado y lo profano, lo apolíneo y lo dionisiaco, esa hipóstasis, entre la naturaleza humana y divina que solo parece encontrar cabida y salida en el sufrimiento. El dolor como vehículo conductor de la redención. Redención por y para el dolor. No como elemento supletorio, como impostura o simulacro para este. No como acto sublimatorio donde el dolor es liberado por medio del arte, si no un arte que es producto, experiencia y apología a la crueldad.



Antes que nada, entendamos que el dolor puede ser ese vinculo entre el goce y la crueldad. Dejemos de tanta fragmentación innecesaria para luego intentar recomponer rompecabezas donde alguna pieza siempre quedará faltante. Tanto el masoquista como el sádico disfruta del dolor puesto en alguien, en el primero será puesto en sí mismo y en el otro será colocado en un ser externo, pero que de alguna manera será reflejo postergado de su propio dolor. El otro servirá al sádico como artista y simulacro de su propio dolor. Pero en el masoquista ocurre un juego de espejos similares, un juego de espejos con respecto al poder, el masoquista entrega el supuesto poder de su voluntad a otro por medio del contrato masoquista, asiendo que este nuevo dueño se haga a su vez esclavo al contrato y al capricho masoquista. En otras palabras, todos los actores del deseo terminan de una o otra manera como esclavos.

En David Nebreda (1952) esas etiquetan molestan, ensucian su producción, enturbian su propia identidad. En él y su obra (que podrían ser lo mismo quizás), la etiqueta masoquista no encaja, aunque su cuerpo visto desde afuera asuma la identidad de monumento de crueldad y sufrimiento, estas no provienen de un goce masoquista si no de una necesidad de liberación y descubrimiento de sí mismo. Por eso la necesidad de retratarse, de ser capturado en una imagen (de hacerse quizás, esclavo supra-real de esta), ya que no soporta mirarse un instante directamente en el espejo. Porque sospecha que ese otro en el espejo es un espía, un usurpador.

Distanciémonos pues de estas etiquetas que pretenden de alguna manera normatizar al sujeto y entender que su registro fotográfico no es más que un reflejo de su acto estético donde su cuerpo es el lienzo, el territorio y la huella de su arte mismo. Un arte que transita más allá de las estéticas primitivas, un arte que no puede ser encarcelado en los museos, un arte que corre a un tiempo distinto que aquel que presume la inmortalidad absurda del arte mismo. Ante esta cuestión de lugar y tiempo que ocupa la obra Nebreda surgen otras preguntas como esta ¿Es su obra un registro para documentar de un acto performático? Quizás esta respuesta no pueda responderse de una sola manera, quizás los curadores, críticos y público en general puedan afirmar que, si lo es, así como también es posible que el mismo Nebreda niegue esto, así como cuestiona a su vez que su trabajo pueda ser considerado como obra. En lo que si podemos estar de acuerdo es que su obra es una evidencia de un cuerpo martirizado, de un cuerpo doliente, de un cuerpo sufriente. También no podemos negar ese carácter irrefrenable que aun las estéticas expandidas de nuestro tiempo no han podido desligarse y es esa necesidad casi morbosa de exhibirse.

Para Nebreda exhibirse es una forma de construcción de su propia identidad, de este modo se reconstruye como espectador de sí mismo, con su obra se sale su identidad quizás divina si hablamos en términos de hipostasis o quizás su natura mas humana, pero el hecho es que algo de él emerge hacia afuera estando dentro para ser reconocido por sí mismo.

