miércoles, 4 de noviembre de 2020

LA PALABRA Y LA ATRACCIÓN DEL VACÍO

 


 


Foucault ha muerto, queda el eco de su voz. Foucault nos habla desde la muerte del lenguaje y la propia, con su voz, en el oleaje y el céfiro que nos trae su canto de sirena, allá en ese espacio silíceo donde se rompe la palabra.

 

 

Por el desierto el lenguaje hace su reino, ese es su elemento, propone Foucault, la palabra es el vacío, en el se pierde el pensamiento reflexivo o por lo menos así debería escucharse. Despojar la palabra de todo artificio seductor, que no sea propio de la palabra misma del vacío al cual debe atraer. La palabra ha de hablar al suicida del lenguaje como las sirenas a los marineros aventajados y valerosos como Butes. El lenguaje debe escucharse como un mar, como una materia en constante movimiento, algo incontenible de lo que no es posible poner límite alguno “ni aquel al que se dirige, ni la verdad de lo que dice, ni los valores o los sistemas representativos que utiliza; en una palabra, ya no es discurso ni comunicación de un sentido, sino exposición del lenguaje en su ser bruto, pura exterioridad desplegada.” (Foucault, 2008) el lenguaje ha de hacer una corriente sin dique que cae hacia el vacío. El lenguaje es algo que escapa a todo discurso a toda voz que lo enuncia, “Es decir, a la dinastía de la representación.” (Foucault, 2008) Y allí en ese desbordamiento debe aparecer la palabra literaria, aquella que se desliga de toda palabra o de toda subordinación de esta, aquel que escucha esta palabra literaria debe estar consciente que esta palabra remite sino un poco al canto de la sirena. La palabra literaria crea su propia red de puntos, su diferenciación y distanciamiento, crea su propio espacio donde “los contiene y separa al mismo tiempo.” (Foucault, 2008) Para intentar aclara un poco el espacio literario propuesto por Foucault, no queda otra alternativa que escuchar su propia definición: “La literatura no es el lenguaje que se identifica consigo mismo hasta el punto de su incandescente manifestación, es el lenguaje alejándose lo más posible de sí mismo; y si este ponerse «fuera de sí mismo»” (Foucault, 2008). Para Foucault a mi entender, el lenguaje literario es aquel que es una imposibilidad que se hace posible, es aquel que usa y crea las palabras mismas para con estas destruir a esas mismas palabras con las que se compone. De allí surge la sensación del vacío, tanto el que habla como quien escucha se ven sitiados en ese espacio de palabras, se reconocen en ellas, aunque ni el uno ni el otro estén dentro de ellas, si no afuera y este afuera sea la materia misma que las componga. Este espacio neutro -donde se niega con toda la positividad- es el que compone la ficción que conocemos y entendemos hoy “Y esta es la razón por la que no es ni una mitología ni una retórica.” (Foucault,2008) El lenguaje literario se habla a si mismo, en una forma de tautología que apunta a la negación de si mismo, es Butes fabricando el canto de las sirenas para poder saltar, es aquel que escucha sin escuchar las sirenas, aunque a diferencia de Ulises, que se ata y no escucha realmente a las sirenas, el lenguaje literario si escucha a las sirenas que el mismo fabrica y mas aun hace que el espacio de afuera logre escuchar esos cantos, aunque tal vez solo sean ecos del vacío de ese canto.

Para Foucault es determinante la desaparición del sujeto que esta dentro y fuera del lenguaje, para que este surja. Debe desaparecer el sujeto que habla, así como podemos escuchar el canto de la sirena y aproximarnos a su canto más nunca podremos llegar a las hacedoras de ese canto y regresar para contarlo. Foucault plantea que siendo la palabra ese camino para conducirnos hacia el mundo de la literatura cifra la posibilidad de otros caminos, que estar por fuera de la palabra donde el sujeto que habla es borrado. Vuelvo a citar textualmente su voz para intentar comprender y aproximarnos más a esta borradura:

“el ser del lenguaje no aparece por sí mismo más que en la desaparición del sujeto.” (Foucault, 2008)

También Foucault se pregunta por el destino del discurso puramente reflexivo. Propone que ese discurso hace que la experiencia de afuera se devuelva a la interioridad del sujeto. Hace un relato personal de la experiencia vivida, algo ya mencionado también por Blanchot. La palabra reflexiva se convierte en una ficción para el que la enuncia, de allí que el mismo Blanchot supusiera que Ulises fuese el mismo Homero, quien construyera ese relato de aquello que no escucho de afuera, de la voz de las sirenas y reconstruyera la voz personal e interior de las sirenas en su relato.

Por eso nos recuerda Foucault lo dicho por Blanchot, frente a la negación del propio discurso hasta, sacarlo de su confort: “No más reflexión, sino el olvido; no más contradicción, sino la refutación que anula; no más reconciliación, sino la reiteración; no más mente a la conquista laboriosa de su unidad, sino la erosión indefinida del afuera; no más verdad resplandeciendo al fin, sino el brillo y la angustia de un lenguaje siempre recomenzado.” (Foucault, 2008) y es de este modo como puede entenderse ese relato producido por la escucha, una escucha que es olvido y negación, que procura reinventar una nueva escucha en la escucha ficcional de lo imposible de escuchar, de allí su parentesco con el canto de las sirenas, un hacer constante, un canto sempiterno que no tiene final. Ante ese espacio ficticio que aparecen en el relato Foucault dice que: “Lo ficticio no se encuentra jamás en las cosas ni en los hombres, sino en la imposible verosimilitud de aquello que está entre ambos: encuentros, proximidad de lo más lejano, ocultación absoluta del lugar donde nos encontramos.” Así para Foucault frente a las ficciones de Blanchot serán eso eterno oleaje. Y este oleaje produce una atracción, una invitación al vacío, a sentirse por fuera del afuera. Atraído a ese no-lugar donde encallan las sirenas. Y ser atraído es a su vez ser negligente, estar imposibilitado, es el no hacer de Bartleby, es “una manera de manifestar y disimular la ley.”  Es el derecho al error, al naufragar y a perderse, es la soberanía de la impotencia de escuchar lo imposible, pero persistir por escucharlo. Es esa lucha de la que habla Blanchot también, la eterna lucha del relato. Y esa lucha imposible toma cuerpo en la voz de las sirenas, ellas son esa voz infranqueable imposible de alcanzar pero que atrae de modo irremediable. Pero esa atracción de las sirenas puede ser producto de las sirenas que habitan en el relato de Ulises, en otras palabras, en el interior del hombre mismo, una voz de lo imposible luchando en el mar sin palabras del interior del ser: ¿qué otra cosa puede ser, en su ser mismo, sino la pura llamada, el grato vacío de la escucha, de la atención, de la invitación al descanso? Es una voz que no puede callarse pero que invita a la desaparición, al silencio. Su seducción se radica no en lo que se deja oír de su canto, si no en la sospecha de lo que se oculta tras el mar de palabras impronunciables, palabras que siguen recomponiéndose en ese mar que nunca se aquieta. Esa palabra que es “Promesa a la vez falaz y verídica. Miente, puesto que todos aquellos que se dejarán seducir y dirigirán sus navíos hacia las playas, no encontrarán más que la muerte.” (Foucault,2008) Es un canto que esta por fuera del hombre y en su promesa se anida la fatalidad y la posibilidad de huida, que no es otra que la posibilidad que cantar otro canto como el que procuró Orfeo, un canto lleno de mentiras para escapar de la verdad. ¿Acaso es que el canto anuncia que toda verdad es muerte? Para escuchar el canto de las sirenas entonces se debe atar las pasiones, por medio de la astucia del engaño, dejarse seducir por el abismo, sufrirlo, pero no morir, dejar que muera el lenguaje mismo para luego de pasada la escucha de aquel abismo, nuestra escucha procure el relato en un nuevo lenguaje.

 

Ante la voz de las sirenas también nos dice Foucault lo siguiente, cuestionando el lugar de la ley la muerte en estas: “Prestar oídos a la voz argentina de las sirenas, volverse hacia el rostro prohibido que hurta la mirada, no es únicamente saltarse la ley para afrontar la muerte, como tampoco abandonar el mundo ni el olvido de la apariencia, es sentir de repente crecer en uno mismo un desierto, al otro extremo del cual (aunque esta distancia sin medida es tan delgada como una línea) espejea un lenguaje sin sujeto asignable, una ley sin dios, un pronombre personal sin persona, un rostro sin expresión y sin ojos, un otro que es el mismo.”  (Foucault, 2008) El canto es pues la desolación del hombre ante el espejo del lenguaje, un espejo que nada transmite, ni reproduce, es la voz infinita del silencio. El hombre se para como el caminante el mar de nubes de Caspar David Friedrich, contemplando su propia desolación, escuchando lo imposible que su desierto canta para él: El eco y la denegación.

 

Por último, quiero hacer mención del relato de Orfeo y Eurídice, que señala Foucault en su texto. La voz de la citara de Orfeo es contraria a la de las sirenas, esta adormece y seduce a la muerte misma. Es una contra-voz del canto de las sirenas como lo ha dicho Quignard.

 

Pero Eurídice es una pariente cercana de las sirenas, y como estas, solo insinúa una promesa mientras que las sirenas no cantan más que el futuro de un canto, un proto-canto. La amada de Orfeo solo insinúa la promesa de un rostro. Es esta seducción la que lleva a la tragedia del héroe, no pensó en un contra-canto para atarse a sí mismo, no debía pues adormecer a la muerte o a las sirenas si no a su propio deseo, he allí su desdicha. Dice Foucault que:

 

Le ha inquietado el deseo prohibido y se ha desatado con sus propias manos, dejando que se desvaneciera en la sombra el rostro invisible, lo mismo que Ulises dejó que se perdiera en las olas el canto que no llegó a escuchar.” Pero es aquí en este evento trágico para ambos donde aparece y se libera su voz, para Ulises, el negarse ha escuchar le posibilita la capacidad de la invención de lo imposible, de fabricar con su voz un relato sobre aquel canto nunca escuchado mientras que para Orfeo es la liberación de la voz por medio de la pérdida y del dolor eterno. Su voz deja toda atadura y se entrega al llanto, se aproxima...

 

Ambos héroes cantan esa canción ausente, esa melodía que falta, Ulises canta su queja por no haber podido escuchar a plenitud ese canto. Mientras que Orfeo en sus lamentos evoca el breve instante de aquel rostro fugaz que al contemplarlo “se volvía y penetraba en la noche: himno a la claridad sin lugar y sin nombre.” Nos dice Foucault que Eurídice no esta sola, que la reina del inframundo está siguiendo sus pasos de forma vigilante. Es aquella de voz que canta sin palabras, una voz que simula a la de las sirenas, una voz que seduce por su vacío, que inmoviliza a quien la escucha. Ambos héroes son víctimas de un mutuo fin, en ambos se procura el mismo vacío: “El olvido asesino de Orfeo, la espera de Ulises encadenado, son el ser mismo del lenguaje.”

LA ESCUCHA DE LOS MUERTOS Y EL DESCENSO A LOS INFIERNOS

 



 

“-Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime sino oyes alguna señal de algo o ves alguna luz en alguna parte.” (Rulfo, 2008) Así comienza el relato de Rulfo, y no es una suerte de azar este comienzo, ya que se trata de un relato que nos adentra a los infiernos del hombre. A un descenso, a una caída a ese lugar donde no se oye nada ni se ve una luz. Solo se escucha el dialogo de un hombre que lleva a cuesta a un hijo moribundo. El dialogo prosigue de la siguiente manera, con la respuesta del desahuciado que está arriba, sobre los hombros del padre:

 

“-No se ve nada.

-Ya debemos estar cerca.

-Sí, pero no se oye nada.”

 

Este dialogo nos lleva a pensar en lo antes tratado con la voz de las sirenas, esa aproximación a ese canto que nunca llega a consumarse. Pero acá el camino de los dos hombres es guiado por el silencio. ¿A dónde conducen los pasos del hombre que carga su hijo a cuestas? ¿Por qué tanto afán por escuchar lo que su hijo no logra escuchar, ese ladrido de los perros? ¿Por qué el sonido de un animal y no de un hombre emerge como la única y postrimera esperanza?  Iremos pues intentando responder de atrás para adelante. Los perros pueden o llegan a hacer una metáfora similar a la que producen las sirenas, ya que ambas criaturas son ajenas y cercanas al hombre, lo atraen y lo vinculan con lo primitivo, ambas son voces lejanas, que anuncian algo misterioso, que en el corazón humano se intenta traducir como la esperanza o la muerte. Una especie de oráculo taciturno y enigmático.

 

El hombre sigue caminando con un moribundo a sus espaldas, no ve ni oye nada, habla o intenta hablar con aquel que está arriba, aquel que a su vez esta más cerca del inframundo. Es la paradoja de la vida y la muerte, el vivo desciende a los infernos del silencio y la incertidumbre, se sostiene ante la promesa, de una esposa que ya hace mucho yace en el otro mundo: “Todo esto que hago” descender a los infiernos de Tonaya “no lo hago por usted. Lo hago por su difunta madre. Porque usted fue su hijo. Por eso lo hago.” Mientras el moribundo haciende al reino del silencio.

 

El hombre habla, pero el moribundo poco a poco va adoptando un mutismo casi sepulcral, aparentemente no escucha ni ve nada, solo el silencio y la sombra. Antes de mencionar la promesa a la mujer que ya no está con él, la madre del moribundo. El hombre intenta que este le escuche y que escuche allá afuera: “Tu que llevas las orejas fuera, fíjate a ver si no oyes ladrar los perros.” Pero el moribundo no ve ni oye nada, solo escucha silencioso y adolorido la palabra del padre que reniega y niega ser su ser de padre.

 

“He maldecido la sangre que usted tiene de mí. La parte que a mí me tocaba la he maldecido.” Luego de esta declaración de alejamiento entre el padre y el hijo el hombre vuelve a preguntar al moribundo si ve u oye algo: “Mira a ver si ves algo. O si oyes algo. Tú que puedes hacerlo desde allá arriba, porque yo me siento sordo.” Acá nos adentramos a la segunda pregunta antes formulada: ¿Por qué tanto afán por escuchar lo que su hijo no logra escuchar, ese ladrido de los perros? El hombre tiene afán de que el otro escuche el ladrido de los perros, allá arriba, mientras el permanece sordo como Ulises atado a la muerte futura de otro. Necesita que el otro escuche por él esa voz salvaje, que trae el enigma, en ese afán pone todo su deseo para imponerse ante la muerte. Pero el otro no escucha, o simplemente no quiere escuchar. Solo murmura: “-Quiero acostarme un rato.” Ese murmullo es tal vez una pista de que se aproximan a lo ominoso, ya no es una voz clara sino un murmullo que busca el descanso.

 

El hombre sigue hablando, culpando al moribundo de la desgracia no solo de él sino de todos. El moribundo no responde. Parece que llora, pero no hay sollozos solo unas gotas gruesas que caen como de lágrimas. El moribundo no vuelve a hablar. No dice nunca que escucho ladrar los perros, ni hizo nada por oírlo.

 

Al final del relato el hombre que carga a el cuerpo de su hijo a cuestas llega luego de atravesar el reino del silencio y de la sombra, a Tonaya, se desata de su hijo como de un mástil, queda libre y escucha el ladrar de los perros por todas partes. Y por última vez habla a su hijo:

 

“-Y tú no los oías Ignacio? – dijo-. No me ayudas ni siquiera con la esperanza.”