Pero volvamos a un asunto inquietante, que se ha cuestionado en la mirada del público de la obra de Nebreda, y es el contenido erótico de su obra. Esta cuestión surge por varios aspectos, unos en apariencia mas sutiles y otros quizás mas directos. Entre ellos podríamos hablar del cuerpo mismo, un cuerpo lacerado, ultrajado y humillado. Estos adjetivos de alguna manera conducen al espectador a suponer que hay un contenido masoquista en la obra de Nebreda. Pero quizás el asunto es el dolor mismo, no un dolor que busca placer, si no un dolor desesperado, un dolor enfermo un dolor que busca como en Genet, al buscar librarse del mal por el mal mismo. Pareciera que Nebreda buscara en esos actos registrados, liberarse del dolor por medio del dolor, pero ese dolor no es un dolor físico o un dolor somático o real. Sino que es un dolor de las raíces misma de lo etéreo o del espíritu. Su obra como la latencia de un alma sufriente que busca imposiblemente ser retenida en la imagen, en el mundo físico. Generando así una reivindicación del sujeto y su dolor. Esto de alguna manera vincula a Nebreda con algunas inquietudes de sus contemporáneos que indagan en las nuevas estéticas, en aquellos que comenzaron su obra a partir de los vestigios de la vanguardia, dejando de lado poco a poco esas preocupaciones y esas búsquedas de respuestas universales, y que como Nebreda solo buscan encontrar y exhibir su propia identidad evanescente. Sin embargo, la obra de Nebreda no busca encontrar la identidad por la mirada del otro y así reconocerse en el ojo ajeno. Su obra no es como la del caso de Orlan que se deleita con la mirada voyerista y estupefacta del espectador que mira sus retratos (Este comportamiento que comúnmente se ve en el arte contemporáneo hace pensar fácilmente con ese juego sádico y/o masoquista mencionado antes).
Para Nebreda la identidad no es algo tan vulgar, no es algo que pasa de mano en mano, algo que se mancilla tan toscamente por la crítica del otro. Para él, la identidad tiene un carácter sagrado, a sabiendas que la identidad esta siempre divida, siempre en guerra, entre lo humano y lo divino, y que solo el sufrimiento exhibido solo como un eco fotográfico, parece conciliar en la crueldad, para así, dejar una huella en cada fotografía como un acto detectivesco que lo lleve a reconocerse en sí mismo, a encontrar su propia identidad más allá del cuerpo.
Es aquí, donde aparece el elemento cruel de la obra y la búsqueda de Nebreda. Y quizás la tragedia de todo el arte actual que parece moverse en un Work in progress indefinido y sin tiempo. Ya que entre mas cerca sienta que esta de su identidad mas cerca esta de verla diluirse y desaparecerse. Su obra es una muestra de lo caduco, de lo que se pierde y se escurre, de la incompletud como toda búsqueda actual, como todo acto estético actual. La permanecía, el carácter monumental, pedestal, el arte hierático se va, literalmente a la mierda, solo quedan evidencia, sospechas, rumores fotografías, como lenguajes difusos que abren la puerta a libres interpretaciones enteramente erradas y anacrónicas.


  
Es por eso quizás, que su unión hipostática, entre su naturaleza humana y divina deviene en una naturaleza muerta, en una naturaleza putrefacta.
No es de extrañar que, por eso en su obra, deja rastros, de sangre y mierda, frases y gritos desesperados que se irán al olvido del tiempo, el espacio y de ese espectador idiota que no entiende y mira como siempre desde la distancia.
De súbito, lo sagrado cobra fuerza para Nebreda, en ese lugar idóneo de su identidad divina y humana hacen la comunión, en el silencio de las apariencias, en la soledad de las formas evanescentes, en el mundo sempiterno de lo fantasmal, en ese anfiteatro donde fornican eternamente el dolor y la nada. En ese trágico reino de la existencia, que otros artistas hipócritas quieren llamara Vida.

POSTSRIPTUM

Como aporte personal, salvo la obra de Nebreda de ese carácter egocéntrico que permea a toda la obra de los otros artistas. Que hoy mas que nunca se desviven por el reconocimiento, de la mirada maravillada del otro. A Nebreda, lo salva quizás, esa etiqueta de Esquizofrénico, la que lo separa de ese mundo aparente y vacuo de las estéticas narcisistas que ponderan la batuta de la necedad del mundo actual. En Nebreda, se vislumbra quizás, la efigie del ángel vencido por su demonio compartiendo las viandas de la crueldad que se supone es hacia sí mismo, y deleitándose ambos en el sufrimiento que encarna el cuerpo de un ser desdibujado por las heridas y del cuerpo inexistente de un artista.






lunes, 30 de septiembre de 2019

EL ARTISTA SIN PLUMAS O “LA EXIGUA VIRTUD PARA HACER UN ENSAYO DE BIRDMAN”