Podríamos suponer que el hombre depositó sus esperanzas en un moribundo, como si este fuese el puente entre esos dos reinos, como si el pudiese traducir ese lenguaje intraducible de ese mundo no humano. Pero la respuesta a su esperanza fue el silencio de un muerto que no quiso escuchar más allá de su propio destino y del relato trágico que su padre le relato a modo de condena y de despedida.

UNA APROXIMACIÓN AL VACÍO

 


 

 

“¿De qué índole era el canto de las Sirenas? ¿En qué consistía lo que le faltaba? ¿Por qué esa misma falta lo hacía tan potente?” (Blanchot, 1959)

 

Hablar del canto de las sirenas es hablar de un canto incompleto, la imagen sonora que queda ausente que despierta el imaginario del hombre, de la oreja que lo escucha. Es aquella oreja que escucha quien termina la melodía de esa voz sin palabras, un “ruido inhumano”, una voz de un origen que parece extinguirse poco a poco. Ese canto incompleto es un llamado a la caída, una invitación al salto como lo hizo Butes, su seducción se esconde quizás en ese enigma que la incompletud misma del canto ofrece, es la promesa incierta de un placer extremo que no es tal vez la meta misma si no la caída en este. En esa caída el hombre espera encontrar el éxtasis que procura el vértigo de la precipitación a lo enigmático.

En otra vertiente de la interpretación del canto de las sirenas, nos dice Blanchot que el canto de las sirenas era un canto similar al humano, pero lo maravilloso y atractivo de este era que era producido por “bestias -muy bellas por cierto debido al reflejo de la belleza femenina- “(Blanchot, 1959) acá vemos que es un reflejo, una apariencia un parecer y no un ser. Las sirenas dan la apariencia de una belleza femenina pero su ser es un ser monstruoso, así su canto es aparentemente bello, pero encierra un ser ominoso en aquella voz. Es ese emular de la bestia que canta como el hombre, que puede parecer cantar en su propio lenguaje solo para seducirlo a ese reino bestial del que el hombre parece ajeno, aunque esto es solo apariencia también, la seducción de ese canto es esa sospecha de que ese cantar incompleto y bestial es parte  del hombre mismo. Como dice Blanchot: “su canto se volvía tan insólito que despertaba en quien lo oía la sospecha de la inhumanidad de todo canto humano.” (Blanchot, 1959) con esto podemos suponer que en todo hombre se encierra una bestia que busca ser escuchada. Y esta supuesta revelación sembraría en el corazón del hombre la desesperanza, “Una desesperanza muy próxima al arrebato.” Tal vez ese arrebato, ese desconcierto de la evidencia fue el que hizo lanzar a Butes a su encuentro con la muerte, para poder escuchar mejor su propio canto emulado por las sirenas. Tal vez por eso, Ulises se ató al mástil, para atar la voz de su propia bestia inhumana. Era el canto del abismo, dice Blanchot, el canto que se abre en cada palabra, ese que se pronuncia y aparece en cualquier canto cotidiano, ese que puede asomar en cualquier literatura, pero solo el escucha avisado lo percibe y se lanza al mar abismal entre una palabra y otra.

Arrojo es lo que necesita tener quien se arroja a las aguas. Los marineros no son hombres vulgares, son hombres que se lanzan al destino y a la naturaleza, se lanzan en la lucha contra potencias que les superan en fuerza su naturaleza interna. Eran hombres en movimiento, arrastrados por naturalezas que les auguraban un destino muchas veces enigmático. Podríamos decir que navegaban en la promesa. Y en ese canto desde el abismo de las sirenas, el hombre deposita su esperanza, una que, de ante mano sabe que va a fracasar, así como el enamorado se lanza al amor, precipitado por su deseo, ciego ante el inminente choque con lo ominoso.

 

Ulises es el sordo que no escucha porque oye. Es el voyeur de la escucha el que se masturba auditivamente con una provocación de la escucha, es el cobarde racional que no arremete a la escucha de manera total. De allí nos dice Blanchot surge su relato. De esa lucha: “Es una lucha muy oscura la que se libra entre cualquier relato y el encuentro con las Sirenas, ese canto enigmático, poderoso por su misma carencia.” ¿Que puede decir Ulises de lo que escuchó? Nada más que un relato, algo que surge de esa esa escucha carente de totalidad, pero que se reivindica precariamente con la invención de su ausencia. Las sirenas no cantaron palabras al odio de Ulises (o por lo menos no humanas), sembraron en él, su voz enigmática, sus abismos, y este extraviado en esa conjuración no tiene otro otra oportunidad de salvación que la invención de un nuevo relato. Porque lo que las sirenas cantan jamás será descrito por voz humana, es lo innombrable, lo que esta ajeno para el hombre y de ahí esa seducción terrible de lo imposible, de lo infranqueable de su canto. De allí, que el hombre cobardemente reduzca la voz de las sirenas como una voz que conduce al engaño y la muerte, como a aquella que debe ser denegada. Pero acá el único engañado y engañador, es el hombre en la personificación de Ulises, el hacedor de ardides: Las Sirenas no mienten a Ulises, si así fuera Ulises no hubiera sobrevivido, su salvación fue su propio engaño, esa escucha sin escucha, la escucha que despunta en relato, en el abismo entre una palabra y otra. Su escucha es trágica, es una escucha de los abismos, Ulises es el hombre de los abismos, desciende a los infiernos habla con los muertos, se hunde en el vacío que lo separa del verdadero canto de las sirenas, de ellas solo escucha el eco futuro de una voz. Allí construye su ficción.

Blanchot supone algo maravilloso: Una vez terminada su odisea vivida, Ulises se convierte en Homero para hacer de esa experiencia del afuera una ficción, un relato.

 

En el relato, los hombres de mar siempre se manifiestan o se muestran en la ficción como personajes valerosos, que no temen enfrentarse a lo insondable de allí que el mito de las sirenas cobre tanta fuerza, sin embargo, así una vana lectura de estas ficciones como la de Ulises y Orfeo suponga la victoria del hombre heroicos frente a la adversidad de fuerzas que provienen de lo primigenio, no es más que un intento anodino de redimir en el relato mismo su fracaso ante la afrenta menoscabada. Salir con vida no es lo mismo que salir victorioso. Ulises no sale como un héroe, si no como todo lo contrario, como un ser cobarde que debe atar sus pasiones para no hacerle frente a la escucha de aquellos seres a los que su deseo espera sin triunfo escuchar.

 

Pero sigamos remando y dejemos las islas idóneas, volvamos a la figura del navegante que enfrenta las sirenas con apariencia briosa. Nos dice Blanchot de ellos lo siguiente:

 

“No debe olvidarse que ese canto se dirigía a navegantes, hombres de riesgo y atrevido movimiento, y que era en sí mismo una navegación: era una distancia y lo que revelaba era la posibilidad de recorrer esa distancia, haciendo del canto ese movimiento hacia el canto y de ese movimiento la expresión del supremo deseo. Extraña navegación, pero ¿hacia qué meta? Siempre ha podido pensarse que todos aquellos que se le acercaron, no hicieron más que acercarse y perecer por impaciencia, por afirmar apresuradamente: aquí es; aquí echaré el ancla.”