“Antes canonizábamos a los héroes. Ahora, lo moderno es vulgarizarlos.” Wilde

¿Quién demonios es Raymond Carver? Podría comenzar por preguntar. Vagamente he escuchado su nombre, tal vez he llegado a leer con increíble aburrimiento alguno que otro relato proveniente de su pluma, de los cuales sólo puedo recordar en este instante, el afamado Catedral, y la tautológica biografía novelada hecha relato sobre los últimos momentos de Chejov. Vienen a mi mente algunas impresiones ambiguas ahora que estoy sentado frente al ordenador, repitiéndome ¿Quién demonios es Raymond Carver? Y de paso ¿a quien carajos le importa ahora?
 Recuerdo que llegué a Carver precisamente por Chejov. Hacía muy poco que había tenido la fortuna de sumergirme en la lectura de algunos de sus relatos que, sin lugar a dudas, me habían cautivado y obsesionado, sobre todo por la empatía por la que un fracasado y un destapado como yo puede encontrar con personajes como el paciente de El pabellón número seis o el héroe de Historia de mi vida. Sin embargo, como intento decir, el infortunio se cruzó en mi camino, estando yo embelesado por la maravillosa prosa del maestro ruso que exaltaba el alma de los mediocres, tuve la insulsa idea de tomar las recomendaciones que un fanfarrón alergólogo que de paso también tenía el descaro de escribir y que además tenía el descaro de considerarme su amigo e incluso se llenaba la boca diciendo que me veía como un mentor… dejemos esta anécdota anodina para otro relato de Carver tal vez. Lo importante acá es que este galeno mezzotint al enterarse de mi gusto obcecado por Chejov fue el responsable de recomendarme la lectura de Tres flores Amarillas, que como ya he dicho es una biografía en forma de relato hecha por Carver, donde un lector cuidadoso o uno con muy buena suerte como yo se pesca que el relato, no tiene otra función entre líneas, que poner al escritor del relato en comparación del gran maestro del relato corto. Es por esto que vuelvo y repito ¿Quién demonios es Raymond Carver? ¿Y por qué tanta palabrería sobre Carver si este opúsculo mediocre no está dirigido para él si no para hacer una mirada miope y acomodada en función de una supuesta estética igualmente amañada por la mirada de este humilde servidor que se oculta tras la pluma con la que escribe o intenta escribir sobre una película de un mexicano, que quiere jugar a un juego de espejos con el espectador y los actores que están inmersos en este proyecto? Realmente, no lo tengo muy claro, quizás es por el juego tautológico e intertextual y corresponsal que tiene todo este asunto. En la película un actor de Hollywood, célebre por su interpretación de un héroe de historietas, pero que se halla en declive, al igual que el actor que interpreta a este actor (Michael Keaton) decide intentar sacar a flote todo el egocentrismo y el narcisismo que el alma atormenta de una celebridad en el leteo del espectáculo puede sentir, para así derrochar toda su fortuna recreando un relato de Raymond Carver llamado: De que hablamos cuando hablamos de amor, convirtiendo este en un monigote teatral. El juego de espejos esta por todos lados, la obra que se pretende mostrar en Broadway tiene un carácter autorreferencial e íntima similitud con la vida de este quijote de la gran pantalla. A Tal punto que los personajes que Michael Keaton representa (el del libro, el del teatro y el de la pantalla) se pegan un tiro frente al desengaño y el descubrimiento de la poca importancia de su propia vida para no morir en el intento. Pero acá el espejo se bifurca o se distorsiona, el personaje de Carver en el libro finalmente muere a los pocos días, el de las tablas, presuntamente da la ilusión de haber muerto cuando cae el telón, y el actor de Hollywood, o mejor dicho los dos actores Riggan (el del film) y Keaton (El actor tras el film) sobreviven. ambos salen volando ya que pudieron de nuevo acariciar la fama. (uno de los dos metafóricamente, no sé bien cuál de los dos).
Este eco visual de un personaje que se repite en el reflejo, que se empequeñece y se hace más difuso cada vez que se repite hasta el punto de desaparecer. Me recuerda quizás, de un modo injusto, pero como dice Wilde: “Resulta difícil no ser injusto con lo que se ama.” A la escena memorable del ciudadano Kane pasa por el lado de un espejo donde su efigie se repite hasta el infinito hasta hacerse olvido.