 

En este punto donde se echa el ancla no es otro que en la aproximación que evidencia dos cosas: El movimiento y el fracaso de los navegantes. Pero también manifiesta una suerte de destino azaroso, ya que el navío que no es otro que el relato, escapa del destino supuesto de los navegantes en muchas ocasiones y los resuelve al naufragio, a seguir en la deriva, bajo los caprichos de ese mar que no se detiene nunca, que es dinámico y enrarecido, que no es otra cosa que lo trascendente, aquello que está presente en el destino de todos los hombres pero que estos no pueden hacer nada contra él, sino soltar el remo y escuchar aquel canto del mar que encierra un misterio que ningún oído atento puede descifrar. La meta es incierta, es la quimera del relato, la promesa enigmática. La voz de la sirena es la manifestación pura de esa promesa y por lo que los marinos se pierden, son infieles con su propio deseo, lo enigmático seduce más que la tierra firme, que el regreso a casa. Las Sirenas invitan a las profundidades del mar que es el espejo del alma de cada hombre. Ese mar insondable que mueve las vidas de todos pero que pocos logran aproximarse más allá de una pobre superficie. Es la voz oscura, porque allí la vista no sirve, solo queda la escucha, el navegante que se atreve a lanzarse a las profundidades debe valerse solo de la escucha, ya que no existe otro sentido que le sirva de brújula a su propio deseo, pero lo que escucha es igual de brumoso y oscuro que lo que le rodea. Es un canto sin palabra humana, es el canto de lo primitivo a lo que tanto el hombre teme y de lo que por tanto ha buscado huir. El hombre corre inútilmente escapar de su destino, de la naturaleza que encierra el afuera y adentro. Este miedo de encontrarse con la fuente de su deseo le hace arremeter en contra de esas criaturas mediadoras, contra esas voces enigmáticas y es quizás por eso que “Siempre hubo en los hombres un esfuerzo poco noble para desacreditar a las Sirenas tildándolas llanamente de mentirosas: mentirosas cuando cantaban, engañosas cuando suspiraban, ficticias cuando se las tocaba, en todo inexistentes, de una inexistencia tan pueril, que sentido común de Ulises bastó para exterminarlas.” (Blanchot, 1959)

 

La soberbia de su impotencia hizo acallar su miedo ante esa verdad enigmática y por eso la trato de falsa, porque así es la soberbia impotente del hombre que es solo razón estéril, cuando descubre que la razón no es suficiente, cuando la palabra no alcanza a dar crédito al fenómeno que escucha o atraviesa su cuerpo. Decide desacreditar la extraña certeza de la experiencia, de silenciarla en el relato, hablando de ella con todo lo que no hay en ella, así nace su ficción. La verdad no puede ser encerrada en la palabra, por el contrario, es todo aquello que esta por fuera de ella. No es capricho decir que la palabra es engaño, es una aproximación al vacío. Una negación de sí misma y un intento de negación de la verdad innombrable.

 

LA MÚSICA DE LAS AGUAS Y EL DESEO DE ACERCARSE




Famoso es el mito de Ulises y las sirenas, aquel relato del héroe que ya prevenido se hace atar por su tripulación para poder escuchar el seductor canto de las sirenas y sobrevivir. Pero también esta la otra historia descrita por Apolonio, donde nos relata como Orfeo le hace frente al canto de las sirenas con su plectro. Dentro de este ultimo relato Quignard se refiere y nos presenta a un tercer escucha y quizás el único valeroso entre los otros dos, ya que este arremete directamente al canto de las sirenas, no se ata, antes, por el contrario, se despoja de ataduras, no se apropia de ninguna arma o instrumento para hacerle frente al terrible canto. “Butes abandona su remo.” (Quignard,2012) y salta al mar. “nada con fuerza hasta tal punto su corazón arde por escuchar… las voces agudas de los pájaros con cabezas y senos de mujer atraen su cuerpo tenso y húmedo.” (Quignard,2012) Butes no teme al amor, Butes se deja seducir y se lanza locamente al mar para intentar llegar hasta el corazón mismo de esa voz encantadora que le llama. Butes es una pequeña fuerza de la naturaleza peleando contra la omnipotencia de esa naturaleza que engendró la suya. Butes se desata del barco para seguir “el lazo de las atadoras.”

Porque las sirenas son eso, aquellas que atan, aquellas que con su canto prometen un saber. Según nos dice Quignard la palabra viene de una que se designa para la palabra: Cuerda, pero es esa cuerda que es usada para poner en el cuello del enemigo. Es la cuerda que ata y mata.

Butes no teme a la cuerda, Butes salta. “Butes baila.” (Quignard,2012) es el único arrojado marinero que ha perdido el temor a la voz de las sirenas, se entrega a su canto quiere bailar en el mar la terrible melodía proveniente de esa voz acrítica, indistinta y continua. La música de las sirenas es la contra-voz de la cítara de Orfeo. Aquella que pone limite y rechaza la música primigenia de las sirenas, aquella de donde viene y se origina la vida. Esa voz femenina que ha dado vida al mundo. Y Butes quiere volver a ella locamente, por eso se lanza.

La música Orfica es inofensiva, calma a las bestias, apacigua el oleaje, es la música colectiva dice Quignard, que ata al hombre a la humanidad, la que llama al orden, la que “ordena el regreso.”.Mientras que la música de las sirenas es la música de la perdición. La que libera las mareas, la que incendia los corazones y hace rugir a las bestias. Es una música virginal, pura, salvaje, indómita que “Orfeo viola” con su cítara “Orfeo opone una violencia exclusivamente viril al canto acrítico.” La voz de la música de Orfeo es la voz cobarde, la voz del miedo, por eso llama al orden y al control de las pasiones. El mundo vulgar de los hombres se rinde a esta música igualmente vulgar y somete el pensamiento filosófico. Es una música que se afinca en la tierra, no en otro elemento, ni en el aire ni el fuego y mucho menos en el mar. “La alta mar no les va. Tienen miedo de perderse, de zambullirse, de abandonar el grupo, de morir. De modo parecido el psicoanalista y el analizado, con los brazos y las piernas inmovilizados, uno en su sillón, el otro sobre su lecho de dolor, escuchan, hablan, no saltan fuera del grupo, no saltan fuera del lenguaje. No abandonan el navío.” (Quignard, 2012) Acá tenemos que detenernos ante las duras palabras de Quignard al poner como símil el análisis con la música órfica. Pero lo interesante no es que habla del análisis como atadura, como esa música que impone un orden, sino que es interesante como deja claro que no solo es el analizado quien padece el canto de Orfeo, sino también el analista. Ambos siguen atados al lenguaje, temen saltar a esa música acrítica, temen abandonar el barco del pensamiento. Esta frase deja en jaque el lugar del análisis y lo pone en un tablero de juego desconocido, lo hace pensar de un modo distinto, “allí donde el pensamiento tiene miedo la música piensa.” (Quignard, 2012) lo mueve a enfrentarse a otro tipo de escucha. Es una música que esta antes de toda música una música que no conoce el miedo, que no teme perderse, ni teme al dolor. Quignard nos dice que esta música no se protege con imágenes, ni palabras ni se engaña con ensoñaciones. Es una música que se desnuda, que se libera y libera. Como Butes que se zambulle en el duelo de la Perdida.

 

Es por eso que la voz de las sirenas es la verdadera voz épica en el relato junto con la figura de Butes, porque “¿Quién tiene el valor de llegar hasta el final del mundo de la tristeza? La música.” Y solo ella

 

Pero ¿qué es esta música, de donde proviene ese canto acrítico? Quignard trae una entrevista de un psicoanalista, Francois Roustanga para aproximarnos a ese lugar originario de ese canto en análisis: “Durante la entrevista las notas agudas evasivas desaparecen poco a poco para dejar paso a tonos más graves, sobrios, esenciales.” Esos tonos graves parecen pues avisar que nos adentramos en mares tenebrosos, en el reino primitivo, pre-humano donde el hombre teme volver, y lentamente aparece ese “canto acrítico que emerge de nuevo del fondo del cuerpo.” Reaparece ese reino que esta por fuera y antes de la palabra, ese que es el gobierno mismo de la verdadera música. Una música ancestral que no representa nada porque no es una imagen ni alucinación ni sueño, es una música que hace re-sentir. Es una herida que vuelve a abrirse y sangrar. Por eso el miedo al dolor esta ausente de ella. Porque busca eso mismo, volver al dolor. Y eso ha de hacer el análisis abrir la herida, hacer re-sentir esa música primigenia. Una música con voz y lengua, que antecede al lenguaje, y nos dice Quignard de esto: “cuando la lengua no es todavía un lenguaje y no se ha «apoderado por la fuerza» (ἐβιήσατο) del alma mucho tiempo antes de que se la aprenda. Estos sonidos —y no sus significados— van a hacernos siempre levantar y dirigirnos hacia aquéllos que nos llaman.”