Pero volvamos a Carver, preguntemos de nuevo por él, sin que sea yo el que suelte una parafernalia incongruente de palabras sobre esto; dejare entonces en la voz de los personajes del film esa interrogante:
Mike: - ¿Por qué Raymond Carver?
Riggan:- Cuando era joven, en la secundaria actué en una obra y él estaba en el público. Me envió esto después de la obra. Una nota. "Gracias por una actuación sincera.Ray Carver". En ese momento supe que iba a ser actor. En ese instante. ¿De qué te ríes?
Mike:- Es la servilleta de un bar.
Riggan:- ¿Y qué?
Mike: Estaba borracho, amigo.
Al repetir la última frase de Mike Caigo en cuenta que he cometido un error terrible e imperdonable para realizar este escrito tautológico sobre Carver y la película que inspiró. Y será el mismo Mike quien exhibirá cual es mi pecado, fuera del pecado de vanidad que todos en este juego de espejos lucimos sin vergüenza:
Mike: Debo estar borracho. ¿Por qué no lo estás tú? ¡Esto es Carver! ¡Dejaba un pedazo de su hígado en cada página que escribía!
Pero yo no estoy dejando mi hígado, ni ninguna de mis viseras en esto. Solo esto intentando saber qué papel juego aquí. ¿Soy un simple espectador? ¿un crítico pedante e ignorante? ¿un personaje ridículo que esta fuera de escena? ¿Quién diablos soy? Definitivamente no soy Carver, eso puedo darlo por sentado. Y sin responderme este maldito enigma existencial viene a mi mente otra pregunta ¿Qué hago yo aquí? Eureka, Eureka, ante esta pregunta puedo presumir acaso salirme un poco de la ignorancia en la que me he cifrado hasta ahora para encontrar una buena respuesta; estoy aquí para hacer como el personaje del poema de Jaime Sabines[1], estoy aquí porque solo quiero mirar y mirar…y Todo este asunto se resume a la mirada, a una mirada histeria, una mirada deseante insatisfecha, incompleta, narcisista y expectante que busca ser reconocida en el reflejo de otra mirada, otros espejos, para finalmente perderse en el olvido de un parpadeo o en el aleteo irrisorio de un porvenir incierto.
Sin embargo, sigo con muchos interrogantes y por más que miro y miro nada respondo. Me apropiaré de la leyenda que sigue al título del film, y con esa virtud de ser un ignorante inesperado, dejaré de elucubrar posibles respuestas y me someteré meramente a preguntar.
¿Qué es un artista? ¿Quién es un artista? ¿es acaso Raymond Carver un artista? ¿Qué hace a un hombre un artista? ¿la crítica hace al artista? ¿la prensa? ¿los productores y el dinero con el que endulzan a otros para la difusión y promoción de su “artista” apadrinado?... ¿Cuál es la visión del artista? ¿Acaso es ese Übermensch que promete Nietszche, que está en las alturas y contempla al hombre con una sonrisa?...[2]  ¿Será acaso cierta la cita de Barthes que el film aparentemente nos relata?[3] ¿somos acaso según esto nosotros los que miramos sin actuar ante el mundo personajes borrados la diagramación de una tira cómica? ¿Es el artista un héroe? ¿Qué virtudes exige entonces ser un héroe? ¿Quién en este maldito filme es el heroe? ¿es acaso Tabitha, la heroína en todo esto, que en su función de critica implacable quiero revelarnos el fraude que es toda esta puesta en escena y que intentará hasta donde su pluma alce vuelo para prevenirnos del atroz delito contra el arte escénico que se estaría cometiendo si esta obra idea de Iñarritu, de Carver, Riggan o quien sabe quién demonios, es presenta ante la mirada de un público aun inexistente? ¿O será el crítico como nos dice Mike, supuestamente aludiendo Flaubert queriendo referirse a Wilde al pronunciar esta frase: "Un hombre se convierte en crítico cuando no puede ser artista, así como se convierte en informante cuando no puede ser soldado"?
Ante todo, esto me declaro ignorante para dar certezas y sé que muchas preguntas quedan en el aire flotando y otras cuantas podrá hacerse aquel que ponga su mirada aburrida e ignorante sobre este texto luego de leerlo y otras simplemente volaran al olvido al lado de Riggan luego de saltar por la ventana.