 

Esos sonidos fundacionales, nos remiten a los primeros balbuceos, como respuesta a ese mundo sonoro carente de imágenes. Esos sonidos por mas que el lenguaje intente acallar con sus símbolos siguen allí, en el fondo del océano llamándonos. “Así es como la voz antigua de un pájaro con senos de mujer llama a Butes. Lo llama mucho más que por su nombre: lo llama por el pálpito de su corazón.” (Quignard, 2012) esa música pues, nos llama a la renuncia nos invita a que volvamos allí a ese reino primitivo de la escucha sin iconografías y sin nombres. Es una música que no solo obliga al oído a escuchar si no que es una música que hace que el cuerpo escuche. De allí que este en pugna con el pensamiento colectivo, con el orden, porque hacer que el cuerpo escuche, es hacer que el cuerpo salte, hacer que el cuerpo baile, que se salga de la línea recta y sienta. Y esta eterna lucha esta presente en toda la historia del hombre, aunque en nuestros días pareciera que el canto de las sirenas es cada vez mas ahogado por los rasguidos atroces del plectro del musico de turno que hace vibrar los hilos de los títeres del mundo humano. Es una lucha entre la escucha en estado puro, libre de pensamiento y palabra, frente a una escucha llena de símbolos, de normas, apariencias e imposturas.

 

El hombre moderno se pierde hoy en otro océano, no escucha a las sirenas, ni la música originaria, escucha una música lapidaria, Danse macabre, esa marcha fúnebre que controla y conduce su destino. Es una música que piensa por aquel que la escucha para que este no tenga necesidad de pensarla, es un artificio lleno de voces que no dicen nada, que no promueven ningún deseo puro en el cuerpo del hombre. Es la escucha del artificio, es la música impostada, la impureza hecha reina soberana. Mientras la música originaria sigue allá en las sombras sonando sin detenerse, sin tiempo ni cadenas, pero atenuada por el ritmo frenético del mundo sordo. El hombre teme arrojarse al agua de esa música originaria, y se confabula con los dos cobardes para hacerse un hibrido de estos: se ata al igual que Ulises para escuchar apaciguado y carente de deseo la música uniforme de Orfeo. Esa escucha artificiosa lo lleva a pensar, a creer que así esta mas cerca de lo divino, alejando su animalidad, olvidando que esa animalidad anterior es aquella que lo aproxima quizás mas a lo que llama divino.

Hay que volver a la música del origen como lo hizo Butes, nos dice Quignard, así nos llamen locos, acríticos, inhumanos. “Quizá hay que volver la espalda a la música órfica, occidental, tecnológica, popular.

Quizá hay que alejarse de la eficacia sonora excesiva. Quizá hay que apartarse del «ruido del plectro».

Quizás esto nos devuelva al deseo mismo que vive dentro del cuerpo pero que ha sido acallado. Debemos lanzarnos al vacío “aunque el simple hecho de lanzarse al vacío implica que no se puede volver sobre el impulso.” En eso consiste perder el miedo, es eso lo que nos invita el canto de las sirenas, en no dar vuelta atrás, en hacer de lado el pensamiento cobarde y guiarnos por el impulso incontenible.

 

Pero son “Pocos, muy pocos, los humanos que se lanzan al agua para alcanzar la voz del agua, la voz infinitamente lejana, la voz sin ser voz, el canto todavía no articulado que viene de la penumbra.” (Quignard, 2012) pareciera que el hombre perdió el conocimiento de su condición anfibia. Y por eso que la verdadera música es del agua, y remite a un antaño que sin respirar —o mejor, respirando con las orejas, respirando con el oído— escuchaba en el fondo del agua.

 

 Quignard también nos pregunta:

“¿Cómo piensa la música? ¿Cómo avanza en el pensamiento?” y según su exposición podríamos decir que avanza a través del cuerpo como avanza el agua por los causes, en el océano y los ríos. La música no es una forma sólida, hierática, es su antípoda, una criatura móvil y cambiante. La música es oleaje que “atrae a su oyente a la existencia solitaria que precede el nacimiento, que precede la respiración, que precede el grito, que precede la espiración, que precede la posibilidad de hablar.” Y es por eso por lo que la música debe soltar las amarras del lenguaje nuevamente, el musico debe ser un anti-orfeo, que desate el pensamiento y lo transforme en ese deseo que grita en el océano. La música debe retornar al mar, porque en la tierra firme de pensamientos e imágenes preconcebidas es un pez agonizante que muere asfixiado.

 

Quignard vuelve y arremete con esta pregunta que contrapone la pasión al pensamiento:

 

¿ha habido en el curso de la historia humana un pensador que haya pensado la pasión misma, es decir la pasividad que está en la fuente de la pasión misma? ¿Quién ha pensado la zozobra originaria?

 

Mi contra pregunta ante esto sería la siguiente ¿se puede pensar el sentir o a la inversa sentir el pensamiento? Quizás solo la música pueda hacer esto posible, porque de otras formas donde se inmiscuya la palabra no serán más que formas de impostura y de engaño artificioso que sirven para atar a los hombres a ese desvarío de la razón colectiva.

 

Debemos perder el miedo y escuchar como Butes a las sirenas para que nuestros cuerpos vuelvan al mar de nuestro deseo. La música debe convulsionar al cuerpo, remover la palabra y devolverlo a su condición primitiva vital. Debe hacer bailar las almas como hacen los tambores liberar el cuerpo de la raza negra. La verdadera música es agua, -ya lo hemos dicho- es una danza marina infinita.

 

No fue casual que el ultimo canto de Orfeo, nos dice Quignard, fue cuando su cabeza estaba aún en el agua. Orfeo finalmente escuchó el canto de las sirenas porque esa música originaria no es otra cosa que morir. Y allí en ese último canto, Orfeo encontró la muerte.


martes, 5 de mayo de 2020

Horror Incognita



La profecia, Roberto Ferri

"Es médico quien sabe de lo invisible, de lo que no tiene nombre ni materia, y sin embargo, tiene su acción." Paracelso

“La enfermedad entra y sale del hombre como a través de una puerta.” Canguilhem

“A blow with a word strikes deeper than a blow with a sword.” Robert Burton

La incertidumbre de la bestia arcangélica
¿Puede un hombre aferrarse a lo desconocido? ¿llamar hermano a un forastero? ¿puede habituarse a la incertidumbre? El horror a lo incierto deja en evidencia su impotencia, su carácter indivino. Hizo de su palabra el mejor aliado ante la adversidad. Hizo de la palabra ley aun cuando está solo, es quimera, imposibilidad en el mundo fáctico. Entre el hacha de piedra y el lenguaje instauró las reglas de juego de la cultura. El mundo fue creado por el verbo divino. Y ese reino de certidumbre sagrada de la palabra ha sido siempre protegido por la evolución de sus armas de contingencia. Aterrado queda el hombre de supuesto saber infinito, cuando descubre que un fenómeno no puede ser encarcelado en ese fabuloso mundo de la palabra. Qué puede decir entonces cuando otro hombre, en igualdad de condiciones naturales y artefactos discursivos, detona una bomba verbal a la cual no tiene como responder más que con un gesto de inaudita perplejidad. Vuelve a cifrarse en la angustia arcaica, intenta buscar refugio cercano, pero como la caverna ha sido ya sepultada por su reino histórico de palabras, no ve otra alternativa que atacar con el encierro categórico hacia el discurso incomprensible del otro. Y para este ineficaz enfrentamiento no tiene una palabra que sirva de reja para de limitar la palabra indómita del otro, así que recurre a encerrarlo con una palabra que ha servido siempre de escudo ante cualquier ataque sublime. Delimitará al otro como “Loco” o como “Enfermo mental”.
La enfermedad, esa perpetuidad del circulo que se repite y se repite como reconstrucción de un pasado y un futuro en un inexistente presente, ese nefasto Uróboros de la angustia perenne que solo el “loco” hace lúcido y lo manifiesta como su verdad. Se valdrá el hombre “normal” de recursos lingüísticos de saberes historiológicos y culturales ante el asecho de la palabra del loco, para ocultar su ineficacia de sentido, su impotencia contundente ante la palabra que suplanta a la palabra de la norma, ante el discurso sofisticado y de una lógica cimbreante a la que no puede atacar y mucho menos mostrarse derrotado. Amparado en la cultura y el lenguaje delimitado de esta, intenta sentirse seguro de confinar al otro a la negación, de poner al Loco en ese no-lugar que no logra comprender. Presa de terror abogará por el lenguaje psicológico o psiquiátrico, ese lenguaje que hasta hoy no ha podido liberarse de las categorías. 
Un afán enfermizo por clasificar incluso lo inclasificable en cada época de turno, convirtió al hombre “normal”, en una de sus categorías, en un enfermo sin saberlo. El genio de ayer será el tonto del mañana, el monumento del héroe de una patria derrocada será dilapidado por el Napoleón de una nueva república. Son pequeñas argucias que exige el poder, que ha hecho del hombre un ser inseguro de su desconocer. Un ser paradójico que busca esa certeza de la que goza el loco. Eso lo angustia. Se hizo un paranoico que le huye a la evidencia de sentirse ajeno de sentido, huye de su pasado, repitiéndolo, renombrándolo, falseándolo, pero acusa solamente al loco porque con su pasado, el loco hace y reside en el circulo que es su presente. El hombre “normal” está realmente ausente de saber, fóbico ante la impotencia de sus palabras…y de palabras se ha servido, de palabras se ha envenenado o nutrido según el momento, según los vejámenes y demandas de la cultura que lo somete y lo acuna en su Norma. Porque el hombre sin la cultura no es más que un innombrable. Y para existir debe ser nombrado por otro. Debe llevar un signo en la frente, para ser recordado debe ser nombrado. Porque este hombre vive del recuerdo, ya que el individuo no está ni existe en el presente; no es, ni fue, ni será un hecho presente. Es vanamente un recuerdo y una sombra proyectada en la palabra. Simplemente el individuo es un “work in progress” algo inacabado, por eso exige a la cultura hacerlo numerario, hacerlo una categoría, un nombre y si no es nombrado recuerda a los innombrables y estos traen el horror del olvido. Incluso en su carácter dadivoso, para estos sujetos que se salen de su comprensión, de su límite de palabras, con su accionar o su discurso, tiene siempre una palabra en la punta de la lengua para salvarlos de ese olvido. Porque como buen ser sano se ve en reflejado repetido en el ser enfermo. Poco importa si esta palabra puede ser: Marginal, loco, idiota, esquizofrénico, psicótico, necio… Esa palabra conciliadora, ese candado y prisión de letras, llegará para salvar a aquel otro que no ha pedido salvación, pero sí quizás ser escuchado, bajo una escucha abierta, ajena de prejuicios categóricos, pero este pobre innombrable se topará contra un muro sordo. Porque el hombre “normal”, hacedor de categorías no entiende el mundo realmente, simplemente lo nombra para así poder fabularse un cierre. Y solo puede interpretar esa realidad intangible que es el otro, por medio de palabras que no definirán al otro para sí mismo, sino que solo serán consuelo para el hacedor de conceptos a la vez que le permitirán no caer en cuenta de su insondable ineptitud, su inexistencia en el presente de sí mismo.
La palabra enferma
Foucault desde sus indagaciones sobre la locura, persiste en cuestionar ese deseo compulsivo de la cultura de estigmatizar, de vincular a la fuerza por medio de la palabra categórica lo orgánico con lo mental, lo somático con lo espiritual. También pone en jaque ese asunto entre lo normal y lo patológico, cuestionando el concepto mismo de enfermedad. El loco no se sabe loco, pero el “normal” se sabe cuerdo y sabe que el otro está enfermo. El normal es dueño de la palabra y el silenciamiento del otro. El normal desdibuja la certeza del Loco, con las palabras impuestas por la cultura.  Foucault también deja claro que entendiendo que la enfermedad en el cuerpo, aunque patológica es algo natural, es natural que el cuerpo se enferme, es normal que se presenten síntomas que aquejen al cuerpo, es normal que el dolor sea una forma latente de manifestar que el cuerpo lucha por mantenerse vivo. Como dice Canguilhem: “Para que toda esperanza no esté perdida, basta con pensar que la enfermedad es algo que le sobreviene al hombre.” Pero en el asunto mental la cuestión estriba desde fuera del cuerpo del enfermo y mucho más de la mente de este. Presume un agente externo. Es la palabra del otro quien determinará, quien categorizará quien está enfermo mentalmente para una cultura que se rige bajo unas determinadas normas. Así pues, el loco, aunque para sí mismo se sienta “Normal” aunque no se nombre de este modo, dentro de su accionar, dentro de su discurso, la cultura se encargará de desnormalizarlo y colocarlo en ese cómodo lugar del enfermo. ¿Acaso todo loco se queja de su locura? ¿No será acaso que es la cultura quien se queja de él? Porque el loco resignifica la palabra impuesta, porque el loco vive su verdad y no la verdad general. Esto supondría quizás que la cultura es quien se encuentra realmente enferma, quien entra en un estado paranoico al vérselas con un sujeto que se sale de sus límites, de esa palabra impuesta y categórica, esa palabra que al nombrar al sujeto lo erradica de su carácter de individuo y lo hace uno más… la cultura teme al loco por el acto de su palabra que cuestiona sus leyes sin con esto hacerse ser un criminal (aunque muchas veces se le coloca ese nombre). El enfermo mental es alguien que no comulga con el control discursivo de la cultura y la única opción de esta frente a este sujeto es ponerle ese calificativo marginal para poder somáticamente extraerlo y erradicarlo de su estado paranoico de certeza.