[1] ¿Qué putas puedo hacer?, Jaime Sabines
[2] «Vosotros miráis hacia arriba cuando buscáis elevación, yo miro hacia abajo, porque estoy elevado. Decidme, ¿quién de vosotros puede reír y a la vez estar elevado? El que asciende a las más altas montañas se ríe de todas las tragedias: de las del teatro y de las de la vida.» Nietszche, Así habló Zaratustra
[3]  La labor cultural que antes realizaban los dioses y sagas épicas ahora la realizan los comerciales de detergente y los personajes de tiras cómicas.”

lunes, 9 de septiembre de 2019

LA DESACRALIZACIÓN DEL DESEO BAJO EL INFLUJO DEL MITO FAMILIAR

Es inminente el carácter dinámico y fluctuante que la sociedad más antigua ha
padecido a través del tiempo. No podríamos hablar de la familia, como algo hierático
e inamovible, aunque en la abstracta mitología de nuestro tiempo permanece su efigie
idónea como un tótem sagrado y como un enigma al que se le rinde un extraño culto,
quizá producto de una herencia inocua, aunque solo de corte pagano, a la que
vanamente se evoca bajo las reminiscencias del espectro enmohecido que su palabra
circunda.
¿Es pues, la familia, en nuestro tiempo solo un mito pagano? Al parecer todo indica
que sí, si nos ubicamos desde una mirada histórica, entenderemos que la familia,
como origen primigenio de cualquier sociedad humana, ha perdido su potestad ante
cualquier manifestación de cultura. La familia ha abandonado ese pináculo de
grandeza en la que se mecía y poco ha quedado de la carga simbólica y jerárquica que
encerraba.
Estamos a merced de una cultura perversa, sin dioses que delimiten al sujeto, donde
el individualismo se ha confundido siniestramente con un narcisismo que sobrepasa
los senderos de la psicosis. El imaginario de familia es intrínsecamente eso, una
idealización psicótica producto de una cultura que ha invertido su estructura,
colocándolo en las antípodas de su gobierno. Haciendo de su fantasma su instrumento
de goce, donde el principal afectado es el sujeto, el cual no tiene de que asirse ante
este macabro juego de la cultura, que usa a la exigua quimera llamada familia como
salón de juegos, donde siempre el sujeto tendrá las de perder o en su defecto será un
eco perverso de esa cultura que tira de sus hilos.
¿Pero ha que se debe esta inversión jerárquica de poderío en la sociedad? Se podría
invocar a un desvanecimiento del sentido ético, de una moral férrea que antes llevaba
las riendas de todas las estructuras sociales, a la perdida de esos dioses inmaculados
que tanto tiempo cubrieron de misticismo a la humanidad. Pero en este opúsculo nos
atrevemos a suponer otra causa que a simple vista resultaría como mera consecuencia
y no como un factor determinante. Y no es otra que el desvanecimiento del deseo,
donde solo cabría citar a Burroughs: Nada es real, todo está permitido. Con esta
premisa, se puede vislumbrar la para psicótica que envuelve al sujeto bajo la máscara
de la familia. Un cambuj que carece de una ley del padre, que no determina con
claridad el carácter deseante de la madre, dejando a la deriva de lo sublime y lo
ominoso al hijo que sin pedirlo he hecho peregrino de un sentido de vida.
Derrumbado el muro que procura el deseo, desmitificado el sentido erótico que es el
principal opositor de quebrantar la ley del incesto y el canibalismo. El hombre queda
a merced de un placer sin cause. Esto es el resultado de una sociedad que se encargó