Me he dejado llevar por el apasionado cuestionamiento de Foucault ante el papel que ejerce la cultura frente a lo patológico y lo normal. Sin embargo, me cuestiono ante otra figura que circunda el texto y es el concepto de Realidad. Al parecer la cultura tiene definida y delimitada la realidad, y es algo que todo sujeto debe asumir así no la comprenda, de alguna manera la realidad es todo aquello que sobrepasa al sujeto. Aunque supongo que la realidad del sujeto es pasada y su fantasía es siempre futuro. Sin embargo, la cultura no permite que el sujeto reinterprete ese desconocer de su presente, no autoriza revisar su realidad desde la singularidad de cada individuo, y si alguno se atreve a hacerlo es porque este sujeto está enfermo. Todo lo que genere angustia es sinónimo de enfermedad, de crisis. Todo aquel que no cumpla las directrices delimitadas por la cultura de lo que es o no es la realidad impuesta ha de estar enfermo y debe ser tratado y excluido como tal. Porque su salud mental está peligrando, aunque vale la pena repetirlo, la salud mental que parece trastabillar es la de cultura, que en su estructura hermética teme ser flanqueada por una verdad singular y una realidad por fuera de sus límites.
Volvamos pues a lo somático y lo mental. En el absurdo papel que ha jugado la cultura en la historia hemos visto como en otros tiempos la Homosexualidad era vista y tratada como enfermedad mental. Sin embargo, ahora pareciera que los papeles se están invirtiendo, y es el hombre heterosexual, quien parece que poco a poco va adoptando el manto, de exclusión, la “persona” del enfermo “sexual”, del desviado, y su discurso cada vez más se ve acallado y oprimido, ante las supuestas minorías que disputan por ser nombradas con una nueva categoría, (porque al parecer no son suficientes las que hay hasta ahora. Con esto quiero poner en claro una simple diferenciación que Foucault deja en evidencia, y lo daré con un ejemplo sencillo.
Por más que en nuestro discurso queramos decir que un cáncer no es un carcinoma, así lo llamemos “helado de frambuesa azul” o “una prueba que el creador le da a sus mejores guerreros.” Eso no cambiara el asunto somático y fáctico que compete a esta enfermedad. Por más nombres que queramos atribuirle el cáncer no dejará de ser una enfermedad, no importa si la cultura cambia, el cáncer será un cáncer incluso si no es nombrado. Mientras que, en el caso del loco, el discurso categórico será determinante para que este exista. Todo depende de la cultura de turno para designar que accionar es permitido o no, y cuál conducta es normal y cuál es patológica.
No está de más suponer que lo que ahora llaman normal en un girar de tuerca del tiempo la cultura llamará enfermo. Porque en su maravilloso quehacer la cultura nos ha demostrado el poder que ejerce para invertir la cara de la moneda, y cómo el lado inverso de la historia pasa a ser, en un parpadeo, el anverso.
Así pues, como la palabra puede nombrar y hacer existir al sujeto dentro de la cultura; la palabra también se ha encargado por medio de un extraño uso del lenguaje categórico y negligente, de sumir en el no-lugar a muchos que incomodan porque despiertan con su angustia repetitiva y circular la angustia de los otros.
La palabra de la cultura habla para acallar, para sugestionar y someter, para ser obedecida, para castigar al divergente, a aquel que se subleva o por lo menos lo intenta. La cultura habla, pero no escucha al sujeto. La cultura es certeza y no quiere las certezas del loco. La cultura es una boca que no puede transfigurarse en tímpano. Es indudable que la palabra no destruye al cuerpo, aunque su discurso lleve a la acción de alterar el soma del sujeto. Quizás la palabra misma sea ese muro al que se enfrenta el loco, un muro sordo que se mira en un espejo y así se destruye y repite, desaparece y aparece en esa palabra sin eco, ya que no habrá quien responda a esa palabra, los locos hablarán eternamente consigo mismos… aunque los locos son los otros, los que no se llaman a sí mismos, locos, sino que son nombrados por el Otro, los que presumen ser nombrados normales.

En defensa de uno mismo
“El hombre es una síntesis de infinitud y finitud, de lo temporal y lo eterno, de libertad y necesidad, en una palabra: es una síntesis.” Kierkegaard
Rimbaud dirá: “Je est un autre.” [1], quizás partiendo de ese constante dilema que propone la angustia de querer ser yo y querer ser otro, en términos de enfermedad para Kierkegaard. Esa lucha constante del individuo entre permanecía y liberación. El hombre quiere liberarse de si mismo por medio de sus prisiones personales, lo que Foucault llamara mecanismos de defensa partiendo de los postulados por Anna Freud. Lo mecanismos no son sino meras herramientas que parecen ineficaces hasta cierto punto, que buscando contener la angustia del sujeto pueden verse como estimulantes y promotores de esta, en los llamados enfermos mentales.
La imperiosa incertidumbre de saberse: “Quien soy Yo”, el desasosiego de cifrarse en un presente sin tiempo, que se compone de un pasado acomodado y un futuro improbable y claramente impropio, y que ante esto se pregunta Foucault: “El paciente ¿se defiende con su presente de su pasado? ¿O se protege de su presente con ayuda de una historia pasada?” ¿pero se protege de que, me pregunto yo? Probablemente de sí mismo, de un si mismo incognito oculto tras una cantidad de palabras impuestas, de palabras categóricas y aparentes, que provienen de un otro que no es Yo, y que harán que los mecanismos de defensa operen en el sujeto partiendo de ese pasado arcaico, que emerge en el presente como una ficción (como una historia con elementos reales transfigurados por la memoria: Fantasía y realidad) y que muchas veces el mismo sujeto desconoce y por eso sustituye con elementos externos a su historia personal. Por eso es importante como dice Foucault: “Hay que encontrar el núcleo de las significaciones psicológicas a partir del cual se ordenan históricamente las conductas mórbidas.” Hay que encontrar esa naturaleza primigenia, esa historia arcaica dentro de esas conductas que enferman al sujeto. Pero estas conductas mórbidas no son más que actos de sublevación de una parte del yo que quizás se opone al orden impuesto. No son otra cosa que una búsqueda de resignificación del sujeto, que intenta dar una lógica personal a su propia existencia. Volvemos pues al nudo de esta novela trágica del sujeto, esa historia desconocida, la ficción incompleta, que se rescribe a cada instante en este presente incontenible, plagada de escenas que realizan cortes abruptos, o escenas que se repiten hasta el cansancio del observador o del paciente (como quiera el lector llamarle) una especie de película con diversas posibilidades naufragando en un océano de palabras, en un flujo de conciencia… aparece entonces la melancolía de aquellas reminiscencias de la infancia que suponemos fue hermosa, escenas que ocultan la sombra de nuestro síntoma con una luz vislumbrarte, artificial y cegadora, el remordimiento de lo no realizado, el dolor de lo imperdonable, de los actos cometidos que ahora son un destino recriminatorio, una marca y una categoría. Todos estos elementos teatrales del pretérito constante hacen que el sujeto esté adherido a ellos o que surjan completamente desdibujados por los mecanismos de defensa que juegan un papel de máscara para imponer los designios de la cultura imperante y que solo parecen servir como obstáculo para evitar que el sujeto se enfrente a lo sublime de su naturaleza, con aquello innombrable que es la es ousia[2] de su verdad. Aquella angustia primigenia que antecede a la cultura y que en el llamado enfermo mental muchas veces logra ser incontenible. Esa angustia trae de nuevo todo aquello que nosotros mismos nos resistimos a ver (a ser). Porqué abominamos lo que somos, porque simplemente, Yo es otro.



[1] “Yo es otro”
[2] Esencia, sustancia 

lunes, 23 de marzo de 2020

EL TRIUNFO DE UN ALGORITMO. EL FRACASO DE LO HUMANO







La caridad no es más que un engaño y los que me la enseñan son mis adversarios, la caridad no salva al mundo repleto de insectos que no hacen más que devorarlo manchándolo con su basura, no es necesario ni prestarles asistencias ni curar las enfermedades que los diezman, mientras más mueran será mejor para nosotros, pues no tendremos que exterminarlos nosotros mismos.” Albert Caraco