de desvirtuar ese extraordinario suceso que alguna vez fue llamado Familia y que
curiosamente ahora tiene mayor semejanza con su proceder filológico: Famulus1, para
dejar al sujeto presa de su propio deseo, recordándole a cada instante que todo lo
puede que todo está permitido. Que la verdad no es más que un efímero poder que
mancillan los que están en la cúspide y que poco debe importar a los que están por
fuera en las periferias de esa verdad cuestionable pero que casi nadie cuestiona. Las
estructuras de poder toman un carácter más enigmático, difuso y paradójico. En
apariencia, hacen creer al sujeto que es dueño y señor de su accionar y de su
pensamiento, pero eso es un fútil espejismo, una sociedad del espectáculo, donde el
goce se ve disminuido al no presentarse obstáculo alguno para llegar a él. La infinidad
de medios que el sujeto, o mejor la infinidad de instrumentos a los que puede acceder
para llegar a esta meta, hacen que el sujeto pierda interés por la causa, dejándose al
gobierno absoluto y perverso de la cultura. Entre esos obstáculos que se han
erradicado del camino está la familia, quien como hemos planteado en un comienzo
era aquella que constituía la ley y determinaba el cauce para el deseo del sujeto.
Pero volvamos a esa idea mítica de familia, que es y a donde nos conduce, cuál era su
propósito en tiempos pretéritos a este. Podríamos suponer que no divergía mucho de
lo que es ahora, de forma fáctica, pero dentro del ideal, de la ilusión, su carácter era
opuesto al que ahora mantiene. La familia aparecía como un sistema organizado de
miembros que se subordinaban al nombre del padre, donde el Patriarca era quien
cumplía la función de cuestionar las ideas y las pulsiones del sujeto que anhelaba
arrojarse sin estribos ante el deseo que inspiraba la madre.
Mientras que, en estos tiempos, somos testigos de la aparición de fantasmas de
familias, donde no queda ni el eco de este ideal de orden erótico y moral. Donde solo
la imagen o el imaginario de familia se construye en la apariencia significante de sus
miembros mutilados. Somos víctimas de cuerpos fragmentados, donde fácilmente la
cabeza de ese cuerpo familiar ha sido reemplazada por un ideal publicitario o
tecnológico. Nuestra voluntad ha sido aniquilada, anhelamos bagatelas que solo el
materialismo puede colmar, exhibiendo la familia como una matioshka hueca, donde
al destaparse solo encontramos otra figura igualmente hueca, pero de menor tamaño.
¿pero cómo llenar este vacío dentro de la estructura familiar, a sabiendas que estamos
inmersos en una psicosis donde no diferenciamos el mundo exterior, ni el mundo
exterior, ni mucho menos el mundo factico del mundo aparente?
1 En latin: Criado doméstico.
Quizás la respuesta se encuentre en las profundidades de ese erotismo perdido que
ha sido suplantado por una pornografía de hechos irrisorios. Pero para eso
deberíamos reinterpretarlo todo, entender el erotismo no como algo inaccesible si no
como algo prohibidamente razonable. Algo que procura el goce mismo siendo secreto
y enigma para aquel que lo circunda y lo roza con nuevos coqueteos. No queda otro
camino para la reinterpretación de ese fantasma que es la familia, que dejarse seducir
por un arte gobernado por la razón erótica, en otras palabras una reconfiguración del
sentido estético del sujeto y su mundo exterior.