Quieren presumir que la vida sigue en el encierro. Intentan retar la existencia y el contacto con los otros, con el mundo fáctico frente a la virtualidad fría de las redes sociales, con ese espejismo del no-lugar en que hasta ahora solo habían de habitar los locos. Anhelan con que finalmente adoptemos como propio, como ese “Yo” imposible, esa alteridad construida en la mesmedad digital. sueñan con anular el cuerpo mortal y el alma sempiterna, aprisionándonos a voluntad (nuestra y de ellos) en nuestros hogares. Nos han vencido con el miedo irremediable ante la muerte, nos han derrotado con nuestras creencias, mentiras, fantasías, armas y miedos. Todo esto, partiendo de esa necesidad de la maquinaria capitalista global de erradicar al individuo su autonomía e identidad, de privarle ese cuidado de si, de ese gnóthi seautón (y con esto hablo de conocer a su vez, la propia muerte) haciendo que nos perdamos en los espejismos de información, en esa alteridad fabricada por el Otro, ese Otro que admitimos solo como ente de ficción.
Nos ha vencido el algoritmo. Nos han quitado la identidad, circunscribiéndonos a partidos, ideologías y nacionalismos que no hablan por ninguno de nosotros, pero son la voz de todos. Nos han mostrado que solo somos un residuo numerario, dejando de manifiesto que nuestro concepto de libertad es una ilusión (porque ni siquiera nos han dado la libertad de elegir nuestra prisión), no es más que un juego de palabras que luce muy estético, (acaso literario) en esta confinada jaula de paranoia y caos. Nos quieren volver locos por medio de la realidad manipulada y con inyecciones de miedo mediático, con las cifras atronadoras, con la estadística irrefutable del Big Data y con ciencia paritaria y oscura siempre al servicio de un amo desconocido que siempre se esconde para nosotros tras el rostro de los títeres de turno en el poder itinerante. Estamos sometidos a sus formas sofisticadas, a una nueva caverna platónica, somos el Segismundo de Calderón de la Barca, despertando de ese sueño infame que nos vendieron como realidad. Pero esa realidad no es una verdad, es una pluralidad de engaños, una red de estratagemas, un laberinto que no conduce a otro lugar que el desvanecimiento a la incongruencia de los hechos, a la locura. Han sido tan hábiles en este teatro del absurdo que nos han instaurado con tanta sutileza y maestría la efigie de la muerte como castigo y no como un consuelo del aciago vivir. Estructuraron con falsas promesas, la desconfianza en el otro como rigor para la supervivencia en un mundo desolado y el horror insondable a la identidad en un mundo cosificado, cuantificado y dependiente, nos han hecho repetir que está mal la diferencia, a la convergencia de opiniones críticas conduce al detritus, valiéndose de espejos distorsionados, espejos alterados, trastocados al antojo con discursos paradójicos, donde rojo es negro, donde los muertos son cifras útiles o inútiles según la esquina política desde donde se mire. Discursos impostados e impuestos por poderes que aun desconocemos pero que ya sin otra alternativa obedecemos. 
No pretendan ahora decirnos, que la vida sigue su curso, y que simplemente su vehículo ha cambiado, que la vida puede continuar de modo virtual. El cuerpo es solo un exceso de equipaje. Que el trabajo, el estudio y las relaciones con el otro, apenas cambiaron de plataforma (cuando la plataforma de estos vínculos no es otra que nosotros y no un simple algoritmo al que han querido reducirnos). No somos una ecuación sin alma y sin cuerpo. Somos seres expectantes y aterrados ante el panorama de sombras monstruosas, virus invisibles. Somos criaturas de espanto gobernadas por fantasmas irrisorios y perversos.
 Sin embargo, aunque parece inminente el triunfo de un algoritmo ante nuestra fragilidad humana, seguimos respirando, desde nuestras prisiones, aguardando que ese terror se disipe en el aire perturbado. Entendiendo que aquel mundo relacional que conocimos hasta entonces parece haber sido enterrado por ese poder que nos tiene ahora sometidos y que quizás mañana se nos presente como el redentor, que nos libere de nuestras propias prisiones.

Quisiera pensar que este juego de dominación y poder, es más caótico de lo que soñamos desde nuestro confinamiento obligado-voluntario. Quisiera pensar que las cosas se han salido de las manos incluso para aquel que tira de las riendas y pareciera ser el demiurgo en este caos. Quisiera pensar que todo esto se mueve bajo el látigo de un cochero ciego que no sabe hacía que abismo de su bruma nos conduce. Quisiera pensar que en este espejo de horrores impuestos también se reflejé el rostro desconcertado e incierto del hacedor del miedo que nos acaece y depara el porvenir.

Anotaciones inoportunas sobre una belleza obsoleta

Ficha técnica:
Título: American Beauty
 Dirección: Sam Mendes
 País: Estados Unidos
 Año: 1999
Género: Drama, Comedia negra
 Duración: 122 min



“El fracaso es la más resplandeciente victoria.” Lepoldo María Panero

¿Qué es triunfar en la vida? No es acaso la pregunta que se hace constantemente en ese sueño americano capitalista. (Ese sueño que la generación Beat cuestionara y desenmascarara dejando una terrible desolación en el alma) quizás el triunfo del sueño americano no es sino la contracara de Jano, el lado contrario de una moneda falsa, un sueño que presume ser eterno sin haber tenido siquiera vida alguna. El triunfo de la vida, como puede proponer la película no se encuentra en la posesión si no en el desposeer, el deshacerse de la carga y de la culpa, en otras palabras, preparar el camino para… o será que el triunfo mismo es el que se da en la insigne película de Bergman, donde ningún argumento, ninguna treta o truco puede evitar lo factico, el triunfo atronador de la muerte.  
Pareciera entonces que en esta película de Sam Mendes, la belleza y la muerte, toman ese significado dual y romántico. Ese rostro trágico que tanto nos conmueve no tanto por su cercanía, sino porque estamos al otro lado, porque significa la vida, la belleza y la muerte del otro, de ese otro innombrable, desconocido, que nos es familiar, pero es un fantasma, un simple personaje enternecedor o aborrecible que se mueve, habla, actúa para el entretenimiento de nosotros. Nosotros los inmortales jueces, censores de los hechos cinematográficos, nosotros los presuntos intocables por la muerte y la belleza.
En esta cinta atisbamos la belleza consumista es una bolsa al viento, un bajel a la deriva, un cuerpo moldeado por los estándares del fracaso del espíritu, la metáfora budista de la vasija vacía que se quiebra con el leve golpe de una diminuta pieza afilada de plomo. Somos fragilidad y desencanto, la fábula capitalista se cae frente a nuestros ojos, la precariedad de la piel que se hace putrefacta con el pasar de los tiempos. Que nos queda más que sonreír y llorar enternecidos ante nuestra insignificancia, ante nuestra vacuidad. Luego de que todas nuestras vasijas de carne revienten por un leve estornudo, descubriremos en ese instante perpetuo que precede a nuestra muerte que la vida no tiene sino de sublime la fantasía de la imposibilidad. Caerán nuestros castillos de arena del pensamiento, se marchitará nuestro ingenio, caducará todo empeño al descubrirse su rostro fútil. Una tierna adolescente cubierta de rosas, coqueteando a la decadencia, ahora, más de veinte años (1999) después es ella misma esa flor marchitándose, esa criatura inocente que aguarda la muerte como todos nosotros sin tener idea alguna. Ciegos ante lo inevitable, deslumbrados por lo efímero de las formas, por el deseo estéril de los cuerpos, una carne infecta de hermosura nauseabunda terminara como el poema de Pavese:
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio,
como ver en el espejo
asomar un rostro muerto,
como escuchar un labio ya cerrado.
Mudos, descenderemos al abismo.

Ninguna belleza o trabajo será sublime, ni siquiera la bolsa al viento enternecerá los corazones de los muertos, tal vez en un sueño infame de esta condición de vasija vacua y pronto a fragmentarse pueda decirse que solo el silencio reproducirá la verdadera belleza que nunca hemos querido escuchar.

Post Scriptum
Quizás algún día nuestros corazones cinéfilos y descompuestos por la vacuidad del consumo encuentren más belleza en una carroña Baudelariana que en unos pétalos rojos cayendo sobre un cuerpo femenino desnudo y sonriente, que tautológicamente es una carroña futura. Porque no podemos olvidar que todo rostro descarnado nos sonríe eternamente sin la hipócrita sonrisa que nos devuelve la tragedia del existir.