sábado, 31 de agosto de 2019

El aciago del genio

Fragmento del infierno, El Bosco



“El genio se mueve en su órbita propia, sin esperar sanciones ficticias de orden político, académico o mundano; se revela por la perennidad de su irradiación, como si fuera su vida un perpetuo amanecer.” Ingenieros

Una prematura inquietud se cuela en estas indagaciones buscando ese sutil perfil que distancia al loco del genio, emerge en el camino un hombre de largas barbas ya canas, de andar pausado y mirada penetrante, un hombre que sin apelar al reconocimiento o al éxito se hace notar y que más fácilmente se ha confundido con el genio, este digno caballero no es otro que el Sabio, aquel que en palabras de Cioran es repudiado por el santo. Este hombre plantea otra divergencia, otro obstáculo entre el genio y el loco, y nos obliga a dejar de lado los adjetivos que afectan al sujeto para tratar este asunto en el plano de conceptos. De este modo aclararemos que al referirnos tanto al loco como al genio no circunscribimos al hombre con este capote si no al concepto de locura y de genio. Pues es claro que muchos hombres han sido etiquetados de locos, como de igual manera han sido bastantes los hombres de talento que con diversos saberes bajo su estrella han sido apodados sabios. Más el título de genio, es un apelativo al cual pocos pueden acceder, si en rigor se esclarece los dotes que ameritan a un hombre para ser llamado genio.
Sin embargo, intentemos en primera instancia responder ese concepto tan ambiguo y dispar llamado Locura y saltará rápidamente un variopinto abanico de conceptos con los que se ha intentado responder a esta pregunta sin llegar a una certeza determinante, si no por el contrario conduciéndonos por un camino de incertidumbre y desasosiego. En estos escamoteos filosóficos, científicos o literarios, sin embargo, podemos vislumbrar una figurilla grotesca que viene dando saltos y haciendo piruetas para seducirnos con su danza macabra, asegurando que es ella la madre de los genios y de toda la locura del mundo. A simple vista aquella efigie nos genera una sospechosa desconfianza, su máscara profana y oscura de ángel grotesco no nos da buena señal. Pero aquella criatura danzarina, sigue haciendo su teatro y poco a poco nos va revelando su perversa naturaleza, dando traspiés en su comedia aburrida y monótona. En un descuido, el viento hace volar su antifaz y deja en evidencia el rostro hueco de la cultura.
Vemos pues como es ella, la cultura, quien tira de los hilos de sus pequeñas marionetas, a los que llama en tono bufonesco, Hijos, no siendo más que pobres instrumentos inertes que se mueven por y para el antojo perverso de sus largos dedos y que exhiben espejos donde nos vemos reflejados. Buscamos en aquellos reflejos la figura del loco, la efigie del genio, pero no hallamos lo que buscábamos, solo vemos en primera instancia la danza uniforme del hombre mediocre, ese singular petimetre, adulador e hipócrita del que José Ingenieros nos advierte… Desolados pues, ante el fracaso de nuestra mirada en este carnaval de espejos y de máscaras no logramos percibir ese proto-hombre ideal, ese sujeto al que aboca Papini en su relato:
“Imaginaos a un hombre que proyecte una terrible empresa que parecería loca incluso a las más orgullosas imaginaciones; un hombre que tenga en el corazón un secreto propósito de realizar tales acciones que alterarían la historia, la vida y el mundo, y que este hombre no pueda ni quiera todavía decir nada de lo que piensa hacer y hará, y los que están a su alrededor no comprendan nada de lo que prepara. Imaginaos, pues el éxtasis y el dolor de este hombre.”
Mas este relato nos deja un sinsabor en el pensamiento y nos hace pensar en figuras arquetípicas y numinosas como un Jesús o un buda, en esa figura mesiánica que esperamos llegué algún día para librarnos del valle de las sombras. ¿Es esta entonces la ontología del genio?
Una especie de desengaño nos susurra, que quizás la perversa cultura tenga algo de razón en su prosaico y sofisticado discurso y que quizás la locura si sea hija suya. Aunque esta madre desnaturalizada le halla en su momento abandonado, dejándola merced de sus sádicos caprichos.
 Sin embargo, no queremos aceptar las imposturas que la cultura intenta vendernos por certezas. Vislumbramos que en aquel juego perverso tanto la locura como el genio, comienzan a desarrollar sus propias alas y a emprender su propio vuelo en miras de horizontes desconocidos, cansados de los círculos idiotas y enfermizos en la que su madre ha intentado mantenerles presos. Nos da la impresión que los hilos que antes se mecían bajos sus cuellos se han roto. Puesto que ellos han decidido bailar para sí mismos y para un nuevo mundo, para hacerlo girar y convulsionarse en la febril danza trágica de la existencia.
Huérfanos de la cultura se encuentran pues, el loco y el genio. Hijos marginales y pródigos de la cultura.

Y aquí comienza la tragedia de este opúsculo. la incertidumbre crece, con estas dos figuras, que comenzamos a pensar que quizás solo sean una, que simplemente al igual que su madre ha heredado la manía de usar mascaras. ¿Qué tan similares son los rasgos de su máscara con los de la cultura? ¿ha sido ella quien se la ha obsequiado, para generar en él el espectro del otro? ¿Quién lleva la máscara de quién? ¿Es el loco quien adopta la máscara del genio o a la inversa, es el genio quien adopta la impostura del loco simplemente para molestar a la cultura?
Dejaremos de atormentarnos por ahora con esta dionisiaca investidura del dios Jano y sin dejar de sospechar ese carácter dual, que puede que no sea otro más que el que Nietzsche menciona, frente a lo apolíneo y lo dionisiaco. Nos permitiremos atribuirle al espíritu que posee a estos conceptos con el nombre de demonios marginales.